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Grandes Valores

29 05 2005 - 11:27

“Cuando se recuerda que las muchas decenas de miles de chicos que la Tendencia pudo poner en la calle en 1973 están por entrar o han entrado en la cincuentena, ese retorno al pasado parece menos sorprendente. Para algunos que pasamos ya hace rato la cincuentena y conservamos de esos tiempos una imagen algo más matizada que la de quienes, como los Kirchner, la vivieron a los veinte. La manera que ellos han elegido para dar ese ejemplo puede tener —y tiene— algo de irritante, pero en ese tema, como en otros, los rescatan sus enemigos; en este caso, los que defienden al indefendible Proceso.”

Hay mucho de cierto en lo que dice Tulio Halperin Donghi. No sólo en la cita de más arriba sino en el resto del reportaje, que lleva el título (increíblemente apropiado, tratándose de Clarín) de La serena lucidez que devuelve la distancia. Y es esa distancia (en el tiempo, más que en el espacio) lo que seguramente le permite al historiador esa placidez ante una opción que no siente compulsiva. Pero como la distancia de uno es menor, o es otra, se siente obligado a aclarar que una lectura coincidente con la de Donghi puede también conducir a la conocida sensación de estar siendo víctima de un chantaje.

En otra página del mismo diario en el mismo día, Caparrós arremete contra un artículo imposible que el menemista Guelar había dictado desde sus catacumbas. La respuesta de Caparrós (concisa, de acuerdo a lo que se espera en el diario) tiene todo el sentido del mundo. Pero ese sentido (común) desemboca en la debatible conclusión de que nuestros males devienen del pragmatismo. A Caparrós le debemos, entre otras cosas, La Voluntad, uno de los pocos acercamientos al zeitgeist pre-dictadura que se pueden leer — apresurado y caótico, pero también entretenido y, por momentos, revelador. Por eso uno se permite hilar fino y sospechar de sus impugnaciones a la idea de que “en épocas de revolución hay que intentar revoluciones, que en épocas de pensamiento único hay que entregar empresas estatales, y que eso está bien.” Sobre todo por lo del pensamiento único.

Había algo saludable —y algo de nobleza, también— en reconocer al menemismo como una derrota. Si bien la dictadura nos disculpaba un poco (nos “rescataba”, como dice Halperín Donghi), no hubo durante los noventa muchas oportunidades para escapar del espejo que nos reflejaba en toda la confusión e ineptitud que siguen definiendo nuestro lugar en el espectro político más que ninguna otra cosa. Somos inútiles. Dos o tres generaciones, seguidas. Inútiles. Fuimos (en el mejor de los casos, por omisión) incapaces de hacer política como personas, incapaces de juntar a veinte, treinta, cuarenta tipos con posibilidades de pensar siquiera en una alternativa de poder democrática, más o menos progresista, más o menos inteligente. Ni hablar de ponerla en práctica. Es fácil pensar en la Alianza como el Gran Fracaso, pero no del todo cierto: la incapacidad intelectual de los dirigentes “progresistas” dentro y fuera el peronismo era trademark desde mucho antes, y también lo era la incapacidad de los pocos que podrían haber estado a la altura para construir espacios políticos algo más que marginales. No podríamos haber salido incólumes de ese desastre, pero sí, tal vez, más sabios. No parece.

El oficialismo alienta la distribución del meme “pensamiento único” con —precisamente— la misma pasión inequívoca con la cual “los dos demonios” fueron establecidos como teoría a rechazar sin necesidad de que alguien la hubiera enunciado explícitamente antes. Sarlo, en una nota que ya comentamos acá al pasar sin hacerle justicia, parece saber quién inventó a los dos demonios (habrá que preguntarle). Es un artículo mucho más interesante de lo que su tono algo tilingo me sugirió en una primera lectura, y viene a cuento ahora por su referencia a las ambiciones divulgadoras del ministro Filmus

Quiero que se haga una película sobre la represión militar, sobre la base del libro de Miguel Bonasso, Recuerdos de la muerte. Hay poco cine sobre el tema.

y del presidente

Hay que enseñar en los colegios lo que pasó en la Argentina

Dos afirmaciones que resuenan como alarma alrededor de la etiqueta de “pensamiento único” que el gobierno pega sobre cada una de las figuritas noventistas que le conviene. No sólo porque el pensamiento del progresismo nacional en boga dista mucho de ser diverso, sino porque lo ”único” del menemismo era su ausencia total de pensamiento. Podríamos discutir durante un buen rato si el “vale todo”—que Caparrós correctamente identifica como azote de los noventa— dejó un baldío, o si el baldío estaba de antes y encontró en el menemismo una excusa para demoler lo que quedaba. Pero pongámonos de acuerdo en algo: en el terreno recuperado se está construyendo algo que difícilmente sea habitable si el master plan es, como parece, esa versión de segunda mano del recuerdo de lo que había antes.

