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La Resurrección de Sir Robert Porter

1 08 2005 - 14:14

—Qué tenés, qué tenés.

La adrenalina te hace funcionar la cabeza a una velocidad asombrosa. Les miro las caras a los tres matones que me acorralan a metros de la entrada cochambrosa del Ministerio del Interior y al mismo tiempo me fijo si tienen armas, si se miran entre ellos, qué tengo detrás, si el semáforo está en rojo, si alguna de las quinientas personas que nos rodean está, por casualidad, dispuesta a ayudarme. Pero todo eso sucede en un sector más prosaico del cerebro —neuronas obedientes haciendo su trabajo— y lo que yo quiero entender es el voseo. ¿Por qué dicen “tenés”? Cortesía no es, y profesionalismo tampoco, entre otras cosas porque no me oyeron hablar, ni saben de dónde soy. ¿Hablarán también así acá, en Venezuela? Todas las otras personas con las que me encontré hablaban de “tu”. ¿Será que los pobres hablan de “vos”? Improbable. ¿Será que los delincuentes pronuncian mal la “i”? ¿Por qué dicen “tenés”? ¿Dicen “tenés”? ¿Y si yo escucho eso pero en realidad están diciendo otra cosa? ¿Qué, por ejemplo? Qué trenes, qué trenes podría ser, pero no tiene ningún sentido.

Los tres son más jóvenes que yo, lo que a esta altura ya no es ningún aliciente. Me doy cuenta de que me están levantando, las patitas en el aire. Aparentemente, mientras pensaba todo lo anterior, decidí dejarme caer, hacia atrás, y eso los desconcierta. Pateo en el pecho al que tengo adelante (no tienen armas) y salgo despedido al medio de la calle (el semáforo estaba en rojo), un área que sospecho off limits para el atraco violento. Sospecho bien o tengo suerte, porque los tipos se van. Aterrizo mal, torciéndome la muñeca y haciéndome un corte en la mano que descubro más tarde.

Encontrar un baño para lavarme con jabón resulta mucho más difícil de lo que fue zafar de mis atacantes. A ellos los había oído venir (tip for adventurous travelers: ayuda dejarse los auriculares puestos aunque uno no esté escuchando nada. Los demás creen que no los oís, y esto te da un cierto margen. Por supuesto los auriculares son lo primero que se pierde, pero hay unos Sennheiser baratos que son perfectos para este uso). También había visto al gordo que me había visto a mí sacar una foto y le había hecho señas a alguien, así que estaba esperando escucharlos. Pero tanto prever, uno se olvida de los primeros auxilios. La próxima vez, Merthiolate en el bolsillo.

“No vayas, o ten mucho cuidado en el centro,” me habían dicho, “que hay mucha gente del Gobierno.” Mucha gente del Gobierno, muchos delincuentes y prácticamente ningun elemento para distinguirlos, salvo el uniforme. Y ni siquiera, porque hay más de cuatro uniformes distintos —cuatro entidades— y el miedo que te da uno sólo es comparable al miedo que te da el otro, y así. Todos los días la policía mata a una docena de personas. El centro de Los Angeles es Blade Runner y el centro de Rio es Escape from NY, pero no hay una manifestación distópica preexistente al centro de Caracas que uno pueda usar para explicarlo. Sí hay, claro, películas de terror. Criaturas subhumanas que emergen, arrastrándose, de túneles tapizados con carteles que dicen “Con Chávez, Podemos“. Zombies.

No venimos a rendirle honores al Bolívar muerto, sino al vivo, el que ha despertado de nuevo.

Lo aclaró Chávez hace un par de días, anunciando una resurrección que podrá haber sonado metafórica en el contexto de un acto militar, pero en el centro de Caracas es imaginable y más al oeste seguro que es cierta. Más allá de Caño Amarillo, Bolívar se rasca las pústulas y sorbe cerebros humanos de cráneos todavía tibios.

