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1984 v3.0

10 06 2005 - 15:33

No exagere, sólo es el continuóse del empezóse de ustedes

Mafalda

El hecho de que Macintosh se pase a Intel debería ser visto por los macníacos como una alta traición.

Yo hace bastante que no me encuentro con alguno de estos especímenes, pero siempre que hay novedades en el mundo de Mac algo me inquieta, a partir del momento en que tuve un contacto remoto con ese mundo, el contacto con mis amigos de los años 80 que militaban entre sus huestes.

Desde que comenzó la computación personal, hubieron básicamente dos polos: la PC, primero de IBM y luego clonada ad infinitum por fabricantes ignotos y siempre con la guía de Microsoft marcando el horizonte, por un lado. Este fue tradicionalmente el camino de la grasada, de las cosas mal hechas, oportunistas, pensadas para una masa ávida e ignorante, que podía interesarse por la cáscara sin percibir el desastre que ocurría por dentro. Por otro lado, Macintosh representó el advenimiento del Dios Design, el objeto construido para unos pocos elegidos e iluminados que sabían que estaban ante algo realizado en forma exquisita, ya sea en el aspecto hardware como en el aspecto software, pero también en cierta faceta que no tiene que ver con el procesamiento de información, sino con el contacto directo de los sentidos, el tacto y la vista fundamentalmente: esa misma sensación de tocar y ver objetos construidos con verdadero craftmanship o bien con gran tecnología, objetos que simplifiquen la vida y la hagan más agradable.

Este advenimiento implicaba toda una concepción integral de los espacios y los gadgets. Desde la forma de iluminar, pasando por el mobiliario y abarcando incluso los packagings, el estilo Mac se hacía notar como un estilo con clase. Por otra parte, en el aspecto simbólico siempre estuvo presente en Macintosh un universo de asociaciones con atributos específicos: inteligencia, picardía, pertenencia a un grupo selecto, ¿masallasismo? Un universo icónico se construyó en torno a una computadora en la cual por primera vez se pensaba el trabajo como si fuera un juego, acuñando imágenes que resultaran graciosas para referirse a tecnicismos. Imágenes que hoy tenemos incorporadas, en ese entonces resultaban de una novedad absoluta. Dispositivo que hace las veces de control remoto con cable: ratón. Recuadro en el cual se ejecuta un programa: ventana. Eliminar un archivo: tirarlo al cesto de basura.

En 1984 se hizo una campaña publicitaria fundacional, con el slogan “para que 1984 no sea como 1984”, superproducción que en el espacio de un comercial reconstruía el clima de la obra de Orwell, con un personaje – minúsculo entre la masa – que se rebelaba contra Big Brother, y los fanáticos de ese momento asociaban “Big Brother” con “Big Blue”: IBM era así el hermano grande, el personaje que nos iba a esclavizar a todos como en 1984, y Macintosh era el personaje minúsculo que se iba a rebelar contra ese estado de cosas.

En lo que restó de los ‘80, lo que vio el mundo Mac fue la caída de su líder original: por esas cuestiones del mercado y los negocios, Steve Jobs, el chico del garage, el que dejaba pagando a quien fuera por satisfacer sus caprichos, fue desplazado de la empresa que apuntaba a convertirse en una gran corporación.

La contradicción fue instalada por él mismo: tentó para conducir Apple a un tal Sculley, quien había llevado a Pepsi a convertirse en el fenómeno que fue hacia mediados de los ’80; “The choice of the new generation”. Si había logrado que el más pequeño se impusiera al más grande en otros ámbitos, ¿por qué no podría hacerlo con la mejor computadora personal que se había diseñado? En poco tiempo, quien había encarnado la ambición de Jobs de convertir a la suya en una gran empresa, lo sacó a éste por la puerta trasera.

A Sculley se le atribuyen contratos leoninos con Microsoft, el abrirle la puerta al monstruo para que se quedara con sus innovaciones sin tener derecho al pataleo. Este sería uno de los primeros reveses que enfrentaría Apple. Entrados los ’90 la empresa comenzó a declinar, quizá sacudida por el mismo terremoto neoliberal que el resto del mundo, en una serie de movimientos estratégicos equívocos, resignando la frescura de la improvisación y los impulsos delirantes por los delirios del marketing y el management obsesivo y opaco. Titubeando respecto de a qué segmentos del mercado apuntar, la empresa estuvo a punto de desaparecer cuando encontró como esperanza salvadora la vuelta a los orígenes: Steve Jobs en su impasse se había dedicado especialmente al proyecto NeXT, que desde el punto de vista del público fue un fracaso y también al proyecto Pixar, que todo lo contrario.

