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A las puertas del quirófano

3 09 2004 - 10:39

Mientras un par de cirujanos con los pelos de punta intentan un cuádruple bypass en el junk food, cholesterol, saturated fat heart of former President Bill Clinton, me pasa lo mismo que quisiera ver si va a pasar: Sin que el tipo se haya dado una inyección de grasa deliberadamente, su repentina internación le dio al discurso de Bush de ayer apenas unas 13 horas y media de vida. Lo que a las vueltas de la vida termina siendo un gran servicio, esperemos que no el último, de Clinton a la humanidad.

Si nos ponemos un poco en argentinos (al fin y al cabo un punto de referencia para nosotros) lo malo de esta situación es la asociación que cualquiera puede hacer con el camionetazo que se pegó Alfonsín en la cabeza en el medio de la campaña de De la Rúa, y que somehow reordenó su carrera a la Rosada, por la onda de simpatía que desplegó, porque en un solo movimiento, Alfonsín salió de la campaña como estorbo para entrar de nuevo como nirvana.

Siguiendo la analogía, ¿cabe esperar para Kerry la misma suerte que para nuestro propio estúpido, y para los Estados Unidos el mismo destino que la Argentina?

Quizás. Ayer, mientras me comía unos agnolotis horrendos en uno de los salones VIP de la Convención, pensaba que la situación de Bush y de Kerry es cada vez más parecida a la de Menem y Bordón (descontando que Kerry sí tiene un partido y que su candidato a vice aun no necesita electroshocks). El punto es que Bush está al frente de una revolución que está dando vuelta como un guante el país y, en parte, el mundo, y que su legitimidad se basa en la revolución misma y en la necesidad de más tiempo para concretarla definitivamente. Mientras que el bueno de Kerry y sus estupideces sobre Vietnam lo ponen como un reformista en medio del palacio de invierno, y no como un contrarevolucionario, que es lo que debería ser.

Con esa cara de Super Agente 86, Bush hablaba ayer con convicción de revolucionario: ¿está todo mal? Pues los esfuerzos de hoy son los frutos del mañana… siempre y cuando termine la obra. De otro modo, los esfuerzos de hoy se habrán desperdiciado y las vidas invertidas en la guerra, el orden internacional hecho añicos en el mundo, el Estado desguazado hacia adentro y la economía fracturada quedarán como una foto fija y no darán lugar a lo nuevo.

A resultas de lo cual, en lugar de tener a Bush explicando por qué la economía sólo genera puestos de trabajo basura, lo tenemos a Kerry explicando que, si confían un poco en él, el hecho de que los que ganan más de 300 mil dólares al año paguen sus impuestos no le va a quitar competitividad al país. Peor aún, en lugar de escuchar ayer a Bush explicando por qué sus planes de guerra se fueron al diablo, lo tenemos a Kerry explicando hoy que él estaría eventualmente en condiciones de ser un buen comandante en jefe.

Ese aire de confianza había ayer en el salón VIP. El salón VIP: en realidad había más de 20. La necesidad de fragmentar las geografías, segregar territorios y crear una multiplicidad de espacios y servicios premiun parece ser una obsesión de esta gente, no sólo a la hora de gobernar un país o destruir el centro de Detroit o los ghettos del Bronx. Es su natural mirada de cualquier espacio, asi sea una convención en la que todos son de su mismo partido. En la convención demócrata había tres salones especiales, aparte del de los candidatos. En la republicana conté cerca de 20. ¿En qué eran especiales? Pues en que eran especiales, eso las hacía especiales. Luego, by default, se mutilaba los espacios no-especiales para que los especiales lo fueran. Pasaba con la comida: en el salón VIP de ayer, para los gobernadores, había comida de bajísimo nivel, unas salchichitas envueltas en algo como pastafrola, unos sandwichitos de peceto seco y quemado, los agnolotis ya mencionados y un montón de papitas fritas. Todo eso con sillones relativamente cómodos, bebida aguada, un par de afiches de Paul Stanley (oh si) y de Nadia Comaneci, que se ve que pasaron por el Garden.

¿Cómo hacer de ese horror un lugar VIP? Pues transformando el resto en un calvario: el lugar “normal” de la convención no tenía salones, los pasillos no tenían asientos y los barcitos vendían sólo hotdogs, pretzels, agua mineral y peach iced tea. A las dos horas, uno creía que el salón VIP anterior era el jardín de Alejandría.

Si algo son los republicanos, es consistentes con sus cosas. Volviendo a lo anterior, y mientras la operación a Bill sigue su curso, tratando de no forzar las figuras más allá de lo recomendable, Kerry puede ser Bordón o De la Rúa, o Bush puede ser Menem o Duhalde. Ambas situaciones son más o menos similares y quizás se resuelvan por condiciones circunstanciales: la internación de Clinton, un atentado una semana antes de la elección, una frase inoportuna.

Lo que es menos circunstancial que esto, en todo caso, es una dimensión más temporal del país. Menem culminó a toda orquesta un proceso de transformación que comenzó en el 74 (o antes). Se trata de 30 años con ciclos en dos intensidades: uno menor, en el que hay subidas (1978-1980, 1985-1988, 1992-1996) y bajadas (todo lo demás), y uno mayor, en el que Argentina siguió una tendencia mucho más firme de desmantelamiento de su estructura económica y de los recursos simbólicos que le daban un lugar determinado en el mundo.

Estados Unidos está haciendo lo mismo. Reagan fue en parte eso, pero Bush, y sobre todo quienes trabajan con Bush, han aprovechado el legado de Ronaldo como plataforma para una ofensiva mucho más masiva, ni triste ni solitaria, pero sí final. Argentina lo hizo en diez o treinta años. Acá hay mucho más para desmontar y desarmar, pero también es cierto que hay muchos más herramientas para hacerlo. Y, me parece, mucha más convicción.


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