Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |









21 07 2005 - 13:01

El subte está lleno de chicos. Chicos con papás desempleados, chicos con mamás alienadas y abuelas chochas. Chicos de civil que miran alucinados a los mendigos sin pierna, a los ciegos con acordeón, y que sin que nadie se los explique, entienden perfectamente por qué hay algunos chicos que pasan vendiendo cosas y que permanecen ajenos a las vacaciones de invierno en Buenos Aires.

Como dijo Tony Blair, seguimos alertas, pero lo que ha ocurrido hoy no va a sacarnos de nuestras actividades normales. “Debemos continuar con nuestras vidas. Al menos eso es lo que yo pienso hacer” dijo Blair, en cadena.

¿Actividades normales? A continuación, dice que no está minimizando lo ocurrido, pero que la situación se está normalizando. ¿Se estará naturalizando? Estos ataques no cambiarán quiénes somos, dice. Insiste en no dar detalles, la policía lo hará, dice.

Probablemente los chicos que viajan en la línea B del subte tampoco fueron a Córdoba para las vacaciones de invierno. Como les había contado, en Córdoba, la semana pasada transcurrió el Campeonato Mundial de Rally. El rally para los cordobeses es como el carnaval para los cariocas: cuatro días seguidos en pedo y sin dormir. Las escolas do samba en este caso son reemplazadas por las escuderías de las automotrices. Hace mucho más frío, todo se podría decir es bastante más frío. Hay menos mujeres, prácticamente no hay mujeres, salvo promotoras. Se come mucho asado. Los pobres se sientan al sereno con una bosita de nylon bajo los cantos para no congelarse las verijas y esperan ver pasar los autos; los más acomodados pagan el ingreso a la Preference Hospitality Suites donde esperan templados hasta que pase Sebastian Loeb, o Peter Solberg, o Carlos Sainz a 200 millas por hora y ni siquiera los salude.

Me gustaría contarles más detalles sobre el Rally, pero yo tampoco fui a Córdoba este año. Finalmente, mis hijos también se enfermaron y suspendí el viaje. La enfermedad hizo que mis certezas sobre la maternidad y la vida en general flaquearan. Mi bebé amamantado contrajo neumonía y tuvo que tomar antibióticos. Mi hijo mayor tuvo gripe, nada serio, 5 días de fiebre alta, mocos y tos.

Primera teoría mía que flaqueó: la teta protege a los bebés de todas las enfermedades.

Esta teoría con el tiempo había ido mutando hacia la siguiente, la teta los protege en tanto significa una ‘mirada’ de la mamá sobre el bebé. No se trata solamente de la cosa orgánica, de la leche de la especie, etc, etc. Teta sin mirada no funciona, aunque en general si hay teta, hay mirada.

¿Entonces?

La teoría de la mirada se había expandido, se había pegado, con otra teoría (que no es mía, sino de una señora que escribió un libro de color rosa, que es psicopedagoga y que tiene un fraseo bastante irritante, anque tilingo, pero que desarrolló un aparato teórico que cierra) que es que la enfermedad de los niños pequeños manifiesta aspectos oscuros, ocultos, umbríos, de la madre. Básicamente es un desprendimiento del concepto Jungiano de ‘Sombra’, el Inconsciente freudiano. La sombra de la madre puérpera encuentra un territorio de manifestación en el pequeño cuerpo del bebé. Lo que no se dice, lo que no se habla, en suma, lo que se niega, es parte de la sombra.

Entonces, como mis hijos nunca se enfermaban yo miraba a las demás familias con hijos siempre enfermos y pensaba: ¡y, si no le dan la teta, ¿qué quieren?! Y después, sobre los hijos más grandes, que manifestaban los mismos síntomas a repetición y que vivían enfermos pensaba “¡Je, qué poca interrogación profunda sobre lo que les pasa!” Todo eso lo pensaba con los brazos en jarra y poniendo los ojos en blanco.