[Pixar es otro motor de la ideología-Jobs donde aparece nuevamente la relación pequeño-grande. Pixar, después de producir Toy Story, firmó un acuerdo con Disney para hacer cinco películas en diez años. El pequeño sabe cómo hacer las cosas, pero necesita al grande (en este caso Disney) para que lo banque y lo distribuya. Con el tiempo, como cabe esperar, el grande intenta devorarse al pequeño, con rencillas diversas. Que si la segunda parte de Toy Story entra en la cuenta o no. Que si renegociamos y nos quedamos con los derechos de lo que hagamos. Cuestión que Pixar no renovará contrato con Disney argumentando – o sugiriendo – que ‘abusaron de nosotros’. Mientras tanto, y para siempre, Disney será dueña de las cinco películas y sus secuelas. (¿Tendrán también derechos sobre las precuelas? Espero que no. Se está trabajando sobre Toy Story III.) Hay un determinado lugar en el cual Pixar quedará como la delicadeza ultrajada y Disney como el troglodita insensible y voraz, pero siempre ocultando en esta visión que la ultrajada hizo grandes negocios en el interin y que cedió sin que nadie le pusiera un revólver en la cabeza aquellos derechos que ahora lamenta haber perdido.]

El viejo Jobs había vuelto con nuevas practicidades, con una mística de salvador y con ideas que profundizaran la concepción Macintosh del mundo. En su sacrificio mesiánico, se otorgó a sí mismo un sueldo anual como CEO de Apple de un dólar anual, no sin antes haberle vendido a Apple su anterior empresa, NeXT en 427 millones. (En el mundo Mac, ésto no es visto como un subterfugio mafioso que sin dudas se le atribuiría a Bill Gates si hiciera algo parecido o, en el ámbito local y aprovechando la universalización de ser nosotros lo más importante del mundo, se consideraría un menemismo. En el caso de Jobs, se considera actuar con elegancia.)

Para estas épocas, Apple había realizado una asociación con IBM: big blue había dejado de ser Big Brother y para quien, como yo, no estaba muy inmerso en las noticias de este mundo, la novedad era una curiosidad de esas que cuando uno crece dejan de sorprender. Cuestión que para ese momento, el malo de la película se había revelado como muy otro, el mismo malvado que aún hoy tenemos en el mundo de la informática.

[El advenimiento de Internet dio vuelta el tablero en cuanto a significados: todas las computadoras personales se convirtieron en algo en que lo más importante se ve más o menos igual. Incluso Microsoft estuvo a punto de ser desbancada por algo insignificante como Netscape y salvada por una mezcla de paranoia con la convergencia de las leyes del mercado realmente existente.]

En la segunda época de Jobs en Apple se profundizó el dominio del design por sobre lo técnico, involucrando otros aspectos de la vida que no fueran tan computer-centered aunque tampoco tan alejados: principalmente la invención de un objeto de culto como es el iPod. Conjuntamente con iTunes, su sistema de distribución a través de internet de música paga, se transformaron en la versión nuevo milenio de la rebeldía Macintosh, desafiando a los circuitos convencionales de distribución con el estilo Mac: una forma refinada aún para escuchar MP3’s, mezclando de forma confusa los terrenos de lo legal y lo ilegal. Yo, que no soy usuario de iTunes, intento leer y comprender de qué se trata y cuáles son sus alcances y limitaciones y no termina de quedarme claro. En el caso del iPod me queda clarísimo: ahí se puede almacenar tanto música legal como ilegalmente obtenida.

Las concepciones estéticas siempre estuvieron relacionadas con el mundo Mac. En particular, la música que se escucha guardó siempre una estrecha relación con la óptica de ese mundo, siempre con conceptos evolucionistas que presuponen que las cosas mejorarán indefectiblemente. De cualquier manera, y siempre bajo la concepción de este núcleo, lo nuevo debe tener cierta legitimación, si no práctica, al menos simbólica. ¿Por qué una computadora nueva que básicamente no hace cosas muy distintas que el modelo anterior pero es redondeada, más futurista y con variedad de colores para elegir puede ser un éxito rotundo cuando el modelo anterior fue un fracaso? Solamente cabe buscar una explicación en el plano simbólico, pero tiene que haber una argumentación detrás. Es decir, un argumento elegante debe convencer de la conveniencia. Si no es en base a un tecnicismo, lo será en base a un esteticismo, el cual entra en un terreno mucho más inobjetable.

