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24 06 2005 - 17:45

P.K. Page, poeta canadiense, llegó a Rio en 1957 acompañando a su marido, Arthur Irwin, que había sido designado embajador. Como suele suceder en esos casos, P.K. Page tenía muy poco que hacer. Ocuparse, apenas, de la servidumbre a cargo de la mansión de cuarenta y seis habitaciones que le había sido destinada, hacer algunos dibujitos y llevar un diario. En ese diario, publicado como Brazilian Journalhace algunos años a sugerencia de Michael Ondaatje, pasa mucho menos que en la cuarta parte de las Memórias Póstumas (en las que, ya dijimos, no pasa casi nada). Page escribe bastante peor que Machado de Assis, sus preguntas parecen fruto más del aburrimiento que de una curiosidad genuina, y cada vez que hace una observación más o menos terrenal te da un poco de vergüenza ajena (“Social note: have never met a Negro at a party”). Machado de Assis es un escritor de verdad y Page no. La sorpresa es que después de sumergirse en los diarios de Page uno vuelve a la realidad de su café con leche sintiéndose otra persona. Hay algo ahí que te hace bien, algo que habías olvidado mientras leías a Brás Cubas.

Brazilian Journal empieza en Lae, Nueva Guinea, con Page desnuda en su cama, bajo el ventilador, tratando de asignar algún tipo de representación a los ruidos que escucha en la oscuridad. Es un momento que condensa todas las promesas de lo exótico, desmentidas luego en el resto del libro. Como sabemos, lo exótico es en sí mismo una promesa imposible de cumplir. Pero Page se las arregla para exprimir cada detalle prosaico de su estadía brasileña en búsqueda de algo que merezca ser narrado. La cabra, por ejemplo: El nuevo cocinero le pide permiso para mudarse con su cabra (“el unico miembro” de su familia, dice). A Page le preocupa la posibilidad de perturbar la serenidad colonial que ha ido construyendo en torno a su mansión de Gávea, pero el cocinero le asegura que la cabra es muy tranquila, “casi muda”. La cabra odia su nuevo entorno y chilla sin parar durante dos días hasta que consigue huir. El cocinero llora y maldice. Page, muy a su pesar, organiza una operación de búsqueda de la cabra. El cocinero, conmovido, le promete que si llegan a encontrar a su cabra, no vacilará en regalársela a Page. Es lo mínimo que puede hacer. Page asiente y celebra en silencio el fracaso de la búsqueda. Dos días después recibe un llamado telefónico anunciándole que “la cabra de la embaixatriz” apareció en Ipanema. Ahora Page tiene una cabra, ambas se odian entre sí y no hay solución posible.

Con todos sus defectos y limitaciones, Page va iluminando todo (lo poco) que experimenta en Brasil con una inocencia que parece más mundana de lo que es. En el fondo, Page sabe que no entiende nada, y por eso narra, para ver si así entiende algo. No es el peor motivo para ponerse a escribir. Al final del libro, uno ya hizo las paces con la superficialidad de sus juicios y opiniones, del mismo modo que uno perdona en los amigos lo que jamás le dejaría pasar a un extraño.

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The real surprise of the trip —escribe P.K. Page desde el pasado—, is my disillusionment with Niemeyer. [...] On closer acquaintance, some of the magic evaporates. For instance, one of his schools in Belo Horizonte consists of three buildings. They are unorthodox and pleasant to the eye until you realize they represent a ruler, a piece of chalk, and an old-fashioned rocking blotter. Like building a house in the form of a lamb chop, a bed and a bath! “

Uno no puede menos que coincidir, pero también puede reconciliarse con Niemeyer haciendo una visita al museo que construyó él y otra al que diseñó Alfonso Eduardo Reidy hacia fines de la década del 40. Del de Niemeyer ya habló Semán hace unos meses; el de Reidy es el Museo de Arte Moderno que está cerca del centro, a la entrada del Parque do Flamengo. Una trampa mortal para niños y adultos distraídos, lleno de agujeros intencionales en el piso, escaleras con barandas ilusorias y afiladas puntas de concreto a la altura de la frente de uno (que es enano) y los hombros de los demás. Sería bueno saber qué pensaba Burle Marx de semejante esperpento; los jardines de Marx están incorporados al edificio de Reidy de una manera que sólo puede ser intencional, y por lo tanto insultante.

