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Cannes 2005 - La larga crónica (II)

4 07 2005 - 21:44

El domingo 15 daban Episodio III, la venganza del Sith. ¿Qué, cómo? Hay algo absurdo en el programa de Cannes, aunque este año la presencia de Hollywood se vio un poco mermada. La película, de más está decir, se estrenó inmediatamente en todo el mundo. Cannes le sirvió de promoción al producto de Lucas. ¿Le cobrarán por pasarla?

Más tarde para F fue el turno de Batalla en el cielo de Carlos Reygadas que Q vio al día siguiente. Allí un tal Marcos (¿homenaje al subcomandante?) es el chofer de Ana, la hija de un tipo poderoso. A ella le gusta, como a Belle de jour hacerse unas horas en un lujoso prostíbulo. Al mismo tiempo, Marcos y su mujer secuestran un bebé y este se les muere, aunque esta parte del argumento no se entiende del todo. Al mismo tiempo, Marcos debe izar todos los días una gigantesca bandera mexicana. También, al mismo tiempo, los peregrinos de la virgen de Guadalupe rondan la ciudad. Al mismo tiempo, se juega la final del torneo mexicano de fútbol y Marcos se masturba frente al televisor. Pero esa no es la única actividad erótica de Marcos. También se acuesta con su obesa esposa y está enamorado de Ana, que lo gratifica con una larga fellatio —que aparece al comienzo y al final del film— y con unas frases de amor. La fellatio parece haber enamorado también a los críticos franceses, al punto que Philippe Azoury y Gérard Lefort escriben en Libération: “Esta chupada de pija nos pertenece a todos, a todos los hombres y a todas las mujeres.” Fino y conmovedor. Los franceses rescatan la fealdad de los cuerpos (no del de Ana, precisamente) y le atribuyen a Reygadas haber visto la belleza en lo más sórdido de la humanidad. Al final, Marcos asesina a Ana para agregar la muerte al sexo, la religión, la patria, el poder y el fútbol. Hablando de fútbol, acaso la peor escena del film sea un reportaje a un jugador argentino (interpretado por el fotógrafo de la película, el argentino Diego Martínez Vignatti) que habla con todos los clichés de los argentinos como si fuera en un chiste de la tele (“La hinchada es una maza”, etc.) en un estadio semivacío que de ningún modo corresponde a la final de un campeonato. Pero Reygadas parece querer emitir un comentario sobre todo, no quiere dejar nada librado al azar. De hecho, la historia de la película comienza cuando Reygadas se encuentra en Rotterdam 2002 al productor y vendedor internacional Philippe Bober, especialista en grandes golpes de efecto en Cannes, colaborador incluso de Lars von Trier. Bober se transforma en el representante de Japón (opera prima de Reygadas) y, como tal, asiste a la sensación que causa el film en Cannes ese mismo año (no solo en Cannes, hay mucha gente dispuesta a jurar que fue lo mejor que se vio nunca en el Bafici). Inmediatamente, Bober ya como productor y Reygadas comienzan a preparar el segundo proyecto del director. Según parece, la película estaba casi terminada a principios de 2004 y era un poco larga, alrededor de 3 horas. Se presentó para la preselección en Cannes el año pasado sin éxito. La misma suerte corrió en Venecia y en otros festivales. Bober, como ha hecho muchas veces, tuvo entonces una idea genial: remontar la película y volver a presentarla. La idea dio resultado y Cannes terminó abriendo con Batalla en el cielo en la tapa de los diarios y un consenso casi unánime en la prensa francesa (hasta en la diplomacia francesa, como contamos más arriba). Los argumentos a favor de Reygadas hablan de un cineasta de máxima audacia, capaz de penetrar en lo más profundo de la humanidad y transformar la carne en espíritu. La película tiene notorias influencias de Buñuel, Tarkovski, Ripstein y siguen las firmas (Reygadas dice además Rossellini, Ticiano, Tintoretto) y a los no fanáticos, es decir, fuera de los franceses y algunos americanos, les parece básicamente un fraude, una operación similar a la de Gaspar Noé y otros que intentaron (siempre hay alguien) tomar Cannes por asalto. El resultado fue si se quiere bueno, ya que Reygadas tiene asegurada la participación de su próximo film y una buena recorrida por el mundo que aguarda ansioso los films-escándalo. Para nosotros, como en el caso de Sangre, lo peor es esa indecibilidad: Reygadas oculta las pistas, juega a las escondidas detrás de sus poses de maestro y redentor. No sabemos si es rebelde o reaccionario, religioso o ateo, liberal o mojigato, optimista o resentido; no sabemos, sobre todo, desde donde cuenta esta historia ni cuál es el sentido de sus fuertes alegorías. Reygadas se reclama furiosamente independiente, en una situación contenciosa con el gobierno mexicano a quien acusa de negarle toda ayuda. De hecho, la versión que da de la evolución del film es que estaba esperando dinero prometido por el estado mexicano que nunca llegó y por eso no pudo presentar una versión final en 2004. Pero eso podría ser incluso una especulación política. En fin, ¿qué nota ponerle a Reygadas? Un 5 (cinco), por ejemplo. Pero podría ser un 0 (cero) si lo que se sospecha de él es cierto (que es un impostor) y un 10 (diez) si los franceses tienen razón y es un artista comprometido y valiente. En todo caso, su habilidad consiste en haber aumentado la apuesta de Japón de modo de hacer saltar la banca antes de que la ruleta empiece a girar. Pero cuando se lee que Le monde titula “El México de la sangre, el sexo y el sacrificio humano”, como si hablara de los mitos aztecas, todo parece más sencillo. Una vez más, un cineasta burgués y cultivado del tercer mundo logra vender en Europa el buzón del primitivismo.

