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Ha muerto Leslie Matchbox

8 06 2005 - 19:34

La primera creación de Leslie Smith y sus socios fue un par de patines para la hija de uno de ellos. No tuvo mas trascendencia que la envidia de sus amigas de colegio. Fue su segunda obra la que vendió mas de un millón de copias en poco menos de un año: una versión en miniatura del carruaje que transportó a la Reina Elizabeth II de Inglaterra el día de su coronación. Eso fue en 1953, y para el mismo año, Smith, Smith y Odell ya habían formado Lesney Products y sacaban a la venta uno de los productos más exitosos de su rubro: los cochecitos Matchbox.

Leslie Smith murió el otro día en su casa de North London, a los 87 años. Matchbox (que fue comprada hace pocos años por la americana Mattel, también dueña de Barbie) produjo el juguete que mejor expresa al Occidente de posguerra. Para 1962, vendían unos 50 millones de cochecitos al año. Más, decía el New York Times en ese momento, que las ventas de todas las automotrices combinadas.

No es difícil imaginar a Smith como un purista onírico. Robert Moses llevó al extremo la fantasía modernista occidental de la tecnología al servicio de acortar distancias y creó una de las grandes tragedias de la humanidad (con grandes chances de ser también una de las últimas): la expansión del transporte automotor y privado hasta extremos inimaginables, haciendo verdad su propia frase, “we live in a motorized civilization,” y desatando una variedad de efectos, que van desde la creación de los fines de semana largo hasta la guerra en Irak y desde el deterioro ambiental hasta el suburbio, el autocine, Cacciatore.

Evidentemente, Smith prefirió quedarse en el plano de la fantasía, navegar en esa utopía en estado puro. Es decir, con los juguetes y los chicos, y unos autitos cuyo nombre derivaba de que podía guardarse en una cajita de fósforos de entonces (los autitos eran chicos, pero las cajitas de fósforos en los ’50 eran más grandes que los Fragata de ahora). En esa versión miniatura, los Matchbox fueron la forma que generaciones enteras tuvieron para relacionarse con su entorno. Allá por los años ‘20, de paseo por Moscú, Benjamin explicaba que la tendencia moderna a producir juguetes “primitivos” era que, en éstos, el chico entendia naturalmente el proceso que lo creaba, más que en aquellos juguetes derivados de un complicado proceso industrial. Unas décadas y una guerra después, un reacomodamiento de roles y una aceleración general ponía a los Matchbox como aquellos juguetes que, ahora, hacían familiar a los niños el producto de un proceso industrial que debaja de ser tan complicado.

Amen de su papel socializante, la pureza de los juguetes no les quita, ni a ellos ni a los niños, su componente malévolo. Por caso, en lo personal, los Matchbox me permitieron desarrollar mi temprana tendencia piromaníaca, incluyendo la vez que quemé a Juarez.

Porque el tema es que los Matchbox eran verdaderamente sólidos. Construídos en acero y metal, con una agujita que hacía de tren delantero y trasero y un diseño detallado por algún neurótico obsesivo. El plástico que usaban era de buena calidad y los autos andaban bien derecho. Yo debía tener unos 30 autitos, desde algunos muy nuevos hasta otros muy, muy hechos mierda. En alguna época se me había dado por hacer pasar a los autitos por una barrera de fuego, lo que básicamente consistía en tirar un poco de alcohol en el piso de la cocina o el balcón (evitar los pisos de madera, please), prenderlo, y luego hacer pasar los autitos ida y vuelta, mas rápido o más despacio, hasta que el alcohol se consumía (lo cual sucedía en menos de un minuto, tiempo que a mi me parecía una eternidad y una miseria al mismo tiempo) y luego a empezar de nuevo.

