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Cannes 2005 - La larga crónica (I)

4 07 2005 - 21:45

Este año no pensábamos ir a Cannes. Uno de los motivos para hacerlo ya no existía: seleccionar películas para el Bafici. En diciembre, le avisamos a nuestra casera Mme. Jocelyne que no alquilaríamos el departamento y que se lo cediera a nuestro amigo americano Gerald Peary. Sin embargo, durante nuestra visita a Rotterdam a fines de enero, nos encontramos una noche muy tarde, en el decadente bar del Hotel Central, con Thierry Frémaux, director artístico del festival de Cannes. Allí Frémaux nos dijo que estaba considerando la posibilidad de incluir a Q en el jurado de Un certain regard (UCR), la segunda sección oficial competitiva. Durante un par de meses sin noticias, supusimos que la promesa de Frémaux era parte de las cosas que se dicen en ese lugar y a esa hora. Por ejemplo, es famoso que Simon Field, ex director de Rotterdam, no recuerda nunca nada de lo que dice en el Central, que en una época era, justamente, el centro de la noche festivalera. Desde que el evento creció a sus actuales proporciones un poco monstruosas, el Central quedó reducido a un tugurio de hiper trasnoche para los nostálgicos o para los desesperados por el último trago. Dos meses más tarde, cuando ya habíamos olvidado la charla con Frémaux, se anunció oficialmente que nuestro conocido, el director Alexander Payne, había sido designado presidente del jurado de UCR. A los pocos días, Payne nos mandó un e-mail celebrando que fuéramos a encontrarnos en Cannes. Lo que sonaba raro, ya que habíamos renunciado al viaje. No fue hasta mucho más tarde, cuando recibimos un llamado telefónico de Lucius Barre, el rey de las relaciones públicas, que oficiosamente le preguntaba a Q cuál era su profesión (algo difícil de responder actualmente) porque la gente de Cannes estaba haciendo el catálogo. Así supimos, finalmente, que Frémaux no estaba tan borracho ese día. La invitación formal, después nos enteramos, había llegado al Bafici, donde las nuevas autoridades le contestaron al cartero “Acá no hay ningún Quintín.”

Pero el extravío de la correspondencia oficial no fue el mayor obstáculo para llegar a Cannes, sino la falta de dinero. Aunque muchos ignoran esta información, Cannes no les paga nada a los miembros de ese jurado salvo al presidente y a alguna celebridad. Se supone que la nominación es un honor tan grande que corresponde costearse el viaje y la estadía. Siempre es tentador el reconocimiento, pero la verdad es que no estábamos dispuestos a gastar semejante suma, así que estuvimos a punto de declinar amablemente la invitación. Luego, gracias a la buena voluntad de Thomas Sonsino, agregado audiovisual de la Embajada de Francia en Buenos Aires, que ofreció subvencionar nuestra estadía, y a las millas acumuladas en tantos viajes que nos permitieron sacar pasajes de premio, pudimos cruzar el Atlántico sin pagar y no tener que dormir en la playa. Jocelyne movilizó sus recursos y nos consiguió a último momento otro departamento, tras rogarle a su dueña que adelantara sus vacaciones. Superados estos inconvenientes causados por el famoso (pero no exclusivo) defecto francés (hay que recordar que a los directores de la competencia oficial les pagan solamente tres noches de hotel), ir a Cannes como parte del jurado UCR tiene sus ventajas y sus compensaciones. Por primera vez, nos fueron a buscar al aeropuerto en un auto oficial, nos invitaron a todo tipo de cenas, fiestas y recepciones y hasta le dimos la mano a Gilles Jacob, el mítico presidente del festival del cual nunca habíamos estado ni siquiera cerca. Los franceses no pagan (salvo Sonsino) pero en materia de honores y protocolo, como también se sabe, son los campeones mundiales. Basta mencionar, como ilustración, el caso de Carlos Reygadas, quien recibió durante el festival la Orden de Caballero de las Artes y las Letras, para lo cual se movilizaron hasta la Costa Azul los ministros de relaciones exteriores y culto de la República francesa. Y eso que Reygadas, apenas presentaba su segunda película en el festival. El resultado es que uno se la cree por un rato, como la Cenicienta.