No estaría mal que tanto nosotros como el peronismo “sano” que gobierna asumiéramos las responsabilidades que Caparrós se sacude limpiamente (con cierto derecho). Mejor aún si pudiéramos también, ambas partes, asumir la responsabilidad que nos toca respecto de lo que pasa hoy. Aunque ahí seguro que se acaba el acuerdo, porque sobre “lo que pasa hoy” hay opiniones muy diferentes.

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Página 2

Para Carrió, lo que pasa hoy es simple: vivimos bajo la égida de un régimen neofascista. Parece un poco mucho pero, incluso si fuera cierto, tal vez sería mejor decirlo de otra manera, considerando que abrumadoras mayorías están convencidas de lo contrario. Carrió podrá decir que esta es justamente una de las características del fascismo. Todo lo que quieras. Pero paráte a abuchear Revenge of The Sith en un cine repleto de fans y después contáme cómo te va. Que tengas razón o no es irrelevante.

Lo que piensen Macri y López Murphy también es irrelevante, no importa la forma que elijan para decirlo, pero hay que mencionarlos para completar rápidamente la lista de opciones políticas con cierta presencia en los medios y en la vida. Listo. No hay mucho más que eso. Algunas voces dispersas —personas, no organizaciones— que cada tanto dicen algo distinto y sensato; Sarlo ahí, Wainfeld acá. Una determinada cantidad de individuos, a los que uno no conoce, que seguramente ofrecen diagnósticos certeros en conversaciones privadas. Ahí se acaba todo lo que no sea el Peronismo y ese es, entonces, el primer ítem a destacar dentro de lo que pasa hoy: no somos hoy menos inútiles que antes. Somos más inútiles, porque ni siquiera sobre las cenizas del menemismo y de la Alianza juntos pudimos organizar algo, mínimo, promisorio. Y ahora estamos ahí, como los viejitos de los Muppets, tirándole hortalizas al oso después de haber pagado la entrada.

Las versiones oficiales del actual estado de cosas son aburridísimas y en general no dicen mucho, pero hace más o menos un año, antes de que lo echaran, Torcuato Di Tella se permitió un último sarcasmo, leve:

“El gobierno está haciendo una verdadera revolución cultural, que excede el ámbito de la Secretaría de Cultura”

No es fácil determinar de quién es la culpa o el mérito —si el gobierno la genera o la interpreta— pero la Revolución Cultural de Di Tella se revela hoy como algo bastante más tangible que, era cierto, excede nomás el ámbito de la Secretaría de Cultura.

Los cuatro principios básicos de la otra Revolución Cultural eran estos:

Uno no es Carrió para andar endilgándole maoísmo al gobierno, pero es interesante ver cómo comparte aquella lista de las compras. Di Tella habrá mencionado la Revolución Cultural por aquello de reemplazar colaboradores infieles; la intención de purificar al PJ es explícita; lo del elitismo es lo único que le interesa al Pepe Nun (además de las cuatro frases intercambiables en las que basa su gestión); y lo que nos interesa acá es lo de la revolución y los jóvenes.

No hace falta decir mucho sobre el izquierdismo retórico del gobierno. Ni me parece tan grave, la verdad. No es que hubiera tradicionalmente un extenso menú de invocaciones épicas para elegir. O la moral y las buenas costumbres, o la revolución y la patria. Yo preferiría prescindir de ambas opciones, pero si querés elegir una, allá vos. El problema, me parece, es que se la están tomando en serio.

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Página 3

Comentábamos acá hace poco los contenidos del programa Escuela y Medios del Ministerio de Educación. Lo que no dijimos es que (a Carrió le gustaría esto) se trata en realidad de una introducción a los medios como propaganda, en el peor sentido del término. Y lo peor (esto ya no le va a gustar a Carrió) es que tal vez sus impulsores ni siquiera lo vean de este modo.

El cine —y la cultura popular en general— debe incorporarse a la escuela como objeto de estudio y análisis. (...) Precisamente porque la cultura popular es uno de los espacios en los que niños y jóvenes configuran sus identidades individuales y colectivas. Aprenden “lecciones” acerca de cómo verse y narrarse a sí mismos en relación con los demás. Y ello les proporciona un nuevo registro cultural de lo que significa estar alfabetizado. Las películas podrían llamarse “pedagogías públicas”, en la medida que subrayan la necesidad de nuevas formas de alfabetización, y que participan de la construcción del conocimiento.

Otra vez, la ambición parece más berreta que amenazante, pero si uno se toma el trabajo de leer las guías que el ministerio adjunta para trabajar con los estudiantes a partir de las películas (siempre argentinas, con el esfuerzo que esto implica, en todo sentido), el tono de estas “lecciones” empieza a oscurecerse un poco.