Mientras F se solazaba con Batalla en el cielo, Q cumplía con otra de sus obligaciones protocolares: una entrevista junto con el resto del jurado para la televisión del festival, que tiene un set en otra de las terrazas del Palais. Igual que en el coloquio del principio, parece que en circunstancias semejantes, solo se pueden decir vaguedades. Tal vez otra gente pueda romper con la norma, pero uno termina siendo hablado por el peso de la institución. “¿Qué opina de la función de jurado” Dan ganas de contestar “¡Qué se yo!” y salir corriendo. En cambio, uno pone cara de que nació en la Croisette y de que todo es perfectamente natural, tras lo cual contesta alguna gansada. El único alivio es que como en televisión el tiempo es tirano, todo se termina rápido.

La primera UCR del día fue The King, una película americana de James Marsh, curiosamente parecida a la película americana del día anterior. Gael García Bernal (uffff…) se llama Elvis (el rey del título, uffff) sale de la marina y se dirige hacia la casa de un pastor encarnado por William Hurt (uffff…). García es, secretamente, el hijo de Hurt, fruto de un amorío anterior a su conversión religiosa. Elvis seduce a la hija, mata al hermano y se hace adoptar por el predicador. Luego se genera alguna pequeña complicación que Q no logra recordar. The King marca una incipiente tendencia del cine americano por hacer telenovelas latinas. O acaso marque otra cosa. Pero es un 3 (tres), tremendo mamarracho.

Era decididamente un mal día. La película siguiente fue Voksne Mennesker o Dark Horse, de Dagur Kári, un islandés cuya opera prima fue la sobrevalorada Noi Albinoi (otra operación de Philippe Bober). Un film en blanco y negro de slackers. El protagonista tiene una novia loca y un amigo obeso e imbécil que quiere ser referí de fútbol (hay incluso una escena con el gordo dando examen en un partido femenino). Hay muchos chistes islandeses, de esos que uno no se ríe después de los primeros 5 minutos porque son todos iguales o por no ser uno lo suficientemente nórdico. Pero lo peor está por venir. Hacia el final, la chica queda embarazada y deciden abortar. Cuando se encaminan a la clínica en un Fiat 600 (maldita y siniestra antigualla que últimamente despierta inexplicables nostalgias), de pronto, él la mira y ¡¡¡la imagen se vuelve en colores!!! Obviamente deciden tener el hijo. Pero allí no acaba todo, no qué va. El plano siguiente muestra una cola de Fiat 600 cada uno con una pareja y un bebé adentro. De más está decir que la periodista católica quería darle un premio inmediatamente, pero Q no le pone más de 5 (cinco).

Pero el mal humor nunca dura para siempre. A la nochecita era la función de prensa de A History of Violence de David Cronenberg que, en principio, nunca hizo una película mala. Cronenberg —siempre contra la corriente— llegó a Cannes diciendo que estaba sorprendido de que su película hubiera sido seleccionada, dado que era “muy comercial”. Acaso haya sido esa declaración, acaso un resentimiento inexplicable lo que produjo un clima previo no del todo recomendable para el film en el grupo de abucheadores profesionales, la banda de críticos que el año pasado la emprendió en el 2003 con la por lo menos aceptable The Brown Bunny de Vicent Gallo. Parece que los alcornoques (ya no se puede usar mucho esta clase de palabras porque uno parece Bielsa) estaban exaltados de nuevo. Sin embargo, no pudieron hacer demasiado, ya que el film (salvo para el jurado y para los críticos decididamente tontos) es una fiesta. Ante todo, A History of Violence parece una remake de Los imperdonables, pero más brillante, más profunda y más graciosa. Efectivamente, la película tiene un enorme humor, tanto que Cronenberg tuvo que aclarar en la conferencia de prensa que un film puede ser al mismo tiempo serio y cómico (M. Verdoux, por decir algo). La doble naturaleza de A History of Violence y la beligerancia potencial de los alcornoques provocó un incidente divertido. En el medio de la proyección, ante uno de los diálogos graciosos del film, una voz se elevó estentórea y con acento germánico dijo: “You critics, pieces of shit, please take this film seriously”. Kent Jones, que estaba al lado de Q, le dijo por lo bajo: es Alex Horwath. Horwath es el director del museo del cine de Viena, un cinéfilo muy respetado. Lo que no advirtió es que los que reían no eran los alcornoques sino sus amigos que, como Kent, disfrutaban el film como chanchos, aunque posiblemente no a la manera teutónica. No conviene contar nada más de The History of Violence, para no disminuir la felicidad de verla. Cronenberg es un maestro y de grande se le ha dado por hacer películas perfectas, como este 10 (diez).

Saltando en una pata nos fuimos a dormir.

