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Pirulo, Catrasca y el Presidente Genérico

1 07 2005 - 07:33

Alguien escribe desde España “Uy, no me podés mandar eso, 15 días antes de que me vuelva a la Argentina” mientras se rie y se lamenta de la historia de Pirulo y Catrasca que apareció hace un par de días en La Nación —dónde si no— y que narra una de las epopeyas tristes de la reconversión económica y social de la Argentina en su trayectoria hacia convertirse en un país pobre y empobrecido pero aun asi, o por eso mismo, pleno de ingenio y energía.

Sintéticamente, Pirulo es el helado de moda en el Conurbano, según La Nación. Es un helado barato, la versión en crema fría que tuvo Ugi’s en maza caliente, hace ya una década. Es decir, es un helado barato que hace culto a ser barato y a ser, de alguna manera, de baja calidad respecto de las cremas más conocidas. De ahí el nombre Pirulo y toda su efectividad. El helado de Pirulo se vende en 300 locales de la provincia a 7 pesos el kilo. Carlos Flores, el nuevo mediano empresario nacional que le puso Tutto Frío a la compañía, hace un culto a la pobreza de su producto porque eso lo acerca a sus consumidores potenciales, o bien sumidos en la pobreza o bien nacidos y criados en esa experiencia o bien bordeándola.

Flores está tan entusiasmado con Pirulo y sus tácticas que creó Catrasca, una versión bastarda de Pirulo, que a su vez podría ser una versión bastarda de algún helado barato de antaño, y así. Pero Catrasca es un concentrado del estado de las cosas, de la condición necesaria para abrirse un espacio en el mercado bonaerense, que no es joda. Dice La Nación (que se deleita con estas historias):

“De hecho, su cadena (Pirulo) sólo hace promociones en los puntos de venta, pero no desdeña el uso de técnicas avanzadas de marketing. “Cuando al lado de uno de nuestros locales se pone una heladería que quiere competir por precio, lo que hacemos es cambiar toda la fachada de Pirulo y reemplazarla por otra marca nuestra que se llama Catrasca y vende el kilo a 3 pesos. Con Catrasca no hay nadie que pueda competir, y cuando logramos sacar al negocio rival, volvemos a poner la marca Pirulo”, explica Flores.”

Poner en juego cuestiones como la lealtad comercial en un mundo manejado por Enron parece estúpido, además de injusto. Es probable que las cosas sean aún peor, porque desplazar a la heladería de al lado debe incluir alguna otra táctica que uno imagina sin demasiado esfuerzo. Pero así descripto es suficiente.

Ugi’s, Pirulo y Catrasca terminan de destrozar una serie de narraciones que mantienen a muchos, sobre todo a la clase media de las ciudades argentinas, aferrados a una idea de país bastante mejor que el que quedó. Argentina es el país donde los inmigrantes españoles hicieron mejor pan que en España, los italianos del sur mejor pizza que en Nápoles, los del norte mejor helado que en Turín, los de toda Italia mejor pasta que en Italia. Digamos que el país de las panaderías increíbles (pongo Las Delicias, porque me gusta), Las Cuartetas, Irupé y Freddo termina con Ugi’s y Pirulo y Catrasca y entonces es fácil concluirr que todo se fue a la mierda, aunque ahí esté El Cuartito e Irupé y Volta. Es como la caída infinita de Caballito proyectada en pantalla gigante, con hologramas y sangre de verdad. Dame un tetra, diecisiete porciones de Ugi’s y un kilo de Catrasca y pasamos todo el viernes a la noche por siete pesos, o por caso el miércoles, si el desempleo efectivamente funciona como un desorganizador de las tradicionales rutinas.

