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2 08 2005 - 12:29

No alcanzan los dedos de las manos y los pies para contar el número de pelotudeces que se permite desparramar Horacio González a propósito de la referencia cinematográfica de CFK hace un par de semanas, a nuestro juicio agotada con la certera puesta al día de Pérez en estas mismas páginas (HBO). Para González, El Padrino es “un ataque al capitalismo liberal de mercado” y Coppola “sin duda, un enemigo del capitalismo salvaje.” Está bien, flaco. Qué te voy a discutir. Ante artículos como este, a uno le gustaría poder hacer lo que hace Woody Allen con McLuhan en Annie Hall — sacar a Coppola de un bolsillo para que le explique a González de qué se trata El Padrino y cuáles son sus preocupaciones. Y tal vez ni siquiera eso serviría para algo.

No se trata tanto de que González no haya visto Tucker ni probado los vinos de la familia Coppola (algunos berretas, otros muy buenos, todos producto de una empresa que dista mucho de ser una cooperativa). Ojalá fuera sólo ignorancia. Hay otros dos problemas. Uno es que a González le importa bastante menos El Padrino que lo que pueda aportarle a su microclima — un problema de categorías, como el de asumir que Shakespeare (también invocado por González) escribió para que vos pudieras entender mejor tu reunión de consorcio. El otro problema es que a González le gustan las películas de Coppola, y por lo tanto Coppola tiene que pensar como González incluso en los ámbitos más insospechados, porque sino se abre la grieta de andá a saber quién tiene razón y nos traga a todos.

La gracia está, justamente, en vivir levitando sobre esa grieta.

No “la gracia” en el sentido de Simone Weil, se entiende. El secreto, lo que tenés que hacer, te guste o no, para evitar convertirte en el tipo de adulto del cual tan justificadamente sospechabas cuando eras chico.

Los huevazos a Estela de Carlotto se originan en esa grieta. Son “inaceptables” para el más amplio espectro, desde Página hasta Infobae, lo cual quiere decir que son incomprensibles. ¿Cómo? ¿Cómo nos vamos a pelear, si somos todos víctimas, todos del campo popular?

Lo que fue fácil con Blumberg —separar la paja del trigo; mis muertos, tus muertos— se empieza a complicar. No está mal que se complique, aunque tanto los huevazos como sus motivos explícitos sean demencia pura.

Schmidt nos escribe:

Bueno, en la Argentina en cuanto alguien tiene un problema se convierte en nazi. Llamemos problema a que se corte la luz en el barrio o que a te maten un hijo. Los dos sacan en automático una bestia guardada y apenìsimas reprimida. Mi hijo muriò en cromagnon, tiro huevos. Es cierto también que después de los huevazos, Estela va a pensar cien veces si le firma solicitadas a Ibarra o a cualquier otro. Ibarra fue un descarado que puso a todo su gobierno a pedir firmas, a toda la nómina de contratados muncipales que al mismo tiempo representan algo para la comunidad. Le pidió la firma a las minas que cocinan en la villa. y qué van a hacer las minas, dársela. Decíme si están en condiciones de especular. Le piden la firma a Tabarovsky porque es empleado en comunicación social. Damián que puede dice no. Le piden la firma a Piro. Guillermo que puede dice no. Otra gente tiene el no más dificil. O el sí más fácil. Creo que en el caso de alguna gente de los organismos que ponen la firma en esto pesa otra cuestión que alguna vez ya escribí para otro lado y que transcribo:

“Ah, esos contratos. yo me animo a decir que la guita no tiene nada que ver. Es otra cosa. Es querer parar y que quede como idea que se para por la guita y no por algùn hartazgo o cansancio o porque sobrevino la indolencia. Increíblemente la guita harìa más tolerable la renuncia moral, sería un justificativo secreto de mayor peso y menor costo”.

Los huevazos a Estela son una barbaridad pero trágicamente sólo esa puesta en escena la puede hacer recapacitar. Un padre dijo bien ayer, “es más fácil hablar de los muertos de hace treinta años que de los màs recientes”.

