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Cannes 2005 - La larga crónica (III)

4 07 2005 - 21:42

Cuando nos disponíamos a asistir a la función de prensa de la de Tommy-Lee Jones, nos encontramos en un café con Claire Denis y nos pusimos a hablar, entre otras cosas, de Hong Sang-soo. Claire había venido a Cannes (como hace todos los años con los films de sus amigos) para ver la película del coreano y la de Avi Mograbi. Hong se enfrenta con un problema. Es la segunda vez seguida que participa en Cannes en competencia. Antes lo había hecho dos veces en UCR y cuando le ofrecieron esa sección por tercera vez, se negó a participar. Fue con Turning Gate, acaso su película más límpida. Fue un claro error de los seleccionadores. Sus dos films siguientes fueron producidos por Marin Karmitz, el poderoso magnate del cine francés. Y llevados a Cannes, pero reducidos de entrada a una duración de 90 minutos. Los dos films deberían haber sido más largos. Las historias de HSS requieren otra extensión, otro desarrollo. Por otra parte, su carrera está, de algún modo en una impasse. Sus participaciones en Cannes no lo han consagrado, salvo entre un puñado de críticos. Mientras tanto, las rígidas convenciones a la coreana (en las que HSS cree a rajatabla, sin reconocerlo) lo obligan a seguir apuntando a Cannes para no perder posiciones y respeto en su país. Eso es lo terrible de Cannes. Conversando con el crítico mexicano Leonardo García-Tsao, hablábamos de Arturo Ripstein, alguien que también se obsesionó mucho tiempo con triunfar en Cannes y así hizo una película supuestamente consensual (El coronel no tiene quién le escriba) que pasó sin pena ni gloria. Ripstein nunca se recuperó del todo de ese fracaso. Hong corre el mismo riesgo, sobre todo de la mano de Karmitz. Ser un cineasta colosal no es una vacuna contra las concesiones. El problema es que resulta muy difícil volver de ellas. El cine es un territorio jabonoso y Cannes bien puede ser la antesala del infierno.

Esa noche, como todos los años a esa altura, nos fuimos a cenar con la banda canadiense-americana que incluye a Alan Franey y Po Chu, de Vancouver, más Gerry Peary y Sra, más Scott Foundas, Rachel Rosen y otros. Fue la mejor cena de Cannes, un cous-cous en un restaurante magrebí cerca de la estación, un tipo de comida que se extraña en la Argentina y más en San Clemente, aunque F jura que si Q la ayuda, va a aprender a hacerlo. ¿Un restaurant de comida norafricana en la costa? Tal vez el cambio de vida termine siendo total.

El viernes 20 era la reunión final del jurado. Pero antes, a las nueve de la mañana, hubo una función especial para ver la última película en competencia, la marroquí Marock de Laila Marrakachi. Es una película sobre los jóvenes de clase alta en Casablanca (claramente el medio de la realizadora) y la tensión que opone una mirada tolerante y cosmopolita frente al nacionalismo islámico y el racismo ordinario. Este Amor sin barreras entre un judío y una árabe choca contra sus límites estéticos y contra la estrechez de su mirada de clase. Finalmente, el resultado se parece mucho a una telenovela latinoamericana, pero lo peor es la impresión que deja Marock de que así como los nenes y las nenas ricos de Casablanca salen a correr con el auto, también —si el capricho les da por ahí— pueden hacer cine con la misma manera irresponsabilidad. Un 4 (cuatro) para Rebelde Way.

Así llegó el momento de la deliberación que tuvo lugar en un agradable salón de la planta baja del Hotel Majestic. Desde el encuentro anterior, el panorama se había despejado mucho para el señor Lazarescu. No había aparecido ningún film importante, Betsy Blair la había visto finalmente y, sobre todo, Payne le había dado una segunda mirada tras la cual reconoció, haciendo honor a su propuesta inicial, que no había ninguna película cuya factura cinematográfica alcanzara la altura de la rumana. Incluso la crítica católica, la también muy honesta Mme. Welcomme le dio la bienvenida y reconoció que a pesar de cierta desesperanza que le molestaba, la película era buena. Así que lo que prometía ser una batalla encarnizada se resolvió rápida y pacíficamente. Q respiró aliviado. Le parecía que si Cannes sirve de algo es para señalar en cierta medida lo que era importante para el cine y que hubiera sido muy malo que el jurado UCR ignorara una película de la dimensión de la de Puiu. No quedaba entonces más que pasar al almuerzo que se sirvió allí mismo sin escapar a la habitual mediocridad, esta vez agravada porque la entrada y el plato principal tenían prácticamente los mismos ingredientes.