Salimos de Buenos Aires el domingo 8 de mayo en un vuelo de Alitalia y llegamos el 9 a la mañana a Milán. Allí en un avión a hélice muy chiquito volamos a Niza. El cascajo aéreo iba repleto y durante el viaje comentábamos que Enrique Piñeyro, el comandante, no se hubiera subido a esa máquina. Pero los italianos toman sus precauciones, aparentemente no es como en LAPA. Para no sobrecargar la nave, dejaron unas 70 piezas de equipaje en Milán. Sin avisarnos, por supuesto. Nos enteramos en Niza, cuando la cinta dejó de rodar y la valija de Q no apareció junto con la de unos cuantos pasajeros furiosos. Estábamos en problemas: salir a comprar ropa en Cannes no es precisamente una ganga y menos si hay que cumplir con actos protocolares. Para salir del paso, Mme. Jocelyne, que conoce todos los secretos de la ciudad, nos mandó chez Toto, un bolichón de saldos y ropa usada que queda en La Croisette disimulado entre tiendas de Vuitton y Armani. Allí se puede comprar una remera amarillo fuerte por un euro cincuenta y un calzoncillo por dos euros. Habiendo vestido a Q en Toto nos dirigimos al Palais para presentarnos al festival. La encargada del jurado UCR, Laurence, nos esperó en la puerta con nuestras acreditaciones, única manera de acceder al Palais aunque faltaban todavía dos días para empezar el festival. Una vez adentro, nos dirigimos a la oficina de UCR, en el tercer piso y allí conocimos a la gran Geneviève Pons-Cailloux, la jefa administrativa de Un Certain Regard, un personaje muy peculiar. Geneviève parece el dibujo animado de la directora de un colegio francés para señoritas refinadas. Geneviève no conoce el protocolo de la vida social: es el protocolo de la vida social. Si uno ve un personaje así en una película piensa que es demasiado caricaturesco. Superada la primera impresión (que nunca se va del todo) uno descubre que hay algo genuinamente alegre y hospitalario en ese minué tan ajeno a nuestros modales de trogloditas. Sin embargo, pertenecer tiene también sus desventajas. Q les explicó a Geneviève y a Laurence que jamás se había puesto un smoking ni un moño y que tampoco pensaba hacerlo esta vez. F empezó a los codazos dándose cuenta de que los dichos de Q se parecían demasiado a un desplante. Finalmente, se llegó a un acuerdo. El protocolo no exige un smoking sino un traje oscuro y Q tenía uno en la valija perdida. Si la valija llegaba, aceptaba ponérselo y alquilar el famoso moño que, este sí, era absolutamente obligatorio. Bueno, para la gilada. La gente famosa de verdad, digamos Jarmusch o Kusturica no se ponen ningún moño, ningún smoking ni nada que no se adapte a su look. Pero las sobrinas del conde Chikoff juraron que nunca habían visto a nadie sin moño y que Q debía resignarse si quería (cosa que era absolutamente obligatoria, como jurado de UCR) subir las escalinatas, monter les marches, actividad que se realiza antes de cada función nocturna en el Teatro Lumière. Por ejemplo, en la velada de inauguración. Para las mujeres también rige el protocolo, pero nadie sabe cuál es. F se limitó a vestirse de negro.

A la mañana siguiente, la valija faltante no había llegado. Pero al mediodía Q debía participar en un seminario oficial que reunía a miembros de distintos jurados. Toto ya no podía aportar una solución, así que hubo que pasar al siguiente nivel. Zara, la cadena española, es de lo más barato en la rue d’Antibes. Allí fueron F y Q para conseguir una camisa más o menos elegante a precio módico. Lograron hacerse de una prenda con cuello Mao, una antigualla que Q jamás había usado ni siquiera cuando estaba de moda la revolución cultural. En realidad, era la única camisa que a Q no le quedaba corta de mangas. ¿Qué clase de pigmeos se visten en esas tiendas?

Con la etiqueta colgando y el jean manchado del vino volcado en el avión, Q se dirigió muy orgulloso del nuevo look al Restaurant des Palmes donde tenía lugar el coloquio. Previamente se sirvió un almuerzo que, como casi todos los eventos protocolares, fue vistoso pero insípido, como si existiera una comida especial para banquetes de rutina (en Cannes hay mil por día) donde lo importante es salvar las apariencias. En eso estábamos, justamente. Tras el almuerzo, los invitados se trasladaron a un living que hacía acordar un poco al programa de Mirtha Legrand. El tema de la reunión era hablar de la nueva iniciativa del festival de Cannes para ayudar a producir películas, es decir, reunir cineastas con posibles financiadores de su próximo film, según la modalidad establecida por Rotterdam con el Cinemart y ahora imitada por Berlín y otros festivales menores. La iniciativa se llama “L’atélier”, que convocó a Cannes a Lisandro Alonso, entre otros. Abrió la discusión un discurso de Gilles Jacob que fue seguido por intervenciones carentes de todo brillo de los participantes entre los que se encontraban, entre otros, Emir Kusturica, John Woo y Agnès Varda, miembros del jurado principal; Alexander Payne y Q, por UCR; Kiarostami, del jurado de la Cámara de Oro. Unos quince en total. La mayoría se dedicaba a señalar lo importante que era el festival de Cannes. Kusturica dijo que para un cineasta como él que había llegado de un país sin una tradición cinematográfica importante, su carrera posterior solo había sido posible gracias a que Papá salió en viaje de negocios ganó la Palma de oro. Varda recordó cómo André Bazin le dijo que debía traer su primera película a Cannes, sin que estuviera seleccionada ni nada y que juntos alquilaron una sala de la rue d’Antibes para pasarla (en esa época, hace cincuenta años, no había mercado del film ni nada). Cuando le tocó el turno a Q, no se le ocurrió mejor idea que mencionar la rigidez del protocolo y el asunto del moño. Varda reaccionó diciendo que ella estaba a favor de todo eso. Que era una manera de jugar, de disfrazarse y de participar en una celebración. No fue la única moñoadicta. En una tarde Q pudo recoger diez distintas razones para sostener el protocolo, incluyendo la insólita idea de que el moño es un nivelador social como el guardapolvo de los chicos en la escuela. Entre esas y otras intrascendencias transcurrió la matinée. A la salida había unos 300 fotógrafos y camarógrafos. Como ese día el festival no había empezado y no pasaba gran cosa la reunión era casi el único evento oficial. Los periodistas no tenían nada mejor que hacer que sacar fotos que nunca se publicarían en ningún lado. La mayoría de las veces en Cannes es así. En el seminario, Q tuvo oportunidad de conocer a otro miembro su jurado, el francés Gilles Marchand, director de ¿Quién mató a Bambi? y guionista de Harry, un ami qui vous veut du bien así como de Lemming, la película de apertura, ambas de Dominik Moll. Tipo simpático Marchand, muy cinéfilo, devoto de Hitchcock (andaba con una remera con la foto del gordo) y que se transformaría en uno de los aliados de Q en el jurado UCR, junto con Sandra Den Hamer, la directora del festival de Rotterdam.

