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Lenta autocrítica

22 06 2005 - 05:51

1. Hace algún tiempo escribí para este site una nota que llamé “Una excursión literaria”. Luego, hace poco, recibí el llamado de Raquel Garzón, periodista de Ñ para que opinara sobre cierta polémica en la que mi artículo intervenía de algún modo.

El ser tomado como referencia en un campo al que me había asomado solo por curiosidad, me hizo acordar a una película de Barbet Schroeder, Reversal of Fortune (que en la Argentina se estrenó con el nombre de Mi secreto me condena). Allí, un millonario de apellido Von Bulow (Jeremy Irons) está acusado de matar a su mujer (Glenn Close) aplicándole una inyección de insulina. Von Bulow, un cínico profesional, se proclama inocente pero como nadie le cree contrata al mejor abogado disponible, un tipo llamado Alan Dershowitz (en la vida real, el mismo que sacó en libertad no solo a Von Bulow sino también a O. J. Simpson). Para convencerlo de que acepte el caso, lo invita a comer a un restaurant. Al llegar, el maitre les dice: “Doctor Von Bulow, pase por aquí por favor”. Y el aristócrata, con cara de piedra y con el mayor amaneramiento del que Irons es capaz, le comenta por lo bajo al abogado: “Vea como es la gente. No soy médico, pero con una sola inyección ya me convertí en doctor.”

Esto me trae a la memoria otra historia con inyecciones y debutantes. Resulta que mi padre era médico. Y mi abuelo era un gallego farolero, al que le gustaba alardear de haber conocido a todo el mundo, desde Unamuno hasta el príncipe Yusupoff, asesino de Rasputín. Su casa estaba llena de memorabilia y de todo hacía un motivo para el recuerdo. Entre los varios retratos dedicados por gente más o menos famosa había un cuadro que enmarcaba lujosamente un billete de un peso. Abajo podía leerse lo siguiente: “Este billete es el primer pago recibido por el Doctor Ricardo Antin al haber aplicado una inyección.” Me pregunto si para seguir la tradición familiar debería enmarcar la nota de Ñ.

En principio, no parece una buena idea. El artículo, “Escritores en pugna”, apareció finalmente el sábado 11, con dos gallos en la portada del suplemento como ilustración. Y generó, por lo que pude comprobar, un rechazo generalizado. El mismo día, en el blog Existir apenas brevemente, una nota firmada por Xenia Norton y titulada “Ñ, tu debate me abate” empieza diciendo:

“Hoy lo lograron. Encontraron en la basura los dos maldititos que querían y dibujaron el bardo soñado, para que la gilada se lo crea. Dos gallos rampantes en la tapa: pedestre emblema de vanidad y de riña. Bedoian [director de Ñ], a tu guerra de muñequitos se le ven las tanzas de pesca, se le notan todos los efectos especiales truchos. (…) llamar “debate sociopolítico efervescente” a un montón de almuerzos peronistas coronados con Uvasal, y trasladar esa lógica de la puteada fácil de borracho, esa miseria mezquina del “viste lo que dijo…” a todo el ámbito de la literatura argentina como si la literatura argentina no se tratara de otra cosa, por ejemplo de libros, es un fraude.”

En otro blog llamado Dudo de todo, la misma u otra Xenia continúan así:

“Comparto con vos, desde aquí, desde Rosario, la misma tristeza y el mismo abatimiento (no exento de asco y de desprecio) por las inoportunas coincidencias. Asisto sin remedio a la tilinguería marquetinera del periodismo cultural porteño que, para su desgracia, decide exhibirse con todas sus pompas el mismo día en que acontece la muerte de un gran, gran escritor argentino.”

Efectivamente, el mismo sábado 11 murió Juan José Saer, lo que le agregó a la nota de Ñ un sabor dudoso aunque involuntario y a Daniel Massei a escribir en su blog:

“Murió Saer, es una lástima porque eso va a evitar que Raquel Garzón sepa que escribió la peor nota de su vida.”

