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20 06 2005 - 16:21

Los dibujos de mi hija son azarosos pero no arbitrarios, y así es como la monja aparece al día siguiente, lejos de la playa, en Brasilia, junto a otras 4.999, si uno se toma al pie de la letra las estimaciones optimistas de Leonardo Boff. El contexto es una masiva manifestación del MST que el cura hinchapelotas celebra como indicador de la vigencia de la teología de la liberación. Algo de razón tiene —no todos los días ve uno cinco mil monjas en una marcha—, pero hay más variables que la de la duración, y la teología de la liberación no es lo mismo que los Beatles. Después de todo, uno no habla de la vigencia de la injusticia, la vigencia de la arena en el pelo, o la vigencia del chicle pegado en la suela de un zapato. Hay algunas cosas que uno querría sacarse de encima.

Para la oposición y la prensa local, una de esas cosas es “la corrupción”. El dramaturgo, también local, Augusto Boal, preferiría en cambio prescindir de la ineficaz puesta en escena mediante la cual aquellos denuncian “la corrupción” como si realmente les preocupara. Y por eso convoca a “todos los artistas brasileros, desde los más geniales hasta los menos favorecidos por el talento, a una gran marcha estética en Brasilia, al estilo del MST (¡y las monjas!), en defensa de la dignidad de la clase teatral, para exigir que los pésimos actores del senáculo político sean obligados, por ley, a volver a la academia de arte dramático para un curso básico de verdad stanislavskiana. Que mientan, dice Boal, pero que mientan bien.

—To be with another vvoman, dat is French —decía el policía corrupto amigo de Michael caine en Dirty Rotten Scoundrels—, to be caugh…dat is American.

El superministro Dirceu renunció apenas antes de being caught, y al día siguiente ya estaba alzando el puño mientras arengaba a cientos de militantes al grito de “Estoy pronto para a guerra, pessoal!”. Si hay una “vigencia” que debería ser revisada es la del apoyo (o indulgencia, según el caso) que seguimos regalándole a la generación de militantes descerebrados que Dirceu integra. Y revisarla es fácil, porque esta gente está empezando a pedir demasiado.

En el escenario berreta que condena Boal, Dirceu está siendo acusado de pasarle sobres con 30.000 reales por debajo de la mesa, todos los meses, a los diputados que accedieran a votar lo que él quería. Nadie habla de los diputados que recibían los sobres (ni aparecen en los diarios), lo cual sugiere una curiosa manera de adjudicar responsabilidades por parte de los sectores más escandalizados. Es cierto que habría que ver si uno no es capaz de votar cualquier cosa por diez mil dólares por mes, pero en cualquier caso la metodología de Dirceu parece más una admisión de fracaso que un plan maquiavélico. Más que de corrupto habría que tildarlo de inútil. La respuesta de Dirceu, sin embargo, no considera ninguna de estas dos posibilidades:

“Nunca estuvimos del lado de la dictadura, de la opresión, de la desigualdad y del nazi-fascismo.”

Bueno, qué bien, menos mal. ¿Y los sobres? No es que me preocupen particularmente. Me molesta, eso sí, que me tomen por pelotudo.

Para Dirceu, el problema de fondo es que “hay un movimiento articulado para impedir la reelección de lula en el 2006”. Un movimiento articulado que tradicionalmente se conoce como proceso eleccionario.

La pregunta es, entonces, por qué uno tolera a gente como Dirceu. Por qué seguimos pensando que son ovejas descarriadas en un rebaño que nos es más o menos afín. No basta, a esta altura, con mencionar a sus adversarios.

“Sobre mi escritorio, con la habitación en penumbras, palpo unas bolitas.” Así empieza la columna dominical de Mariano Grondona, esta semana. Que alguien me diga si la imagen del doctor “palpando bolitas” en la oscuridad no es suficiente para relativizar todo lo que diga después.

¿Por qué, como se pregunta Wainfeld no muy explícitamente alguien como Bielsa está dispuesto a inmolarse al servicio de personas que no le llegan ni a los talones?

¿Por qué Verbitsky se permite reivindicar las citas más cuestionables de Rodolfo Walsh, a esta altura del partido, acerca de haber perdido “la ilusión en la justicia, en la reparación, en la democracia, en todas esas palabras”? ¿Y por qué deberíamos seguir pensando que Verbitsky tiene algo que ver con nosotros? Más específicamente: ¿por qué está Verbitsky más cerca de nosotros que el Doctor Palpabolitas? Todo indica que en realidad están, el uno y el otro, bastante más cerca entre sí de lo que pretenden.

Una respuesta posible para estas preguntas nos incrimina: en cierta medida, por omisión, somos nosotros los responsables de que esta gente agite banderas y reivindicaciones justas y necesarias. Lograremos revertir esto con el tiempo, o seguiremos viviendo con la comodidad de que a los pobres los defienda Sandra Russo, y seremos juzgados de manera acorde.

Pero tambien hay otras respuestas posibles, y casi todas giran en torno a la lealtad, de la que hablaremos otro día. Pronto, posiblemente, si sigue lloviendo en Rio.


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