Las guías incluyen, por ejemplo, un statement de Campanella respecto de Luna de Avellaneda (“los argentinos no somos un pueblo que ha perdido la dignidad, no somos indignos. Tenemos que revalorizarla”) y conclusiones oficiales de este tenor sobre la misma película:

El eje de la discusión es justamente cómo definir “la identidad”. Esa identidad que para Román tiene que ver con el trabajo, la familia y la dignidad. Valores que, aunque con esfuerzo, siguen hoy estructurando a la sociedad argentina.

También hay una escena en una película de Agresti (omfg) que, aparentemente, debe ser leída de este modo:

Un cura amigo del tío de Valentín, había iniciado la misa mencionando el asesinato en Bolivia de un hombre nacido en nuestro país, que había optado por luchar por un ideal: Ernesto Che Guevara.

Ellos las llaman “secuencias”, pero no importa mucho cuánto sepan de cine; lo que uno empieza a preguntarse es cuánto saben de la vida. El trabajo, la familia y la dignidad. Nacido en nuestro país. Luchar por un ideal. Volvamos sobre las declaraciones que irritaban a Sarlo y se va armando un cocktail bastante espeso. No por su ubicación en el espectro ideológico, sino por su pretensión pedagógica. “Chicos: somos argentinos, somos dignos, luchamos por un ideal.”

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Richard Dawkins, en su desmedido optimismo, cuestionaba hace un tiempo la costumbre universal de adjudicarle a los nenes la religión de los padres, a menudo antes de que esos nenes pudieran tener la más mínima idea de lo que esa —o cualquier otra— religión implica.

Just as you can’t vote until you are 18, you should be free to choose your own cosmology and ethics without society’s impertinent presumption that you will automatically inherit your parents’. We’d be aghast to be told of a Leninist child or a neo-conservative child or a Hayekian monetarist child. So isn’t it a kind of child abuse to speak of a Catholic child or a Protestant child? Especially in Northern Ireland and Glasgow where such labels, handed down over generations, have divided neighbourhoods for centuries and can even amount to a death warrant?

Tiene sentido. Pero es difícil introducir categorías sensatas cuando son más largas y más tilingas que las que deberían reemplazar. “Hijo de padres católicos” (o musulmanes, o lo que sea) está lejos de ganarle a “católico” no solamente por razones prácticas: lo más probable es que el padre en cuestión no vea el eufemismo con buenos ojos. Una suerte similar le tocaría a la categoría más apropiada de “nenes nacidos en Argentina”, por los mismos motivos: es más largo, suena a sutileza políticamente correcta, y además amenaza de la manera más torpe las convicciones que millones de padres “argentinos” han asumido como propias por fiaca o por costumbre. La confianza de Dawkins en el poder del lenguaje es debatible. Lo cual no quiere decir que su radar no esté apuntando en la dirección correcta.

A las lecturas didácticas de películas que uno, que es adulto, puede elegir no ver, y al curioso soborno ofrecido por el Ministerio de Educación al estudiante “argentino” que mejor se ajuste a la agenda nacional que el organismo impulsa (un viaje a Buenos Aires, o a Tucumán, dependiendo del origen del nene), se suman las celebraciones patrias que el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires organizó en el Colón. Y si cuesta creer que una performance de la banda militar “Tambor de Tacuarí” del Regimiento Patricios pueda inspirar algo más que un internacionalismo espontáneo en los alumnos de escuelas primarias a quienes les fue infligida, también hay que considerar las alta dosis de música patria y sentimiento nacional a las que fueron expuestos los funcionarios de hoy durante su infancia — flagelos que, lejos de iluminarlos por reacción, demuestran hoy una eficacia propia de La Naranja Mecánica.

Por si hubiera alguna duda, Filmus y Nun aclaran en su reunión cumbre que lo suyo no es “una invitación para que los chicos escriban sobre los paraguas del Cabildo o la casita de Tucumán, sino para que piensen en los significados actuales de estas fechas patrias y puedan apropiarse de estos símbolos de la unidad de los argentinos.

Ni siquiera dentro del staff de TP nos ponemos de acuerdo sobre la “cuestión nacional”, que no existe pero sobrevuela casi todo lo que escribimos. Seguramente habrá tantas posturas distintas como colaboradores, y argumentos atendibles para sostener cada una de ellas, si alguna vez nos decidimos a dedicarle al tema el tiempo que no merece. Pero difícilmente encontremos argumentos saludables para defender la preocupación oficial por la filiación ideológica temprana — un avance sobre el universo infantil sólo comparable al que uno recuerda como propio y exclusivo de la dictadura. [Comparable en su afán, e incluso en algunos de sus contenidos, aunque por suerte no en sus métodos.]

