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Todo lo que podría entrar en seis sílabas si uno supiera cómo escribirlo

4 07 2005 - 15:23

En este momento, hay unas cuarenta millones de personas en Estados Unidos viajando por el fin de semana largo que termina a la noche. Así está el fervor patriótico en este país, que festeja el aniversario 229 de su independencia arrastrando a sus ciudadanos como otros en todo el mundo a irse de donde estan tranquilamente apostentados, un calvario. David Lodge, el Profeta, lo dice:

“…you see, I don’t think people really want to go on holiday, any more than they really want to go to church. They’ve been brainwashed into thinking it will do them good, or make them happy. In fact surveys show that holidays cause incredible amounts of stress”.

“These people look cheerful enough,” said Bernard…

“An artificial cheerfulness,”, said Sheldrae. “Fuelled by double martinis in many cases, I wouldn’t be surpresided. They know how people going on vacation are supposed to behave. They have learned how to do it. Look deep into their eyes and you will see anxiety and dread.”

“Look deep into anybody’s eyes, and that’s what you will see. Look into mine.”

Atornillados al lugar, nos queda la ciudad para nostros, la barbecue (no hay día de la independencia sin barbecue) y las alertas de seguridad que de pronto no se menciona más (devaluando retroactivamente las alertas bordó que nos acompañaban años anteriores) la independencia (no menos heroica que la de Los Pueblos de América Del Sur, y muy pero muy sangrienta, porque los ingleses, somehow, sabían lo que se venía, lo que perdían) y por supuesto los fuegos artificiales, que desde la ventana de casa se ven en primer plano magistral, una gran bendición del Señor, del señor O’Connell, que alquila el departamento a precio modesto más por negligencia que por caridad, claro. Así sentados, la vista entre mi terraza y los fuegos es una América caprichosamente recortada: acá abajo uno de los docks del puerto lleno de containers con todos los productos de China y América Central que Estados Unidos no produce ni producirá jamás; la carcaza que se oxida del Andrew J. Barberi, el ferry que se llevó por delante a Staten Island en octubre del 2003; el East River, azul y plano como una laguna; Governor Island, cuya última contribución memorable a la humanidad fueron los acuerdos de 1993 para reinstalar a Jean-Bertrand Aristide como presidente legítimo de Haití (porque el camino del infierno también está sembrado de intenciones e intenciones), la desembocadura del Hudson, la Estatua de la Libertad, “Give me your tired, your poor, / Your huddled masses yearning to be free, / The wretched refuse of your teeming shore”; y a la izquierda Manhattan, sin las torres por supuesto.

La independencia norteamericana lleva 229 años ganando momentum, sin la ayuda de diseñadores gráficos, pero con una generosa parafernalia en su lugar. Ni el pensador que imaginó (y eventualmente arruinó) la campaña porteña para promover los libros de producción más reciente hubiera tenido tantas ideas, ni tanta ayuda. Los diseñadores gráficos que le partieron la cabeza a Brener ponen títulos que deberían dejar un surco en el lóbulo temporal para que a uno no se le olviden algunas cosas, como el 4 de Julio. Y ahí viene el motivo de esta nota, y es que se murió William J. Brink, un nombre que a casi nadie en el mundo le dice nada, pero que, como dice el Times en su obituaro, is “Credited With Vivid Headline”.

Eso fue el 30 de octubre del ’75. El Presidente Gerald Ford terminaba el mandato que Nixon había abortado por el Watergate, Estados Unidos avanzaba hacia los festejos del bicentenario de su independencia con diseñadores que (como señala nuestro ocasional colaborador Mark Healey) copiaban a los de la dictadura argentina en su abstracción geométrica y plácidamente opresiva, en uno de los momentos más bajos de la democracia mas duradera del mundo, y Nueva York se hundía en una crisis fiscal de la que tardaría aun una década más para recuperarse.

Y ahi fue que Ford dijo que bajo ningún concepto, el gobierno Federal y Republicano le daría ayuda financiera a Nueva York para salir de la crisis. Wrink, que era editor en el Daily News of New York, se sentó con otros a garabatear y ensayar títulos, hasta que le salieron seis sílabas que cambiarían la historia:

Ford to City:

Drop Dead

Algo así como “De Ford a la Ciudad: Que se Joda”. Fue el título del Daily News del 30 de octubre. A unos días de las elecciones. Ford reconoció luego que aquel título le costó la elección en el Estado de Nueva York, y con eso perdió la presidencia frente a Jimmy Carter.