A la tarde fue la entrega de premios de UCR, tras otra montée des marches, esta vez muy curiosa. El jurado entró por la escalera roja, como si fuera a la sala Lumière, se sacó las inútiles fotos y una vez adentro del edificio, encaró hacia la otra sala. Allí Thierry Frémaux, llamó al jurado a escena (Q estaba un poco emocionado y muy contento con su moño) y se fueron anunciando los ganadores, que en este caso eran pocos: La muerte del señor Lazarescu el premio mayor y lo que serían menciones se convirtieron por obra de la creatividad de Payne en el Premio del Futuro para Delwende y el Premio de la Intimidad para la de Cavalier. No hubo grandes protestas. Cristi Puiu y S. Pierre Yameogo estaban muy contentos. Cavalier no se hizo presente.

Era el turno de la película de clausura de UCR, Habana Blues producción cubano-española de Benito Zambrano. Cuando el jurado y los premiados bajaron del escenario, y antes de presentar el film, Frémaux anunció que había una presencia muy particular en la sala, justamente de la Argentina. Con su habitual histrionismo, tras crear un instante de suspenso, Frémaux proclamó: “Diego Armando Maradona”. Y sí, Maradona estaba dos filas atrás nuestro, en excelente estado. Después aplaudiría como loco el film cubano. Q la mandó a F a sacarle una foto. F cumplió y además le dio la mano. Dice que no lo encontró muy simpático.

En Habana blues dos músicos que tocan juntos y son muy amigos se pelean luego de que una productora española, cuya compañía tiene sede en Miami, llega a La Habana y les propone emigrar. Pero antes tienen que firmar un contrato leonino y denunciar al régimen cubano. Uno acepta irse y el otro rompe el contrato y se queda. Con el clásico código que parece regir entre los cubanos —sobre todo entre los que entran y salen— no se juzga a ninguno de los dos. Todo transcurre entre críticas por las dificultades en la isla, pero las protestas son matizadas con planos detalle de las fotos de Fidel pegadas en las paredes. El discurso político de la película es que se perdona la debilidad de irse por conveniencia pero no la voluntad de hacer oposición, que siempre suena a traición y a entrega a los americanos. EL film envía este mensaje oficial, pero pasa otro aun peor que la simpatía de los actores, la alegría de la música y el humor costumbrista de los diálogos no alcanzan a disimular del bajo el manto de la comedia. En un momento, explicando la situación, uno de los músicos grita para que quede bien claro: “Pues no sabes tú que esto es ante todo un negocio”. La frase resuena muy fuerte y parece dirigida al cine y a la propia película. Más tarde, los protagonistas visitan a un poeta que defiende “el arte por el arte” y el personaje resulta una mala caricatura. Otra vez, todo está bien, pero el cine que hay que hacer es este, el del entretenimiento que vocifera su propia moral dudosa, la del macho que se acuesta con la productora extranjera casi en nombre de la patria. La película, en su afán por rozar los problemas de la sociedad cubana sin hacerse cargo de ninguno no puede evitar una sensación muy desagradable: la de artistas mendicantes, mercachifles y quebrados a uno y otro lado de la pantalla. Un 5 (cinco) para esta expresión de hipocresía tropical, también parte del profesionalismo popular.

Luego de la función, otra cena oficial, más aburrida que de costumbre y con comida peor. Dedicarse a la diplomacia debe ser algo terrible. Se había acabado Un Certain Regard. Si Q tuviera que hacer un balance, el resultado no es contundente en ningún sentido. Una gran película (Lazarescu), algunas dignas por parte de los conocidos (Cavalier, Shinji, tal vez Kim Ki-duk, con esfuerzo Ozon), algunos más nuevos y dignos de ser observados (el alemán de perfil bajo, el húngaro de la ópera, el brasileño de los urubús, el mexicano alumno de Reygadas, el africano alumno de Sembene, el srilankés cliente de Pierre Rissient, acaso el americano que contrató a Norton para su desgracia). Con generosidad, once sobre veintitrés. Mirando la selección desde otra perspectiva, hay que decir que la película de Puiu opacó al resto, como había ocurrido hace unos años con los films de Hong Sang-soo, después con La libertad y con Blissfully Yours de Apichapong. Este será el año de Lazarescu como la gran sorpresa de Cannes. Una película grande en todos los buenos sentidos de la palabra. Thierry Frémaux sugirió en una conversación que Lazarescu (ya la tomó Philippe Bober para la venta internacional) podría haber estado en competencia, pero que podía ser peligroso para el film. Es posible, pero ¿quién le teme al Sr Lazarescu? Solo el hábito, esa especie de necesidad de que Cannes sea todo para todos, que en la práctica queda desmentida por la facilidad con la que casi todo el mundo se acostumbró a los Dardenne.

