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Cuando la suerte no está de nuestro lado

20 07 2005 - 18:36

Ya no es una sorpresa que uno compre el diario más por los fascículos de regalo o los golpes bajos de naturaleza variada que por sus dotes intrínsecas. Eso ya lo sabemos. También sabemos que al lector promedio (tan promedio que resulta abstracto) le gusta tener algunas costumbres. He ahí la razón de las columnas fijas, de todo ese espacio dedicado, en lugares estratégicos, a las opiniones de x, y, z. Siempre los mismos. Siempre las mismas caras. Una guerra a base de “yo la tengo más grande, soy más famoso, más mundano, más inteligente y tengo más suerte que vos”. Y sobre todo: “la tengo más fija”. De modo que siempre el lector promedio de más arriba sepa que en la soledad a la que lo habituaron los años en curso y en ausencia de un cambio significativo en sus pensamientos privados, siempre hay un punto de referencia estable. Fijo. Más grande y más inteligente. El lunes acá, el martes allá, puntuales como relojes de cuarzo, los expertos en opiniones leen por nosotros la realidad. O si la realidad es mucho decir, la pequeña realidad semanal. Explicándola, reduciéndola a un sistema descifrable, comentándola con bríos, estableciendo nexos en los que no habíamos sido capaces de pensar por nuestra cuenta, procurándonos con esmero el alivio de un punto de vista claro y distinto, listo para tragar. Predigerida, la opinión del columnista baja que es un placer, sin agua, como una pastilla para el dolor de cabeza: no hay que masticarla, no hay que chuparla, basta dejar que resbale contra el paladar y ya está. Con la misma rapidez y desenvoltura, más tarde, cuando menos lo esperemos, será capaz de saltar nuevamente a la boca, materializarse nuevamente en forma de opinión propia, propia opinión regurgitada. Nuestra esta vez, subliminalmente penetrada en nuestro discurso gracias a la fuerza de su evidencia, su declarado proponerse como ready made, con moño y todo, banal, pero con esa banalidad necesaria a los pensamientos que tienden a convertirse en el pensamiento de todos sin llegar a ser nunca el pensamiento de nadie.

Por lo general, a menos que haya alguien todavía capaz de opinar algo, lo mejor que se puede hacer es saltar la columnas en cuestión. Pero si un día —por curiosidad o masoquismo, por diversión o por simples ganas de ver hasta dónde se puede llegar, hasta qué profundidades, por ese deseo incontenible de perderse en medio de la multitud o para vacunarse contra la propia y siempre posible arrogancia— alguien decide no resistir más y tiene la suerte de caer en los campos de Jorge Bucay, los domingos en la revista Viva, se dará cuenta de que el que opina comenzó a asumir roles que ni siquiera le fueron consentidos a la figura del pensador. No sólo eso: se dará cuenta de que este pensador profesional en realidad no piensa, o a lo sumo pensó una sola cosa que repite intermitentemente, todos los domingos, todos los domingos.

Ejemplo: domingo 30 de abril. Título: “Cuando culpamos al destino”. En tres columnas de plomo, absolutamente carentes del menor signo de humorismo, nuestro opinionista se la agarra con el esfuerzo irracional para saber de antemano el orden de los acontecimientos venideros. Un intento de adivinación disfrazado de curiosidad o de juego infantil que esconde el inconfesable fin de manipular los hechos en nuestro beneficio, o para evitarlos para nuestra seguridad y protección.

Una cosa es ser capaz de decir lo que probablemente haría cualquier persona en una determinada situación, otra lo que haría alguien muy cercano, y otra finalmente intenta predecir mi propia respuesta frente a un hecho imaginado, teniendo en cuenta mis gustos, inclinación y valores. Es imposible predeterminar lo que por fuerza deberá hacer uno cualquiera de nosotros, un conocido, un amigo y hasta yo mismo, me guste o no que así sea. Lo impredecible del resultado lo aporta en general el azar, pero también lo puede aportar el factor humano, gracias al cual no somos máquinas programables

Otro ejemplo: domingo 26 de junio. Título: “La historia de la flor y el sapo”. Los hombres, desde la época de las cavernas, han tratado por todos los medios de conseguir que el futuro resulte menos inhóspito. Y cuando Bucay dice “todos los medios” se refiere a todos los medios: racionales, mágicos, delirantes. Todos. Pero el futuro, sépanlo allí donde estén, es algo que nuestras aptitudes limitadas, nuestra incompetencia y nuestra ignorancia no nos permite prever. Y es por eso que no lo podemos controlar. “Lo impredecible es un rasgo integral e ineludible de la existencia humana”. Luego viene el ineludible choclo: “Había una vez…” Ay.