Lo de Brink no es un mérito menor. Basta suponer que ese día hubiera estado vago y le hubiera dejado el título a sus colegas (que probaron con “Ford Refuses Aid to City” o “Ford Says No to City Aid”) y quizás otra hubiera sido la historia. O pensar que el destino de la humanidad hubiera quedado en manos del New York Times, que tituló

Ford, Castigating City, Asserts He’d Veto Fund Guarantee; Offers Bankruptcy Bill

y hubiera habido gobierno republicano por dos siglos, regreso triunfal de Nixon y monumentos a Reagan en todas las plazas del mundo.

Puede que Ford hubiera perdido por otras razones. Pero también puede que no, y que entonces Carter jamás llegara a la presidencia y entonces los muertos en la Argentina hubieran sido aún más, y la revolución sandinista dificilmente hubiera existido tal cual la conocimos (“tal cual la conocimos” es mucho más interesante que como verdaderamente fue) y el mundo, a nivel promedio, hubiera sido bastante peor.

Y aun con todo ese mérito encima, Brink siguió con su vida, se retiró en 1981, y se murió anónimanente el viernes pasado a los 89 años.

(y ahí veo que esta es la segunda nota que gira en torno a un obituario del New York Times y entonces uno se pregunta por qué, y se responde que no tiene nada que ver con que el diario tenga una sección bastante cuidada al respecto, sino con una tradición familiar que yo asimilé de mi madre. Los domingos en particular, mi madre leía la página funeraria de Clarín con la misma devoción con la que hacía la Claringrilla pero con un agregado: la fascinación al encontrar a algún conocido en la página y compartir después el resultado en la mesa familiar grande —o por teléfono años después, cuando el invento llegó a casa—. Tradición al fin, venía de mis abuelos, que hacían lo propio con La Nación en la mano. Alguien conocido no tenía que ser famoso, eso le agregaba otra dimensión pero no enriquecía la propia necesariamente: alguien conocido por un grupo determinado – la familia en este caso – confirmaba la existencia de un universo compartido por esa comunidad, reafirmaba y reproducía la membresía de todos nosotros, ratificaba la manada y, por cierto, ponía en el horizonte que, en algún momento, le tocaría a uno de los nuestros encarnar ese mínimo común denominador que llevamos arrastrando por más de cinco mil años. “¿Viste que se murió Rosita? La que vivía en Gaona, la hija del de Fain, el de la heladería”… “¿A que no sabés quién se murió?.... Ah, ya lo habías leído…. No sabía nada, sí sí, estaba en enfermo, pero venía bien en los últimos años. Qué bárbaro. Si en La Tablada, pero es hoy a la tarde. Marcos y Berta seguro que van”. Más allá de la esperable pena activada por el deceso, había algo de reconfortante en confirmar nuestra condición, una saludable exitación en redescubrirlo cada domingo. Y no hacía falta un artículo perfecto como los del Times. Bastaba que figurara el apellido bien escrito, los nombres de un par de parientes y los datos de la ceremonia).

Brink tiene el mérito de haber bajado a Ford, aunque ni el mejor título de su vida hubiera ayudado a Carter a ganar su reelección cuatro años más tarde, con la embajada americana y los americanos secuestrados en Iran, el sandinismo instalándose en Nicaragua, los marines iniciando un nuevo desastre en Afganistán. “Worse Is Reagan”.

La hazaña de Brink, en el fondo, es haber puesto un buen título. No es fácil. Algunos que uno vio en Internet en el fin de semana y que el tiempo por suerte hace desaparecer lo confirman. El Mundo de España titula

Miles de homosexuales
Celebran en Madrid
Que pueden casarse
Con una marcha
Festiva

donde, además del poder de síntesis, se destaca la capacidad expresiva. Los gays se casan con alguien llamado Marcha Festiva. O la nueva ley los autoriza a hacer marchas festivas cuando se casen, por eso celebran en Madrid. El Washington Post titula tamaño baño sobre la nueva vacante en la Corte, la primera en 14 años:

Court Decision May Be
Bush’s Defining Moment

Wow. Qué coraje. May or may not. También el momento decisivo puede ser uno que ya pasó, o el próximo. O la próxima vez que Dick Cheney le active el chip, who knows.

