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26 07 2005 - 18:14

Hace tres días, minutos antes de partir hacia Venezuela, pedí sugerencias a la redacción de TP sobre qué debería traer a mi regreso. Semán contestó:

Lo que menos me interesa son notas que confirmen la obviedad de que Chavez está muy por debajo de nuestros estándares de lo que son la política, las libertades, la cultura. Es una confirmación que no necesita un corresponsal en Caracas.

No quisiera una nota diciendo que Chavez y Fidel son lo mismo, sino una que me muestre cuán distintos son, cuán distinto es Venezuela de Cuba.

Quisiera saber cómo funciona una democracia de petrodólares, regardless of quien gobierne.

Qusiera saber cuales son las distancias respecto del populismo latinoamericano tradicional.

Quisiera una nota sobre el verdadero impacto del chavismo en la distribución del ingreso. Quisiera entender cuáles son los factores de su relación con su constituency.

Quisiera saber la relación de Chávez con la otrora poderosa intelligentzia de izquierda venezolana.

Quisiera saber sobre su relación con esos pibitos de treintaipico que tiene en su gabinete.

Quisiera una nota sobre Caracas y el urbanismo latinoamericano latinoamericanizado por la pobreza.

Quisiera saber cómo es la urbanidad de Caracas comparada con la Cidade Partida de Rio y lo que sea que es Buenos Aires.

Quisiera saber cómo es la dinámica entre la demagogia del gobierno y la caricatura de Unión Democratica controlada por Braden que es la oposición.

Quisiera una nota sobre los rastros de la democracia corrupta que engendró la crisis del 90 y la posterior llegada de Chavez.

Quisiera una nota sobre Carlos Andrés Perez.

Quisiera saber todo sobre Cisneros.

Quisiera una nota buenísma sobre el reparto que hizo el tipo de 1 millón de ejemplares de El Quijote, para qué catzo lo hizo, qué se cree.

Quisiera una nota que tras recorrer caracas me muestre cuán distinto es lo que pasa ahí de lo que pasa en Baires, y por qué son dinámicas difíciles de comprar.

Digo, un par de dailies.

Y yo debería estar abocado a eso, en mi tiempo libre, una pavada. Pero es mi co-editor quien me obliga a cambiar de agenda en un mail que recibo poco antes de salir a cenar.

Che, y si a alguien se le ocurre cómo mierda hacer el daily en 15 segundos, que avise, o que lo haga.

Y a mí (que no me animo a hablar de Caracas en 15 segundos y tal vez ni siquiera me anime en 15 días) se me ocurre. Este es el daily de 15 segundos.

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Es por lo menos inquietante enterarse al mismo tiempo de que el nuevo ministro de justicia es Iribarne y de que, según K: “La gran idea del proyecto renovador no es el acuerdo de la vieja dirigencia que lo único que le importa es sobrevivir ellos a espaldas del pueblo argentino, sino que renazca el pueblo.” Más allá de la retórica George Romero —acá, en Caracas, todos vuelven de la tumba, también; el pueblo, Bolívar, todos los zombies caminando por la calle — lo que me llama la atención es esa contradicción flagrante que sólo se sostiene por la cara de poker de quienes la llevan adelante, y por la costumbre.

¿Cómo se puede, en el mismo día, despotricar contra lo corporativo y nombrar como ministro a alguien que ha sido menemista, aliado de Chacho, aliado de Corach, de Béliz, de Cavallo? Digo, ¿hay algo más “corporativo” que eso? Sí: la lealtad. Y justamente es el bajo índice de lealtad de Rosatti lo que origina su renuncia.

Por supuesto que es esperable que uno, cualquiera, y más alguien lanzado de lleno a la vida pública, cambie de rumbo, mienta, vuelva a mentir, y haga lo que mejor le cuadra dentro de cada escenario. Pero no es tan esperable, ni deseable, que lo hagan todo al mismo tiempo. O que lo que es hoy una nimiedad sea HOY también, en otro diario, otra conversación, otro momento, imperdonable, terrible, esencial. La tapa de Clarín de hace unos días con K azuzando a Duhalde por “la hipocresía de que me retiro y no me retiro” sería intercambiable por Chacho ahí, ¿no? No es muy diferente de “violencia es mentir” en un punto: todo puede querer decir lo que a uno se le antoja, no hay más reglas que las de la victoria, y la victoria es hueca.

Se podrá decir que estas contradicciones, enormes, son menores en relación a los temas que realmente importan. Pero no señalarlas es aceptarlas como “normales”, por cansancio. Y al aceptarlas uno se encuentra en la difícil posición de no poder discutirle nada al gobierno, porque ya cometió el error de refrendar una lógica según la cual todo da lo mismo, todo puede querer decir cualquier cosa, y la única distinción existente es la que hay entre “nosotros” (el oficialismo) y “algunos” (los demás). Si me apuran, diría que a esto se debe el estilo presidencial de evitar los nombres propios en sus arengas.

Un sector de TP más interesado en los hechos que en la retórica cuestionará sin duda mi insistencia en este tipo de cuestiones (otra vez, “menores”) que deberían ser territorio exclusivo de gente como Lanata. Dirá que el punto es a quién convoca uno con las cosas que dice. Si uno dice todo el tiempo que el problema del gobierno de Clinton es cómo deterioró a la izquierda y a su irrefrenable ascenso para defender el medio ambiente mundial, va a terminar discutiendo con los que votaron a Nader. Puede que alguien se cuele por ahí con otros horizontes, y diga algo así como “quizás eso no es TAN así, y no parece TAN relevante frente al fenomenal empuje que le dio a la democracia en el mundo (digo yo por decir algo)” pero lo más probable es que la conversación venga por el lado que uno mismo la plantea. La famosa “masa crítica” es la que uno construye.

Y yo estaré bastante de acuerdo en esto. No completamente, porque siempre están esos casos más o menos trágicos de tipos brillantes que cosechan fans pelotudos, como Tom Waits. Pero en general, de acuerdo. Y aprovecharé la oportunidad de mis 15 segundos para confirmar que a mí me interesa discutir con los que son más o menos como nosotros, y por eso insisto. No me interesa discutir con Morales Solá. Señalar alguna atrocidad que comete, sí, por qué no. Pero mi discusión es con la izquierda, el progresismo, como quieras llamarlo. Porque son ellos los que me quieren hacer tragar sapos imposibles como precio a pagar por pertenecer al grupo de quienes tienen alguna sensibilidad social.

El progresismo es un calvario. Hemos tenido que soportar demasiados sinsentidos en nombre de lealtades que no tienen por qué existir. Y creo, sinceramente, que sin un progresismo de verdad, que respete el disenso de una manera que el universo K está muy lejos de respetar, estamos jodidos. La izquierda, en su más amplio espectro, es una máquina de empujar a la gente normal hacia sectores más conservadores, por su propia conciencia de grupo, su propia satisfacción de abrazar la causa justa. Y así están (estamos).

La lobotomía que exigen es innecesaria, además. Estoy convencido. Y por eso yo elijo discutir con ellos, porque creo de veras que si no podemos rescatar un espacio más “liberal” (you know what i mean) para el progresismo, el futuro es negro. Si me equivoco, mejor.

Time’s up. Caracas tendrá que esperar.


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