Una vez, circa 1979, se me ocurrió invitar a Juárez a jugar con los Matchbox en casa. Juárez era un compañero de la escuela primaria, famoso en mi casa hasta ese día porque yo lo había “alquilado” para jugar a las figuritas. Como yo no sabía jugar, pero de algún modo había logrado hacerme de algunas figuritas, y él no tenía un peso pero era un verdadero genio en cualquier juego, tuve la idea temprana de asociar mano de obra y capital, por lo que Juarez jugaba “para mi” y se quedaba con un porcentaje de la ganancia, probablemente más que lo necesario para mantener y ampliar la fuerza de trabajo, al menos es lo que recuerdo hoy, con mirada socialdemócrata. Menos famoso en mi casa era el rol de Juárez en mi primera experiencia homosexual, en el patio del Peña, cuando jugábamos a sacarnos la lengua el uno al otro y acercarlas todo lo posible sin que se tocaran, algo que finalmente, de todos modos, sucedía.

La tarde en la que Juárez vino a jugar con los cochecitos, así que jugábamos en la cocina, un espacio mínimo con forma de pasillo. Habíamos puesto alcohol en el medio del piso, a un costado de la mesa plegable, y dale que dale con los Matchbox de aquí para allá. En un momento, en la excitación del juego y harto de repetir la operación (esperar que se agote, volver a tirar un poco en el piso, volver a prenderlo) tuve el reflejo rápido de tirar un poco más de alcohol sobre la llama que se extinguía en el piso. Por entonces, como ahora, no sabía mucho de química, asi que no intuía lo que pasó: la llama subió hacia la botella de alcohol que estaba en mi mano, produjo una pequeña explosión hacia afuera sin hacer estallar la botella, y lanzó una generosa llamarada hacia Juarez, que estaba del lado de adentro de la cocina. En llamas, Juarez saltó por encima mío y salió a los gritos buscando la puerta de la cocina y el living. para salir por la puerta de la cocina hacia el living. Mi hermano vio la bola de fuego desde la pieza y entró en escena. Según mi recuerdo, fue primero hacia la cocina, me pegó una trompada en la cabeza y me puteó de arriba a abajo, y luego salió a apagar a Juarez. Pero lo mas probable es que todo haya pasado en el orden inverso. Y en no más de un minuto, porque el alcohol, eso sí lo sabía, se apaga rápido.

Creo que Juárez lloraba, y creo que yo no. En cualquier caso, lo más importante fue montar el encubrimiento para antes de que llegara mi vieja, y ahí mi hermano tomó las riendas del operativo (en mi memoria, mi hermano seguía pegándome en la cabeza regularmente, y con razón). Mojamos a Juárez, pero como le ardía, lo secamos, y como le seguía ardiendo, le dijimos que aguantara. Mientras guardamos el alcohol, secamos todo y dejamos afuera solamente los cochecitos Matchbox con los que yo debía jugar mientras esperaba la llegada de mi vieja como un hijo civilizado. El mayor problema, para nosotros, era el olor. Juarez se habia quemado superficialmente, pero se había chamuscado por completo los pelitos de las piernas, y que alguien me diga, aún hoy, cómo carajo se saca el olor a pelo quemado de un departamento de dos por dos.

La primera medida fue sacar a Juárez. Lo mandamos a la casa con instrucciones precisas de entrar, no saludar a nadie y meterse de inmediato en la ducha, un poco para que se le pasara el dolor, pero sobre todo para que no anduviera expandiendo el olor (y el rumor) por el barrio. Luego en casa tiramos perfume o algo, por lo cual para cuando llegó mi vieja todo lucía más o menos raro, pero era imposible identificar el origen de la extrañeza.

Como era de esperar, el incidente impactó seriamente en mi relación con Juárez. Por lo pronto, lo de la lengua y los besos pasé a hacerlo con Patricia en la biblioteca. Y el acuerdo con las figuritas se canceló por tiempo indefinido.

Otras cosas no cambiaron. Un año después, en el verano, teníamos visitas de Córdoba. Debía ser un fin de semana, porque estábamos todos, mi vieja de anfitrión. La mayoría hacía algo, no recuerdo qué, en el living, mientras yo jugaba en el balcón, hasta que Camilo salió para jugar conmigo y no pudo contener la excitación que le producía lo que estaba viendo: “Maaamá, Maaamá, l’Eeernesto está haaaciendo fooogata.” Y ahi estaba yo en el balcón ínfimo, con la botella de alcohol a distancia prudente, una pequeña llamarada en medio de las plantas, y el invento de Leslie Smith en la mano a punto de arrancar.


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