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El lunes a la mañana daban Manderlay, la de Lars von Trier. Pasamos. Otras dos horas y media encerrados en un decorado, como en la película anterior, no era la idea de una mañana encantadora. Mark Peranson dice que esta es mejor. Otros afirman que es una nueva obra maestra del genio danés, pero ya nos desafiliamos de ese partido. Así que tras el replay de Reygadas, Q se fue a ver la brasileña Cinema, aspirinas y urubús (los urubús son unos bichos carroñeros), con dirección de Marcelo Gomes, guión de Karim Aïnouz y producción de Sara Silvera, tres personas sumamente simpáticas. La película lo es también, una road movie ambientada en el año 1943, con un alemán que transita en camión el sertão vendiendo aspirinas por medio de un cine ambulante y con un ocasional compañero nativo y lcónico. El film transcurre suavemente, con gracia y en silencio, interrumpido a veces por una excelente selección musical. Hay (especialidad de Aïnouz desde Madame Satâ) una muy informada, sensible e inteligente reconstrucción del Brasil anterior a la posguerra que se conecta, tal vez, con la nostalgia secreta por un Brasil donde la gente no grita y el país no intenta parecerse a los Estados Unidos. Un 8 (ocho) para los urubús.

Al rato, una película de François Ozon, no precisamente un favorito de la casa. Los nombres conocidos que van a dar a UCR suenan en principio sospechosos, es decir, sospechosos de no haber dado el peso para entrar en la competencia oficial. En realidad, no es una sospecha, sino que es así. Le temps qui reste no da casi el peso de ninguna categoría, pero tampoco pierde por K.O. Al principio, el protagonista descubre que tiene cáncer y tres meses de vida. Es un fotógrafo de modas homosexual, y la historia recuerda un poco a Las noches salvajes de Ciryl Collard. Pero este se moría de verdad, lo que le daba una densidad especial al film. El de Ozon, en cambio, tiene mucho de coquetería gratuita, demasiado ligera para ocuparse de una muerte inminente. Más cuando aparece Valeria Bruni-Tedeschi que le propone que le haga un hijo porque su marido es estéril y la película roza el vodevil solemne. Después aparece Jeanne Moreau, la abuela, que en el medio del campo duerme con todo el maquillaje y las joyas puestas (derecho de las divas). Así, un poco a la deriva y cuando al personaje ya le queda muy poco pero a la película menos, el tipo rechaza la quimioterapia y se va a la playa para capturar un rayo de sol que, de pronto, tiene una textura material y emotiva de la que el film carece la mayor parte del tiempo. El final levanta el film hasta un 6 (seis) para Q, un 7 (siete) para F.

De vuelta a Brasil para ver Cidade Baixa, de Sergio Machado. Curiosamente, la película tiene también guión de Karim Aïnouz, pero esta es menos simpática. Tal vez porque la producción es de la empresa de Walter Salles. Entre Cidade Baixa y los Urubús, se produce la misma tensión que entre Ciudad de Dios y Madame Satâ hace dos años. Una intentaba ser un buen producto para el mercado local e internacional: vistosa, veloz y volátil. La otra, en cambio, tenía alma. En Cidade Baixa un blanco y un negro comparten la amistad y la cama de una prostituta rubia. Son marineros, traficantes, boxeadores, lo que haga falta en la folklórica Bahía. Como hace calor, el tropicalismo lleva a una escena de sexo a cada rato, pero bien al estilo televiso, con cuerpos brillosos y poses estudiadas. Como en la tele, hay celos, peleas, reconciliaciones y todo pasa tan rápido y es tan arbitrario que no importa demasiado. Solo la velocidad cuenta, el glamour de los actores, el colorido de las imágenes. Tanta batucada lo fascinó un poco al amigo Payne, pero nadie puede lograr que un jurado premie a este 5 (cinco).

Al final de la tarde, la función de prensa de lo que sería la Palma de Oro, L’enfant de los hermanos Dardenne. Es raro, pero la impresión de sorpresa de unos años atrás cuando ganó Rosetta ha dado paso a una sensación de normalidad. Nadie espera otra cosa que una muy buena película por parte de los Dardenne y parece muy natural que ganen su segunda palma. En L’enfant, el protagonista recuerda a Rosetta: una combinación de vértigo, obstinación y marginalidad. Esta vez es un varón, de la misma edad más o menos, pequeño delincuente en las calles de Bruselas, con una novia que da luz a un hijo al principio del film. Lo que sigue es una fallida venta del bebé (hijos perdidos, una de las constantes temáticas de Cannes), una inolvidable, casi imposiblemente virtuosa, persecución policial y un final calmo. Los Dardenne logran la alquimia de transformar la materia en espíritu y su exacta, alucinante narración desemboca en uno de los choques más impresionantes que el cine haya mostrado entre la libertad y la responsabilidad. Los Dardenne se sacan un 9 (nueve) y si protestan les subimos la nota.