Hasta el propio suplemento publicaba el sábado siguiente dos cartas de lectores en el mismo sentido. Ricardo Borini decía allí:

“Uno no deja de sorprenderse de la lucha de egos y los argumentos tan pueriles que esgrimen ambos bandos.”

y Sebastián Bazzano agregaba:

“Cuando contemplo esas polémicas, veo un festín de soberbias colosales. (…) Antes esas discusiones, los escritores se preguntan: ¿para qué vamos a sacar a la luz nuestros trabajos si lo que les espera es la máquina etiquetadora de géneros, o sentencias con una saña propia del jurado de Operación Triunfo”

No sé bien qué es Operación Triunfo, pero lo de “saña propia” me hace pensar que leyendo mis declaraciones para Ñ a las que la periodista añade opiniones vertidas en el artículo original de tp, tengo la sensación de ser yo mismo una especie de carnicero de la literatura, y encima impune, ya que a diferencia de los otros participantes, no tengo una novela que pueda ser atacada. Algo así me hizo notar un viejo amigo psicoanalista al que no veo hace añares, que me mandó el siguiente e-mail:

“Querido Antin: ¿Por qué participar de una polémica mediocre, aceptando los términos de la disputa y tomando partido por una de dos posiciones con el argumento de que sería menos imbécil?”

(Después, este amigo leyó mi artículo original y concluyó que me merecía un puesto entre los imbéciles)

Pero bien. El fallo parece tan irreversible como la condena a Von Bulow: una polémica mediocre, un carnaval de egos, una ofensa al periodismo, a la literatura y a la decencia. Pero déjenme también contratar un abogado o, al menos, ensayar otra mirada.

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2. También fue involuntario, pero un poco más pesado, que al día siguiente, mientras en otra parte del diario se anunciaba la muerte de Saer, en el suplemento Radar libros, José Pablo Feinmann aprovechara una entrevista para emitir, según sus palabras, “una puteada atrasada, ya vieja”. La puteada sería vieja pero no era corta y Feinmann empezaba diciendo que Saer era aburrido, que con él “nunca le pasó gran cosa” y que el escritor formaba parte de “un canon que funciona desde 1984” y que no le interesaba. Ese canon sería:

“Saer, Piglia, Aira. Y veo como se van metiendo algunos nuevos, Martín Kohan, Chejfec. Veo así a esa ‘bandita puanista’. Pero me importa un carajo realmente. (…) Me parecen más operadores literarios que escritores. Yo no entré en sus esquemas de poder jamás. (…) Es claro que son operativos culturales ligados a becas, ligados a las academias, ligados a los viajes, ligados a los congresos de literatura. (…) No soy amigo de Halperín Donghi, que bendice desde el norte lo que debe ser y lo que no debe ser.”

Es una circunstancia bizarra que, en el día de su muerte, Feinmann haya tildado a Saer poco menos que de invento de Beatriz Sarlo. Parece también bizarro que el periodista Gabriel D. Lerman haya empezado la entrevista diciendo que “el corpus de novelas que ha entregado Feinmann alcanzaría en cualquier circunstancia para consagrarlo como un escritor de excepción.” Ambas opiniones producen cierta sensación de desquicio en la literatura argentina y en el periodismo cultural. Leyendo la última novela de Feinmann, La sombra de Heidegger, uno comprueba que la prosa del autor transcurre también a lo largo de canales bizarros. Feinmann se parece un poco al personaje de Vargas Llosa que como escribía demasiados radioteatros, los personajes de unos le aparecían en los otros. Cuando uno lee a Heidegger rodeado por el personaje de Liza Minnelli en Cabaret y el de Spencer Tracy en Juicio en Nuremberg, da la sensación de que a Feinmann se le mezclaron los archivos de la computadora y la novela se contaminó con uno de esos panegíricos a Hollywood que cada tanto publica en Radar. Pero que Feinmann, un escritor tremendamente menor que además dispone de un enorme espacio de prensa, se sienta perseguido e ignorado a tal punto de permitirse declaraciones de un grado tal de grosería, habla de un estado de abierta beligerancia en la literatura argentina, algo que la nota de Garzón, en definitiva, no hace más que poner de manifiesto. La producción de Ñ incluye, además, una columna de opinión de Martín Kohan que, indirectamente se ocupa del caso de Feinmann. Dice Kohan:

“Quienes se aplican, eventualmente con esmero, a fabricar una literatura-que-gusta-a-todo-el mundo parecen encontrarse, tarde o temprano, con un punto ciego que los pone tensos o rabiosos. (…) No pueden concebir que no vayan a gustarle a alguien. No es que se depriman o que se mortifiquen, como podría pasarle a cualquier otro, no es que se fastidien, no es que se apenen: es que no lo pueden creer. Les resulta inconcebible que exista alguno al que sus textos puedan no interesar. No les cabe, y entonces ante la adversidad se entregan febriles a conjeturar diversas conspiraciones con una combinación variable de paranoia y vanidad.”