Antes del seminario Geneviève nos llevó a la oficina de Thierry Frémaux. Allí él y su adjunto, Christian Jeune, nos dieron una simpática bienvenida. Q comenzó a practicar su deporte festivalero favorito, es decir, tratar de entender la lógica de la programación y discutir imaginariamente con el director artístico de turno. En este caso, no era tan imaginario porque a Frémaux le encanta discutir y lo tiene calado a Q como una clase insoportable de radical, de modo que las chicanas están a la orden del día. En 2004 la programación y el Palmarès habían sido bastante bizarros, para decirlo suavemente. Con la Palma para Michael Moore y una serie de películas mainstream en competencia, con el ridículo Tarantino premiando Old Boy y una alineación más que mediocre que le sirvió a Marco Müller, flamante director de Venecia, para tener un buen año simplemente con lo que Cannes había descartado por la peregrina idea de Frémaux de apartarse del cine de autor hacia un muy dudoso eclecticismo. El programa del 2005 parecía un acto de arrepentimiento. Pero Frémaux, irreductible, lo describió de otro modo. Según él lo del 2004 había sido una maniobra genial que había logrado atraer nuevamente a los grandes medios y a la televisión a Cannes para utilizarlos, ahora en el 2005 para que difundieran el cine de arte. Dicen que en sus ratos libres Frémaux le escribe los discursos a Aníbal Ibarra.

A la tarde la valija seguía sin llegar y la desesperación aumentaba. Al día siguiente había que subir las escaleras, asistir a la ceremonia inaugural, a la película de apertura y a la cena. Nos pasamos llamando a Alitalia para ver si había novedades. El teléfono no contestaba. Un servicio ejemplar. Así es que nos fuimos a dormir rodeados de incertidumbre.

Al día siguiente, el miércoles 11 de mayo, día de comienzo del festival, las cosas mejoraron. Apareció la valija. El procedimiento habitual de Alitalia consistiría, ya que Milán queda muy cerca de Niza, en juntar todo el equipaje que no entra en los avioncitos y mandarlos por tierra. Imposible de probar pero única explicación sensata (Alitalia, como se sabe, no pasa por un buen momento). Caminando por la Croisette nos encontramos con el distribuidor Bernardo Zupnik y Sra, a los que también Alitalia les había perdido la valija. Zupnik resultó ser otro fanático del moño. Contó que siempre elegía las funciones en que había que ponérselo. También nos encontramos con nuestro amigo, el crítico y programador canadiense Mark Peranson, que resultó el feliz poseedor de dos moños, de modo que Q se benefició con el préstamo del moño del padre de Mark, un señor que hace un tiempo ganó la lotería. Tal vez, usar ese moño sea un signo de bonanza económica, pero hasta ahora no se vieron resultados.

A las 2 de la tarde, Q comenzó a hacer los deberes con Sangre del mexicano Amat Escalante, una película producida por Carlos Reygadas que, a esa altura, antes de empezar, ya era el favorito de la crítica francesa para ganar la Palma de Oro. Hay un aire de familia común a Sangre y a Japón, una misma mirada sobre México y sobre el mundo. La película genera las mismas dudas sobre el punto de vista del director: no sabemos si aprecia o desprecia a sus personajes. Sospechamos que es una alegoría sin saber propiamente de qué. Sangre cuenta la historia de un personaje atormentado que trabaja en una repartición pública y vive con una mujer con la que comparte telenovelas y sesiones de sexo hieráticas. Ellos son feos y tontos pero, para completar, ella es celosa y no quiere que la hija de él viva con ellos. Por eso, la hija se suicida y el protagonista arroja el cuerpo en un basural. Allí, de pronto, inesperadamente, la película toma vuelo y en un plano secuencia magistral la cámara atraviesa la basura, a dos hombres que se pelean a cuchilladas y termina entre el cielo y el abismo. Antes, el hombre había llorado. Escalante, como Reygadas, hace un cine indecidible, que oculta su mirada detrás de gestos ampulosos que operan como comentarios mordaces y distanciados. Para entenderlos, como las pistas se mezclan, no hay otra clave que las declaraciones que el realizador suministra en los entrevistas. Todo es tan embrollado que es posible, incluso, que en Escalante haya un cineasta. Q le pone un seis (6).

Así llegó el momento de vestirse para el baile y partir para el Palais. Nos tocó subir las escaleras y cuando estábamos por el escalón diez sentimos un griterío infernal a nuestras espaldas. Llegaba Catherine Deneuve. Los fotógrafos nos pedían que nos apuráramos y despejáramos las instalaciones. Finalmente, en lo alto de la escalera nos aguardaban Jacob y Frémaux, que le dan la mano a casi todos los tipos que suben. Eso todos los días y, en el caso de Frémaux, dos a tres veces por jornada. Además, Frémaux presenta las películas de UCR, traduce, asiste a todos los almuerzos, cenas y fiestas y hasta canta muy bien la marcha del Lyon, su equipo de fútbol favorito. Un anfitrión siempre contento que encima habla castellano. A veces hasta dan ganas de perdonarle lo de Michael Moore.

La verdad es que todas estas solemnidades ponen nerviosa a la gente. F estuvo con taquicardia por más de media hora después de la montée des marches y juró no volver a hacerlo jamás. La actividad no es apta para fóbicos. Hay algo raro en este juego: es ridículo y adictivo para la mayoría. En el fondo, es el peso de las instituciones lo que uno siente: Cannes, el Estado francés, la gente famosa, el glamour, el dinero, el éxito. Todo esto parece conjugarse para un objetivo esencial: disimular cualquier posible debilidad de las películas programadas, crear la ilusión de que tanto lujo y tanto oropel no pueden existir en vano y que el material cinematográfico que recubren tiene que ser inexorablemente digno.