Aunque lo sabemos desde hace tiempo, nunca es fácil declarar que el Tercer Mundo es una película de zombies. La gente piensa que te estás haciendo el vivo — que es una sugerencia cínica, que no te tomás en serio el sufrimiento de los demás, que la realidad imita a la ficción. Pero es al revés. Las películas de zombies son sobre los muy pobres, y ahí radica en parte su universalidad y persistencia. Si nos asomamos a su territorio, los muy pobres vienen a por nosotros al grito de Qué tenés, qué tenés (o qué trenes, qué trenes). Y si uno tiene la suerte de salir ileso de semejante enfrentamiento, sólo queda huir del centro en un subte repleto de otros muy pobres, bebés, nenas que son las madres de esos bebés, viejos doblados en cuatro, sabiendo que hay muchos otros que ni siquiera pueden pagar el subte, baratísimo, que se parece al de Santiago de Chile en sus ruedas de goma porque ambos son hijos de Francia, pero las ruedas de goma son un detalle.

En el subte de Caracas hay normas. Uno se entera enseguida porque está lleno de carteles enunciando las Normas. También hay televisores, y en los televisores están las Normas. Norma #1: no pise la línea amarilla. Norma #8: no haga pis en el piso. Dirán que reglas hay en todas partes, que así te va si las desobedecés en Tottenham Court Road y que lo mío es hipersensibilidad semántica, pero cuando las normas están custodiadas por tipos en traje de fajina portando armas automáticas, uno (además de tomárselas en serio) empieza a pensar si no está más seguro afuera, con qué tenés, qué tenés.

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Los diarios son de lo menos confiable pero, con poco tiempo para empezar a entender algo en Caracas, uno recurre a ellos, qué remedio, usando las categorías que tiene a mano. El Universal es una especie de Clarín; El Nacional una especie de La Nación, peor escrito y más flagrante en su defensa de valores tradicionales y —reactualizando el término— oligárquicos. Tal Cual es tal vez mejor que Página/12, un pasquín bienintencionado y decente, de circulación mínima y agenda socialista a la antigua, nada feliz con Chávez. Los diarios parecen iguales a los de todas partes pero no lo son, porque las noticias suelen tener más vueltas que los culebrones locales.

Uno lee que “Carlos Eduardo Orozco, postulado por la agrupación Fuerza Vecinal Independiente, recibió más de veinte disparos en el sector F de la localidad mirandina” (veinte disparos en el cuerpo, asume uno, mientras se encontraba en sector F), e inmediatamente asume que el rol de candidato para las próximas elecciones conlleva en Venezuela riesgos adicionales. Pero si seguís leyendo te enterás que Orozco fue acribillado “cuando aparentemente intentaba vengar la muerte de su hijo en un enfrentamiento con la banda del Toyota“, y todo se complica.

Un grupo armado entra a una peluquería y acribilla a once personas. Delincuentes, mafiosos, piensa uno. Pero el grupo armado está conformado integramente por miembros del CICPC —Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas—, y las víctimas eran todas (o casi todas) parte de la banda ‘‘los electrónicos”. La valiente resistencia venezolana ante todo tipo de colonización cultural hace que Los Electrónicos no tengan nada que ver con Tosca ni Aphex Twin y sean, en cambio, un grupo dedicado a desvalijar cajeros automáticos.

En el interior del país, los ganaderos son asaltados periódicamente, con la consiguiente pérdida de vidas humanas y bovinas. Los asaltantes (según los diarios) son policías y paramilitares, que amenazan de muerte a los ganaderos que se rehúsen a vender sus haciendas a miembros del gobierno regional que corresponda. Ninguno de los gobiernos regionales desmiente esto, lo cual no quiere decir nada pero quiere decir algo. Los que sí preocupa a los gobiernos regionales, o por lo menos a los gobernadores de los estados fronterizos, es verse forzados a convivir con los soldados del Frente Bolivariano de Liberación. El FBL es abiertamente chavista y está compuesto por unos cuatro mil guerrilleros armados, según los cálculos de la derecha, así que digamos, qué se yo, ¿la mitad? ¿Menos? ¿Mil? Igual es un montón de gente, mil tipos con armas, haciendo quilombo y secuestrando gente sin un objetivo muy claro, o por lo menos sin uno que sea discernible para mí. Los vecinos se quejan a los gobernadores, los gobernadores se quejan a Chávez, Chávez alega que no es problema suyo; que él “no los necesita” a los soldados del FBL. Suena a una versión hardcore de la tensión piquetera, pero eso es seguramente porque uno no entiende nada.

