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18 07 2005 - 08:12

—¡Ladrón, ladrón!

Los gritos del damnificado provocan la inmediata solidaridad catártica de cuatro o cinco voluntarios que se sienten mejor en cuanto empiezan a correr por Callao; más vivos, más útiles, más justos. El ladrón, un motion blur diminuto, salta por encima de los escombros de la vereda ensanchada de Corrientes y se zambulle, cabeza abajo, dentro de la boca del subte. Los voluntarios se van dando por vencidos a medida que la adrenalina necesaria les resuelve el día, tampoco la pavada. Unos quince peatones menos dispuestos —kiosqueros, ancianas— se acercan a la entrada del subte, vociferando.

—¡Que lo agarren! ¡Que lo maten! ¡Que lo hagan mierrrrda!

Camino a Ezeiza, compro unos cuantos discos y el primer número de la nueva Caras y Caretas.

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La revista tiene dos portadas; ambas asumen que la voluntad alcanza para formar parte de la tradición que uno reconoce como propia. “Número 2188.” Será que nadie se acuerda de la vieja Caras y Caretas, o que la política y los current issues dan para todo. Uno quiere creer que algo así sería imposible en ámbitos más especializados, pero igual contempla otras pesadillas similares. El regreso de la revista Sur, por ejemplo, dirigida hoy por José Pablo Feinmann y Osvaldo Bayer. O la nueva Punto de Vista (menos mal que Sarlo está viva y la revista sigue existiendo) a cargo de, qué se yo, Horacio González.

En las dos portadas aparecen los actores políticos más actuales, con el curioso agregado de un viejito que al principio parece Pinochet pero después te das cuenta que es Alfonsín. En las dos se le reserva a K un lugar privilegiado. En la tapa es un caballero vestido con cota de malla, el único que no blande su espada, el único que sonríe con una beatitud que no le hemos visto en otra parte. Adentro es K la única cara; todos son caretas colgadas en la pared salvo él, que sopla las velitas del bicentenario junto a un obrero, un empresario y la gorda frigia que ha perdido peso de manera acorde con los tiempos.

El oficialismo de la nueva Caras y Caretas, pudiendo ser osado, es repulsivo.

No tanto por la selección de colaboradores —Bleichmar, Nun, Verbitsky y otros abonados al Proyecto de Homogeneización Política Compulsiva—, ni por el diseño, notablemente menemista, sino por la grieta insalvable entre las aspiraciones explícitas de la revista y la estrategia evidente en sus contenidos.

Caras y Caretas vuelve porque hace falta una revista que nos ayude a pensarnos”, escribe Pigna en su texto inaugural. El bold es mío y enfatiza el único momento de distracción en el cual la agenda genuina se revela. Una cosa es pensarnos y otra cosa es pensar. Lo primero es necesario para Pigna y lo segundo algo remoto, irrelevante para un medio que ha decidido de antemano sobre su público y sus alcances. Pero si cada página de la revista le habla a un electorado Nac & Pop que ya ha asumido su necesaria lealtad (es difícil imaginar al macrismo, o a las señoras que quieren linchar al ladrón, leyendo esta Caras y Caretas), ¿qué gracia tiene reproducir el modelo Página/12 de entregarse a la propaganda llamándola “debate”?

De algo hay que vivir. El “lugar del intelectual”, además de una cantidad limitada de metros cuadrados, tiene cable, internet, gas, expensas. A fin de mes a todos nos llegan las cuentas. Y la gente, insensibilizada como quedó después del neoliberalismo, suele no estar dispuesta a pagar por propaganda.

Pero incluso la publicidad tiene sus standards, que la publicación de Pigna desconoce, arriesgándose al papelón de que las únicas dos páginas que aciertan en la onda retro a la que la revista aspira sean avisos pagos de un casino, diseñados aparentemente por un profesional que sabe lo que hace. El resto es claro exponente de la estética de locutorio que nos legó el Desktop Publishing. El Quark al alcance de todos. Monos con una imprenta.

Salvo por la exigua dosis de humanidad aportada por algunas ilustraciones (una excepcional de Nine, andá a saber a qué se debe el peronismo persistente de tantos buenos dibujantes), la nueva Caras y Caretas es indistinguible de la revista de Aerolíneas Argentinas que hojeo durante el vuelo. La de Aerolíneas es un poco más conservadora (menos grasa) en la elección de tipografías, y no abusa del drop shadow ni le pone nombres “ingeniosos” a sus secciones —Ciudad oculta para hablar de Buenos Aires, El mundo fue y será para condenar la intervención argentina en Haití, ese paraíso, La pluma y la palabra para referirse a adivinen qué—; la revista de Aerolíneas por lo menos consigna las películas que te van a mostrar durante el vuelo, sirve para lo que dice que sirve, y no hay que pagarla aparte.

Como si alguien pudiera pensar lo contrario, el propio Pigna se encargó la semana pasada de aclarar que su revista “no es elitista”:

“Queremos llegar a la mayor cantidad de gente posible, porque nosotros no subestimamos al pueblo argentino.”

Un razonamiento curioso según el cual McDonald’s, Starbucks, Clarín y Barney no subestimarían tampoco a su público. Lo cierto es que subestimar a tu target audience es la práctica más común; la declaración demagógica de Pigna lo confirma en esta línea.

Que la nueva Caras y Caretas sea un producto indigno, no ya del legado que dice representar sino del precio de tapa, apenas un folleto en papel ilustración, no quiere decir que no contenga artículos reveladores. Dos de ellos son reportajes firmados por Felipe Pigna. El primero es uno apócrifo a Belgrano, en la más pura tradición Juan Alberto Badía meets John Lennon. La idea es pavota, pero el contenido escalofriante. ¿Tan aburrido era Belgrano? O, mejor dicho, ¿tan bajo vuela Pigna que no se anima siquiera a imaginar lo que diría Belgrano hoy, limitándose a copypastear pedazos de textos existentes? El imaginario peronista siempre desconfió de la ficción, pero Oesterheld por lo menos veía marcianos. Una lástima, porque son lindos los dibujos de Belgrano tomando un cortado.

El otro reportaje es a Jorge Antonio. Aunque no haya nada nuevo ahí, todo lo que dice es interesante a la luz de un comentario que hace uno de mis amigos durante la momentáneamente recuperada cena de los jueves:

—Lo que se podría hacer es iniciarle un proceso al PJ por Terrorismo de Estado. Digo, con la Triple A el gobierno, y el partido, tenían algo que ver, ¿no?

La idea es bien recibida en una mesa que dista mucho de compartir la línea editorial de La Nación. Tanto hinchar las pelotas con la memoria, usémosla para algo menos previsible.

En la mesa hay escritores, funcionarios, un candidato a diputado. ¿Alguno está dispuesto a proponer en público algo así? Nah. Las Condiciones Objetivas son un corset que aplasta todo lo que existe fuera de los límites de la pizzería. Pigna lucra, Feinmann dignifica, mi mamá me mima.


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