Esa noche participamos de un encuentro muy particular: el del club de los echados. Efectivamente, fuimos a cenar con dos ex directores de festivales: el miembro más antiguo del club, Alberto Barbera, que durante tres años hizo la mejor gestión reciente en Venecia antes de ser despedido por las hordas culturales de Berlusconi e inaugurar una cadena de despidos en el resto del mundo y con Michel Demopoulos, el miembro más reciente de la asociación, que condujo Salónica durante quince años hasta que la derecha tomó el poder en Grecia y lo reemplazo a él y al presidente Angelopoluos por dos integrantes de la industria fervorosos y patrióticos como suelen ser patrióticos los comerciantes. Lo de Michel fue un escándalo. Tanto que el nuevo presidente ya renunció y difícilmente la nueva directora artística (una productora millonaria) pueda organizar la nueva edición decorosamente. Barbera dirige ahora el museo del cine de Turín de donde no piensa salir aunque recibió muchas ofertas. Michel volvió a su antiguo puesto de asesor cinematográfico del canal estatal de televisión en Atenas. De estas cosas y de cine hablamos con estos dos cinéfilos veteranos, miembros de una vieja guardia que va desapareciendo de los lugares que solía frecuentar. Si hacemos memoria, desde que empezamos a recorrer festivales, cambiaron los directores de Cannes, de Berlín, de Venecia (dos veces) de Rotterdam, de Toronto (a medias), de San Francisco, de Locarno para nombrar solo los festivales más grandes y prestigiosos (más reemplazos varios en la Quincena y la Semana de la crítica). San Francisco, incluso, dejó de serlo y su viejo director, Peter Scarlett, fue despedido luego de la Cinemateca Francesa, para recalar en Tribecca, un lugar muy rentable pero muy poco serio desde el punto de vista de la curaduría. Locarno, a su vez, quedó muy disminuido desde que lo dirige Irene Bignardi. Quedan pocos directores que tengan prestigio como programadores y la posibilidad de utilizar sus habilidades. Apenas Marco Müller (que antes dirigió Locarno y Rotterdam) y hoy intenta reflotar Venecia entre los nombres conocidos. En el otro extremo, el de los longevos, hay muy pocos, entre ellos un energúmeno como Serge Lossic, el inexplicable dueño de Montreal al que como no pueden echarlo le crearon un festival paralelo, cuyo director es ¡Moritz de Halden!, expulsado sucesivamente de Berlín y Venecia. Dadas las estadísticas, parece un trabajo insalubre. La sensación que uno tiene cuando habla con ex colegas que pasaron por el mismo trance —y que no son enfermos del poder como Müller o de Halden— es que se trata de una tarea muy atractiva, que la despedida es siempre muy violenta, pero que al final resulta un alivio dejar el puesto. En eso estamos.

Martes 17, día de Jarmusch. Para Q. a las 8 y media de la mañana, para F a las siete de la tarde, en la función de gala. El viejo JJ es de algún modo irresistible aun cuando no haga su mejor película. Su carisma proviene de la sensación de que mientras hay rock hay esperanza. Es el último superviviente, la esperanza de occidente. Los demás son asiáticos. Es cierto, gente como Cronenberg y van Sant son grandes, pero fríos. Jarmusch es siempre hot y siempre cool. Aun cuando la necesidad de ser cool a toda costa le juega cada vez más seguido en contra. En realidad, JJ tiene mala suerte. Cuando hizo su mejor película, Ghost Dog, tuvo su pico más bajo de reconocimiento y no consiguió plata para filmar en serio por varios años. Broken Flowers es su primer film de verdad (Coffee and Cigarettes es solo un rejunte) después de Ghost Dog y marca un retroceso. La poesía se le esfuma a Jarmusch. A veces parece una secuela de Perdidos en Tokio de Sofia Coppola, con Bill Murray componiendo ese personaje que está de vuelta de todo. Esta vez no se trata de desdeñar a los japoneses, sino a las viejas novias. Una detrás de otra, Murray las visita para averiguar si tuvieron un hijo con él. Empieza bien, con Sharon Stone y su hija, calientes y cómicas. Pero después todo sigue cada vez menos gracioso, menos humano, con Jessica Lange medium de animales y lesbiana, con Frances Conroy, experta inmobiliaria, con Tilda Swinton hippie y violenta. La última novia está en el cementerio. Jarmusch parece Woody Allen, con su gran elenco y su melancolía. La diferencia a favor de JJ es que pasa algo más que el hacerse viejo: todo se vuelve estúpido, banal, plástico. Sopla un viento idiota como diría Bob Dylan. Las cinco mujeres son la síntesis de los Estados Unidos, acaso la verdadera causa de la tristeza de Murray, tan perezoso como el director, que ya no quiere provocar la chispa de sus primeros films cuando el mundo era ya horrible pero todavía mutable. Bien mirado, bajo una apariencia ligera, Broken Flowers es un film trágico, terminal. Casi una despedida. ¿Qué nota le ponemos? F un 7 (siete). Q se estira hasta un 8 (ocho).