Tres estudiantes de la Universidad Santa María mueren ajusticiados por la policía en un callejón del sector Kennedy, en Macarao. Los diarios opositores lo denuncian, la prensa chavista lo reconoce, ningún sector se pregunta por los motivos. Estas cosas pasan. Está mal que pasen.

Bienvenido a Venezuela, dicen los carteles en el aeropuerto. No hay nada más importante que la identidad.

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Sir Robert Ker Porter tenía en 1825 más o menos los mismos problemas que P.K. Page en 1954, esto es, ninguno. Los dos tenían la vida más o menos resuelta gracias a la generosidad del mundo diplomático, los dos tenían inquietudes más o menos artísticas y el privilegio de ejercerlas sin apuro ni exigencias, los dos tenían tiempo de sobra; Page en Rio de Janeiro y Porter en Caracas. Ambos, como consecuencia lógica de todo esto, nos legaron sendos diarios privados que es un placer cotejar hoy con lo que queda de los escenarios que describen.

Son dos diarios muy distintos, no sólo por las distancias geográficas y el siglo y medio de diferencia. Page es una canadiense diletante y simpática que escribe cuando tiene ganas y llena sus páginas de chismes; Porter un cónsul británico obsesivo que no deja un día sin registrar durante los trece años que terminó pasando en Caracas. De las mil páginas escritas por Porter, por lo menos trescientas están dedicadas a explorar variaciones de un concepto simple:

Nada nuevo. Nada extraordinario. Nada importante. Llovió toda la noche. No hay noticias. Ha llovido un poco. Nada que agregar a las noticias de ayer. Hoy llegó el correo. Todo aburrido. Nada de gran importancia. Ninguna novedad de ninguna clase. Nada en el día de hoy, ni de aquí ni del extranjero. Nada que nos saque del atontamiento. Un poco de lluvia. Este lugar es aburridísimo. Sin novedad. La temperatura como la anterior. Ocupado todo el día en mi retrato de Bolívar, y gracias a Dios que tengo este recurso porque sino me las vería negras para pasar el día, pues Caracas ciertamente es aburrida, aburrida, aburrida. No ha llovido.

Lo curioso es que el resto del diario no da la sensación de que Porter haya llevado una existencia tan tediosa en Venezuela. Conoció bien a Bolívar, se terminó haciendo muy amigo del General Páez (que le regaló un tapir), cazó animales salvajes y —a partir de los velados comentarios lascivos que se le escapan cada tanto— uno puede imaginárselo tan hábil para elegir sus compañías nocturnas como lo era para rechazarlas (Porter deploraba las fiestas, y detalla en su diario las excusas que inventaba para evitarlas). Pero Caracas es aburrida. Lo era para Porter y lo es hoy para la minoría de clase media que puede permitirse ese lujo —el del aburrimiento— y prácticamente ningún otro.

—Nos parecemos cada vez más a latinoamérica.

La observación se le escapa a Karen, una de las chicas que atiende en la única librería recomendable de la ciudad, o por lo menos la única que se parece a las que a uno le gustan. Si la hubiera descubierto antes, me habría pasado la mitad de mi estadía en Caracas adentro de Libroria, un primer piso en Las Mercedes cuya dirección (Quinta Zumarraga entre Nueva York y París) define la zona más en sus aspiraciones de mitad de siglo que en su oferta actual. La librería es nueva y modesta, pero no lo son sus ambiciones, que la ayudan a parecerse más a viejas favoritas nuestras, como Counterpoint y Illiad en Los Angeles, que al puesto de usados que es más habitual encontrar en el resto de latinoamérica. Pero una isla como Libroria no transfiere automáticamente sus virtudes al resto de la ciudad. ¿Cada día se parecen más? ¿Antes no eran latinoamérica?