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Claro que a nosotros, que fuimos al colegio durante la dictadura, nos cuesta ver el fascismo que denuncia Carrió en todo esto. Es tan aburrido, tan viejo y tan choto lo que el gobierno tiene para venderle a los chicos, que es prácticamente imposible verlo como una amenaza. Parece más bien un manotazo de ahogado, tratando de agarrarse de valores de probada eficacia ante la ausencia de una base firme. Pero eso era también la revolución aquella que mentaba Torcuato, y así les fue a millones de chinos, no sólo porque el Estado era en aquella instancia objetivamente mucho más jodido que este, sino porque muchos se la terminaban creyendo a rajatabla. Y esto último, cagáte de risa, también está empezando a pasar en Argentina. Es más: lo del gobierno es un poroto al lado de cosas como las Madrecitas de Plaza de Mayo.

Parece que una escuela pública porteña (que lleva el increíble nombre de Gendarmería Nacional) ofreció este año una variante novedosa a los tradicionales festejos del 25, nenas con pañuelo blanco en la cabeza, girando en torno a una pirámide de utilería al son de Víctor Heredia. Página 12 debe creer que le hace un favor a una de las alumnas, cuando la escracha con nombre y apellido después de citar a su padre diciendo: “Me da la impresión de que con actos como éste se les saca la venda a los chicos.” La venda de los ojos, asume uno, aunque también podría ser la venda que ya no es necesaria porque las heridas cerraron, o bien —más probablemente— la venda que le sacan al Guasón en Batman poco antes de acercarle tímidamente un espejo para que vea cómo le quedó la cara.

El acto fue coordinado, como corresponde, por la profesora de Educación Física, y a juzgar por los testimonios de los chicos (“el golpe militar fue la época más cruel de la historia”) y de los padres (“es bueno que el chico vaya entendiendo, despacito, lo que vivimos. Eso le va a ayudar a entender que hubo esclavos en 1810 y que los nuevos esclavos podemos ser nosotros si no nos damos cuenta de lo que es la libertad”), un verdadero éxito. Cabría relativizar los alcances de este adoctrinamiento temprano recordando las iniquidades que nos enseñaban a nosotros para concluír que los chicos no pueden sino ser más inteligentes que sus padres. Pero, al mismo tiempo, no hay más que ver lo que piensan estos padres y docentes de la vida, para asustarse bastante.

En otra escuela, cordobesa, debieron eliminar de la lista de números musicales del 25 lo que La Nación llama, con un horror que enternece, un “rap piquetero”:

Si ustedes nos permiten / hoy haremos un piquete. / Cortaremos el camino, /pues hay que reflexionar. / Cacerolazo y que escuchen /los que tengan que escuchar. / ¡Igualdad y más justicia! / ¡Identidad nacional!

Teniendo en cuenta que se trata de chicos de cuarto grado, uno podría alinearse con los padres escandalizados que impidieron la presentación del “rap piquetero” (que me encantaría escuchar, por otra parte), hasta que cae en la cuenta de que lo que objetaban los padres no era, claro, la última línea, sino el resto. Que los padres se asusten más de las cacerolas que de ninguna otra cosa es bastante triste, pero que todos, maestra incluída, crean apropiado insuflar “identidad nacional” con signos de admiración a nenes de ocho años es de una demencia que tal vez (ojalá) ni siquiera el gobierno vería con buenos ojos. Y si a eso se refería Di Tella cuando decía que la nueva Revolución Cultural “excede el ámbito de la Secretaría de Cultura”, tal vez vaya siendo hora de que alguien cultive anticuerpos efectivos para este nuevo virus del nacionalismo que apunta a los niños. No lo hará Carrió, porque no consigue que la gente le crea, y no lo haremos nosotros, por inútiles. Pero alguien debería.

No sé bien qué es la identidad nacional que los chicos debían gritar en su acto. Si existe, revela cosas horribles en lo social y en lo político. No en otras áreas, tal vez —cualquier anglosajón podrá atestiguar, por ejemplo, que los argentinos se tocan y se dan besos en situaciones que causarían escándalo en territorios con una tradición represiva menos evidente—; pero precisamente en las áreas en las que la identidad nacional se invoca, es en las que falló. Desde esta perspectiva, la pasión hernandezarreguista que se extiende desde hace un tiempo empieza a entenderse un poco más. No es tanto el fascismo que ve Carrió como una engañosa variante de la autoayuda; algo más parecido a Nacha Guevara mirándose al espejo y repitiendo soy linda, soy buena, soy fuerte cuarenta y ocho veces cada mañana. No sabemos si Di Tella llegó a observar esto. Sí sabemos que hay cosas más efectivas que la autoayuda. El psicoanálisis, sin ir más lejos y para mencionar otra pasión nacional, podría hacer maravillas aplicado a conciencia entre dirigentes y funcionarios. Pero lamentablemente lleva tiempo.


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