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1 06 2005 - 08:50

Cuando yo era una niña, o una prépuber, se mencionaba cada tanto a Garganta Profunda. No estoy segura de las fechas. Se sabía (o yo sabía) que Garganta Profunda era una película prohibida para dieciocho con reservas. En esa época no recuerdo que el rótulo ‘porno’ sonara en la cotidianeidad. De hecho, la palabra pornografía estaba prohibida. Recuerdo que en uno de los varios viajes al Paraguay que mi familia hacía en una suerte de tour de compras, alguien que viajaba con nosotros (mi hermano o un amigo de mi hermano, o un tío, en suma, un hombre joven) trajo ‘de contrabando’ ciertas revistas y ciertas películas. Aparentemente, la familia utilizada de mula (mi familia) no estaba al tanto de que llevábamos ese material con nosotros hasta llegar a Buenos Aires. Yo tampoco estaba al tanto de que en mi carterita de las muñecas llevaba collares y cigarrillos y otras cosas que nunca supe bien qué eran, pero eran muchas y no se podían pasar sin pagar. En ese momento yo escuchaba esa historia contada por mis padres, sin que nunca usaran la palabra pornografía — más bien deícticos vagos ‘ciertas’’esas’ ‘aquellas’ que revelaban lejanía con el objeto que señalaban. En otra oportunidad, viajábamos por la Panamericana y mi padre le señaló a un amigo suyo, un médico boliviano, que vivía en Bolivia y había venido al país a un Congreso de Alergias, un hotel situado a un costado de la ruta y con ‘esa’ mueca le dijo a Don Salvatierra algo como: “ese es uno de esos hoteles para ir y hacer ciertas cosas”.

Del viaje a Paraguay recuerdo con mucha claridad que me compré un reloj con el dibujo del Ratón Mickey, en la parte trasera de un negocio regenteado por coreanos. No sé por qué la transacción la hicimos como si se tratara de algo clandestino. Quizás mi familia estuviera comprando alguna otra cosa además del reloj. Era la primera vez en mi vida que veía a un coreano. Había cientos en las calles de Asunción vendiendo todo tipo de cosas, pañuelos de seda Christian Dior falsos, relojes Rolex falsos, relojes (del ratón mickey) con malla de cuerina azul falsos, perfumes falsos. Más tarde ese mismo año fue la primera vez que vi a un negro por la calle. Lo vi caminando por la calle en San Andrés, el barrio donde vivía. Este hombre, que medía dos metros diez, era jugador de basketball del club Deportivo San Andrés que estaba en primera. Lo habían comprado, se ve, para el club y él vivía apaciblemente en el barrio. Había otro jugador más, un día los ví a los dos juntos. Yo tendría 8 o 9 años. Sería el año 80 u 81. Y ahora que lo pienso eso explica muchas cosas. Con ‘eso’ me refiero al hecho de que yo nunca hubiera visto a un coreano o a una persona de raza negra. La Argentina de esa época era un conjunto parejo de ciudadanos argentinos, blancos o más o menos blancos. Había algunos restaurantes chinos en la Avenida Cabildo donde servían pollo con almendras y té de rosas. Pero los chinos no circulaban fuera de esa fantasía con farolitos y cuadros de Formosa. Estaban como encerrados en un cuadro.

Volviendo al punto. A la pornografía entonces no se le llamaba pornografía. Los hoteles alojamiento o albergues transitorios, eran y siguen siendo algo inclasificable, pero eso es tema para toda otra cuestión, creo. Para mí el nombre Garganta Profunda en sí encerraba un gran misterio. Me imaginaba cosas. Garganta. Uh. Oh. Garganta me sonaba prohibido. Profunda ni hablar. Me sonaba tremendo. Hoy me entero de que Garganta Profunda tiene 95 años y da entrevistas a la revista Vanity Fair.

Por qué este señor decide revelar su identidad es algo que no me resulta tan difícil de desentrañar: hay veces que uno hace cosas que en su momento son secretas, pero a medida que pasan los años va teniendo ganas de hablar de esas cosas con cada vez más personas. Primero se lo contás a tu mejor amigo, después al analista. Y un día lo contás también en una reunión. Y si el secreto involucra a un montón de gente, por ejemplo a un país entero, y a todos los demás países subsidiarios, mejor contarlo antes de morir. (Cómo si un día Peter Parker se cansara de que nadie lo reconozca en el subte y les contara a todos que él es el Hombre Araña.) Hay un momento en que la vanidad puede más que la discreción y ese es el momento en que te mirás en el espejito retrovisor del auto y te llevás por delante una camioneta estacionada. O es el momento en el que le contás a tu novio o novia determinada anécdota inconfesable. La vanidad fue la que hizo que Cantarero le contara un montón de cosas a la periodista Fernanda Villosio sobre su impresentable accionar en el Senado o la responsable de aquel memorale “Papito” ‘escrachado’ en una cámara oculta de un programa de televisión abierta.

Ayer pensé que también podría haber sido mentira: demencia senil. Algunos ancianos se ponen muy fabuladores, simplemente inventan anécdotas falsas en las que incluyen encuentros con Borges, atajadas de penales de Maradona, peleas a mano armada, muertos resucitados, espíritus encarnados, naves espaciales y túneles del más allá. Todos estos ejemplos son verdaderos y pertenecen a distintos ancianos con los que me vincula distinto grado de parentesco o relación. Aunque haber sido el que señaló que se estaban afanando un montón de guita pueda no ser en sí una hazaña memorable, la figura de Deep Throat hoy, anciano, enfermo, inofensivo y lejos de su investidura como oficial del FBI tiene algo de heroica.

Pensaba en Pontaquarto, nuestro Deep Throat local, que con mucha menos discreción cantó todo el asunto de las coimas del Senado y al que nadie por nada del mundo ve como un héroe.

Nunca más volví a Paraguay y se me mezclan los recuerdos del Paraguay real con los del Paraguay de Viajes con mi Tía, de Graham Greene. Por suerte los coreanos llegaron también a Buenos Aires. Los negros, en cambio, siguen brillando por su ausencia.


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