Saliendo de la cena tropezamos con Albertina Carri y sus productores Pablo y Martina Trapero en un restaurante. No alcanzamos a ver Géminis en Cannes pero la recepción que tuvo el film, igual que en Buenos Aires, fue floja. Q la vio luego en el Tita Merello y se sorprendió favorablemente, dado que se la habían descrito como una película muy convencional, un melodrama mal influido por Lucrecia Martel. No le pareció eso, sino una película que crea un universo y una atmósfera cargada de tensiones inquietantes y ambiguas que no están en el guión sino en la pantalla. Es curioso, porque Libération, dijo que era un bello guión y una mala puesta en escena, pero Q sostiene que es justamente la calidad de la puesta, que trasciende mensajes y actuaciones, lo que hace interesante al film de Carri y mucho menos obvio de lo que sus detractores suponen.

¿Se habrá acostumbrado Cannes a Hou Hsiao-Hsien, cuya Three Times Q vio al mediodía del sábado 21? F, a esa altura, no quería saber más nada. Estaba harta del protocolo, de los tacos altos, de las ceremonias, de las cenas insípidas, de que Q tuviera que ver películas que de antemano eran descartables. Volviendo a 3H, el taiwanés es otro gran maestro del cine, pero no tiene el quórum que se merece. Hace falta alguien más serio que Kusturica, alguien que crea en el cine más que en el espectáculo y en la música gitana para la presidencia del jurado, alguien dispuesto a premiarlo como se lo merece de una vez por todas. Three Times es otra muestra de la maestría de HHH, que con el tiempo va evolucionando hacia una serenidad depurada, hacia un cine apropiado para la contemplación extática. La película tiene tres partes y tres parejas taiwanesas interpretadas siempre por Shu Qi y Chan Chen. La primera ocurre en 1966, la más cercana a la juventud del director, equidistante entre 1911 (la segunda parte) y 2005 (la tercera). Equidistante también en ritmo, con Smoke in your Eyes en la banda sonora y un largo cortejo finalmente concretado en romance entre la empleada de un salón de billar y uno de sus clientes. Después, es decir, antes, en el episodio mudo, él ayuda a que ella sea vendida como concubina, porque esa es la mejor entre sus posibles suertes. “Faltan treinta años”, dice alguien, “para que la China pueda hacer algo para liberarnos de los japoneses” En la parte final, la música es salvaje, la vida se acelera infinitamente, ella tiene también una amante mujer, las drogas circulan, se viaja en moto. HHH pinta tres velocidades del mundo y del cine y una idéntica belleza. El tríptico debería reposar en un museo. Hay algo en el film, un 10 (diez), que trasciende al cine.

El avión partía al día siguiente a las 6 y 20 de la mañana. De modo que hubo que hacer las valijas y prepararse para la ceremonia del Palmarès, que por primera vez F y Q iban a ver en directo. Pero la oferta incluía también el film de clausura, una cosa llamada Chromophobia de 2 horas 13 minutos de duración. Así que desistieron y se quedaron viendo la entrega de premios por la tele. La emisión de Canal Plus trajo algo sorpresivo. La increíble vulgaridad, la grosería intelectual de los dos tipos que la transmitían. Por ejemplo, uno le preguntaba al otro: “¿Cuál fue tu película favorita” y la respuesta era: “Star Wars, que en el primer fin de semana ya hizo un trillón de dólares en EE. UU.” La experiencia de ver la televisación de la ceremonia fue instructiva. Una cosa es el mundo del festival, una burbuja en la que se mezclan el arte y los negocios en proporciones variadas pero donde los dos términos de la ecuación están siempre presentes para que cada uno elija el que más le interesa. Pero muy distinto es la imagen aplanada que los medios masivos transmiten del evento. La basura emitida por Canal Plus lo delataba perfectamente. De todo lo que ocurre en los diez días del festival, el público general solo se entera de la presencia de los famosos y de lo que es completamente exterior al cine. Tómese a alguien en las calles de Buenos Aires (o de San Clemente, o de Catamarca). Seguro que sabe que Maradona estuvo en Cannes (pero también lo saben en Italia y en Singapur). Poquísimos sabrán, en cambio, el título de la película ganadora. Pero, atención, no tantos saben que Maradona estuvo también en el Gran Premio de Mónaco. Lo que hace sospechar que es posible que Cannes le de más a Maradona de lo que Maradona le da a Cannes. Pero en el fondo, el trabajo de Frémaux es absurdo. Es muy difícil convivir con tamaña dosis de locura.

