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1 08 2005 - 14:16

—Qué tenés, qué tenés.

La adrenalina te hace funcionar la cabeza a una velocidad asombrosa. Les miro las caras a los tres matones que me acorralan a metros de la entrada cochambrosa del Ministerio del Interior y al mismo tiempo me fijo si tienen armas, si se miran entre ellos, qué tengo detrás, si el semáforo está en rojo, si alguna de las quinientas personas que nos rodean está, por casualidad, dispuesta a ayudarme. Pero todo eso sucede en un sector más prosaico del cerebro —neuronas obedientes haciendo su trabajo— y lo que yo quiero entender es el voseo. ¿Por qué dicen “tenés”? Cortesía no es, y profesionalismo tampoco, entre otras cosas porque no me oyeron hablar, ni saben de dónde soy. ¿Hablarán también así acá, en Venezuela? Todas las otras personas con las que me encontré hablaban de “tu”. ¿Será que los pobres hablan de “vos”? Improbable. ¿Será que los delincuentes pronuncian mal la “i”? ¿Por qué dicen “tenés”? ¿Dicen “tenés”? ¿Y si yo escucho eso pero en realidad están diciendo otra cosa? ¿Qué, por ejemplo? Qué trenes, qué trenes podría ser, pero no tiene ningún sentido.

Los tres son más jóvenes que yo, lo que a esta altura ya no es ningún aliciente. Me doy cuenta de que me están levantando, las patitas en el aire. Aparentemente, mientras pensaba todo lo anterior, decidí dejarme caer, hacia atrás, y eso los desconcierta. Pateo en el pecho al que tengo adelante (no tienen armas) y salgo despedido al medio de la calle (el semáforo estaba en rojo), un área que sospecho off limits para el atraco violento. Sospecho bien o tengo suerte, porque los tipos se van. Aterrizo mal, torciéndome la muñeca y haciéndome un corte en la mano que descubro más tarde.

Encontrar un baño para lavarme con jabón resulta mucho más difícil de lo que fue zafar de mis atacantes. A ellos los había oído venir (tip for adventurous travelers: ayuda dejarse los auriculares puestos aunque uno no esté escuchando nada. Los demás creen que no los oís, y esto te da un cierto margen. Por supuesto los auriculares son lo primero que se pierde, pero hay unos Sennheiser baratos que son perfectos para este uso). También había visto al gordo que me había visto a mí sacar una foto y le había hecho señas a alguien, así que estaba esperando escucharlos. Pero tanto prever, uno se olvida de los primeros auxilios. La próxima vez, Merthiolate en el bolsillo.

“No vayas, o ten mucho cuidado en el centro,” me habían dicho, “que hay mucha gente del Gobierno.” Mucha gente del Gobierno, muchos delincuentes y prácticamente ningun elemento para distinguirlos, salvo el uniforme. Y ni siquiera, porque hay más de cuatro uniformes distintos —cuatro entidades— y el miedo que te da uno sólo es comparable al miedo que te da el otro, y así. Todos los días la policía mata a una docena de personas. El centro de Los Angeles es Blade Runner y el centro de Rio es Escape from NY, pero no hay una manifestación distópica preexistente al centro de Caracas que uno pueda usar para explicarlo. Sí hay, claro, películas de terror. Criaturas subhumanas que emergen, arrastrándose, de túneles tapizados con carteles que dicen “Con Chávez, Podemos”. Zombies.

No venimos a rendirle honores al Bolívar muerto, sino al vivo, el que ha despertado de nuevo.

Lo aclaró Chávez hace un par de días, anunciando una resurrección que podrá haber sonado metafórica en el contexto de un acto militar, pero en el centro de Caracas es imaginable y más al oeste seguro que es cierta. Más allá de Caño Amarillo, Bolívar se rasca las pústulas y sorbe cerebros humanos de cráneos todavía tibios.

Aunque lo sabemos desde hace tiempo, nunca es fácil declarar que el Tercer Mundo es una película de zombies. La gente piensa que te estás haciendo el vivo — que es una sugerencia cínica, que no te tomás en serio el sufrimiento de los demás, que la realidad imita a la ficción. Pero es al revés. Las películas de zombies son sobre los muy pobres, y ahí radica en parte su universalidad y persistencia. Si nos asomamos a su territorio, los muy pobres vienen a por nosotros al grito de Qué tenés, qué tenés (o qué trenes, qué trenes). Y si uno tiene la suerte de salir ileso de semejante enfrentamiento, sólo queda huir del centro en un subte repleto de otros muy pobres, bebés, nenas que son las madres de esos bebés, viejos doblados en cuatro, sabiendo que hay muchos otros que ni siquiera pueden pagar el subte, baratísimo, que se parece al de Santiago de Chile en sus ruedas de goma porque ambos son hijos de Francia, pero las ruedas de goma son un detalle.

En el subte de Caracas hay normas. Uno se entera enseguida porque está lleno de carteles enunciando las Normas. También hay televisores, y en los televisores están las Normas. Norma #1: no pise la línea amarilla. Norma #8: no haga pis en el piso. Dirán que reglas hay en todas partes, que así te va si las desobedecés en Tottenham Court Road y que lo mío es hipersensibilidad semántica, pero cuando las normas están custodiadas por tipos en traje de fajina portando armas automáticas, uno (además de tomárselas en serio) empieza a pensar si no está más seguro afuera, con qué tenés, qué tenés.

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