Yo había notado este síndrome en el cine, especialmente en la sombría figura de Juan José Campanella, pero solía atribuirlo a una cuestión de personalidad. Siempre me asombró que alguien que hacía un cine de éxito que le permitía ganar reconocimiento y dinero, pretendiera además una unanimidad crítica en su favor y enloqueciera de odio ante el menor matiz adverso en una reseña. En Ñ, aparezco comparando a Campanella con Guillermo Martínez como artistas de medio pelo, pero Feinmann —que además hace guiones para directores de medio pelo— podría ser también un buen ejemplo. El recuadro de Kohan pone de manifiesto una tipología y una cuestión ideológica, lejos del ataque personal. Y otro recuadro, el de Alvaro Abós recuerda que los mejores escritores estuvieron metidos en sangrientas polémicas, como para justificar desde otro ángulo que se ocupen cinco páginas con gente que habla mal de otra.

Raquel Garzón, a su vez, contraataca desde la propia nota, consignando en primer lugar que una amplia mayoría de los consultados no quiso participar. Ni aun los propios gallos a los que alude la tapa que serían Damián Tabarovsky y Guillermo Martínez. “Asombra y decepciona”, cierra Garzón amonestando a sus interlocutores en un comentario inusual para este tipo de artículo,

“que tanto polemista local, osado en el papel, no arriesgue sus opiniones al intercambio y la intemperie si no viste traje de buzo y lo bendice con sol el pronóstico del Weather Channel.”

El comentario no es desacertado. Porque finalmente, ¿qué están protegiendo los que prefieren callar?, ¿qué idea tan importante temen ver tergiversada?, ¿qué posible paso en falso los preocupa en sus infaltables estrategias de posicionamiento?, ¿qué tiene de malo, finalmente, contestarle a un periodista? El conocimiento, la vida cultural se alimentan también con lo espontáneo, lo improvisado de una entrevista, con la confusión que genera una nota colectiva, aunque los protagonistas pierdan el control sobre el resultado impreso. Contratacar con que la palabra de un escritor debe ser precisa se parece mucho a una excusa: salvo que el silencio se mantenga en todas las circunstancias, jugar a “el que habla es un gil” solo de visitante parece más un acto de cobardía que una manifestación de decoro. Garzón hizo un inmenso esfuerzo por dar cuenta de la situación de la literatura argentina por boca de sus protagonistas y trató de ofrecerle la palabra a voces representativas (salvo la mía, hay que reconocerlo). La nota, tan fácil de denostar, tiene sus méritos. Sin embargo, todo pareció terminar en una especie de catástrofe en la que tanto los participantes como los abstencionistas y los testigos parecen haber salido insatisfechos.

3. ¿Qué falló en la nota de Ñ? A mi juicio, una lógica periodística fuertemente instalada en los medios, tan fuertemente que termina ejerciendo un efecto de censura. Tomemos un ejemplo. Acabo de afirmar que el resultado del artículo de Ñ fue más bien negativo. Como periodista cultural no podría publicar una nota diciéndolo. El editor exigiría encontrar al menos un testigo que opinara a favor, para que “el lector saque sus conclusiones”. Podría hacerse un artículo titulado “¿Sirven las polémicas literarias?” y allí dar cuenta de todas las ideas en juego y generar una polémica mucho menos interesante aun. La famosa idea de las dos campanas conduce a forzar la verdad, a la chatura o al silencio. Pero hay algo más. Durante años, los escritores argentinos callaron toda opinión sobre sus colegas. Desde hace unos meses, suelen lanzar diversos exabruptos en determinadas circunstancias. Ese solo hecho es una noticia y Ñ se viene haciendo cargo de ella en el último año y, en principio, nada tiene de malo. De hecho, es muy interesante leer a escritores hablando mal de otros escritores: para el lector es una manera de establecer pistas, afinidades, orientaciones de lectura. Tanto como cuando se habla bien, pero con el interés adicional que provoca leer lo que normalmente se calla. Pero el problema es que cuando se habla periodísticamente del tema, se trata de consignar un enfrentamiento, de contraponer dos opiniones, dos bandos, o dos personalidades. O una ensalada de opiniones, bandos y personalidades, lo que contribuye altamente al caos y a la insatisfacción colectiva posterior.