Este supuesto optimismo en las mejoras quizá tenga diferencias respecto de aquél al que apunta Microsoft: en este último caso, la compra de la última versión quizá tenga factores extorsivos detrás o busque un consumo apocalíptico, o bien apunte a una aceptación sin cuestionamientos, a una ceguera de carrera desenfrenada por no perder el tren a quién sabe dónde. En el caso del público Macintosh los tiempos son otros y la decisión se asume reflexiva. La pregunta es ¿Queda actualmente algo que no sea snobismo en esta elección? ¿Subsiste algún espacio de rebeldía? ¿Existe en realidad la rebeldía o existe solamente una actitud adolescente?

En algún foro me encuentro con expresiones de duda: “Si confirman este acuerdo con Intel, lo que se logrará es que nadie comprará una sola Mac hasta que aparezcan los nuevos modelos”, dice algún opinólogo ignoto, que muestra bastante de este perfil y sus contradicciones. Si antes del acuerdo Intel era el demonio, lo peor, ¿por qué el acuerdo habría de legitimarla al punto de no querer comprar los modelos con los procesadores actuales, que supuestamente son una maravilla? Yo hubiera pensado al revés: que los fanáticos se apurarían a comprar los modelos remanentes, que conservan cierta pureza, antes de caer en las garras del demonio, pero siempre se me escapa la dirección de esa perspectiva.

Hubo tradicionalmente un misticismo en el público de Mac, en el sentirse de alguna manera parte de la empresa, disfrutar el estar siempre un paso adelante en los buenos tiempos, padecer conjuntamente la posibilidad tangible de la bancarrota y esperar la llegada de un mesías que desfaga entuertos y conduzca la empresa a la tierra prometida, aquél con quien identificarse. La identificación es de una confianza absoluta en la persona que representa ese espíritu, un eternamente infalible que emite profecías autocumplidas.

El héroe en este caso representa el espíritu del chico de garage, ese que solamente por hinchar las pelotas, para no aburrirse, se pone a inventar algo en ese tallercito y de ahí salta al estrellato y cuando quiere se caga en todo y empieza otra cosa, que total lo que emprenda se convertirá en un éxito, tan grande es su potencialidad. Se me ocurre la relación con el rock, un ámbito que también tiene tradicionalmente al garage como espacio mítico, como pesebre, incubadora de proyectos de grandeza.

Ahora la alianza con Intel me hace preguntar: ¿qué quedó de ese impulso adolescente, de ese desprecio por lo establecido? ¿Esa revolución de 1984 iba a cambiar el mundo, y en el interín el mundo cambió más aún y le pasó por encima? La visión romántica de entonces era que las máquinas en última instancia nos iban a liberar, que la vida sería un jardín de las delicias donde los diseños armónicos y la tecnología se unirían para brindarnos el mejor (y el más respetuoso) uso de la naturaleza. Sin embargo, la vida se fue haciendo con el tiempo más desenfrenada y la alienación más patente, para no hablar de las desigualdades, no entendidas éstas en el sentido de diversidad sino de desiguales posibilidades para enfrentar el mundo.

Es posible que yo ahora esté destilando el veneno de aquella vez en que mientras veía trabajar a un amigo con un modelo flamante de Macintosh con monitor color, que en ese momento era una novedad absoluta, hice algún comentario soslayando la importancia de tal progreso y recibí como respuesta:

—¿Yo qué culpa tengo de que vos estés obligado a trabajar en una PC?

De cualquier manera, las computadoras se han ido transformando con el tiempo en algo muy parecido entre sí, esclavizándonos y liberándonos al mismo tiempo a quienes no hemos escapado a su influjo y sin poder imaginarnos a esta altura cómo sería la vida sin ellas. Es bueno intentar recordarlo —para bien y para mal— nosotros que tenemos la posibilidad.

Un poquito más tarde de aquél momento que recuerdo lleno de buenos augurios, ese 1984 que no iba a ser como 1984, apareció Sting diciéndonos con música de Prokofiev que tenía la esperanza de que los rusos también amaran a sus hijos, y no sé si lo habrán escuchado, pero ciertamente a partir de ahí el mundo empezó a cambiar en otro sentido, y no se puede asegurar que sea para mejor.


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