Titular es dificil, como lo muestran los ejemplos ut supra o las calamidades que torturaron a Brener. Estuve casi 10 años en Página/12 y Clarín, titulando o viendo titular, participando junto a decenas de personas del Ritual de la Impotencia. Están las limitaciones del tiempo y el espacio, porque la página no se estira y el diario no puede salir la semana que viene. Y las limitaciones del contexto, porque el título llega en el peor momento, cuando es cerca de la medianoche, alguien te espera en casa, llevás 12 horas laburando, tenés las pelotas por el piso y ese alguien que te espera en casa no deja de llamarte. Y también las limitaciones de la historia, porque en Página había que encontrar un título que fuera espontaneo, como si, precisamente, la espontaneidad se pudiera buscar; y en Clarín había que encontrar un título que entendiera “todo el mundo” y, peor, que conformara a todo el mundo. Y ahí estaban, noche tras noche, tipos brillantes en lo suyo, con décadas de oficio encima, buscando el quinto lado del cuadrado.

A veces, lo encontraban. De hecho, los títulos de los diarios argentinos son, promedio, bastante mejor que los de Estados Unidos. A veces, incluso, se convertían en un salvavidas. En 1996, se venían en Buenos Aires las primeras elecciones para jefe de Gobierno. Yo era joven y en ascenso, escribía en Página/12 todos los días menos los lunes que no salía y conocía a absolutamente todo el Frepaso, desde Chacho Alvarez hasta el último concejal de Jujuy. No se suponía que algo me pasara por al lado sin que yo lo supiera y lo bocinara por el diario a los cuatro vientos. Y ahí estaba Aníbal Ibarra, viendo si aceptaba o no ser candidato a Jefe de Gobierno, para enfrentar a De la Rua. Ibarra dudaba o no sabía, no tanto o no tan sólo por el cagazo que le daba De la Rua, sino porque intuía que Chacho Alvarez no le daría una mano y eso él lo consideraba fatal. Tanto la cobardía de Ibarra como el escorpión-like attitude de Alvarez se probarían ciertos con el tiempo. El punto es que tanta vuelta y vuelta para que, al final, Ibarra tomara una decisión (De Geno Díaz en Diván el Terrible, circa 1979: “He tomado una decisión” “Es bueno que alguna vez tomes algo que no te ponga en pedo”). Y en lugar de contármela a mi, se la cuenta a Clarín, que me desayuna al día siguiente con que Ibarra renuncia a su candidatura a jefe de Gobierno.

Se supone que al día siguiente uno vaya al diario con la cola entre las patas y buscando alguna venganza. Mi editor en aquel entonces era uno de los mejores que he visto en el gremio, el Gato Aulicino. Se lo tomó con soda y oficio. Aprovechamos que Ibarra ya por entonces lograba tornar confusos aun hasta los gestos que quería presentar como contundentes, y ahora no se sabía si el tipo se bajaba o no, y nosotros que teníamos que retomar el tema que había iniciado Clarín pero con algún agregado nuestro, y mi editor que puso un título en la tapa del diario que hizo cagar de risa a medio mundo, que dejó al diario de nuevo en buena posición, y a mi con la alegría de una modesta vendetta en marcha: “Aníbal Ibarrenunciar”. Con todo, el día siguiente confirmaría que Ibarra era un cobarde (el tiempo también demostraría que su decisión por entonces valorada como estratégica fue tan útil como poner las bolas en una prensa) y finalmente anunció oficialmente su renuncia, para desesperanza de la progresía porteña y sus voceros; Página y yo a la cabeza, y para vergüenza mía, que debía asimilar la derrota. Llegué al diario pasadas las 10 de la noche, después de buscar y no encontrar la eventualidad de una tercera guerra mundial que dejara a un lado mi modesto fracaso profesional. Mi editor me esperaba con la misma calma y bonhomía de siempre, despachando páginas como chorizos, siempre precisas y a tiempo y sin errores, quizás pensando en mi llegada y mi nota imposible. Esta vez no esperó a que yo la terminara para titular. Simplemente se fijó que tenía en la tapa el mismo espacio para el título que había tenido el día anterior, con “Anibal Ibarrenunciar”, y escribió:

”Anibal Ibarrenunció”

Feliz 4 de Julio.


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