3. El problema, en el fondo, es que no había una polémica. Es cierto que había una serie de fuegos cruzados, aunque difícilmente representables con la metáfora de los dos gallos. Lo que hubo en realidad, fue un libro: Literatura de izquierda de Damián Tabarovsky. Ese libro trazó un mapa de la literatura argentina y esbozó su historia reciente, propuso un canon y dividió a los escritores en grupos. Es un libro estimulante, divertido, audaz, con el que es imposible no pelearse (ya lo hice, y supongo que lo seguiré haciendo), pero imposible no reconocerle que representa una manera de pensar la literatura nacional que nunca se había expresado tan claramente por escrito. Hay un antes y un después del libro de Tabarovsky. Al menos periodísticamente. Quiero decir, que la noticia es la publicación de Literatura de izquierda, un libro único en su tipo. O, mejor dicho, lo fue hace un año. Pero nadie lo reconoció en su momento porque las reglas del periodismo cultural impiden hacerlo. Como Tabarovsky no es un nombre tan importante y el libro no vendió diez mil ejemplares (aunque no sé cuánto vendería hoy una reedición), un periodista cultural no puede tomarlo como centro —como si fuera, por ejemplo, El canon occidental—, poner la portada en una gran foto y salir a preguntar a partir de sus propias categorías. Aunque bastaría mencionar la taxonomía tabarovskiana, con los escritores del café con leche, los canónicos, los babélicos, los mediáticos, los jóvenes serios y las promesas para generar interés periodístico y respuestas. Ese hubiera sido, en mi humilde opinión, el reflejo periodístico que se imponía hace un año.

4. Pero era muy arriesgado. Implicaba difundir la distribución de méritos por parte de un escritor no consagrado por la academia, el mercado ni los premios literarios y que, encima, no parecía escribir del todo en serio. En las redacciones hay un terror sagrado a hacer algo semejante. Parecería una nota de Barcelona. De modo que hubo que esperar a que las cosas se encarrilaran dentro de los procedimientos normales. Es decir, hacía falta que otro escritor saliera a contestar. Y allí entró en escena Guillermo Martínez, a quien Tabarovsky ni siquiera menciona por su nombre. Apenas incluye su novela La lección del maestro en una lista de obras de los “jóvenes serios”, un grupo que “propone la sensatez como valor literario supremo” y “la reinstalación de lo más retrógrado de la tradición literaria argentina” entre otros conceptos muy poco halagüeños, es cierto. Sintiéndose aludido, Martínez tomó la lanza y le respondió a Tabarovsky con un capítulo de su libro La fórmula de la inmortalidad.

El texto de Martínez lleva el anodino título “Un ejercicio de esgrima”, un nombre en principio curioso para responder a otro que se llama Literatura de izquierda. Es como si Tabarovsky escribiera El manifiesto comunista y Martínez le contestara no con el Anti-Tabarovsky sino con Juguemos en el parque. Pero el tomar todo como un deporte es, como veremos, uno de los problemas de la escritura de Martínez. De él, hace muchos años, yo había leído el cuento Infierno grande. Fue por recomendación de José Martínez Suárez (creo que las fotocopias que tengo son suyas) que, en una entrevista que le hicimos con Gustavo Castagna, dijo entonces que le gustaría filmarlo. Es curioso. Con el tiempo, Martínez Suárez se transformaría en un campeón del cine argentino más ramplón y populista (Campanella, Nardini y tantos otros de sus discípulos), es decir del equivalente cinematográfico de los Guillermo Martínez. Infierno grande es un buen cuento, un poco académico, políticamente correcto y con un final muy sorpresivo. Después, hace poco, leí su última novela, Crímenes imperceptibles por la que obtuvo el premio Planeta. Es verdaderamente mala, un policial torpe y desvaído cuyo protagonista es una especie de doble del autor (como él, es un matemático becado en Inglaterra que juega muy bien al tenis) y se jacta de su capacidad científica, deportiva y amatoria. Desde Philo Vance, el insoportable petimetre neoyorquino que protagonista las novelas de S. S. Van Dyne, no se veía un detective tan pagado de sí mismo. La valoración de Crímenes imperceptibles, salvo para el jurado del premio, parece ser unánime. Gustavo Nielsen, como se verá alguien libre de prejuicios contra Martínez, escribe en su blog “Milanesa con papas”:

“¿Qué le pasó a Martínez? Acerca de Roderer es un libro genial. Infierno grande es uno de mis cuentos preferidos de la literatura MUNDIAL. Sin embargo, empezó a decaer con La mujer del maestro, y se terminó de aplastar en el Premio Planeta. Su novela del premio está escrita más desprolijamente que la respuesta a Tabarovsky en Página/12. Parece ‘traducida’ al español. Parece que Martínez hubiera ‘estudiado’ cómo escribir un best seller a lo Sydney Shelldon. Martínez es uno de los tipos más inteligentes que conozco… ¿por qué escribió ese papelón aburrido contra la literatura de izquierda? La respuesta que se me ocurre es que se cansó de esperar, que decidió vender, que sintió la presión de una editorial y de un agente que le pedían cosas. ¿Qué cosas? Que la prosa sea muy despojada, castellanizada (o sea, con nada de argentinismos, ni localeadas idiomáticas) para que sea fácil de traducir a otros idiomas; que el texto no sea ni demasiado corto ni demasiado largo, para que tenga un precio de venta razonable y que la gente no se sienta forreada al comprar el producto, ni resulte demasiado cara la traducción; que la estructura sea de best seller.”