Asi vista, la recomposición del tejido económico local, que debería ser una gran epopeya nacional, es horrible, feísima. Pero bueno, la revolución industrial descripta desde adentro tampoco era una reunión del Board de IBM. Horrible, sobre todo, para quienes imaginan e imaginan y no dejan de soñar y vivir la Argentina de Freddo y El Cuartito y entonces Ugi’s y Catrasca aparecen como la amenaza de que todo eso desaparecerá y algún Cortázar escribirá Casa Tomada pero vamos a estar todos apretados detrás del mostrador de Volta, cuando en verdad las cosas nunca son así y pasado el momento de la amenaza se ve que todo es mucho peor, y que Persicco y Pirulo sobrevivirán juntas en una geografía eternamente compartida y en disputa — una disputa en la que los pobres corren con todas las de perder, sea si los ricos ganan o si los ricos pierden, lo cual de algún modo te tranquiliza porque lo importante del resultado ya lo sabés de antemano.

Esquirlas de un país así de licuado salieron en la tele de Europa y Estados Unidos el domingo, en la producción de HBO The Girl In The Cafe, una cosa medio liviana e intrascendente en la que un funcionario de acción social de Gran Bretaña despierta de su rutina burocrática al encontrar a una chica simple (en un cafe) y la invita a una cumbre del Grupo de los 8 (los presidentes de los ocho países más grandes del mundo) que se hace en Reykjavik en el 2005 y a la que el tipo va como técnico y ese encuentro accidental termina por cambiar, a su modo, la historia del mundo, cuando la chica se entromete en dos o tres reuniones y hace tomar conciencia a los líderes del mundo, o al menos a los británicos, de que pueden hacer más que lo que están haciendo por los pobres del mundo.

El punto es que cuando la pareja improbable llega a Reykjavik hay un par de tomas en el avión, luego un par de tomas de la comitiva británica en la ruta hacia el hotel (es decir, unos veinte autos negros y varios autos y helicópteros de la policía), luego un par de escenas de protestas contra el G8 y finalmente un momento del comienzo de la cumbre con los 8 presidentes. Por algún motivo, seguro que el famoso realismo de las producciones de HBO, el director decidió que las protestas y el comienzo de la cumbre fueran tomas reales de noticias pasadas (huelga decir, la cumbre del G8 no existe, es creación de la película). Para la protesta, tomó imágenes que parecen ser, a todas luces, las de la cumbre de Genova, aunque podrían ser otras. Para el comienzo de la cumbre la decisión era más complicada: no podían ser presidentes reales del G8 porque entonces luego había que poner el resto del argumento en boca de Bush, Blair and company. De modo que, se ve, el director buscó lo que pudiera ser similar, “presidentes en alguna cumbre”, pero donde las imágenes fueran lo suficientemente viejas y los presidentes lo suficientemente anónimos como para cumplir con el efecto de realismo sin otorgarle nombre y apellido a cada personaje. Todo esto para ver que, mientras me distraigo en el sopor de una película malísima, lo veo aparecer, en medio de la megaproducción, a don Fernando De la Rua, anónimo y distante, ideal para la toma. El footage parece ser de una cumbre en Canadá en el 2001 o de la de Davos del 2000. En todo caso, De la Rúa está sonriente e incómodo, anónimo como no lo hubieran estado Menem, Alfonsín, Perón, Galtieri (una serie que busque la imagen de un dictador bananero desapercibido hubiera elegido a Videla).

Si el que llegó para reconvertir la Argentina, tras un breve capítulo en el gobierno pasó a ser un extra en una película pedorra, ¿qué se puede pedir a quien intente lanzar una nueva cadena de heladerías? Y peor aun, ¿qué valor tiene el temor de los que creyeron (creímos) que De la Rúa podía, de alguna manera, ayudar a reconvertir la Argentina? Quizás sea mejor, efectivamente, comprar un kilo de Catrasca y ver qué pasa.

Algo que no todos haremos. Muchos porque estamos afuera. Otros porque estando adentro están más afuera todavía. Y otros porque esas noticias no les dan muchas ganas de volver: tras recibir la nota de Pirulo y Catrasca, y a sólo 15 días de volver a la Argentina, a mi amigo le acaban de ofrecer un nuevo trabajo para que deje España. En Rumania.


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