Un buen ejemplo fue Lemming, la película que vimos a continuación. Allí, Charlotte Rampling seduce al marido de Charlotte Gainsbourg —el insoportable Laurent Lucas— luego se transforma en un fantasma que se apodera del cuerpo de la Gainsbourg para terminar en la nada mientras un lemming, un roedor escandinavo con tendencias suicidas, obstruye la cañería. Nuestro amigo Marchand es más hitchcockiano cuando dirige. Las películas de Moll, en cambio, siguen las líneas que la crítica ha determinado como patrimonio de Hitchcock (la culpa, el doble, la represión sexual, etc.) pero solo como maqueta. En el fondo no pasa nada. Es puro efectismo con banda sonora a alto volumen. Cannes siempre abre con una película francesa o americana, en los últimos años irrelevante o pésima. Parece absurda la idea de que la mayor celebración mundial del arte cinematográfico se inaugure con esa gran pompa y con un film tan intrascendente, tan reemplazable, como si la noche inaugural fuera un evento externo, capturado por los medios y no pudiera servir para exhibir un film importante. Ni siquiera para afirmar el internacionalismo eligiendo una película de origen más remoto. Es como si las películas de Argentina o de Singapur debieran quedar cuidadosamente ocultas en el programa, al abrigo de las cámaras y hubiera por un lado un festival verdaderamente público y por el otro uno casi secreto. Ah, a Moll le queda un 5 (cinco).

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El jueves 12 fue un día largo. Para Q empezó a las 11 de la mañana con Bashing de Kobayashi Masahiro, que F vio a la tarde. Una agradable sorpresa porque no es de las películas que Cannes suele poner en competencia. Más bien es un ejemplo de lo que Luciano Monteagudo llamó cine proletario japonés, un poco al estilo de Vibrator de Hiroki Ryuchi que se vio en el Bafici. Una chica viaja a Irak para colaborar en una causa humanitaria. Un grupo terrorista la secuestra pero finalmente es devuelta a su casa. Allí empieza la película o, mejor dicho, cuando ya está en Japón y ha sido acosada por miles de mensajes telefónicos hostiles. Sus compatriotas —el director asegura que el film se basa en un hecho real— hubieran preferido que la chica muriera. Al sobrevivir se convierte es un motivo de vergüenza para la familia y el país: una cosa es un mártir y otra alguien que prefiere entregar su tiempo en un país ajeno en lugar de trabajar en el propio como si fuera rica y ociosa. Así que a despiden del trabajo y también despiden al padre que se suicida. Finalmente, la chica se vuelve al Medio Oriente. Aspera, cruda, Bashing transcurre con enorme fluidez y elegancia. Es la contracara de Sangre donde el tema es una metáfora y el tratamiento recargado. Aquí, el tema es real y triste, la película es imaginativa y bella, con una luz maravillosa. Se saca un 8 (ocho).

Por quedarse hasta el final de Bashing, Q llegó tarde a uno de sus compromisos oficiales, el photo call, absurda actividad que consiste en posar para los fotógrafos en una de las terrazas del Palais, fotos que solo servirán como souvenir de los participantes (en el caso de no ser famosos, o sea el de Q). Q conserva aun una foto en la Bombonera, disfrazado de juez de línea, con los capitanes de la reserva de Boca y Huracán y el resto de la terna arbitral. La foto del jurado UCR puede ocupar un lugar homólogo en el álbum (lugar histórico e imponente, participación totalmente secundaria). La ocasión sirvió, sin embargo, para conocer a los restantes miembros del jurado. La periodista del diario católico La croix que responde al agradable nombre de Geneviève Welcomme, la periodista francesa de un diario canadiense Katia Chapoutier y Betsy Blair. Blair (81 años), actriz, fue la mujer de Gene Kelly y luego de Karel Reisz. Su carrera fue corta pero destacada. Protagonista femenina de Marty, ganadora del Oscar y la Palma de Oro en 1955 emigró a Europa después de figurar en las listas negras del macartismo. De todo eso habla en su libro The Memory of All That (2003) que acaba de ser traducido al francés. Betsy tiene una simpatía y una inteligencia naturales y también ese toque de los que han jugado en las grandes ligas (a las que no se deja nunca de pertenecer, así sea uno comunista como Betsy). Algo que Alexander Payne va camino de adquirir: desde que lo conocimos en Salónica, el director se ha hecho muy famoso. No paraba de firmar autógrafos y cada vez que Frémaux presentaba una película no dejaba de decir que Payne, presidente del jurado UCR, estaba en la sala.

Luego del photo call se sirvió un almuerzo para el jurado donde el presidente hizo saber que entre un haiku perfecto y una obra ambiciosa y pesada, él se inclinaría siempre por la calidad de la ejecución. Q se vio venir una repetición de las homéricas discusiones con Pavel Pavlikovski que se relatan en otro lugar (http://www.bonk.com.ar/tp/asilo/225/?pg=1). Payne dijo también que es difícil elegir entre El graduado y Rashomon. Q casi se lo come. Pero solo dijo: “Payne, ¿dijiste El graduado?” Estos americanos…