Kusturica, que durante mucho tiempo cultivó una imagen de transgresor, intentó ser muy juicioso como presidente del jurado. Así fue como el Palmarès fue completamente insípido a pesar de que la Palma de Oro para L’enfant es muy poco discutible y que el premio para Jarmusch es simpático. El resto, academicismo puro, aunque no vimos la de Tommy-Lee con su guión premiado y mexicano (fue el año de México en Cannes, sin duda), ni la del chino Wang Xiaoshuai que toda la gente confiable suele calificar de muy convencional y pre-Zhanké, ni la de Gitai, un inexplicable ídolo de los franceses. El premio a Haneke también sobra y el jurado dejó afuera a los mejores: Cronenberg, Van Sant, Hong Sang-soo, Hou Hsiao-Hsien, incluso Kobayashi, un buen candidato para un premio menor. Kusturica eligió los films donde ocurría lo previsible, desde la solidez de los Dardenne en la dirección hasta la actuación de Jones. Nada audaz, nada innovador, nada de lo que vaya a quedar un recuerdo importante. En los últimos años, solo Cronenberg y Chéreau tuvieron el coraje de mirar hacia el futuro como presidentes del jurado. Por eso no estuvo tan mal pelearse un poco por Lazarescu. Q piensa que se lo debía a sí mismo.

A donde sí concurrimos fue a la fiesta de clausura, en la playa del hotel Martinez. Esta vez, oh sorpresa, la comida era buena de verdad aunque de parado. Pero la fiesta era buena, de calidad. No había demasiada gente. Y el ambiente era muy agradable. Claro, a esta fiesta van los que se quedaron contentos con el festival. Los premiados en alguna sección, los que se conformaron con participar, la elite del periodismo. Cristi Puiu protagonizó un momento muy simpático. Llegó con un DVD para dárselo a Jarmusch. Lo había hecho en su homenaje, se llama Cigarrillos y Café y con él ganó el Oso de Oro de Berlín. JJ lo recibió sonriente. Sara Driver lucía aliviada. Maradona también estaba. Kiarostami le explicaba a Marcelo Gomes y a Sara Silvera que su película no había ganado la Cámara de Oro porque era un poco demasiado… no llegamos a escuchar demasiado qué. Pero los brasileños estaban encantados igual, felices de estar allí. Nosotros también un poco, Q más que F, con la famosa satisfacción del deber cumplido. Y el champan era muy bueno.

A la medianoche habíamos quedado en encontrarnos con Mark Peranson en la terraza del Grand Hotel, cita habitual para la trasnoche. El objetivo era, en sencilla pero emotiva ceremonia, devolver el moño. La magia, si es que había alguna, se había terminado.

A las 5.15 del domingo 22 (esta vez nos perdimos las repeticiones de ese día) salimos para el aeropuerto de Niza. Allí nos encontramos con dos sorpresas. No andaba el sistema de check-in en los mostradores y había, a las 6 de la mañana, unas colas descomunales. La otra sorpresa fue Peggy Chao, que vino con nosotros hasta Amsterdam. En esa escala, nos pusimos a conversar y Peggy nos contó todas las novedades del cine taiwanés, empezando porque se había mudado a Pekín, donde era más fácil producir. La historia de Peggy es muy curiosa (acaso no tanto). Como crítica y académica fue la gran impulsora de la Nouvelle Vague taiwanesa. Eso quiere decir básicamente que fue la campeona de Hou Hsiao-Hsien, de Edward Yang y de Tsai Ming-Liang. Con el tiempo, Peggy devino además productora, pero se fue peleando sucesivamente con los tres directores, con los que está hoy en muy malos términos. Al que más detesta es a Tsai, al que acusa de no tener una vida y de estar mintiendo en sus últimos dos films. De Edward Yang habla con más respeto, porque al parecer, no filma hace años porque tiene cáncer, aunque está mejor ahora (Yang estuvo en Cannes como presidente del jurado de cortometrajes). Lo más jugoso es lo de HHH. Primero, Peggy dice que Three Times no está del todo mal, pero el film acusa a la juventud de drogadicta y descerebrada. Luego continúa su exposición afirmando que HHH es casi iletrado, que no puede escribir un guión. Pero todo parece una excusa para lo que viene. Justamente, según Peggy, la guionista de HHH, la que sí escribe, es su amante desde hace mucho tiempo, aunque ahora sale con la directora de arte y por eso, para que la chica se luciera, hizo un film con partes de época. Pero la guionista sigue en su puesto, porque hace poco (eso lo pudimos verificar con otras fuentes), se produjo un gran escándalo en Taiwan cuando el fotógrafo de un diario sensacionalista la sorprendió con HHH a la salida de un hotel alojamiento. Pero falta lo mejor. En realidad, los fotógrafos estaban apostados en el hotel porque se corría el rumor de que HHH concurriría allí con la bellísima actriz Shu Qi. El error, siempre según Peggy fue solo de oportunidad, porque HHH también tiene una historia con Shu Qi. Por supuesto, también hay una esposa, termina diciendo Peggy con la mayor malicia.

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Y esto fue todo, amigos. La más larga crónica de Cannes jamás publicada. También la última, posiblemente. Si llegaron hasta aquí y la disfrutaron, nuestra más sincera gratitud.


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