La opinión de Nielsen sobre su respuesta a Tabarovsky no es compartida por Angel Berlanga, que lo entrevistó para Radar libros del 29 de mayo y que califica a Tabarovsky de “desparramador”, en consonancia con el propio texto de Martínez:

“El pequeño alboroto que causó hablando mal de este y peor de aquél, prueba que su estrategia publicitaria fue todo un éxito y que siempre en el mundo cultural el escandalete paga.”

Berlanga afirma que Martínez “responde con mucha elegancia e ironía”. Pero ni de lo uno ni de lo otro hay el menor rastro en “Un ejercicio de esgrima”. Si el texto de Tabarovsky es ágil, general y preciso, el de Martínez acumula pesadamente argumentos puntuales de toda índole, incluyendo el chisme y el agravio personal, coloca a David Lodge como juez supremo en materia literaria y afirma, al mejor estilo Feinmann, ser víctima de la conspiración de la academia. Martínez apela a sofismas de este tenor:

“Pero sobre todo, ¿qué diferencia hay entre la actitud de Tabarovsky y la de una escritora feminista que escribe novelas históricas para probar una y otra vez que existieron mujeres ocultas pero importantísimas detrás de cada fecha patria?”

Ya sobre el final del artículo, apela a dudosas acusaciones personales contra algunos colegas, y destila un rencor insuperable contra otros. Las diatribas contra César Aira recuerdan a las de Feinmann contra Saer:

“César Aira es el lago de Narciso en que se mira el posmodernismo enamorado de sí mismo. (…) Si es verdad, tal como lo observa Saer, que hay en la actualidad un fenómeno de religiosidad popular en torno a Borges, no falta tampoco demasiado para la capillita de Flores, con procesiones de rodillas. (…) Tabarovsky parece creer por ejemplo que César Aira es en la literatura argentina algo así como el nuevo Mesías. (…) En su propia miopía de fanático ni siquiera contempla la posibilidad de que haya escritores quizá tan inteligentes como él mismo que después de leer las cien mil novelas de César Aira permanezcan ateos (…) para dedicarse a búsquedas más estimulantes —y difíciles— que la repetición de la banalidad y a otros temas distintos de la guerra entre gimnasios y los funerales de avispas.”

Martínez, por otra parte, alguien capaz de decir en la entrevista de Página/12:

“me parece que la caída del modelo de socialismo, tanto en la Unión Soviética como en otros países, se debió más a miserias humanas que a fallas intrínsecas del sistema.”

parece bastante lejos de la solvencia intelectual por no decir del planeta Tierra. La respuesta a Tabarovsky lo revela también lejos de la honestidad y el rigor. En los momentos más ridículos, hasta recurre a su título de matemático para mirar desde arriba la literatura y da la impresión de que uno está leyendo a Mario Bunge. Si nunca hubo polémica, en definitiva, fue porque Martínez no está a la altura de las circunstancias y tomarlo como referencia rebaja ampliamente el nivel de una posible disputa.

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5. Me interesaba terminar de dilucidar el tema Martínez, ya que sigue habiendo gente convencida de las bondades de su primera novela, Acerca de Roderer. Así que, movido por la curiosidad y la sospecha, allí fui a leerlo y, de paso, leí también La mujer del maestro. Quería saber si era cierto que Martínez había empezado bien pero se había malogrado más tarde. Es verdad que la prosa es más cuidada allí que cuando intentó posteriormente el policial o el ensayo, pero ambos parecen ejemplos de “literatura construida”, de ejercicios que tratan de cubrir todos los ángulos que se supone hacen a un correcto principiante, incluyendo hasta el amor a la patria. Cuando al protagonista de Acerca de Roderer le ofrecen una beca en Cambridge responde antes de aceptar (sin que el diálogo venga al caso de nada en la trama):

“—Si fuera otro lugar, otro país; pero justo Inglaterra.” (…)
“—No, no es patriotismo; pero yo estuve en las Islas —dije”

Los dos libros presentan, sin embargo, un aspecto interesante: se parecen a la autobiografía de un adolescente inhibido de acceder a una idea madura de la literatura. Con ingenuidad casi conmovedora, Martínez imagina protagonistas que se le parecen y que terminan dibujando el perfil de un joven lanzado a ser alguien, a destacarse en algo. No importa si el ajedrez, el tenis, la matemática, la filosofía, la literatura o la conquista amorosa. Como le dice un profesor del colegio.