A la salida de Jarmusch, Q se encaminó hacia Mortea Domnului Lazarescu. Es decir, La muerte del Señor Lazarescu, 2 horas 37 minutos a cargo del rumano Cristi Puiu, cuya promisoria Marfa si Banyi pasó por el Bafici en 2002 y ganó alguna clase de premio. El embajador de Rumania en Buenos Aires vino solemnemente a buscarlo ya que el director no viaja en avión (a Cannes fue en coche desde Bucarest). El señor Lazarescu, un viejo malhumorado, borrachín y solitario se siente mal un día: le duele el estómago y la cabeza. Decide llamar a la emergencia médica que se demora lo suyo. Cuando la ambulancia llega, los hospitales —por distintas razones— no aceptan internarlo a pesar de la abnegación de la enfermera que lo acompaña. Lazarescu se va deteriorando, se le descubre un cáncer y una hemorragia cerebral y finalmente, tras sufrir toda clase de tormentos por parte de los médicos y el sistema hospitalario queda inconsciente en una camilla, esperando una operación que difícilmente dé resultado. Así contada, la película parece la experiencia más deprimente que puede sufrir un espectador. En realidad, el enorme talento de Puiu la convierte en lo contrario: un film fascinante, de una complejidad y una sutileza enormes y en la gran revelación del festival. Nunca hay en el film un trazo grueso sino, por el contrario, un paisaje humano, científico y político increíblemente abigarrado, donde las derivaciones no son nunca previsibles. La indefensión del individuo frente a los sistemas burocráticos es el telón de fondo de Lazarescu, pero frente a ella se proyectan por lo menos tres películas diferentes: un thriller que tiene como misterio principal la dolencia que afecta al paciente, una road movie a bordo de una ambulancia con estaciones siniestras, un western y sus tensiones por definir la ley en cada hospital, en cada servicio, donde cada momento es una lucha territorial y un conflicto de poderes. Puiu, con el aliento de un gran novelista, edifica una catedral cinematográfica que como el film de Cronenberg puede reunir un sorpresivo humor (negro) con una seriedad demoledora. Un 9 (nueve) clavado.

Q salió de la proyección de Lazarescu en un estado de gratitud y asombro. En el hall del cine se encontró con los amigos Mark Peranson y Christoph Huber y también con sus colegas del jurado Sandra Den Hamer y Gilles Marchand en parecido estado. De allí se fue a un almuerzo con el resto de los jurados en el Café de las Palmas (no confundir con el Restaurant de las Palmas), acaso el lugar más agradable del Palais, donde hay una terraza pero también un living muy confortable rodeado de cientos de libros de cine. Se trata de la biblioteca de Gilles Jacob, que la hace trasladar hasta allí cada año. La decoración, parece, está a cargo de la hija de Agnès Varda. El almuerzo fue muy agradable, pero la discusión áspera. Si bien había tres jurados muy impresionados por Lazarescu, otros tres lo estaban mucho menos, incluido el presidente. Betsy Blair, por otra parte, estaba enferma desde el domingo, seguramente después de haber tomado frío en la fiesta del viernes, mientras Q le decía tonterías. Finalmente, Q hizo algo que está en contra de todos los manuales de tácticas para torcer la voluntad un jurado, según le explicó después Marchand. Cuando uno de los reticentes dijo que igual Lazarescu nunca iba a tener el quórum suficiente para ganar, Q retrucó diciendo que estaba seguro de convencerlos a todos en la deliberación final si antes no aparecía un film irrefutable. Dicho lo cual, se quedó muy amargado y nervioso.

Para olvidar el almuerzo y la UCR, Q se fue a ver Seven Invisible Man de Sharunas Bartas. El director lituano es una figura mítica para muchos espectadores argentinos desde que en Mar del Plata se proyectó The Few of Us en la sección Contracampo. Bartas pertenece al club del plano secuencia y el laconismo. Tanto que antes de la función pidió saludar a Lisandro Alonso. Este no podía parar de emocionarse. En el nuevo trailer de la Quincena aparecen los nombres de los cineastas más importantes que pasaron por esa sección. Junto a gente como Godard, Bresson, Fassbinder o Bela Tarr aparece el suyo. La última vez que lo vimos en Cannes estaba yendo a ver a Olivier Père para pedirle un cassette con la cola. La película de Bartas es larga (dos horas) y de muy difícil comprensión. Los siete hombres del título si es que son siete, están reunidos en una casa en el campo. Al final, después de comer, beber, cantar y discutir, se matan entre ellos. Alguien dijo que Bartas es, más que un cineasta, un fotógrafo. Que sus encuadres bellísimos y su talante contemplativo no alcanzan a redondear una película. También es posible que una película de estética semejante no pueda ser apreciada entre otros 50 films vistos en Cannes. Y básicamente, no se puede juzgar un film semejante luchando contra el sueño.

Tras cartón, en la misma sala, Cache Cache, segundo film de nuestro amigo Yves Caumon, a quien conocimos a raíz de su bella opera prima, Amour d’enfance. Esta vez Caumon intentó con el cuento de hadas. Un fantasma perturba la apacible vida de una familia que acaba de adquirir una casa en el campo. La idea es una película para chicos que también, como corresponde, pueden disfrutar los grandes. Pero la verdad, es que a Caumon, un habitante de la campaña francesa (una vez un ministro le pidió verlo y solo aceptó cuando supo que no era el de cultura sino el de agricultura), esta vez se le quemó el asado, o mejor dicho el cassoulet. El film le quedó simplemente sin gracia, con un fantasma desabrido y una familia ni siquiera pintoresca. Hay solo un buen momento, con el padre dentista que revela que no quiere ir a trabajar, pero no alcanza a iluminar toda la película, como el canto que seguramente quiso ser al ocio y el juego. Caumon, para seguir con los dichos camperos, no arrimó el bochín, que en Francia tal vez se diga petanquin. Un 5 (cinco) y a plantar de nuevo la remolacha.