Bueno, se imaginan. En seguida cambié de teoría y decidí que mis hijos se habían enfermado por los virus y las bacterias. Por la epidemia, por el invierno y por el contagio. El antibiótico detuvo todo signo visible de enfermedad en el menor y el tiempo hizo que el mayor se curara. Podría hacer cómo Blair, seguir con mi vida normal y normalizar la situación. Después de todo, los nenes se enferman ¿no? Y la cepas de este año son bravísimas.

Pero me quedé pensando. Y pensé, y volví a pensar, y le eché la culpa al proyecto de viaje a Córdoba y finalmente encontré cosas de todo tipo, tremendas, que no les voy a contar acá, porque, pucha, ésto tampoco es un diario íntimo ¿no? Pero a riesgo de esbozar un tono de autoayuda (he descubierto que casi toda la literatura de autoayuda es Lao Tzé + Jung refritos y vomitados), la enfermedad es un camino. O para decirlo en el tono correcto: sólo en la oscuridad es posible ver la luz. La literatura de autoayuda específica para madres con hijos pequeños a veces es maravillosa. Allí hay verdades. Es horrible que lo diga porque en general se trata de una textualidad muy cursi.

La enfermedad y las bombas tienen algo en común. Cuando alguien se enferma en una casa cambia toda la diaria, se duerme en camas diferentes, se cambia la tele de lugar, se comen cosas diferentes, las mesitas de luz se llenan de cajas de remedios y peritas saca mocos y termómetros. La mamá puede faltar al trabajo o enfermarse también. A menos que la enfermedad se normalice y deje de ser un evento llamativo para volverse parte de la vida familiar. En ese caso no se trata de que alguien se enfermó, sino que decimos que tal persona está o es enferma.

Si el papá o la mamá dicen que no pasa nada, que es nada más que un explosivito de bajo poder, que con el antibiótico nos curamos todos y con el antitérmico no nos damos cuenta de nada, entonces es posible que el nene se vuelva a enfermar para ver si de una vez por todas alguien se da cuenta de lo que en realidad pasa.

Ah. ¿Y qué es lo que en realidad pasa? ¿Cuál es la realidad?

También hay signos, avisos de alarma. A riego de sonar paranoide, voy a contarles también que cuando la crisis ésta de los pibes enfermos se apagaba y parecía que todo era normal, ocurrió en mi casa otro evento llamativo. Se cayó la persiana del vecino de arriba en mi patio. Una persiana enorme, pesada, capaz de matar o herir de gravedad a quien estuviera pasando justo por el patio, de la cocina camino al living, por ejemplo, un escenario asiduamente recorrido por todos los personajes de este particular drama familiar. Por suerte es invierno, y por suerte los chicos acababan de terminar de enfermarse con lo cual no pululaban por el patio como suele ocurrir. Simbolismo express, análisis de pacotilla, psicología para principiantes, diagnósticos amateurs. Todo eso prefiero antes que echarle la culpa a la Suerte. ¿Qué es más omnipotente? ¿Pensar que todo tiene que ver con todo o pensar que se trata de rachas de suerte adversa?

Creo que en otro artículo a publicarse acá, en tp, alguien habla de la suerte y de Jorge Bucay. ¡Alcoyana Alcoyana! ¡Qué coincidencia!

Es pueril comparar asuntos de terrorismo internacional con cuestiones intrahogareñas. Lo sé. Pero no puedo hacer otra cosa. Es el único cruce de series que se me ocurre.

Mientras tanto, el noticiero que ahora no está pasando noticias sobre el Terror en Londres, también habla de la enfermedad: hay una nota de color sobre las clínicas que “curan” gays y que tratan a la homosexualidad como “enfermedad”. Los conductores de turno están diciendo algo al respecto que, afortunadamente, no logro escuchar. En estos casos, no hay duda, la salud no es preferible a la enfermedad.


————————————

Del mismo autor:
Correspondencia Escolar (01)
Chapelco Devocional
Praise
Conmemoración Fashion
Ayuda
Yoknapatawpha Vive
El Angel Exterminador
Putas #1
Venta Directa y Gripe del Pollo
Papel