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22 06 2005 - 18:55

Ayer tuve una reunión, una reunión de trabajo con un proveedor o un posible proveedor. El proveedor era alguien dueño o representante de una empresa de producción de eventos, que estaba por acabar de abrir una “nueva empresa” (así la llamaba él) dedicaba a la parte creativa, al desarrollo de “Ideas”.

Tendría alrededor de cuarenta, era un canchero bárbaro, bronceado, con anteojos de sol y camperita de tela inteligente. No tan canchero, fumaba. Era como un joven, pero no era joven. Me dijo “yo nunca fui barato (con “yo” se refería a su Empresa de Eventos) porque siempre trabajé bien.” Con seguros, generadores que andan, matafuegos. Me contó que él y un amigo siempre frecuentaban un boliche equis y que incluso pre-Cromagnon siempre se preguntaban cómo escapar en caso de incendio. Que tenían un plan, que era agarrar determinada mesa y romper el vidrio de una ventana. Que post-Cromagnon el boliche abrió con la salida de emergencia colocada justo ahí donde él y su amigo se la habían imaginado. Con esto me quería decir de alguna manera lo previsores que eran en su empresa. Yo me quedé pensando en este hombre grande, acodado a la barra del boliche pergeñando un plan de fuga para un siniestro hipotético, y todo me pareció raro. Sobre el final de la reunión, en la charla apareció la corrupción, apareció ‘este país’, apareció que hay que ‘hacer algo para que las cosas cambien’. Terminó la reunión. Sí, sí, bueno quedamos así, mandáme el presupuesto. Hoy me manda el presupuesto de producción, pero no la Idea. La Idea no me la manda porque tiene miedo de que se la robe. Les aclaro que la idea es una pavada monumental, es el desarrollo de una actividad para anunciantes de un canal de cable tipo búsqueda del tesoro o carrera de postas en un parque de diversiones imitando el formato de cierto reality show televisado por el dicho canal. No es la fórmula de una bomba que sólo mata personas dejando enhiestos los edificios, ni el manifiesto de una organización anti o pro alguna causa política cualquiera. El costo de la Idea sí está incluido en el presupuesto y es de ocho mil pesos.

Así es el mundo. Hay que callarse la boca y aceptar que cualquier cosa es una idea.Y soportar que te fumen en la cara y que te digan que el problema es que somos todos corruptos.

Yo quería hablar de otra cosa, seguir con el tema de las generaciones y con Caballito y la remodelación de los bares. Intentémoslo.

En mi trabajo tengo que pasarme bastante tiempo organizando o supervisando la organización de eventos promocionales. ¿Qué es un evento promocional? Es un encuentro de un grupo de personas (personas clientes o personas periodistas o personas ganadoras de un concurso cuyo premio es asistir al evento) a las cuales se les presenta un producto o se les recuerda un producto o se les ofrece un valor agregado del producto. Además se les da de comer y beber más o menos (mejor o peor) de acuerdo al tipo de invitados. Canapés básicamente. Aunque ahora se diga “finger foods”. A los invitados hay que ofrecerles un momento especial para fundarles un recuerdo relacionado con la marca con la que queremos se “fidelicen” y regalarles algo para que a la marca se la lleven a casa en la forma de algo tangible (un termo, por ejemplo, o un bolso cruzado).

Bajo ninguna circunstancia los invitados se tienen que sentar en mesas redondas altas como de casamiento (eso es otro tipo de evento, el evento social o familiar). Todo tiene que ocurrir en livings. Los livings tienen que ser sillones de cuerina blancos o negros o tal vez anaranjados, armados geométricamente, puede ser con una alfombrita de yute bajo la mesa ratona y vajilla cuadrada. La moda son los livings y se terminó. Los eventos tienen que tener un clima lounge (tienen que ser en livings de cuerina o eco cuer, el cuero es muy caro y la gabardina se ensucia, además no tiene ese brillito Cinzano que tiene que tener el living del evento).

En los interiores reales también cambia el mobiliario conforme pasan las décadas: los bares, las representaciones de las casas en la TV, las salas de espera ahora también tienen livings de cuerina y lámparas geométricas y detalles de fórmica. Monocromías con detalles de colores primarios, diría la revista Living. O algo a lo Mondrian (“zen” dicen en las revistas especializadas). Ya no se usan los ficus, ni los potus. Cactus tal vez o alguna rama larga y elegante, caña de bambú podría ser, también. Cemento alisado, ventanas rectangules a lo ancho (rajas de luz), una rama de sauce eléctrico en un florero alto de vidrio transparente. No va más el vidrio azul, ni los jarrones de cerámica.