Ya eran las diez de la noche, pero todavía faltaba una película francesa de UCR. F y Q agotados (más F que la pasó mal de salud todo el festival) volvieron al Palais para ver la francesa Zim and Co de Pierre Jolivet. Es una “película de jóvenes” con un simpático trío de adolescentes (un judío, un árabe y un negro) que luchan contra la adversidad y el desempleo y suspiran de amor por las chicas. Podría ser un piloto para una serie de televisión, si es que en Francia existen tales cosas, pero es imposible entender qué hacía en Cannes. Solo cierta solvencia técnica evita el aplazo, un 4 (cuatro) para este ejemplo de profesionalismo popular hiperchato (PPH) estilo No soy vos, soy yo pero con un poco de conciencia social.

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Tres al hilo de UCR el miércoles 18. Primero, Yek Shab o Una noche, película iraní de la hasta aquí actriz Niki Karimi. Un sub Kiarostami. Una mujer, sola en la noche de Teherán, sube a varios autos donde encuentra otros tantos personajes masculinos que dibujan un fresco de la clase media alta en Irán. La película no está mal, pero tampoco está bien. Parece un ejercicio para ingresar en la escuela de don Abbas. Se le puede poner un 6 (seis) con regalo. Q, siempre malpensado, al escuchar un rumor de que Karimi había tenido un no sé qué con el Sr. K. y dado que la película competía para la cámara de oro donde este era el presidente del jurado, se preguntó si el susodicho cineasta no haría que le dieran el premio, como hizo una vez en Mar del Plata con el film de su director de fotografía. Pero eso no ocurrió. A Mr K, de paso, se lo veía muy contento, siempre acompañado por una rubia linda, su intérprete y profesora de inglés. Todos comentan que K está muy interesado en ese idioma y lo está aprendiendo rapidísimo. El chisme, como vemos, ha llegado a esta seria página. Pero eso no es nada. Ya verán.

Cuando se presentó el film siguiente, Thierry Frémaux llamó al escenario al equipo de la película. Como productor anunció a un tal Bela Tarr. Y era Bela Tarr, nomás, que se le dio por intervenir en una película ajena cuando tiene enormes problemas para financiar la propia, interrumpida por el suicidio de Humbert Balsam, un episodio que sacudió el ambiente del cine francés hace un par de meses. La película en cuestión era la húngara Johanna, una ópera inspirada en Juana de Arco, cuya protagonista, al principio, es una junkie que ingresa en un hospital con sobredosis. Como se salva, decide entonces emplearse como enfermera, pero poco a poco va descubriendo su verdadera misión, que es curar a los enfermos varones mediante el procedimiento de tener relaciones sexuales con ellos (y confirmando lo que las malas lenguas dicen de las enfermeras). La terapia resulta eficaz en un 100% de los casos (Q pensaba “este hospital está bueno, no es como los de Lazarescu”), pero no es muy popular entre sus compañeros, especialmente los médicos, quienes emprenden contra ella una casa de brujas con final previsible. La película tiene fuerza y belleza, con sus largas tomas en los tenebrosos pasillos del hospital, sus patéticos tonos ocres. Hace pensar (aunque la música es clásica) en las operas rock de los 70. Como todo es cantado, líneas de diálogo tales como “Vamos para el servicio de urología” suenan un poco ridículas, pero lo mismo decían algunos de Los paraguas de Cherburgo. Dada la pobreza de los textos (el talón de Aquiles de esta Juana) alguien sugirió que sería un film mucho más placentero visto sin subtítulos, con una ligera información sobre el argumento, como la que viene en los programas de los teatros líricos (aunque, por otra parte, ahora también hay subtítulos allí). Recíprocamente, sería bueno que películas como las ya comentadas de Sri Lanka (La tierra abandonada) o la de Sharunas Bartas vinieran con un programa de lectura obligatoria donde se relata el argumento. Si bien es una experiencia común en el cine desentrañar la evolución de la trama, hay películas que mejorarían mucho (o se harían de mucho más fácil visión, al menos) si no hubiera que dedicar buena parte de la atención a adivinar cuál es el parentesco entre los integrantes de esa pareja que hace el amor o por qué ese tipo quiere matar a ese otro. Sepan disculpar, fue solo una teoría berreta. La cuestión es que Johanna se gana limpiamente un 7 (siete).

Luego, haciendo juego de algún modo, Eli, eli, lema sabachthani, o sea, “Dios mío, por qué me has abandonado” del japonés Shinji Aoyama. Shinji es el autor de la sobrevalorada Eureka, una película que tuvo una enorme repercusión en festivales. Después hizo unas cinco películas más. Una de ellas, Desert Moon se presentó en Cannes sin ningún éxito y de las otras casi no se ha escuchado hablar. Esta vez trajo algo interesante. Una especie de obra conceptual con la estrella Asano de protagonista que debe resucitar mediante la música a una chica que se suicida. (Jean-Michel Frodon nos explicó que ese es el mito de Orfeo). La música empleada suena tan fuerte que, efectivamente, debe tener la propiedad de levantar a los muertos. Se trata del famoso “ruidismo”. Bellos planos en la playa, la imponente (y agobiante) banda de sonido al servicio de una idea que Shinji explica en el catálogo: hablar de la tendencia japonesa al suicidio, algo que se conoce como el síndrome del Lemming, el bicho que aparecía en el film francés de apertura. En realidad, el verdadero sentido del film es mostrar que los japoneses están totalmente locos. La película es ciertamente lo más cool que ofreció esta edición de Cannes, un espectáculo singular. Por razones de edad F le pone un 8 (ocho) y Q solo un 7 (siete), dado que todavía le duelen los oídos.