No es lo que se desprende de las anotaciones de Porter, aunque queda claro que se trata de antes distintos. El de Karen será, asumo, el de su adolescencia reciente, signada por la emulación primermundista de Carlos Andrés Pérez, a quien ella desprecia apenas menos que al grueso de sus compatriotas (”si Pérez se presenta a elecciones hoy, gana, te lo juro“). El antes de Sir Porter es el de una nación que se emancipó la semana pasada, una acuarela inverosímil de militares, cuatreros, esclavos y piratas. Comparar ambos mundos parece caprichoso, algo así como tratar de explicar a Madonna a partir de Mullholland sólo porque en distintos momentos de sus vidas transitaron las mismas calles de los mismos barrios. La geografía es francamente limitada como amalgama. Después de todo nada se pierde, y partículas de Madonna, Sir Porter, Cole Porter, Fabiana Cantilo y Herminio Iglesias podrían haber terminado tranquilamente debajo de las teclas de mi Powerbook, junto con los obvios pelos y mocos propios. ¿Qué identidad tiene todo eso? Pero la comparación no se me ocurre a mí. El sello en mi pasaporte dice “República Bolivariana” y no pasa un día sin que Chávez o sus acólitos invoquen a los vecinos y contemporáneos de Sir Porter como la luz que los guía. Por eso, y porque el libro (editado por la Fundación Polar) es lindo, verde y legible, y porque Sir Porter, pobre, se aburría tanto, vale la pena dedicarle un rato.

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Sir Robert Porter era un militar británico devenido diplomático conservador —defensor del zarismo ruso, firmemente alineado con los Tories de Canning (a.k.a Scalabrini Ortiz)— que desconfiaba tanto del progresismo de los Whigs como de las inquietudes Republicanas de una Latinoamérica algo gelatinosa. Estas características, sumadas a sus reacciones elementales ante lo nativo, invitan a pensar en Porter como en el típico aristócrata inglés que no la ve ni cuadrada. En realidad era algo más interesante que eso.

Para empezar, de aristócrata inglés no tenía nada. Había nacido en Irlanda a fines del Siglo XVIII, hijo de un cirujano militar que murió joven, dejando a su viuda y sus cinco hijos poco menos que en la miseria. No se sabe muy bien cómo se las arregló la viuda (el Dictionary of National Biography sólo menciona al pasar el “apoyo de los padrinos familiares de su finado esposo”) pero en cualquier caso la infancia y juventud de Porter tendrían más que ver con la “clase media” si la definición tuviera algún sentido en relación a esa época. Hacía dibujitos y escribía libros de viajes que no leía nadie. Nadie sabe cómo consiguió el nombramiento de Cónsul en La Guaira y Caracas.

“Su diario guarda completo silencio sobre quienes fueron sus padrinos y protectores,” escribe Malcolm Deas. “Sin duda los tuvo, porque en la Inglaterra de entonces el padrinazgo era todavía importante, y porque los nombramientos para ocupar puestos diplomáticos y consulares en las repúblicas sudamericanas eran apetecibles: en Londres, hasta los desastres financieros de 1825, persistió una manía sudamericana, y los sueldos alcanzaban montos respetables.”

Es posible que Porter (que se queja todo el tiempo en su diario de falta de dinero, de que las cosas son caras, de que lo quieren estafar con el alquiler porque es funcionario) haya visto venir la Banking Crisis y haya rajado justo a tiempo. Algo de eso hay, porque nadie elige quedarse trece años en un lugar que detesta, y es evidente que a Porter no le faltaron oportunidades para volver a establecerse en Inglaterra. Pero aunque lo más prosaico haya sido lo más determinante, el grial de Porter era romántico. Y su aburrimiento tenía más que ver con la decepción inevitable que viene de fábrica con la idea de lo exótico. Te vas dando cuenta de a poco: al tipo la política le importa nada y la diplomacia menos. Pero es un estoico, cumple en reportar lo menos interesante de su vida, duplicando el aburrimiento. Se aburre escribiendo su diario, se aburre con su trabajo —que incluye enterrar a todos los anglosajones que mueren en Caracas, muchos de ellos inmigrantes pobres que caen como moscas— y se aburre también con Bolívar y Páez, aunque los admire, porque le hablan de la deuda externa y de la República y de todo lo que él ya sabe y no le importa. El quiere aventuras.

Para Porter, que jugaba a los piratas con Walter Scott (luego Sir Walter Scott) cuando ambos eran nenes, la vida militar sigue evocando heroísmo y otros valores épicos aún cuando sus comprobaciones cotidianas sugieran lo contrario. Lo mismo le pasa con Venezuela.

