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Tierra de titanes

6 08 2005 - 07:04

Es probable que sea una enorme insolencia conversar con el lector acerca del presente en un tono de absoluta cortesía que por algún motivo le hemos cedido a los autores de memorias.
Osip Mandesltam, Viaje a Armenia

El vuelo de Praga aterriza en el aeropuerto de Zvarnots a las cuatro de la mañana. Casi al mismo tiempo llegan los vuelos de Londres, de Frankfurt, de Viena, de Moscú, de todos lados. “La culpa es de Eurnekian”, dice alguien, “de día trabajan y no dejan operar a los aviones.” No aclara si en Armenia las tasas de embarque están también dolarizadas. Pero tal vez todo se deba al calor. En Erevan, Yerevan, Eriván, la temperatura en julio alcanza los 45 grados. En invierno, en cambio, está fresco. Hace alrededor de –20.

El profesor Jachaturián ya se paseaba por el muelle con una larga levita negra de corte otomano. O. M.

¿Cómo fuimos a parar, Flavia y yo, a Yerevan? La historia comenzó hace dos años en el festival de Karlovy Vary. Allí, un tipo de barba muy negra, que hablaba una extraña lengua, se solía sentar todos los días en el lobby del Hotel Termal con Peter Van Bueren, donde ambos permanecían durante largas horas. Al caer la noche, el desconocido subía a su habitación y volvía con una botella de licor que convidaba a todos los que se acercaban a la silenciosa tertulia. Mientras llenaba los vasos con una amplia sonrisa, pronunciaba las mágicas palabras “Armenian cognac, armenian cognac.” Lo demás era fácil. El enigmático y hospitalario individuo se llamaba Harutyun Khachatryan y presentaba en el festival una notable película de media hora llamada Dokumentarist, que también se exhibió en el Bafici 2004. Simultáneamente, Flavia compartía el jurado de Fipresci con Susana Harutyunyan, que lleva el mismo apellido que el nombre de Khachatryan, mientras que Khachatryan es el mismo apellido que el famoso compositor aquí conocido como Katchaturian, y el mismo que el profesor Jachaturian del libro de Mandelstam quien era “titular de una cátedra en el Eriván soviético, llevó allí su sorprendente ignorancia de la lengua rusa y de Rusia, donde nunca había estado.” Volviendo a Harutyan o Harut o Hari, a Susana y a Mikayel Stamboltsyan, profesor y guionista, el otro elemento del trío que convidaba cognac y frutas secas en KV, resultó que un año más tarde lanzaron, asesorados por Van Bueren, el primer festival internacional de cine de Armenia, al que llamaron “Golden Apricot”, el damasco dorado. Como para la segunda edición estábamos cerca, otra vez en Karlovy Vary, decidimos hacerles una visita, que con el correr de los días se transformó, por defección de dos titulares, en la obligación de participar, Flavia y yo, del jurado de documental y de ficción respectivamente.

La llegada al aeropuerto es curiosa. Nos llevan al salón VIP, que no se distingue de una oficina en desuso. Allí descubrimos que el número de nuestras visas electrónicas no existe: estamos ilegalmente en Armenia. Pero no nos deportan: Harutyun está allí para rescatarnos. Le da unas órdenes al personal de inmigración y nos otorgan una visa allí mismo. Como son las cuatro de la mañana, no nos alcanzamos a dar cuenta del todo de lo rara que es la situación: un festival de cine que, al parecer, es un alto asunto de estado, con el director de la muestra mandando sobre una policía entrenada en los rigores soviéticos del cuidado de fronteras. Recuerdo que hace veinte años, en nuestra única visita a Moscú, franquear la garita de migraciones era un trámite interminable, con el gendarme lanzando las siete miradas reglamentarias a la foto del pasaporte y a la cara del visitante. En Zvarnots, los empleados trataban de complacer a Harutyun, gran amigo del Ministro de Relaciones Exteriores, sin dejar de practicar el truco de los siete vistazos. En general, llegaban a cuatro y medio.

Uno de los integrantes del comité de recepción era Armon, el voluntario al que se le había asignado la tarea de acompañarnos. Armon se manifestó muy honrado de poder atender a una personalidad tan importante como la mía. Nunca supe bien qué mentiras le contaba Harut a los voluntarios, pero debían ser suculentas. Me temo que las mismas patrañas aparecían también en la prensa. Armon estudia ciencias económicas, habla un poco de inglés (ningún intérprete lo hablaba del todo bien, ni siquiera la jefa de traductores del parlamento), tiene una hermana en Estados Unidos y acababa de terminar el servicio militar: dos años patrullando la frontera con Azerbaiján. Las fronteras son un tema sensible en Armenia, especialmente dos, la turca y la azerí. Con los otros países limítrofes (Rusia, Georgia, Irán), las cosas no son tan sencillas tampoco. El genocidio de los armenios a manos de los turcos (se calcula entre medio millón y un millón y medio de muertos) se produjo entre 1915 y 1917. Aun hoy, el gobierno turco (con la complicidad del americano) lo niega. Aduce tecnicismos tales como que no se trató de un genocidio porque la larga marcha forzada en la que perecieron la mayoría de las víctimas no estuvo planificada para matarlas aunque nada se haya hecho para alimentarlas. Armenia no tiene relaciones diplomáticas con Turquía que, además, se quedó con buena parte del territorio histórico. El símbolo nacional y religioso de los armenios, el monte Ararat, que se ve desde la capital Yerevan en un día claro, queda del otro lado de la frontera.

País de piedras que claman
¡Armenia, Armenia!
Roncas montañas que llaman a las armas,
¡Armenia, Armenia!
O. M.