“Será usted un hombre exitoso, lo que fuera que eso significa.”

Es como si Julian Sorel se propusiera escribir Rojo y negro. Para los protagonistas de los libros de Martínez, la competencia lo es todo y el entrenamiento la llave del futuro. Estamos ante un adolescente “muy bien diez felicitado”, un alumno que copia los temas y los formatos de los escritores, juega a ser Henry James. Pero Acerca de Roderer tiene el mérito de hacerlo explícito, de sospechar con una honestidad que ya no aparecerá en el resto de la obra que hay algo que excede al juego, a la ambición y a la destreza. La novela está construida en torno a esa inquietud. El Roderer del título es el antagonista que supera al héroe y lo desprecia porque vive para buscar un conocimiento de otro orden. Cuando Roderer muere sin revelar su secreto, el protagonista tiene una coartada para ganar sin culpas su torneos de ajedrez, pelear en las Malvinas, estudiar matemática e irse becado a Inglaterra. Y, habría que agregar, para escribir novelas irrelevantes.

Lo que resultaba notable en las dos primeras novelas de Martínez, antes de que el autor empezara a comportarse como una persona importante es que, de algún modo, anticipan el libro de Tabarovsky. Se lo ven venir, advierten la amenaza de una impugnación y los dos libros son respuestas prematuras a ese rechazo anticipado. En el primer libro, Martínez mata al único hombre capaz de conectarse con un conocimiento de otro orden que el suyo. En el segundo simplemente hace envejecer y enfermar a un rival más profundo que él. Pero todo el tiempo subyace la amenaza de que “la convencionalidad y la ausencia de riesgo” que enuncia Tabarovsky en la literatura de los hombre serios se desintegre frente a otra superior en un caso o simplemente menos frívola en el segundo (el tránsito de Roderer al Maestro es una escalada hacia el cinismo). En el joven Martínez habita la sospecha de que su escritura podría quedar completamente al margen de un nuevo canon:

“Me encontré haciendo una especie de balance de mi vida —de lo que yo creía que era una vida— en un tono desafiante: una exhibición ridícula de mis pequeños triunfos y cada cosa que añadía, de un modo irrefrenable, solo conseguía empeorar la anterior.”

Esa versión de Martínez —el escritor ambicioso que intuye que su horizonte es muy limitado— no se hubiera erigido en el paladín contra las vanguardias. Martínez, en 1992, escribía:

“Porque la gran apuesta de la novela es afrontar el problema crucial del arte en esta época: el agotamiento progresivo de las formas, la inspección mortal de la razón, el canon cada vez más extenso de lo que ya no puede hacerse, la transformación terminal del arte en crítica, o la derivación a las otras vías muertas: la recapitulación, la parodia.”

Pero en 2005 encuentra una respuesta a sus inquietudes y retrocede a una tranquilizadora obviedad: todo da igual, el arte no tiene historia.

“¿No habrá ocurrido en cambio en la historia de la literatura que bajo la forma del relato lineal se han escrito obras maestras y obras detestables y que bajo la forma del relato no lineal se escriben igualmente obras maestras y obras detestables?” (subrayado suyo)

6. La consecuencia más negativa de la nota de Ñ es que contribuye a disimular que Literatura de izquierda es mucho menos un libro dedicado a la maledicencia que al anuncio de una buena noticia: que hay un canon en la literatura argentina. No es exactamente una primicia exclusiva, pero tampoco es algo conocido fuera del círculo profesional de la literatura, donde el panteón de Tabarovsky con ligeras modificaciones es lo que se enseña en la carrera de Letras. ¿Para qué sirve un canon? Jonathan Rosenbaum es autor de un libro que se llama Essential Cinema, cuyo subtítulo es “On the neccesity of Film Canons”. En una página explica esa necesidad. Primera respuesta: si los críticos no hacen un canon, lo hacen los rankings de taquilla. Segunda respuesta, típica del notable y particular estilo Rosenbaum (que usa virtuosamente la primera persona como si fuera el cinéfilo universal): porque a él, un ranking de las mejores películas de la historia del cine que leyó en la revista Sight and Sound en 1961 le sirvió como un excelente programa de aprendizaje. En la contratapa del libro, el académico Tom Gunning escribe:

“Rosenbaum intenta menos describir o evaluar las películas que comprometer al lector en una discusión sobre valores. Comprende que un canon cinematográfico no debe ser una lista conservadora de obras maestras sino una lucha continua por la riqueza del cine y del arte en un mundo de placer comercializado y de políticas pasivas.”