Entonados por dos films originales, partimos hacia el momento más emocionante del festival, la proyección fuera de competencia de Avenge but One of my Two Eyes, de Avi Mograbi. Mograbi, cuyos anteriores films-ensayo de corte autobiográfico se exhibieron en el Bafici 2002, atraviesa un momento particular. Tras haber sido un disidente él mismo y haber conocido la cárcel (por negarse a participar de la invasión de Israel al Líbano), ahora es su hijo el que sigue su camino y terminará seguramente en prisión por rehusarse a servir en el ejército israelí en su escalada represiva contra los palestinos. Pero Avi no es solo un militante, sino un cinéfilo dedicado y un gran cineasta, para el que mostrar su film en Cannes significa muchas cosas al mismo tiempo. “Es un sueño estar acá”, dijo en la presentación casi llorando, acompañado por su hijo, y todos le creímos y estuvimos a punto o más que a punto de llorar con él. La película es absolutamente poderosa e intercala tres registros. En uno, el más parecido a sus películas anteriores, Avi está en su casa y se filma hablando por teléfono con un amigo palestino sometido al toque de queda israelí en alguna parte. El amigo le dice que ya no ve otra solución para Palestina que una inmolación en masa, mientras Mograbi intenta persuadirlo de que debe haber otro camino. El segundo es el de la enseñanza por parte de las autoridades israelíes de dos episodios de la historia bíblica: el sitio de Masada y la destrucción del templo a cargo del encadenado Sansón. En el primero, los judíos se quitan la vida para no caer en manos del enemigo romano. En el segundo, el héroe muere solo cuando ha logrado destruir a muchos enemigos. Nadie parece advertir que esas lecciones elogian los mismos métodos que los bombarderos suicidas palestinos emplean hoy contra Israel. El film muestra un crescendo de lecciones, desde una teatralización a cargo de una maestra hasta la arenga de un general que desde las alturas de Massada proclama que los romanos no están más allí y que la tierra es para siempre de los judíos. Un crescendo paralelo ilustra la progresiva irritación de Mograbi frente a los soldados que hostigan a los palestinos. El director termina insultando al responsable de una patrulla que, sin motivo, demora en las alambradas a los chicos que vuelven de la escuela mientras las madres los esperan del otro lado. Una película extraordinaria, imprescindible. Un 10 (diez), qué duda cabe.

Era, decididamente, un buen día. Un compromiso oficial nos impidió asistir a la celebración de Mograbi: la cena oficial de Un Certain Regard, un evento bastante aburrido en el Restaurant de las Palmas. A esta altura, Q se había acostumbrado al moño, y casi se había convertido en un defensor de la etiqueta. Qué barato se vende la gente. Una vez, hace muchos años, Agresti nos había invitado a esa misma celebración. La comida era mejor entonces y la soirée igualmente aburrida. Pero después había una fiesta brasileña y allá fuimos. Como siempre, las fiestas brasileñas están muy bien organizadas, son muy divertidas. Tras saludar a varios amigos a los que no veíamos desde hacía tiempo, descubrimos que uno de los invitados era Pelé. Como F no había traído la cámara, Q le pidió a José Carlos Avellar que le sacara una foto con el rey. Avellar prometió mandarla por e-mail, pero al día de hoy no lo hizo. Es que los brasileños son los mejores para las fiestas pero los peores a la hora de cumplir con sus promesas.

El jueves 19 era el día de Wenders. Desde que Q vio The End of Violence hace algunos años decidió que a WW se le había freído irreversiblemente el cerebro, por lo que juró no ver nunca más una película suya. F, en cambio, conserva siempre las esperanzas y así fue como asistió a la función de la tarde de Don’t Come Knocking. F le relató a Q la película así: Sam Shepard es un viejo actor hastiado de la vida (Q dijo, cómo Murray en la película de Jarmusch) que abandona una filmación. Se dirige a lo de su madre, a la que no ve desde hace mucho. Ella le cuenta que hace un tiempo una mujer se apareció por allí y le dijo que tenía un hijo de Shepard (Q dijo, cómo en la película de Jarmusch). Shepard parte en busca de la mujer (Q dijo…) perseguido por un detective y por una chica que también afirma ser hija suya. Finalmente, tras viajar por el desierto (Q dijo, como en París, Texas). Allí se encuentra con Jessica Lange (Q dijo, la mujer de Shepard en la vida real, F dijo sí bobo). Y Jessica le señala a su hijo, que justo está tocando en una banda de música (Q dijo, ¿es también el hijo en la vida real?, F dijo, no molestes). Al final, tras algunas peripecias el detective lo captura a Shepard y lo hace volver a la filmación mientras Lange y los dos hijos se quedan esperando al padre. F añadio que la había pasado bomba, que era un placer verla y que Q diga lo que quiera de WW, pero seguro que sabe como filmar un plano del desierto. Y que le ponía un 8 (ocho) y tal vez se quedaba corta. Q dijo que lo que pasaba es que F se había enamorado locamente de Sam Shepard, algo que ella no negó. Pero le dieron ganas de verla. Es curioso, pensó Q, es como si WW, a diferencia de JJ, todavía creyera que hay vida en los EE. UU. de Bush.