Salimos corriendo hacia la función de apertura de Un Certain Regard. Allí tuvo lugar otro acto protocolar: la montée des marches bleues. La ceremonia oficial es la montée des marches rouges (la alfombra roja) pero ahora, para jerarquizar las funciones de UCR que tienen lugar en la sala Debussy cuyas escaleras están alfombradas de azul, se inventó esta nueva subida. Más fotos, etcétera. F, quien ya había aprendido, se escabulló por un costado junto con la hija de Betsy y Gene Kelly, Kerry, acompañante oficial de su anciana madre (que tiene unos 64). La película elegida para abrir UCR fue El arco (Hwal) de nuestro muy conocido Kim Ki-duk. Era la primera presencia del director coreano en Cannes, pero la película no alcanzó la competencia oficial y la mandaron a la montée bleue. El señor Kim no tiene buena prensa en Francia. Tal vez por culpa de Tony Rayns, famoso especialista en cine asiático que no pierde oportunidad de denigrarlo. Hace poco publicó en Film Comment una nota desopilante por lo furibunda contra Kim Ki-duk donde se lo acusa casi de violar a su madre y hermanas. La nota también fue traducida al francés y publicada en Cahiers du cinéma. La maledicencia de Rayns se extiende hasta afirmar que Kim Ki-duk les hace firmar a las actrices un contrato que incluye la obligación de acostarse con el director. Pero los apetitos sexuales no son el único problema de Kim para los franceses. Básicamente, es un director políticamente incorrecto y poco refinado, un grasa, en definitiva. No les importa que sea uno de los cineastas con más imaginación visual en actividad, alguien que posee un estilo y despliega un universo. No es el gusto francés, mucho más cómodo con las chanchadas que tienen un toque intelectual (Reygadas, Catherine Breillat, Gaspar Noé). Tras el brillo de 3-Iron, El arco es un Kim Ki-duk menor pero, como varios de sus films, tiene lugar en medio del agua. Esta vez en un barco donde un viejo tiene a una adolescente madurando hasta que cumple 17 años para poder desposarla. La chica es acechada por distintos hombres que el anciano (músico y experto en el uso del arco) espanta con precisos flechazos. Hasta que la chica misma es víctima a su vez de un flechazo y se enamora de un adolescente, lo que provoca la locura del viejo. Casi muda, con un montaje estirado y acompañado por música dudosa (el viejo toca un violín primitivo pero suena una orquesta), este cuento de hadas es también a su manera poético y rebelde, y tiene el puñado de ideas visuales brillantes de costumbre. La pasamos bien con El arco y le ponemos un 7 (siete).

Mientras F se retiraba a sus aposentos, Q veía su tercer film de UCR, Nordeste de Juan Solanas, hijo de Pino, educado en Francia donde hasta ahora reside y ganador en Cannes de un premio por su cortometraje El hombre sin cabeza. Un mal debut de Solanas junior, que armó la típica coproducción absurda con una sobreactuada Carole Bouquet que viene a Formosa para comprar un bebé y se encuentra con una colección de atrocidades típicamente tercermundistas for export. Solanas filma vistosamente, con fotografía de Félix Monti y su película combina, como a veces lo hizo su padre, la denuncia con la publicidad. Pero la Argentina ya no se puede mostrar así en el cine, como un país exótico de folclore más bien centroamericano. No importa la evaluación exacta que se haga del nuevo cine argentino, pero lo cierto es que generó imágenes nuevas, difíciles ya de reemplazar por las viejas postales. Nordeste no pasa de un 4 (cuatro).

A la noche era la inauguración de la Quincena de los realizadores, desde el año pasado a cargo de nuestro amigo Olivier Père, al que cada vez se lo ve más asentado y no parece que vaya a correr la suerte de sus predecesores, eyectados después de un par de temporadas. Pero nunca se sabe con la SRF, el sindicato de directores de cine y sus intrigas internas que son los que designan al director (Délégué général) de la Quincena. Este año no pudimos ver mucho de su programación por las obligaciones en la sección oficial. Pero no quisimos faltar a la apertura ni a la fiesta inaugural donde nos encontramos siempre a nuestros amigos franceses, que de otra forma son imposibles de encontrar. Por ejemplo, a Bernard Bénoliel, director del filoso Festival de Belfort cuyo nombre sonó últimamente en Buenos Aires por ser el mayor defensor de Ronda nocturna de Cozarinsky. La Quincena abrió con Be With Me de Eric Khoo, director de Singapur, lugar difícil para hacer cine dado su régimen dictatorial y represivo. Be With Me cuenta tres historias (demasiadas) que se entremezclan un poco. La de dos adolescentes lesbianas (una más lesbiana que la otra), la de un guarda de seguridad tonto y obeso y la de Theresa Chan, una mujer ciega y sordomuda que llega a ser maestra y escribe sus memorias. Esta parte es sólida, emocionante y refinada, una gran película en sí misma. El resto es prolijo pero un poco edulcorado, de una melancolía algo excesiva y un no se qué de Magnolia, factores que distraen del contundente, sobrio y emotivo relato sobre la ciega. El promedio da un 7 (siete).