Si se cambia cine por literatura, se acepta la provisoriedad de todos los juicios y se toma el libro de Tabarovsky como punto de partida, no hay duda de que hay material para discutir durante un rato. Tabarovsky señala las vanguardias y propone leerlas. Es una excursión prometedora que no excluye pasar por la boletería de los opositores.

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7. Pero las olas concéntricas alrededor de Literatura de izquierda, que incluyen mi propio texto y la polémica en Ñ, permiten sospechar una noticia aun más interesante: que la escena de la literatura argentina es más rica y más estimulante de lo que parece hasta ahora desde afuera. Daniel Massei dice en su blog:

“No hubo nunca, nunca, nunca, en la Argentina, período con menos guerra y rencillas entre escritores que la actual. Lo que se tiene que dar y esto es lo que se pelea, es un recambio lógico y natural que se plantea siempre, en cada época, en cada década, entre los excluidos y los incluidos. De paso se dirimen cuestiones estéticas y de paso se dirimen rencillas personales, pero lo importante es recambiar, otras voces, otra gente, otros escritores, otras estéticas y otras ideas.” 

Y este recambio es, en principio, lo que viene a anunciar el libro de Tabarovsky. Pero tal vez haya algo más. Tal vez se trate de que la literatura argentina es hot. Se dirá que los escritores argentinos venden menos que nunca (no tengo ni idea). Se dirá que el país está tan desquiciado que la clase media que podía leer no se regenera más (eso pienso). Se dirá que nadie lee en ninguna parte (es irrelevante). Pero lo que esas objeciones disimulan es que no hay un mundo más atractivo que la literatura entendiendo la atracción incluso como la capacidad de succionar. No hay gente más apasionada que los escritores y los lectores compulsivos, menos enferma que los que contrajeron el virus de la literatura. Si uno compara con el cine, un medio supuestamente activo y glamoroso pero ágrafo y casi completamente entregado al dinero, el de la literatura resplandece. Aunque los impostores abunden y en cada site literario, en cada blog, en cada conversación entre escritores domine un tono de desesperanza o de cinismo y haya miles de cuentas pendientes casi de todos contra todos. Pero, recorriendo la Internet, por ejemplo, es difícil encontrar en otro campo la insólita mezcla de información y desparpajo que hay en la insólita columna “Las chicas de Letras se masturban así” de Elsa Kalish. O la extraordinaria mezcla de sofisticación y generosidad del blog “Conejillo de indias” de Oliverio Coelho. Da la impresión de que la masa crítica de nuevos activistas literarios, suficiente como para provocar cambios apreciables, no es consciente de sus posibilidades.

El mío puede ser un entusiasmo de neófito y, es verdad, la literatura me parece la mayor parte del tiempo un territorio encantado. Pero no creo exagerar si digo que hay un mundo secreto que va develando paulatinamente la potencialidad de su esplendor. Literatura de izquierda es el síntoma de una nueva visibilidad. Porque cuando las discusiones que se reservan para ámbitos muy cerrados pueden tomar estado público sin que parezca estrafalario es que el ámbito de circulación de esa información era más amplio del imaginado. Dicho de otro modo, la demanda de literatura y también la demanda de valoración de la literatura está insatisfecha.

8. Por supuesto, sería muy importante para sostener este optimismo que los libros de los escritores argentinos nuevos o no tan nuevos (Guebel, Nielsen, Becerra, Piro, Chejfec, Eckhardt, Bizzio, Kohan, Bianchi, Alemian, Taborda) que Tabarovsky señala como parte de su literatura de izquierda, lo que él llama su programa de lectura estén a la altura de las expectativas. Leerlos (claro, primero hay que conseguirlos y después hay que comprarlos), comentarlos, forma parte de un proyecto personal seguramente compartido.