Mariño [ quien sucedería después a Páez en la presidencia] se ríe de la idea de un presidente civil para gobernar este Estado, pues, según dice, nadie sino un militar debería ocupar el cargo, ya que, de hecho, es esta la justa herencia de los libertadores del país. Ideas como esta han arraigado en el corazón de Bolívar así como en el de los libertadores de Colombia, y me temo que sólo lleguen a anularse cuando hayan convertido en desolación su labor de regeneración.”

Porter sabe por experiencia que ninguna de las dos cosas (ni los militares ni Venezuela) podrán ofrecerle a nadie lo que enuncian, y sin embargo se queda ahí, esperando. No lo dice en ningún momento, pero es imposible no darse cuenta de que escribe sus reflexiones en pos de una sólida estructura social con instituciones establecidas cuando está en modo Dr. Jekyll. A la noche, Porter sueña con anacondas, mulatas y persecuciones a caballo. Quiere acción. Quiere que pase algo. Y si no le va a pasar nada a él, por lo menos quiere que le cuenten lo que le pasa a otros. Por eso elucubra estrategias para charlar con Bolívar (le propone pintar su retrato) y soporta las costumbres y compañías de Páez, no sin esfuerzo:

Creo haber dicho que el juego, de varias clases, se practica en muy alto grado en esta capital, desde los de más arriba hasta los de más abajo, pero sobre todo cuando el General Páez está en Caracas. Su amor por este vicio es tan grande que llega al punto de rebajarse a jugar y apostar con el peor vagabundo del lugar. Noche tras noche pasa el tiempo, igual que el General Mariño, jugando a las cartas, y día tras día en peleas de gallos. Mariño, que vive en una casa sucia, a cada momento firma documentos de Estado sobre la mesa de billar mientras juega.

Porter no es ningún mogijato(*); no es tanto su educación británica y protestante la que entra en crisis al constatar las debilidades de quienes, de todos modos, sigue viendo como figuras heroicas. Lo que a Porter le cuesta entender —le cuesta soportar— es que los hombres de acción estén locos, que vivan en un mundo unívoco en el cual las fantasías se actúan, la represión no existe, la razón sea más un arma para justificar lo hecho que un método para determinar un curso de acción. Lo que a Porter le cuesta entender es el nacimiento de la política en Latinoamérica.

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(*) Porter, en su diario: Como el espectro de la pobreza recorre lúgubremente la ciudad, y actualmente la adversidad privada tanto como pública es mayor que nunca, no es sorprendente encontrarse con que las señoras mayores se dediquen a mendigar y las jóvenes a una más agradable forma de obtener fondos para vivir y vestir.

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Todavía lejos de picanas y otros instrumentos que estigmatizarían merecidamente al rubro por quién sabe cuánto tiempo, los militares latinoamericanos que describe Porter en su diario cuentan a su favor con una causa justa (contra la España que Porter detesta) y con inteligencia y valentía para llevarla adelante. También fusilan y se permiten todo tipo de atrocidades, pero el consenso de la época era bastante tolerante con esas cosas. La “gestión anterior” a Bolívar había estado a cargo de Santander, una especie de Menemismo Monárquico que había arrasado con todo. No es difícil de entender por qué el Chavismo recurre hoy tan a menudo a esa bisagra revolucionaria. La historia, en sus trazos gruesos, sugiere espontáneamente un casting actual: el papel del miserable de Santander le tocaría a Carlos Andrés Pérez y el de Bolívar, bueno, ni hace falta decirlo.

Hay muchos problemas con la analogía, algunos son obvios, la mayoría queda en evidencia a través de los esfuerzos por torcer la realidad de hoy para que encaje en el modelo de ayer. USA no es España, Chávez no es Bolívar, qué novedad. Pero estas diferencias elementales, a las cuales la oposición venezolana es tan afecta, sugieren implícitamente que alguna otra analogía sería posible:

“Chávez no es Bolívar pero alguien más podría serlo, etc.”

Del mismo modo: “Así le va ir a Chávez, igual que a Bolívar, que murió de esas manera triste, legándonos a José María Vargas.”

También: “¿No ves? Todos corruptos. Antes, igual que ahora.”

