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23 06 2005 - 18:51

La pregunta sobre qué hacer, que convertida en título otorgara al célebre libro de Lenin tanta más vigencia (justamente) que su contenido, siempre estuvo relacionada, para mí, con el trópico. Es un disparate, pero le debo la asociación a Peter Weir, que sentó a Billy Kwan ante una máquina de escribir en The Year of Living Dangerously y le hizo tipear what-must-we-do, what-must-we-do, durante dos horas. El enano encarnado por Linda Hamilton tenía problemas personales que empalmaban de un modo verosímil con sus anhelos y preocupaciones, digamos, “ideológicos”. Era un gran personaje, Billy Kwan, y para serlo debía resignar protagonismo ante las figuras más anodinas de Mel Gibson y Sigourney Weaver. No tanto por especulaciones comerciales sino porque una película protagonizada por Billy Kwan no apasionaría a nadie. Todos sabríamos cómo va a terminar esa película, y ni siquiera se trataría de una tragedia, más bien de una exhibición del fracaso que intuímos propio. Si hacés una película sobre Billy Kwan terminás escribiendo Barton Fink Goes To Java — una excentricidad, en el mejor de los casos.

Uno puede contar desde adentro o desde afuera, arriesgándose a naufragar en lo folklórico o lo turístico, respectivamente. El consenso no suele reparar en algo que me parece obvio: la elección entre adentro y afuera es engañosa, los límites son (o deberían ser) difusos, y la diferencia entre uno y otro extremo no es mucho mayor que la que entendíamos mínima entre Verbitsky y Grondona. Por eso, entre otras cosas, me gustan Weir y Graham Greene. Y por eso, entre otras cosas, me resulta tranquilizador leer la nota que mandó ayer Quintín mientras desayuno en esta hamaca paraguaya, acechado por monos enanos y comadrejas obesas. Normalmente me irritaría, y le echaría la culpa a mi condición de sponsor involuntario de estas polémicas tan argentinas, en las que todos son tan cancheros y el que gana termina hablando solo. Pero el entorno selvático aporta cierta perspectiva, y entonces recuerdo que mi interés por la ficción siempre me impidió llevarme bien con el universo de los critical studies. Tal vez se trate simplemente de compulsiones irreconciliables.

Sontag, por ejemplo, a quien uno quiere tanto, me obligó esta semana desde la tumba a leer las Memórias Póstumas de Brás Cubas, de Machado de Assis. Me sedujo, mejor dicho, con el viejo truco de asignarle características “modernas” a una novela escrita hace ciento cincuenta años a pocas cuadras de donde estoy ahora. Y las Memórias Póstumas se dejan leer, efectivamente, como si hubieran sido escritas hace poco. Brás Cubas nos las cuenta desde el más allá, igual que el protagonista de Sunset Boulevard, sosteniendo el interés a lo largo de sus nosecuántos capítulos (algunos muy cortos) a fuerza de literatura. No pasa casi nada en todo el libro. Sontag podría haberme advertido que la “modernidad” de las Memórias Póstumas era puramente formal, y sus particularidades meros instrumentos. Claro que “puramente” y “meros” delatan, una vez más, que la impaciencia es mía.

“Where Brás Cubas is writing from is not a true afterlife (it has no geography), only another go at the idea of authorial detachment,” aclara Sontag, casi como si se tratara de un logro. “The novel as an exercise in the anticipating of old age is a venture to which writers of a melancholy temperament continue to be drawn.” La novela “as an exercise” de lo que sea, incluso si habla de preocupaciones que comparto, me resulta cada vez menos tentadora. Y no se trata de reclamar trascendencia o ambiciones desmedidas en todo lo que uno lee, sino más bien de reconocer que, después del Pop (o durante el Pop, si somos optimistas) leer un libro entero para cosechar un par de one-liners memorables es algo así como encender la hornalla del gas frotando dos palitos. Se entiende que tres capítulos de Brás Cubas desemboquen en

Ninguém se fie da felicidade presente; há nela uma gota da baba de Caim.

Pero también se entenderá, espero, que yo prefiera a Prefab Sprout diciendo algo muy parecido

Before you say you’re lucky
Before you say she’s good
Knock on wood

que además de ser cierto viene en un paquete con dieciocho cambios de acordes y arreglos de Thomas Dolby (y lo podés escuchar mientras lavás los platos).

Lo de Brás Cubas es, dependiendo del humor con que te agarre, banal o verdadero (o las dos cosas), pero en cualquier caso irrelevante a la sombra de la forma particular de esta novela, que se lo fagocita todo con sus caprichos y sus coqueteos, es verdad, modernos. En el fondo, lo de Brás Cubas es stand-up comedy, y pese a la contemporaneidad del género, es también ahí es donde se mantiene anclado en el Siglo 19. Not that there’s anything wrong with that, pero pasáme el iPod, que la ausencia de ambigüedad me está dando sed.

Podría, para matizar, ocuparme ahora de los diarios, pero acabo de leer que Maradona “quiere ser más argentino cada día”, así que mejor no.


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