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5 08 2005 - 09:43

¿Por cuántos layouts de teclado distintos pasó uno desde principios de los noventa, cuando empezó a usar computadoras todos los días? Si esa década estuvo signada por una vida nómade, uno ya perdió la cuenta. A partir de cierto punto todos hacemos lo mismo: optamos por un teclado determinado y seguimos tipeando en base a él aunque cambiemos de computadora y de continente. La cosa se te complica en Francia y Alemania, pero en general zafás bien y en cualquier caso es mucho mejor que intentar re-aprenderse la ubicación de las teclas cada vez que te movés de un lado a otro. Con el idioma pasa lo mismo. Hablar inglés o no incide bastante poco. No conozco mucha gente que use las versiones locallizadas del sistema operativo que sea, fundamentalmente porque al fin y al cabo las palabras de los menúes remiten a metáforas que no existían cuando éramos chicos. Y encima son metáforas pedorras, necesarias tal vez para introducir a los usuarios e determinado GUI, pero a esta altura desvirtuadas, casi todas, por el uso. Podés decir que el desktop es el escritorio, pero sabés que no es tu escritorio. “Tengo tu cuento en el escritorio pero todavía no lo pude leer” no es lo mismo que “”Tengo tu cuento en el desktop pero todavía no lo pude leer”. Lo primero invita a la confusión y lo segundo no. Además —si bien esto está empezando a cambiar con el OS X— las versiones localizadas siempre tuvieron una tendencia a ser menos estables que las originales, y después de todo uno creció viendo películas subtituladas y leyendo historietas. No es tan difícil aprenderse dieciocho términos que en cualquier caso también tendrías que aprenderte en castellano, porque son nuevos.

Con todo eso en mente, además del reflejo condicionado de darle la razón a cualquier persona del planeta que se enfrente con Bill Gates, el titular de Clarín (“El líder de los mapuches no quiere que Windows sea traducido a su idioma”) invita a pensar en una buena noticia. No, dejá, no lo traduzcas. Si anda así en inglés imagináte en Mapuche. ¿Qué pensás, que soy tarado? ¿Que no puedo aprender “empty trash” (perdón, “recycle bin”)? Ah, pero no.

El sujeto en cuestión es una especie de Jorge Altamira mapuche (arriesgamos, en un giro que seguramente será racista para quienes ven el mundo con Anteojeras Huilcamán), amigo de Evo Morales y otros indigenistas confiables. La noticia aparece hoy pero es de fines del 2003, por lo menos para quienes viven en Chile y leen los diarios ahí. Los motivos por los cuales Huilcamán no quiere Windows en idioma mapuche son tres:

1. Gates no consultó al pueblo mapuche a ver si quería o no su versión localizada.

2. Windows en mapuche puede vulnerar “la propiedad intelectual”. (Del mapuche, asumimos.)

3. “Puede ser que [el proyecto] sólo obedezca a razones comerciales.

Huilcamán está loco de atar y hace mucho calor en el hemisferio norte como para perder tiempo comentando sus preocupaciones en detalle. No hace falta, ¿no? Díganme que no hace falta. Lo que no es tan evidente es el punto en el cual Huilcamán vs. Gates remite al tema que ya ha desaparecido de los diarios pero no de nuestras conversaciones cotidianas: los huevazos (tarda, pero llega).

Hernán Orellana y Alvaro díaz, a cargo del proyecto de localización, no pueden creer que la dirigencia mapuche les rechace su ofrenda a una civilización que sobrevivió sin planillas de Excel durante unos cuantos años. ¿No querés Windows? Jodéte. Pero no, el jefe del Departamento de Cultura y Educación de la Conadi, insiste: “ayudará a revitalizar la lingüística mapuche a nivel país, junto con incluirla dentro de la cultura digital global, lo que beneficia el desarrollo indígena”.

¿No querés Windows? Jodéte.

Eso diría yo, por lo menos, que tiendo a no subestimar a la comunidad mapuche en su proceso de elección de dirigentes. Y ahí se terminaría la discusión y este artículo, si no fuera porque todavía no mencionamos siquiera al sector que más debería preocuparnos.

Hace muy poco apareció un reportaje a Jorge Luschinger, empresario agrícola chileno, en el cual se describe a los mapuches en términos bien sutiles:

“No es posible que entreguen tierras a mapuches… va a ser una miseria absoluta, porque ellos no trabajan. No se va a resolver el problema. No van a dejar de ser miserables. ¿Usted ha visto cómo están los campos que les ha comprado el Estado? ¡No queda nada, ni un árcol parado, no producen nada!... El indio no ha trabajado nunca. El mapuche es un depredador, no tiene capacidad intelectual, no tiene voluntad, no tiene medios económicos, no tiene insumos, no tiene nada… El mapuche es ladino, es torcido, desleal y abusador”

Estos negros de mierda no quieren laburar.

¿A alguien le parece que tendría sentido discutir con este tipo? ¿Le podés explicar el mundo? Yo digo que no. Que gente como Luschinger está perdida, que hay que resignarse y trabajar sobre un espacio más civilizado compuesto por quiene sabemos, justamente, que con gente como Luschinger no se puede hacer nada. Luschinger, y quienes son como él, sugieren además con sus dichos y sus actos que los mapuches tienen problemas de verdad. ¿Y cuál es la reacción de la dirigencia mapuche? Windows no.

Nos damos cuenta de que todavía no llegamos al punto de intersección entre Bill Gates y Carlotto, pero nos tenemos que ir. Prometemos continuar esto el miércoles, en la próxima entrega de “la reivindicación justa da para todo”.


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