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6 07 2005 - 20:55

Ser una persona que tiene miedo. Por un lado declarar que ya no nos importa nada y después ponerse a llorar porque “yo tampoco me quiero ir al cielo cuando sea vieja”. Y mucho menos al infierno. Pero vamos a ir, a algún lado, o a ningún lado. Es decir no vamos a “ir” a ninguna parte, más bien vamos a dejar de “estar”. ¿Cómo escaparle a la desesperación? ¿Cómo no cometer locuras dignas de un gran desesperado? Parecería ser que los condenados a muerte nos portamos bastante bien, pagamos las facturas (menos Rentas que se paga todo junto el día que vendés la casa), nos levantamos aunque haga frío, comemos pan integral, tomamos con moderación, le contestamos bien a la vecina, nos anotamos en yoga, no vamos a yoga, nos da pena haber tirado la plata, gastamos en un tapadito, venimos a trabajar antes del mediodía. En fin, vivimos. Un día tras otro y por suerte ya estamos a miércoles y viene el fin de semana. Una semana menos de vida. Eso es, y de cualquier manera lo celebramos. ¿Cómo se explica tanta negación?

Yo no quiero leer nada relacionado con el calentamiento global. Parece que de eso y del hambre están hablando los del grupo de los ocho en Escocia. Prefiero pensar que en el medio del banquete se les va a ocurrir una solución para ambos problemas y que todo va a ser mejor. De veras, siempre prefiero pensar que las cosas van a ponerse bien. Pensar detenidamente en el calentamiento global me hace mal. Y lo que peor me hace es enterarme de cómo efectivamente y probadamente todo se está poniendo peor.

Una versión que realmente me tranquiliza es la siguiente: la Tierra siempre estuvo en permanente despelote y mutación, sino cómo explicar la era del hielo por ejemplo, y las grandes inundaciones, Noé, las lluvias de meteoritos, etc. Es decir, se está pudriendo todo, pero algo iba a ocurrir de cualquier manera porque la Tierra es así, cambia, tiene problemas, empieza y termina. Sobre el monocultivo de soja y los transgénicos tampoco quiero oír nada. ¿Qué puedo hacer yo? ¿No comer milanesas de soja? ¿Tampoco comer carne, ni leche extraída de vacas alimentadas con pasturas transgénicas? Me la re banco con los vegetales. Si por mí fuera paso de la carne para siempre. Los peces también tienen problemas, la pezca es un zarpe, el atún se carga a todos los demás pececitos, el mar, los lagos, todo está lleno de mercurio. Brócoli, entonces, como brócoli. Pero parece que donde los cultivan está todo lleno de desechos tóxicos, pilas sulfatadas, baterías de celulares.

Todo está lleno de basura. Me da culpa y vergüenza consumir más de 170 pañales descartables al mes. No se degradan hasta dentro de millones de años. En un rapto militante decido que voy a ponerle a mi bebé pañales de tela. Lo pienso, lo vuelvo a pensar. Me imagino que los compro. Lo visto con la gasa, toco el chiripa cien por ciento algodón, cien por ciento algodón orgánico. Le pongo una bombacha de lana tejida a mano para que no pase la humedad. ¡Es mejor que el plástico! Y quién sabe los químicos que no le estoy poniendo directamente en contacto con sus genitales. Tengo un momento de felicidad. Una breve epifanía en la que siento que mi vida tiene sentido. Encontré una causa y una manera de hacerle frente al calentamiento global, a Unilever y a Kimberly Clark. Lo pienso de nuevo. ¿Quién va a lavar esos pañales? Yo no lavo la ropa en mi hogar, lo hace alguien a quien le pago expresamente. ¿Cómo explicarle a esa señora que va a tener que sacar la mierda de los pañales con un papel higiénico, tirarla al inodoro y después meter el pañal en una palangana para enjuagarlo, fregarlo y recién después meterlos en el lavarropas sin lavandina y sin jabón no-degradable y que después los va a tener que planchar? ¿Cómo le explico que va a tener que hacerlo por el mismo precio y que se trata de ‘hacer algo por la Tierra’? Me vuelvo a sentir mal. No hay nada que pueda hacer para salvar el mundo. Es más, tengo la certeza de contribuír cada vez con mayor ahínco a su destrucción inminente. Pero algo me queda claro, tener una causa, por pavota que sea, achica el pánico y alegra el corazón.


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