Lo cierto es que no hay comparación posible, más allá de las buenas o malas intenciones de los actores políticos actuales.

Poco antes de las elecciones de junio de 1834, Porter escribe:

[Al General] Mariño se lo pone por las nubes como el único idóneo, de hecho un presidente enviado por el Cielo, del mismo modo que fue un general enviado por el Cielo. Es un triste personaje, de baja moral, débil, vanidoso y deshonesto en todos sus principios, si posee alguno. Los rasgos principales de su vida moral son jugar, ir de putas (de todos los colores), ser un marido absolutamente inútil, en fin, no tener ni un solo atributo para un cargo público.

No hay, que yo sepa, ningún libro de historia que contemple a Mariño como algo más que un masón miserable, una especie de Peter Lorre venezolano conspirando en las sombras. Pero la virulencia de Porter es llamativa, sobre todo teniendo en cuenta que su querido amigo Páez jugaba y se había ido de putas igual que Mariño, y con Mariño durante años, sin que Porter lo considerara indigno para la presidencia. Una vez más, es posible que Porter intuyera que Mariño iba a traicionar a Páez en el futuro y estuviera alinéandose preventivamente con su amigo. Pero a mi me parece que es otra cosa.

Desde sus primeros días en Caracas, Porter contempló con horror la costumbre de las familias pobres de abandonar a sus hijos muertos en los zaguanes de las iglesias. Ya sé que son pobres, pensaba Porter, pero hay pobres en todas partes y los demás no hacen eso; entierran a sus muertos. Encima, “como el vicio en esta ciudad se centra sobre todo en las relaciones ilícitas de todas clases, a cientos de estos pequeños (producto de amores promiscuos) se les da un suave apretón de cuello al venir al mundo y no tardan en aparecer entre las columnas de la Catedral.” Cada tanto, Porter consigna haberse topado con alguno de estos horrores que no lo dejan dormir, bebés pudriéndose al sol mientras las monjas deciden hacerse un rato para enterrarlos. Una tarde, Porter vuelve a su casa con un descubrimiento que escribe azorado:

Los ricos hacen todo lo contrario.

El hijo del General Mariño, que no tenía más de 17 meses, murió. Se lo llevó a la iglesia en una especie de camilla, se lo ató a un palo, se le pusieron alas a sus hombritos y se le estiraron las manos. También se lo pintó y decoró con colores y cintas en la cabeza como si fuera a emprender vuelo hacia el cielo, y así fue llevado a la iglesia en procesión.

Desde ese día, Porter detesta al General Mariño. Desde ese día, también, o más o menos por la misma época, decide (y no sé ya si una cosa tiene relación con la otra) que no va a decirle a nadie lo que piensa. Porter, que hablaba el castellano al punto de traducir perfectamente los discursos de Bolívar y la Constitución Boliviana, decide no hablar más que en inglés, hacerse el boludo, exiliar su lado humano para protegerlo de algo que no entendió nunca, pero ahora ni siquiera quiere entender. Le sale bastante bien. En 1835, un diplomático norteamericano que se encuentra con Porter lo describe así:

Ha residido aquí cerca de diez años y todavía no habla suficiente español como para pedir un vaso de agua. No frecuenta la sociedad nativa.

Los diarios de Porter demuestran, claro, lo erróneo de esta impresión. Pero hacia 1835, Porter ya se había dado por vencido y prefería que lo tomaran por idiota a tomarse él el trabajo de explicar, o entender. Las entradas en su diario se vuelven más mecánicas, formales, y sólo recuperan algo de su entusiasmo inicial cuando aparece algún animal exótico, alguna mujer llamativa (casi siempre la mujer de otro), algún paseo a caballo por zonas agrestes que entonces eran las afueras y hoy están lo suficientemente adentro de la ciudad como para que te aconsejen evitarlas.