Las construcciones de moda se parecen muchísimo a las construcciones de moda de lo que era moderno hace muchos años. En el medio vinieron los chalets con tejas francesas, maderas lustradas, ladrillo visto, garajes bajo nivel y mucho helecho en el frente. En el interior los sillones eran a rayas azul y blanco o amarillo y blanco o laca o directamente imitación de estilo. Después o al mismo tiempo vino el postmodernismo: El Loft, con auto adentro, ventanitas chiquitas, escaleras de hierro en diagonal. Mucho desnivel. Negro y azul francia: Dark, aunque alternado con paredes tipo jardín de infantes y muebles de estilo pintados de colores como en la casa de Shallow Grave.

Todas las opciones fueron modernas alguna vez. Y los jóvenes que accedían entonces a su primera o segunda casa se preocupaban en tener un interior que luciera más o menos parecido a cómo tenía que lucir un interior moderno. ¿Lo moderno es moderno antes de ser moderno o mientras hay un consenso sobre su modernidad? Es decir, cuando todas las mueblerías o ‘tiendas de diseño’ de Palermo (las regias y las baratas) tienen más o menos la misma producción con materiales más o menos nobles, ¿eso sigue siendo moderno o ya no lo es más? ¿Qué sería moderno hoy? Los livings blancos ya no lo son. Ya están a la altura de los modulares de roble o los juegos de sillones de algarrobo o las mesas de pino con almohadones a cuadros, o los livings de Laca con almohadones floreados. Flores lilas y rosas sobre fondo negro (atención Melrose Place) que no es lo mismo que flores grandes, rojas y naranjas sobre fondo crudo.

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En estos tiempos abrieron muchos bares, que también se usan para hacer eventos promocionales y sociales, y en todos hay livings blancos o naranjas o livings a secas y mesas de patina wedge con tapita de mármol o detalles de metal o sin tapita y sillas tapizadas en cuerina beige. Todo luce más o menos igual.

¿Qué hace que un color, un mueble, un revestimiento, un azulejo nos guste o no nos guste? ¿Hay un mandato o hay un consenso? ¿Qué hace que los edificios construídos en los 60 y que en algún momento nos parecieron horribles hoy nos parezcan bellos? El ejemplo más claro que se me viene a la mente son los edificios recubiertos en venecitas que un día rompieron a mazazos para ponerle porcelanato o ladrillo visto y que ahora vuelven a romper a mazazos para ponerle de nuevo las viejas venecitas. O la piedra Mar del Plata y la laja que ahora están bien y que en algún momento fueron el acabose de la grasada. Los ladrillos vista siguen mal. Tejas, a dos aguas, un bajón. La chapa, mejor. ¿Qué hace que ya no nos gusten los baños construidos hace 26 años con cerámicas beiges o rosadas o verde musgo como chorreaditas a propósito?

Hace un año y medio me topé con una mina que trabaja para una consultora inglesa que trabajaba para marcas como por ejemplo Levis. Era una “cool hunter”. Es decir que andaba cazando tendencias, o algo así. Ella contaba (no a mí, sino a un grupo de personas, yo escuchaba como de lejos porque nunca me la presentaron) que “el” lugar al que los cool hunters iban a buscar tendencia era la Villa. No cualquier villa, obvio. Villas grosas, con onda. Contaba que en Londres habían quedado muy impresionados con las mochilas negras que tenían escritas con marcador plateado la A de anarquía con el circulito alrededor. Claro, decía la cool hunter, es como la moda del rap, que empezó en el Bronx y después ‘subió’. “Ahora la tendencia no es más top down”. Confieso que me quedé anonadada, patitiesa, perpleja, muda. Hubiera querido hacerme amiga de esta cool hunter para que me explicara de una vez y para siempre cómo es que las cosas se usan y se dejan de usar, se usan y se dejan de usar y cómo son, ¿quiénes son? los que dictaminan el buen gusto. Ese día la cool hunter lucía un jardinero rosa bebé Levis. Algo vintage, obvio, de los ochenta, o nuevo pero que parecía viejo. Era una mina grande, pero que parecía joven.

¿En qué pensaban las personas de cuarenta años hace cuarenta años? Estoy casi segura de que cómo escapar de una discoteca en caso de incendio no era lo que más los preocupaba entonces y mucho menos se preocuparían, asumo, arriesgo, por saber por dónde viene la tendencia, si por arriba, por abajo, por adelante o por detrás.

Los bares viejos que dejaron de ser viejos en el 89 cuando les cambiaron a los mozos el delantal marrón por el delantal floreado y les pusieron potus y los transformaron en “Pizza Café” con nombre italiano ya está viejos otra vez. Si se quedaran así, con sus potus y sus espejos y sus boxes privados y sus sillas tapizadas en pana sintética bordó ¿serían modernos dentro de 40 años?


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