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La Venganza del Cine Marconi

8 06 2005 - 19:32

Ernesto Semán comentaba acá hace algunas semanas que ninguna de las Star Wars tuvo importancia en su vida, a diferencia de cada aparición de El padrino. Yo, que hoy regalaría cada uno de mis momentos Jedi (menos uno) por la escena en que Michael Corleone habla con su madre, ésta le dice que la familia no puede perderse, y su hijo, más en penumbras que nunca, le responde “los tiempos cambian”; yo, que no siento ningún interés en volver a ver a Mark Hamill tratando de convencer(se) de que es El Elegido; yo, que hoy podría pasar por un indiferente a La Fuerza; tengo que admitir que en mi infancia El padrino no existía y la primera trilogía de Lucas lo era todo.

No vi ni La guerra de las galaxias ni El imperio contraataca cuando se estrenaron en Argentina, entre otras cosas porque era lo suficientemente chico como para desconocer la existencia de la saga. Recién pude ver La guerra de las galaxias en video en algún momento entre 1985 y 1987, y a la segunda la vi en una de esas copias en súper 8 de media hora, sentado en el piso de una sala-guardería de nenes de la Feria del Libro de 1985.

El regreso del Jedi sí la vi en cine, en el cine Marconi de Santa Rosa, La Pampa, en un programa doble cuya otra mitad olvidé por completo, en el edificio de dos pisos de ese cine que luego fue bar y después sala de video juegos y la última vez que pasé por ahí el sábado del Censo de 2001 ya era un lugar que parecía vacío desde hacía milenios con capas de polvo y mugre sobre los video juegos que habían quedado abandonados en el local. Pero en 1983 todavía era un cine, y ahí ví lo que no iba a olvidar nunca: el rodete de Leia, de la que estuve enamorado durante años, los Ewoks bailando al final, Luke sacándole la máscara a su padre moribundo en el entorno lúgubre y tecnológico de la Estrella de la muerte.

Fui con fiebre al cine, y salí mareado por haberme sentado en primera fila, con más fiebre de la que tenía cuando entré. Esa noche la temperatura llegó a los 41 grados y tuve delirios por primera y última vez en mi vida. Entre las pesadillas y el delirio febril mi mamá (Irene) bajó por la escalera, pero yo no la veía a ella sino al Jedi, Luke Skywalker en persona, que abandonaba por un rato su mundo para ayudarme contra las fuerzas del lado oscuro (porque también veía a Darth Vader pero al parecer no era nadie de mi familia). Entre la fiebre, la película y el impacto de alucinar, a los siete años, que tu mamá es el Jedi —no Leia, el Jedi— se arma un quilombo psicológico que te la regalo.

Hay pocas películas que me hayan dejado un impacto tan duradero, y a casi todas las vi en primera fila: Con ánimo de amar de Wong kar-Wai en febrero de 2001, en Nueva York, poco antes de salir a la nieve y no entender nada de lo que me rodeaba por un largo rato hasta que esos colores que parecían salir de la pantalla y la música envolvente y los primeros planos desproporcionados por la cercanía empezaran a rearmarse en mi cabeza; supongo que por empezar a darme cuenta de que me estaba cagando de frío ahí en la calle, solo y de madrugada. El frío es de los mayores activadores de lucidez que conozco. La otra experiencia de esa intensidad la tuve un mes después, en el estreno en Buenos Aires de la versión restaurada de El exorcista de William Friedkin; también en primera fila. Y es el tema de la primera fila en el cine, no hay otra fila adelante para protegerte y servir de escudo. Cuando te sentás más atrás llega la perspectiva y todo vuelve a un orden que parece más natural, pero también más frío.

En su mortuorio El travelling de Kapo Serge Daney escribió que Jean Renoir era de los raros cineastas capaces de liquidar a un personaje a golpes de travelling. Para después referirse a si mismo como “quien se estrelló muy temprano contra la violencia formal…” No conozco mejor forma de explicar por qué tanta gente le dedicó tanto tiempo, y le dio tanta importancia en sus vidas, a esas imágenes proyectadas. ¿Para qué sentarse una y otra vez en una butaca y esperar que salga un rayo de luz entre la oscuridad? Para estrellarse contra la violencia formal, ver travellings que liquidan personajes, que pueden dan vida y quitarla casi sin inmutarse. Toda esa violencia sólo la imagino en la primera fila; más atrás todo se vuelve tan civilizado.

Hay cosas que a uno le llegan en el momento justo y otras que no, y aparecen antes o después de cuando deberían. Leí Rayuela a los 27 años y la tendría que haber leído 10 años antes para no sentir afectación en la mitad de sus capítulos. Intenté leer Las ruinas circulares a los 12 años, y aún hoy es de las pocas cosas que escribió Borges que no logro disfrutar, marcado por esa impenetrabilidad que sentí la primera vez que quise agarrar el cuento.

Por alguna conjunción extraña de esas que no se repiten, vi El regreso del Jedi en el lugar, el momento y bajo las condiciones justas para nunca más poder olvidar la forma alicinada con la que, al terminar la función, caminé por entre las butacas, todavía protegido por la penumbra del cine; y de repente el shock que me produjo encontrarme con la luz del día al llegar a la calle. El regreso del Jedi siempre fue la Star Wars que más me gustó y —no es casualidad— fue la única que nunca quise volver a ver, ni siquiera en el reestreno en 1997 con copias impecables y metraje añadido. Para no decepcionarme, supongo, porque “uno no debería volver a los lugares en los que fue feliz.” Frase que no logro recordar dónde escuché, leí o miré.

Y encima ver los episodios I, II y III que acaba de terminar Lucas es asistir a una decepción; la de que, quizás, eso que fue tan importante no tenía ninguna importancia. Acabo de ver La venganza de los Sith y no puedo dejar de preguntarme quién puede dedicar tiempo y esfuerzo para filmar este paquete desabrido: Ewan McGregor intentando pasos de comedia, efectos especiales de grandes espacios que no interactúan de ninguna manera con los personajes porque nada está pensado con escala humana, más y más escenas de luchas con espadas de rayos láser filmadas como si fueran diálogos rutinarios. Hay que poner mucha buena voluntad para tomarse con algún grado de seriedad la filosofía Jedi y la del lado oscuro.

La culpa es mía. Tendría que haberla visto en primera fila y con fiebre. Y a los 7 años.


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