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El hotel Tamanaco está todavía un poco más lejos, al sur del río Guaire. Construído a mediados del Siglo XX como parte de un proceso de reorganización suburbana alentado por compañías petroleras, sobrevive hoy sin pena ni gloria al lado de una autopista, sugiriendo de lejos los ecos de modernismo decadente que habrá tenido entonces, aunque cuando entrás es un Intercontinental cualquiera, los mismos ascensores, el mismo arte corporativo que pide a gritos un Fight Club venezolano que lo saque de su miseria. En la terraza, una chica sin acento de ningún tipo canta As Time Goes By (”a sais is jast a sais)” como advertencia de lo que vendrá: Night and Day en versión Bossa Nova y Top Of The World, como todo el mundo sabe el canon no puede prescindir de los Carpenters. Los ejecutivos que estuvieron todo el día en la convención y se lo merecen, pagan una cerveza ocho veces más de lo que cuesta en la calle mientras esperan que aparezca alguna minita permeable a sus avances. Cuando esto no sucede, se entretienen mirando a las hijas adolescentes de los turistas.

Es Lost in Translation via Blade Runner.

Abajo, en la calle, las 4×4 de las chicas de la Zona Este (que son nuestras chicas de la Zona Norte con seis capas más de pintura) conviven en el tráfico con los funcionarios chavistas en sus Audis, dando vueltas alrededor de las cuatro o cinco manzanas de Las Mercedes que concentran el ochenta por ciento de la vida nocturna de la ciudad. La clase media que existe también se concentra en la misma zona. Van a bailar o a comer un helado y después, en su mayoría, se vuelven al barrio pobre en el que viven, porque el precio de la vivienda es insano en Caracas.

Enfrente de la heladería hay un puesto de cachapas, y arriba del puesto hay un televisor blanco y negro sintonizado en Telesur, que nadie mira, anunciando algunos de los programas que se irán sucediendo durante la semana.

Nojolivud — películas contemporáneas ajenas al sistema de Hollywood.

Telesurgentes — pensamiento y acción social.

Trabajo y tierra — tradición y modernidad aplicadas al trabajo agropecuario.

El vendedor de cachapas cambia de canal y se sienta a mirar las noticias. Un dirigente del Movimiento Tupamaro de Venezuela rechaza enérgicamente en conferencia de prensa haber matado al hijo (un nene chiquito) de uno de sus miembros. A quién creerle. El parecido entre el dirigente y Jabba The Hut es notable, lo cual no ayuda. Tal vez precisamente por eso uno quiere creerle. Después de todo, ¿por qué vas a matar al hijo de uno de tus compañeros? Pero a los dos minutos es imposible no darse cuenta de que miente, y a los cinco te das cuenta también de que no le importa.

Y a los diez minutos, te das cuenta de que a vos lo que no te importa son ellos.

No te importan el petróleo, ni las libertades que la oposición reclama mientras llama sugestivamente a la abstención, ni la identidad nacional de un país que a falta de música propia pone a Serrat y a Silvio Rodríguez en las bateas de “Música Nacional” de las disquerías, mientras se dispone a “recobrar la palabra que había sido secuestrada durante más de tres décadas por dictadores, políticos corruptos y genuflexos ante el gran capital y los eternos expertos, que convalidaron el saqueo de nuestras naciones y quisieron convencernos de que con la entrega y la globalización todo iba a ir mejor.”

Menos todavía te importan las banalidades insultantes de la academia turista alineada con la Quinta República:

Es la cuestión de la vanguardia. A mí se me ocurren tres personas que podrían convocar este debate de la nueva civilización. Uno es Noam Chomsky, el segundo es Fidel Castro y el tercero es Chávez. El abrió una puerta, le devolvió la libertad de razonamiento a las mentes críticas de la humanidad.

Quien dice esto es Heinz Dieterich, que escribió Chávez y el socialismo del siglo XXI y aparece en la tele inmediatamente después del Jabba The Hut Tupamaro. Y Dieterich es de los moderados.

Empezás a preguntar menos y a contestar con monosílabos.

Y mientras te revisan la valija por sexta vez en el aeropuerto (“¿por qué se lleva diarios de aquí?”) asentís y sonreís pensando que tal vez no entender esté bien lejos de ser el baldón que la corrección política dicta. No entender es, después de todo, el módico espacio de comunión que te queda con las pocas personas normales que conociste en el viaje. Como Sir Porter, te calzás los auriculares y escribís rutinariamente sobre lo que viste, sabiendo que nada de eso tiene algo que ver con la vida.

No hay novedad. Ha llovido un poco.


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