El viernes 13 amaneció nublado. No, mentira. No sabemos cómo amaneció. Eso solo nos ocurre en San Clemente. Q empezó el día con Delwende película de S. Pierre Yameogo, de Burkina Faso (si en francés, a un nativo de Burkina Faso se lo llama burkinabè; ¿a un ruso se le dice rusabè?). El año pasado, la mejor película de UCR había sido, probablemente, Mooladé del también burkinabè Ousmané Sembené. Esta es de la misma escuela, es decir, un film sobre la liberación de las mujeres en una aldea africana. Si la película de Sembene hablaba de la práctica de amputar el clítoris, esta se ocupa de las mujeres que son consideradas hechiceras y expulsadas de su comunidad. Delwende es un film inferior al de Sembene, que filma con categoría y este año fue el encargado de dar “La lección de cine”, un momento del festival al que nunca asistimos. Pero ambos films comparten un problema. Su mirada sobre el pueblito africano es demasiado parecida a la visión ingenua de un occidental, a la postal del subdesarrollo y la superstición que tan fácilmente se acepta como irrefutable. De hecho, cuando en una reunión del jurado, Q osó decir que tal vez una aldea en el Oeste de Africa no sea lo que la película pinta (como el campo argentino no es exactamente lo que se ve en Nordeste) y que tal vez los campesinos no fueran tan supersticiosos, sino que, más bien, lo que mostraba el film era una forma de teatro en el que los personajes y las situaciones son estereotípicas, casi lo expulsan. La película transcurre en la medianía, con actuaciones un poco desmañadas, hasta que de pronto el film sale de la aldea y sigue a la protagonista a la capital Ouagadougou. Las ciudades suelen aparecer poco en el cine de esa parte de Africa, tan grande es su tradición rural, ligada justamente a ese estilo de teatro (visible incluso en un film muy refinado como Waiting for Happiness de Abderrahmane Sissako, ganadora del Bafici 2003). El mejor momento de Delwende transcurre cuando la cámara registra imágenes documentales de un centro para mujeres refugiadas. El contacto con la realidad urbana y con la forma documental rejuvenece al film que vuelve al pueblo cambiado. El final de la obra de teatro es más sutil, más inteligente, más libre. Tanto que Delwende que recibió una de las menciones del jurado UCR levanta hasta un digno 7 (siete).

Entretanto, F se dirigió a la función oficial de Last Days de Gus van Sant sin saber que el film evocaba los últimos días de Kurt Cobain. Para ser honestos, ni F ni Q tienen una idea muy clara de quién era Kurt Cobain. Después de la película suponen que era rubio, músico, salvaje y consumidor de drogas. También parece que se murió. Pero como dice van Sant, la película la disfrutan más los que no saben nada de KC. El film empieza con un tipo vagando por un bosque, bañándose en una catarata… F se preguntaba si era algo tipo El niño salvaje de Truffaut. Con esa incógnita vio toda la película y le resultó muy placentera y fascinante. Van Sant ha alcanzado con sus últimos tres films (Gerry, Elephant y este) un estado zen y la facilidad de producir planos hipnóticos que no requieren del apoyo de un relato convencional. Q solo pudo ver una hora al otro día, pero sospecha que F tiene razón y Last Days fue una de las grandes películas del festival. F dice un 10 (diez).

Después de sendas experiencias en el bosque y en la aldea, F y Q se reunieron para ver Le filmeur de Alain Cavalier. Se trata de un diario íntimo rodado con una camarita digital. Cavalier dice en el film que pasó de escribir sus experiencias y sus reflexiones a filmarlas y su mujer confirma que rodó una enorme cantidad de horas, de las que la película viene a ser una muy pequeña parte. Este nuevo género puede ser muy fértil (de hecho, F es una gran lectora de diarios y quién sabe si en el futuro se pasará a ver videos). Claro que aunque cualquiera puede intentarlo, se requiere un escritor para hacer un diario interesante y lo mismo pasa con su correlato visual: hace falta un cineasta para salir de la banalidad del registro doméstico. Cavalier es un cineasta (y de los buenos) por lo que el film tiene momentos magníficos, graciosos, dramáticos, profundos. Otros parecen, en cambio, muy cerca de lo autocomplaciente y se asoman a una intimidad que uno no está muy seguro de querer ver. Pero son los menos. F sostiene que los momentos en que Cavalier se ocupa de un cáncer que le aparece en la nariz son interesantes, que vale la pena ver la cotidianeidad de un hombre que convive con un tumor. Es inquietante sin ser melodramático y más frío que emotivo. Q preferiría que Cavalier no tuviera ni siquiera un forúnculo (acaso uno de las consignas secretas de la gestión de Q al frente del Bafici fue, en lo posible, evitar los films que muestran enfermedades, cáncer especialmente.) De todos modos, es más fácil disimularse como una persona simpática en un cuaderno que en un cassette. Cavalier no parece un tipo encantador, pero eso no invalida su empresa cinematográfica y llega cómodo al 8 (ocho). La película se llevó también una mención del jurado UCR.

La jornada cinematográfica terminó con Election de Johnnie To, por primera vez en competencia en Cannes. Algunos amigos juran que se trata de un film superlativo. F y Q que adoran el film anterior de To, Yesterday Once More, el tercero que hizo en 2004 y el que menos exposición tuvo, cayeron derrotados ante la nueva obra del maestro. La elección de la que habla el título es la del nuevo padrino de la mafia de Hong Kong, pero no pudimos seguir el escrutinio, perdidos frente a la identidad de los personajes y las estrategias en juego. Tal vez era la hora, o la edad que impiden absorber más de 3 films por día. Pero no hubo caso. Q promete verla de nuevo en la primera ocasión. No le ponemos nota. To nos ganó por abandono.

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Tal vez para llegar frescos a To habría que haberse abstenido de ver Keane, de Lodge Kerrigan, en la Quincena de los realizadores, una película que atenta contra los nervios. El tal Keane es un personaje desquiciado que afirma que su hija fue secuestrada en una estación de ómnibus mientras él sacaba los boletos. La primera escena de la película, con el actor Damian Lewis totalmente sacado frente a una cámara aún más enloquecida, es muy angustiante y anuncia un film irrespirable. Uno siente que no va a durar veinte minutos en el cine. Después, la tensión afloja levemente, solo levemente. Keane conoce a una mujer que tiene una hija a la que finalmente el protagonista amaga secuestrar. Nadie puede decir que se trate de una mala película. Es seria, se sufre como un chino, es rigurosa y no es sensacionalista. Pero, ¿quién quiere pasar dos horas en ese infierno solipsista, particular, de un egoísmo avasallante y sin fisuras? Le ponemos un 6 (seis) a Keane y que se vaya a molestar a otro lado.