Pero hay otro motivo de entusiasmo en el libro de Tabarovsky, algo que el autor menciona al pasar, en un paréntesis: “tengo la impresión de que lo que hizo César Aira con la literatura argentina, la reformulación que su obra implica, es aun difícil de evaluar”. En la nota anterior, me llamaba la atención que Tabarovsky hablara de Aira en términos de influencia. ¿Qué quiere decir eso de reformulación, después de todo? Lo que Tabarovsky nunca dice claramente es que Aira es el único centro posible de cualquier canon de la literatura argentina contemporánea. Esto no es siquiera un secreto a voces: como vimos, hasta Guillermo Martínez se dio cuenta con horror. Hasta Tomás Abraham se dio cuenta desde fuera de la literatura. Recorriendo los blogs, uno se topa con comentarios suavemente insidiosos con respecto a Aira que no hacen más que acentuar una encubierta admiración. No es para menos. Casi cualquiera de sus libros es la prueba de su radical originalidad, de su imaginación sin fronteras, de su rabioso deseo de contemporaneidad, de su veneración por la literatura (si tuviera que elegir uno, hoy pensaría en El mago, el homenaje más brillante que un libro hace a la literatura). Aira es, como Borges, un escritor que usa un lenguaje despojado y sin alardes para inventar una forma, un estilo, un tono y un universo que no tienen la estridencia de lo novedoso. Como Borges, Aira se separa de sus antecesores y define su propio canon. Como en Borges, hay algo engañoso en ese canon: hay poco en común entre la prosa de Aira y la de Lamborghini (allí Aira tiene su escritor gauchesco, como Borges tenía a Hernández).

Pero lo que hace a Aira absolutamente distinto del resto del canon de Tabarovsky (Arlt, Puig, Fogwill, Lamborghini) es que tiene un costado sombrío, uno irónico, uno perverso, pero también, como Borges, uno fuertemente luminoso (eso diferenciaba a Borges de Bioy, por ejemplo). Aira invoca frecuentemente una magia ingenua:

“En una isla paradisíaca situada frente a las costas de Panamá vivía la Princesa Primavera, en un bello Palacio de mármol blanco.”

Así comienza La princesa primavera con sus palabras con P mayúscula y su tono de cuento de hadas. Los más de cincuenta libros de Aira se parecen entre sí, pero su tan criticada repetición (hay quien dice que ha escrito dos veces el mismo libro, una operación borgeana) no constituyen sino variaciones en torno de la sobriedad y la gracia.

La luminosidad de Aira, su vocación placentera y lúdica, su extraordinario brillo como ensayista, su deliberada ausencia de los medios perfilan un personaje altamente amistoso, querible para los lectores. Aira es compañía, el amigo invisible para los lectores niños que siempre quisimos volver a ser. Y, al mismo tiempo, como para entretener a los académicos del futuro, es misterioso y enigmático porque todo lo suyo es simple y nada es obvio.

Para continuar con una idea de la nota anterior (y no extender la autocrítica hasta extremos insoportables para mí mismo), creo que Bolaño, el otro gran escritor latinoamericano de los últimos años, muerto sin duda antes de tiempo, tuvo simultáneamente un arranque visionario y otro de ceguera. Porque advirtió —contra el mortuorio consenso intelectual argentino (el que seguramente hace que Luis Gusmán escriba un libro sobre epitafios)— que no se podía edificar una literatura sobre la sordidez de Arlt y Lamborghini (nadie queda ya que diga que se puede edificar una sobre Soriano, lo cual, de paso, muestra que salvo en el diario de Irigoyen que es Página/12, los mediáticos han perdido para siempre la batalla). Pero, tal vez solo, enfermo, mal aconsejado, Bolaño no logró ver la diferencia de Aira, al que describió como un mero discípulo de Lamborghini, un equívoco que el propio Aira contribuyó a crear.

No falta mucho seguramente para que la importancia de Aira sea no ya reconocida sino aceptada casi sin discusiones. Nuevamente, no creo que sea muy original decir esto. Supongo que el problema va a venir después. Hace treinta años que muchos escritores argentinos (Tabarovsky incluido) repiten tontamente que hay que escribir contra Borges. Dentro de poco van a tener que escribir también contra Aira. Acaso sea la misma empresa, pero de todos modos, Tabarovsky va a tener entonces la oportunidad de escribir el segundo tomo de Literatura de izquierda.

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Posdata. Ya que estamos en la autocrítica, en la nota anterior dije que los escritores nunca pegaban una a la hora de escribir de cine. Debo reconocer que encontré una excepción en el mencionado site de Oliverio Coelho. Hay allí una notable reseña de Géminis, la película de Albertina Carri, un film mucho más interesante de lo que la cada vez más despistada crítica de cine logró ver.


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