Otro ejemplo: domingo 12 de junio. Título: “Lo que la ciencia no explica”. Nuestra fe ciega en la ciencia ha provocado el derrumbe de la “más que ancestral tendencia supersticiosa de la humanidad”. Nos gusta pensar lógicamente. Habitamos un universo mecanicista. No será él, “médico de formación y de vocación”, quien ose vulnerar el valor de la ciencia. Pero, como sabemos todos, “[la ciencia] no alcanza para explicarlo todo”. Qué casualidad: el mundo del determinismo científico se parece mucho al de los que por distintas razones creen en el destino donde todo está escrito de antemano. La suerte no está echada, nuestro futuro no está decidido y todo está por hacerse al respecto.

La imposibilidad de predecir hace que, ahora sin supersticiones, vuelva a la escena la suerte. Lista para desbaratar nuestros planes mejor trazados. Pronta para incomodar a los políticos y a los economistas. Dispuesta a revolver los papeles del más ordenado de los bibliotecarios con un ventarrón imprevisto.

Otro ejemplo: domingo 22 de mayo. Título: “Cuando la suerte no es pareja”. ¿Existen las personas predestinadas al éxito o condenadas al fracaso? ¿Poseen las personas habilidades capaces de atraer la buena o la mala suerte? ¿Es posible medir la cantidad de suerte que tiene una persona? Nuestra trayectoria en la vida no depende sólo de nuestra naturaleza sino también de las circunstancias que permiten o no que nuestra naturaleza encuentre su expresión. Nuestro control del futuro es limitado, doloroso es aceptarlo. Es doloroso aceptar nuestra incapacidad para cambiar nuestro presente. Los logros y los fracasos de nuestro futuro son el efecto de una sumatoria de cosas.

Por un lado los acontecimientos (azar) actuando sobre lo que por fuerza debía pasar (el destino) y por otro, la fortuna (condiciones y circunstancias que desarrollan o no nuestros recursos). Así, si quisiéramos saber qué probabilidades tenemos de obtener un buen resultado de una coyuntura determinada, teniendo en cuenta la mayoría de los factores deberíamos sumar la cuota de Azar + el peso del Destino + las Condiciones (externas e internas) y llamar a todo eso Suerte que entrará en juego en la situación. Luego deberíamos agregarle a esa suerte lo adecuado y efectivo (o no) de nuestra Acción más comprometida. Obtendríamos así una medida bastante aproximada de la probabilidad de obtener el resultado buscado.

Otro ejemplo (el último): domingo 10 de julio. Título: “Hay que aprender a esperar”. Confiar en nuestras habilidades, dones y posibilidades es un recurso de gran ayuda en el logro de cualquier objetivo. Es cierto que todos pueden conseguir algún logro específico, pero no menos cierto es que “cualquiera puede lograr todo lo que de verdad pretende si abandona la urgencia, si persevera actuando congruentemente con el propio deseo, si es auténticamente propio y no un deseo de otros plantado en nuestro corazón, pero reflejo de una necesidad ajena y no propia.” Nuestras frustraciones, la mayoría de las veces, son achacables a nuestra impaciencia más que a la falta de posibilidades. Pero somos occidentales, no podemos esperar siglos para que las cosas sucedan. Necesitamos intervenir, empujar, torcer, acomodar al destino.

¿Bucay habrá conocido a Borges? Digo, por eso de que a fin de cuentas el escritor no intenta más que escribir siempre el mismo libro, la misma columna. Si no lo conoció habría que habérselo presentado. Decirle: “Señor Borges, señor Bucay”, “Señor Bucay, señor Borges”. Y agregar luego: “Él es nuestro mejor opinionista, todos estamos orgullosos de él, si quiere se lo podríamos dejar por unos días, para que charlen, digo. Él podría escribir por usted unos cuentos fantásticos verdaderamente fantásticos.” Pero ya es tarde. Borges murió.

Una oportunidad mil veces perdida de haber conseguido torcer el destino, intervenir, alterar el resultado final. Tenemos mala suerte. El destino no está de nuestro lado. Perdimos la ocasión. Hay que joderse.


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