Lo que dijo ese padre parece una perogrullada, una descripción de algo completamente natural que le pasa a todo el mundo (es más fácil hablar de tus abuelos que se murieron hace rato que de tu amigo que se murió el mes pasado), pero si González puede arriesgar esas interpretaciones de El Padrino sin que a nadie se le caigan las medias, uno podría animarse a darle otra vuelta al asunto, y la vuelta es esta: los padres que tiran huevos reclaman para sí un reconocimiento público que otros han obtenido por sus muertos o su lucha en relación a sus muertos.

Por el motivo que sea —por lo que dice Schmidt o porque Carlotto realmente está en desacuerdo con el juicio político a Ibarra, opinión que varios compartimos más allá de nuestras opiniones sobre su gestión, que son públicas— el reclamo desesperado y centrípeto de parientes que quieren algo (justicia, castigo, reconocimiento, venganza, algo) se encuentra con un obstáculo momentáneo que tiene la forma de Organismo de Derechos Humanos. No habría habido mayor conflicto si los huevazos los hubiera ligado un funcionario. Pero los huevos no piensan. ¿Estás con Ibarra? Tomá. Huevazo. Y es paradójicamente esa inconciencia demente del huevo lo que lo convierte en un detonante de situaciones impensables.

La conferencia de prensa ya pintaba mal al ser planteada como un “desagravio”. Pará un poquito. ¿Qué sacralidad? ¿Quién está a salvo de un huevazo? Pero Carlotto abrió la conferencia pidiendo que sus agresores vayan presos (“porque cometieron un delito”) y la cerró diciendo que seguirá luchando “por los treinta mil desaparecidos”. Lo que no tiene un pedo que ver (acotan en TP Buenos Aires) con su apoyo al gobierno en cuya gestión a dos kilómetros del edificio municipal murieron 190 pibes escuchando a la banda más popular del momento en un boliche regenteado por un tipo muuuy conocido del frepasismo cultural.

En TP Madrid no tenemos tan clara la tensión entre Ibarra y la lynch mob, pero a veces, cuando nos levantamos temprano, compensamos con una perspectiva que nos permite saber quién deberá morderse la lengua durante un período indefinido de tiempo, que ojalá sea largo: un tal Osvaldo Fernández Santos, psicoanalista, que escribió hace una eternidad, esta mañana, una nota intentando asimilar las víctimas de Cromañón a las víctimas de la dictadura.

[..] quizás en el posicionamiento de las madres y los padres de las víctimas de Cromañón se juegue algo del legado de las Madres de Plaza de Mayo frente al terrorismo de Estado primero y luego ante la impunidad en la democracia.

Horas después aparece la horda: ¿Legado? ¿Qué legado? Huevazo.

Es tristísimo lo que pasó hoy, pero no por los huevos en sí, que al fin y al cabo también vuelan al azar en festividades de todo tipo, y a mí me los tira la vecina de enfrente cuando pongo la música fuerte. Lo tremendo, lo anunciado, es una especie de boomerang que no tiene nombre porque nadie habla de eso. Llamémoslo, por decir algo, sandrarussismo, esa insistencia propia de Travis Bickle (que habrá que preguntarle a González si era de izquierda, también) por salvar a quienes no quieren ser salvados. O no por vos, al menos.

El legado al que Fernández Santos se refiere está torcido, hecho mierda por las realidades de la política que tal vez no sean condenables en sí, son cosas que pasan, pero no jodamos. ¿Por qué nuestra tolerancia excesiva y nuestro silencio respecto del pastiche al que se ha reducido la lucha histórica de los organismos de derechos humanos estaría privada de consecuencias? Si nadie lo dice, al final viene una horda de analfabetos que sufren (“Carlotto está en la política”) tirando huevos sin saber bien por qué, a ver si alguien se da cuenta de algo. Y lo peor es que les sale mal.

La filial Buenos Aires de TP nos comenta que en la conferencia de prensa nadie preguntó a Carlotto por el apoyo a Ibarra. “Porque no daba”, explicó el movilero de mitre, “el clima era muy emotivo” y “hacía mucho calor”.


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