Pero todavía faltaba la última película del día y las sociales. En el 50 aniversario de la Palma de Oro de Marty, el festival programó una función del viejo film, escrito por Paddy Chaiefsky y dirigido por Delbert Mann, y allí fuimos a acompañar a Betsy, nuestra compañera de jurado, que luce en el film 50 años más joven pero igualmente vivaz. El film, en cambio, resulta un poco achacoso. F dice que es divertido pero Q no está seguro. A la salida del cine, todos teníamos la sensación de habernos olvidado de Cannes y de haber estado por un rato en casa mirando una película por la tele. Efectivamente, Marty tiene menos que ver con el cine que con la televisión y el teatro, más específicamente con las artes escénicas de la izquierda americana en los 50. Ernest Borgnine y Betsy Blair encarnan una pareja de feos que pintan para solterones. El film los reúne mediante una serie de manipulaciones intercaladas con chistes. Los mejores son los de la madre de Borgnine y su hermana, dos muppets. Lo peor del film, en cambio, es el grupo que amigos del barrio que rodea a Marty, que hace acordar a Los inútiles de Fellini pero mostrados por alguien sin gracia, sin filo y sin talento. En la película de Fellini tanto la clase social como cierto subtexto gay juegan un papel aquí sepultado por la particular corrección política de la izquierda yanqui de entonces: lo bueno, lo americano, lo democrático era casarse y tener hijos, fundar una familia lejos de los padres y mantener la ambición por hacer carrera. Créase o no, algo que hace fascinante todo el asunto de las listas negras es que los comunistas americanos creían en los mismos valores que los conservadores. Este año el festival de Cannes decidió programar antes de cada film una serie de extractos de películas de Jean Renoir. Después de ver cada día cinco minutos de Une partie de campagne, La regla del juego, Tony, La marsellesa o French Can-Can uno comprende sin necesidad de explicaciones que objetos como Marty no pertenecen al mismo universo que los films de Renoir. Pero el pueblo unido jamás será vencido y Marty, como sus protagonistas, nunca se quedará sola.

Uno hubiera creído que el homenaje a Betsy Blair culminaría con una cena o ágape ofrecido por el festival en su honor. Pero no: como único consuelo, Betsy y los otros miembros del jurado fueron invitados a concurrir a la Noche Marroquí. Este año Cannes programó días nacionales (Marruecos, Sudáfrica, México, Austria, Perú, Sri-Lanka y Filipinas) y el sábado le tocaba al rey Hassan II ofrecer la fiesta. Que debe haber sido muy buena pero cuando llegamos se había acabado la comida. El lugar, de todos modos, era muy agradable, el muelle de la playa del Hotel Majestic en una fresca noche de luna apropiada para mirar los cruceros y las luces de la ciudad en la bahía de Cannes. Allí estuvimos departiendo con Betsy. Q le preguntó si ella y Kelly habían sido oficialmente miembros del partido comunista a lo que ella respondió que el partido había considerado que podían ser más útiles desde afuera. Luego se puso hablar de “Carol” y de lo triste que habiá su muerte reciente después de un matrimonio más de 30 años. Blair contaba que “Carol” era un intelectual, un hombre muy inteligente, que había estado en el festival de Mar del Plata hacía mucho tiempo. Y nosotros no teníamos la menor idea de quién era el tal “Carol” hasta que se lo terminamos preguntando y resultó ser Karel Reisz, cuyo matrimonio con Blair, posterior a sus 15 años con Kelly desconocíamos. El efecto del alcohol en Q (la bebida no se había acabado) hizo que vagamente recordara que Reisz había escrito un libro sobre el montaje y lo supuso editor. Blair respondió que nunca había sido montajista y que el libro lo había escrito por encargo sin saber nada del tema previamente y que tuvo que investigar cómo se compaginaba una película. Después, lentamente, Q empezó a recordar que Reisz había dirigido la magnífica Sábado a la noche y domingo a la mañana y alguna otra cosa que se le escapaban. Entre ellas figuran películas famosas como Morgan, Isadora y La amante del teniente francés. Un papelón completo que Betsy, elegantemente, hizo lo imposible por disimular. Para reparar un poco la metida de pata, F concurrió al día siguiente a la firma de libros de Blair en la Librería inglesa de Cannes y se fue con un ejemplar dedicado al módico precio de 29 euros. Lo menos que se merecía la dama.

El agotamiento no impidió que en la mañana del sábado 14, Q madrugara para ver Caché de Michael Haneke. En 1997, durante nuestra primera visita a Cannes entrevistamos a Haneke una mañana en el hoy desaparecido y mítico bar Petit Carlton. Las cosas han cambiado para él, al que conocimos entonces como un tímido intelectual austríaco que apenas hablaba el francés. Hoy, casi radicado en París, producido casi enteramente en Francia e integrante del elenco estable de Cannes parece otra persona. En aquel encuentro, Q estaba fascinado por Funny Games, de la que Caché viene a ser una especie de tardía repetición, una versión más light. Daniel Auteuil y Juliette Binoche empiezan a recibir cassettes vagamente amenazadores que conducen a una tragedia y que provienen de la conciencia culpable de Auteuil materializada en un fantasma. Otra vez, la familia burguesa (en este caso Auteuil, un presentador de programas culturales en TV) atormentada, que no entiende que el mundo puede ser un infierno. Entre los ingredientes del cóctel hanekiano esta vez figura el pasado colonial francés, un tema arriesgado pero tratado muy banalmente. También están los clásicos juegos con el video: la película empieza con un largo plano del exterior de la casa que al rebobinarse de pronto se revela como uno de los cassettes intimidatorios. Un 6 (seis) para Haneke que ganó, a destiempo, el premio al mejor director.