Hay, sin embargo, dos muestras interesantes en el MAM. Una es Motion Pictures, la reorganización aggiornada que hizo Mary Lea Bandy para el MOMA de las películas de Warhol en blanco y negro. Yo había visto unas cuantas en la Lugones hace mil años, y es muy distinto verlas todas juntas al mismo tiempo, proyectadas sobre telas cuadradas (las películas de Warhol son en 16 mm), una al lado de la otra. El impacto inicial es muy superior al de sentarse en un cine normal a ver a un tipo durmiendo durante seis horas. En la versión de Bandy —los curadores deberían, en estos casos, compartir cartel con los artistas—, los Screen Tests falsos de Warhol parecen mucho menos una provocación y mucho más “arte”. Lo cual está bien o mal, supongo, dependiendo del humor con el que te agarre. Conceptualmente, no parece una buena idea prescindir del carácter obligatorio de “Kiss”, por ejemplo. No es lo mismo caminar por una exhibición y ver al pasar una pantalla con una pareja besándose que estar obligado a verlos durante un largo rato, en silencio, sentado a oscuras en una sala de cine. No es lo mismo y es peor — mucho menos interesante si uno le sustrae lo compulsivo. Pero tampoco es lo mismo pensar en algo que experimentarlo, y la muestra, tal como está, es de una belleza (con perdón de la palabra) que las películas nunca reclamaron como propia en sus versiones individuales y aisladas.

En una sala contigua a la de Warhol (tanto que una instalación sonora de este año termina, por casualidad o no, siendo banda de sonido de Moving Pictures, y no le queda nada mal), está Arte Hoje, una exhibición de las atrocidades locales que fue comprando Gilberto Chateubriand durante veinte años. Hay un par de excepciones (una jaula para canarios dentro de la cual vuelan plácidamente dos perfectos cubos azules, algunas muñecas deformes) pero en general la sensación es la de estar recorriendo una sucursal de Starbucks construida en homenaje a la Tate gallery. La necedad que es norma en todos los museos tampoco ayuda. Ejemplo: mi hija repara en una alfombrita en forma de corazón, hecha con césped de plástico, con una inscripción en el medio.

—¿Qué dice ahí?

—”Pode pisar. Eu dexo.”

—¿Qué?

—Que lo podés pisar, que él te deja.

—¿Quién?

—El que hizo la alfombra.

Mi hija avanza hacia la alfombra, obedeciendo. La detengo.

—¿No la puedo pisar?

Veo por el rabillo del ojo a una de las empleadas de seguridad del museo que se nos acerca.

—No, no creo.

—Pero dice que se puede pisar.

—A ver, no sé, vamos a preguntarle a esta señora.

La señora ya me está diciendo que no antes de que yo pueda abrir la boca. Yo estaba más que dispuesto a dejar pasar la contradicción, pero un cierto afán didáctico me lo impide. Le pregunto a la señora.

—¿Qué dice ahí?

—Que pode pisar.

—Pero no se puede pisar.

—No.

Mi hija, por suerte, ya se aburrió y está viendo otra vez lo de Warhol, “a ver cómo cambian las caras”.

Entre la ineficacia de una obra conceptual cuyo concepto es anulado por quienes la preservan, la literalidad de Niemeyer, el discurrir diletante de Brás Cubas fuera de su contexto original, el estilo primitivo con el que el gobierno de Lula le hace frente a sus escándalos y el setentismo de las bateas en las pocas disquerías de usados de Rio, acecha la apresurada conclusión de que el Pop no llegó nunca a Brasil — o que, mejor dicho, llegó y fue perdiendo sus características esenciales al infectarse con la irresistible cultura local, al revés de lo que pasa en todos lados.

Leí por ahí que la primera persona en llegar a la cima del Pan de Azucar fue una inglesa demente, cuyos modales muy discutibles la llevaron a clavar ahí una bandera británica para documentar su hazaña. Pocos días después flameaba en su lugar una bandera de Brasil. No una palmera roja, ni una escoba, ni una pirámide de cocos sino una bandera igual a la anterior, pero brasilera; no algo nuevo o distinto sino lo mismo, pero propio. Como uno no viaja a Brasil tan a menudo, y escucha a Caetano sólo cuando hace calor, un par de veces cada verano, se inclina más por disfrutar del mood local que por cuestionarlo. Pero al vigésimo disco de bossa “moderna”” que escucho mientras busco algo nuevo, interesante, desconocido, los aspectos más cosméticos de esta otra identidad nacional empiezan a agobiarme tanto como los de la propia.


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