Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |









6 06 2005 - 08:43

Se habla de intervenir la ciudad de Buenos Aires. “Se habla” porque nadie lo dice en voz alta, porque una intervención sólo podría ser justificada en los peores términos políticos que ni gente como Verbitsky es capaz de articular sin quedar en ridículo, porque hablar de la intervención es una manera de medir lo que piensa la gente al respecto, y medir lo que piensa la gente al respecto es una manera de obligarlos a pensar en términos de intervención sí o intervención no, porque —en suma— language is a virus, y los alcances de la infección están lejos de ser reconocidos.

Si tenemos en cuenta los resultados de aquellas encuestas efectuadas en el momento más difícil para Ibarra, inmediatamente después de Cromañón, la “gente” no tenía el más mínimo interés en echarlo. El macrismo, en cambio, sí lo quería derribar a toda costa. Ahora ya no, porque como le dice a Clarín con total impudicia: “No vamos a permitir que Kirchner se despegue de Ibarra”. La lealtad, esa bandera peronista por excelencia, atraviesa tanto el discurso oficial como las distintas escenas costumbristas que conforman la interna del PJ, pero a Ibarra ni lo roza. Con la lepra no se jode. Ni siquiera si es una lepra imaginaria.

Todo sería más fácil si Ibarra fuera un funcionario ejemplar abatido por la desgracia. Bastaría con identificar la miserabilidad del gobierno (que algunos llaman “populismo”, pero ni siquiera es eso; es más bien un micromanagement de la delación, otro karma —aunque no bandera— peronista). Bastaría con aprehender el origen psicopatológico del odio que Alberto Fernández profesa hacia Ibarra. Lo de Macri es transparente y podría ser el moño perfecto para el paquete de inescrupulosidad generalizada que le mandan a Ibarra como regalo de cumpleaños. Ah. Pero Ibarra, lejos de ser la víctima con la que a uno le gustaría solidarizarse, is an excellent driver.

No pienso renunciar. No pienso renunciar. No pienso renunciar.

Volviendo a Verbitsky (en la misma nota que comentaba ayer Schmidt), hay algo de cierto en eso de que Ibarra no se deja ayudar, aunque habría que ver qué es lo que entiende Verbitsky por “ayudarlo”. Después de todo, Ibarra llego a su cargo actual después de haber sido un buen fiscal, haberse opuesto a los indultos y haber tenido una trayectoria honesta como concejal (mucho más que lo que puede decirse de Alberto Fernández y compañia, que no le ganaron a nadie). Si la tarea de “ayudarlo” empieza por encontrar las razones por las cuales, en algún momento, decidió tirar esa trayectoria a la mierda, estoy de acuerdo. Pero parece que, para Verbitsky, la manera de ayudar a alguien es hacerle comprender que “todo es político”, mediante métodos tan terapéuticos como el de patearte la cabeza hasta que comprendas que lo único que te queda es ser como él.

La política sin militancia mostró sus insuperables límites,” dictamina Verbitsky, como si la política con militancia nos hubiera legado el edén. El que no se imagina a Verbitsky diciendo esto mientras se limpia la sangre del delantal, que levante la mano.

Si “la política sin militancia” te lleva al autismo de Ibarra, y la política con militancia que Verbitsky añora es en realidad imposible —porque nadie relativamente joven, en su sano juicio, podría abrazar semejante práctica, y hay que desconfiar, necesariamente, de quienes lo hagan — lo que nos queda es un universo gobernado por Clarín, que justamente concluye hoy que la política sólo puede ser falible, porque es esa mierda que es.

“En política muchas veces los argumentos son reversibles. Sirven indistintamente para defender o atacar una posición o a una persona. (...) Es el juego del ‘péguele al caído’, un clásico de las campañas electorales,” escribe Miguez en una de esas columnas haiku de Clarín, tiempo estimado de lectura poquito poquito. ¿En política? ¿En general? ¿No será en tu barrio?

Incluso dejando de lado el provicianismo que implica adjudicar a “la política” males que son bien propios (mientras, de paso, se hace política), es imposible no ver a los medios como una máquina fumigadora, exterminando todo resabio de política (en el buen sentido) como quien se ocupa de evitar la procreación de las cucarachas.

El problema no es —como piensan y dicen los medios todo el tiempo— que no haya oposición. El problema es que no hay nadie. En pocos meses habrá millones de votantes argentinos respaldando en las urnas a candidatos que esos mismos votantes consideran subhumanos (“pero los otros son peores”). Los candidatos y los medios (todos) trabajan para “alguien” que les impide pensar, decir, hacer, y esas lealtades se instalan como la única manera posible, no ya de hacer política sino también cualquier otra cosa.

En una interesante constatación de entrecasa, recibimos mails que nos sindican como burgueses, derechistas, radicales, delarruistas, oficialistas, porque si no no se entiende: ¿por qué nos interesaría la política si no ganamos nada con ella? No nos dijeron “ibarristas” por ahora, pero como nunca es tarde, señalemos que la “intervención” que Fernández imagina se parece en todo a lo que en el ambiente psiquiátrico también se llama, precisamente, “intervención”: lo que sucede cuando un grupo de personas decide que el loco de la familia debe ser internado, separado, aislado, lo antes posible, no tanto para evitar el contagio como para instalar, de una vez y para siempre, que el loco es él, él solo, que ellos no tuvieron nada que ver.


————————————

Del mismo autor:
PS 01
La Educación de Pol Pot
Political Science 3x SOLD OUT
Más vivos que nunca print SOLD OUT
TPP 31 - Las Comunidades Primitivas
El Dream
8. Gracias
TPP 30 - El Circo del Hambre
El Ultimo
Viedma Ayer