Mientras F continuaba durmiendo para reponerse de la noche anterior, Q trabajaba (¿trabajaba?) yendo a ver Falscher Bekenner del alemán Christoph Hockhäusler. El título se traduce como “Bajo perfil” y la película hace honor a su nombre, con un adolescente que no logra adaptarse a la sociedad, un tema recurrente en el nuevo cine alemán (Bungalow, The Forest for the Trees, Marseille). El protagonista transita entre las dificultades para comenzar su carrera laboral, oscuras fantasías sexuales y la compulsión a atribuirse la culpa de accidentes de tránsito. Todo va de mal en peor salvo la película, bien filmada, sutil, inteligente, como buena parte de los films de esta escuela de la inestabilidad que está cambiando el cine alemán sin que los alemanes se hayan dado cuenta todavía. Un 8 (ocho) y ¡siga así!, aunque los jurados no suelan inclinarse por el perfil bajo.

Mientras F continuaba su jornada de descanso, aunque aduciendo malestares varios y la pesada obligación de asistir a la firma de Betsy Blair, Q se abocaba a otras dos películas de UCR. La primera, acaso la más curiosa de la selección, fue la americana Down in the Valley the David Jacobson. Allí, Edward Norton es una especie de cowboy tardío que se introduce en la casa de un policía de Los Angeles, padre de una chica linda que no sospecha que su nuevo novio es un psicópata que va a intentar asesinarla. Nada de esto parece muy atractivo pero la película tiene el raro mérito de tratar Los Angeles como si fuera un espacio rural y de evocar ciertos tonos de libertad del cine de los 70. Estos sedujeron a nuestro compañero Gilles Marchand que confesó tener debilidad por esta película, igual que nuestra amiga Rachel Rosen que la programó en su festival de Los Angeles. Fuera de estas dos opiniones confiables, el resto del mundo consideró que Down in the Valley como parte del olimpo del ridículo. Efectivamente, la película pierde el control y termina con una muy mala media hora final dedicada a una inútil persecución del malo que secuestra al hermanito de la chica. Pero tiene sus momentos buenos. Se comenta que los malos tienen mucho que ver con las imposiciones de Norton, un actor al que habría que prohibirle que se acerque a un set en los próximos cien años, tanta es su molesta densidad y su desagradable histrionismo. Un amigo de Q, en suma, que le pone un 6 (seis) con reservas a Down in the Valley.

La película siguiente, Sulanga enu pinisa o La tierra abandonada del srilankés Vimukthi Jayasundara (recuerden este nombre) era un peso pesado de la selección y terminó compartiendo la Cámara de Oro. En particular era la película de Pierre Rissient, el mayor lobbista de Cannes, un personaje legendario que cada año interviene en la producción y en la difusión en Occidente de alguna película asiática (Rissient hizo triunfar en Francia a Clint Eastwood y a Wong Kar-wai, según cuentan). Además, la película está apoyada por toda fundación viviente, apoyo que refuerza la idea de que ha llegado el Gran Artista de Sri Lanka. La película transcurre en una incierta frontera durante una incierta guerra entre soldados y campesinas. Los planos son largos y bellos, la historia casi incomprensible pero profunda y trágica. Es un film grandioso, tal vez demasiado grandioso. ¿Arte verdadero o imitación académica? Probablemente una mezcla de los dos, como la mayoría de los proyectos que alcanzan tamaña bendición universal por parte de los que reparten fondos para la producción. Por ahora, hasta una nueva visión, le queda un 7 (siete).

F y Q se reencontraron para ver Crossing the Bridge, the Sound of Istanbul un documental de Fatih Akim, director de Im July (secreta sensación del Bafici 2001) y Head-On (ganadora de Berlín 2004). Pero no la daban ese día sino el anterior Las dificultades para armar la agenda con cinco programas diferentes producen estas equivocaciones. Los años también influyen. Así que nos quedamos sin viajar a Estambul. Otra vez será.

La que sí daban era The Power of Nightmares de Adam Curtis, un realizador de la televisión británica, ex catedrático de ciencias políticas que ahora filma largas y brillantes investigaciones. De él habíamos visto en Vancouver The Century of the Self, sobre la manipulación de la que fue objeto el psicoanálisis en EE.UU. hasta producir aberraciones tales como el lavado de cerebro y los sondeos de opinión. Esta vez Curtis propone una nueva tesis para explicar la acción mundial de los políticos. Se trata de que estos han aprendido a captar votos aterrorizando a los ciudadanos. La película de cerca de tres horas (en realidad, una miniserie de la BBC) traza un virtuoso paralelo entre el fundamentalismo islámico y la ultraderecha americana que sostiene a Bush rastreando sus comienzos y mostrando las similitudes entre sus tempranos ideólogos. Curtis es convincente y el film incluye revelaciones tales como que Al Kaeda no existe más que como convención mediática. Se merece un 8 (ocho).

Este año, nuestra vida social en Cannes fue más bien pobre, por suerte. Como no estamos más en el Bafici, no debimos asistir a una gran variedad de cócteles, recepciones y cenas cuya utilidad era conseguir contactos y futuras películas. La obligación de ver (para Q) las 23 películas de UCR más las que sonaban interesantes en la competencia o en la quincena (la semana de la crítica nunca entra en nuestros planes) nos privó de ver a muchos amigos. Así que Cannes 2005 fue, sobre todo, de la casa al palais y del palais a casa.

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(Continúa acá)


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Del mismo autor:
Diario del Bafici # 14
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