Mientras F se deleitaba con Wenders, Q se castigaba con una desastrosa función de UCR. Resulta que hace dos años, cuando estuvimos en Melbourne, en una de las peores decisiones de política cinematográfica que se recuerde, la AFC (Australian Film Comission) anunció con gran algarabía que de allí en más no pondría más dinero para largometrajes y que todos sus subsidios irían para películas de TV, algunas de 25 minutos y otras de 50. Los resultados empezaron a verse: en Australia casi no hay más películas (salvo las coproducciones que allí filma Hollywood) y, en cambio, florecieron los productos formateados, medidos y orientados al supuesto espectador idiota medio. Cannes no tuvo mejor idea, para mostrar algo australiano (mejor hubiera sido traer un ejemplar del demonio de Tasmania), que elegir una de 25 y otra de 50. La corta, Yellow Fella de Ivan Sen, documental hipercuadrado y bienpensante sobre un actor aborigen es fatal, un 3 (tres). La larga Jewboy de Tony Krawitz es un poco mejor, un 5 (cinco) y trata sobre un judío ortodoxo joven que siente las tentaciones de la libertad y de la carne (no de cerdo). Pero el formato obliga a que todo quede en el esbozo de una película, con los personajes y la historia a medio cocinar, apenas arañando la superficie de lo que se nota haber empezado como un proyecto más personal que las exigencias del medio neutralizaron hasta la platitud más absoluta. Durante la fiesta de clausura, Q se encontró al director que le confirmó lo difícil que se le había hecho rodar con tantas restricciones y que la AFC había desde entonces corregido su política. Menos mal.

Al rato otra decepción, Schläfer de Benjamin Heisenberg, película alemana de producción austríaca. Resulta que este Heisenberg dirigía una revista de cine —dicen que muy interesante— con el otro alemán en UCR, Christoph Hochhäusler. Pero si Hochhäusler se reveló como un director interesante su amigo parece, en cambio, un fraude. Schläfer (“El durmiente”) se ocupa de dos amigos científicos que compiten por un ascenso y por una chica. Uno de ellos es musulmán, por lo cual la policía secreta lo espía como presunto terrorista. El otro colabora con la policía y termina denunciándolo falsamente para quedarse con el trabajo y la chica. Es el típico juego de masacre propio de una obra de teatro de hace 30 años con personajes completamente desagradables entregados a maquinaciones infames que, bien miradas, no tienen siquiera sentido. Para colmo, Heisenberg pierde hasta el punto de vista en la narración, altera sus propias reglas y su afán manipulador da como resultado que todo suene completamente falso. La película más irritante de UCR, sin duda. Un 3 (tres). Es seguro que el último film de nuestro amigo Ulrich Köhler (el de Bungalow), que Cannes rechazó, es mucho mejor que esta tontería presuntuosa.

El mal humor de Q se disipó cuando se encontró con F (esa razón ya hubiera bastado) para ver la última película de Hong Sang-soo, en competencia oficial. Era la única función de la película: no hubo función de prensa, ni repetición ni nada. Según Pierre Rissient, lobbista también de HSS, con una película tan de paladar negro como las del coreano, lo mejor es que la fueran a ver los que realmente querían y que no había que facilitarle las cosas a los periodistas de medio pelo (los alcornoques) que no tienen nada que hacer y van igual para después hablar pavadas. Una teoría curiosa. Rissient es así. De paso, contemos una anécdota divertida que involucra a Rissient, que tiene fama de ser el rey de los mangueros, capaz de matar por una remera de regalo. Resulta que un periodista francés debía entrevistar a Clint Eastwood en un hotel de Los Angeles. Para romper el hielo, le dijo de entrada que había estado con el señor Rissient y que este le mandaba saludos. Eastwood le respondió: “espéreme un momento” y se dirigió al baño. Cuando volvió, llevaba todas las toallas y jabones que le cabían en las manos y dijo: “Por favor, lléveselas al señor Rissient de mi parte”. La película de HSS se llama Keuk Jang Jeon, o sea Cuento de cine (¿cómo se dirá “cine” en coreano, “keuk”, “jang” o “jeon”?) y se parece a todas las películas del director. Esta vez, sin embargo, hay una sorpresa. La primera mitad del film es en realidad una película filmada por el protagonista de la segunda parte. Lo que delata el truco es que en esa primera parte hay zooms y reencuadres, elementos que no figuran en la gramática habitual de Hong. Pero para hacer la simetría perfecta, Hong los termina usando en la segunda mitad, la que se supone “suya”. HSS hace films en espejo, siempre hay un camino que se bifurca, dos personajes masculinos que responden al tipo del ganador y al del perdedor con las mujeres aunque, en el fondo, nadie gana. HSS equivale a sentimentalismo cero. Su particular teoría del amor es que en una sociedad como la contemporánea lo único que hay son ilusiones y dolor. Hong filma trozos de vida, trozos de su vida imaginada: no hay un cineasta más autorreferente, ninguno más universal. Es el menos reconocido de los grandes maestros contemporáneos, pero probablemente el que ha alcanzado la madurez más anticipadamente y el más seguro, el que más claramente puede sustentar un cine definitivo que no muestra concesión alguna. Un 9 (nueve) para HSS.

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(Continúa acá)


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Del mismo autor:
Diario del Bafici # 14
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