El otro conflicto estalló luego de la desintegración de la Unión Soviética y se conoce como la Guerra de Ngorno-Karabaj, un enclave de población mayoritariamente armenia que queda en medio de Azerbaiján. Seis años de guerra entre los dos países más 25.000 muertos fueron el resultado del conflicto que terminó en la independencia del territorio (victoria armenia, en realidad) y en una paz precaria custodiada por tropas rusas. Durante el período soviético, en Armenia se concentraba buena parte de la industria militar, la que fue desmantelada con la partición del imperio. La Armenia independiente nació en 1991 y los primeros años fueron los del desastre económico en un país montañoso con una pequeña producción textil, agrícola y minera, sin petróleo y ahora sin industria, en guerra con uno de sus vecinos y en litigio con los otros. La gente huía del país como si hubieran vuelto los turcos. Muy poco de todo eso se nota ahora, al menos en la superficie. El turista accidental que llega a Yerevan descubre una ciudad ordenada y pacífica, aunque no exactamente próspera. En pleno centro uno se encuentra con cuadras enteras de edificios arruinados y circunstancias de evidente pobreza.

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¡Ah, Eriván, Eriván! No eres una ciudad sino una nuececilla tostada,
amo andar por tus curvas calles de boca amplia que hacen eses.
O. M.

Las callejuelas de Mandelstam han desaparecido, borradas del mapa para dar lugar a la construcción de propiedad horizontal. El centro de Yerevan es un enorme cráter del que asoma un enjambre de grúas gigantes. Según Armon, nadie tiene dinero en Armenia para comprar uno de los futuros departamentos. La inversión de capitales de la diáspora armenia (según las fuentes, entre 4 y 6 millones de personas, 65.000 solo en la Argentina, contra los 3 millones que habitan el territorio) produce el alza de precios. Algo que termina confirmando Atom Egoyan, presidente del jurado: al final del festival su mujer, la actriz Arsinée Kanjian, decidió que se comprarían uno. “Están baratos y no estaría mal pasarse unos días aquí todos los años.” Le señalo que van a tener un problema: ambos son demasiado populares, ya que los he visto firmar autógrafos a cada paso. Egoyan contesta que esa fama puede ser muy efímera y pasa a describir su origen, para él sorprendente. Según el director canadiense (nacido en Egipto, al igual que su mujer de padres que huyeron de la antigua Turquía), a él no lo conocía nadie en Armenia antes de filmar Ararat, la primera película internacional que habla del genocidio (sin dejar de ser una historia típica de Egoyan, llena de torsiones psicológicas, lo que sin duda provocó su amplio fracaso en el resto del mundo). Nadie había visto, por ejemplo, Calendar, la película que hizo el prestigio del director en el circuito de arte. Allí, el protagonista (el mismo Egoyan) ve en Toronto los cassettes que le envía su mujer (Kanjian) desde Armenia, en los que se puede apreciar, de manera cada vez menos velada, que ella tiene un affaire con el guía que la pasea por los lugares históricos. La película en la película de Calendar (1993) deben ser las primeras imágenes que vi de Armenia. Pero ni siquiera, siempre de acuerdo a Egoyan, Ararat fue un éxito cuando se dio por primera vez (fue la ganadora de la primera edición del festival, en 2004). Pero después, se convirtió en un fetiche. No es extraño dada la desesperada —y muchas veces desesperante— sed de los armenios por elementos que definan su identidad nacional. No hay conversación de un local con un extranjero en la que el tema no esté presente: “Los armenios somos así o asá”, “El que viene a Armenia nunca deja de volver”. Aun en los escasos momentos autoirónicos (“Tenemos una marina pero no tenemos mar y ni siquiera tenemos el Monte Ararat”), la afirmación de la identidad es obligatoria.

El primer día del festival los invitados son conducidos a una ceremonia religiosa llamada la bendición de los damascos, que parece un rito ancestral. Pero no, la ceremonia ancestral consiste en la bendición de la vid. Pero Harutyun es un hombre creativo y hasta es capaz de inventar liturgia. Luego de la ceremonia en la iglesia nos invitan a comer los damascos bendecidos (damascos no bendecidos hay en el desayuno, en el almuerzo, en la cena y en la pieza del hotel por si uno los extraña entre comidas). También probamos el vodka hecho de damascos (hay una partida especial con etiquetas del festival Golden Apricot) y en uno de los muchos canales de televisión nos hacen una entrevista. ¿Qué nos preguntan? Créase o no, si en la Argentina hay damascos y si son tan buenos como los armenios. Les contestamos que de ninguna manera, que los armenios son mucho mejores (lo que hasta puede ser cierto) y la reportera se va contenta. Es muy poco cortés desairar a gente tan amable y tan nacionalista.

El azul y la arcilla, la arcilla y el azul,
¿Qué más tienes? Rápida, entorna los ojos,
como un sha miope sobre una sortija turquesa,
sobre un libro de sonora arcilla, sobre la tierra libresca,
sobre un libro purulento, sobre la querida arcilla,
por la cual nos atormentamos, como por la música y la palabra
. O. M.

El festival se inaugura oficialmente con una ceremonia en el gran teatro de la ópera. La sala está repleta y se transmite en vivo por televisión. El espectáculo es malo —discursos intercalados con canciones a cargo de ministros y de lo que parecen ser cantantes populares muy conocidos— pero muy profesional. Cursi como todos los actos inaugurales de su clase (empezando por Cannes) y orientados, —según la tradición mussoliniana inventada hace más de sesenta años en Venecia— a mostrar que el país se alza orgulloso en el concierto de las naciones enarbolando la común bandera del arte. (podría ser también el deporte). Pensábamos que el momento culminante iba a ser aquel en el que Egoyan recibió (de manos de Van Bueren, presidente del jurado 2004) el premio del año pasado, ya que no había estado en la ceremonia de clausura. La mayor ovación, sin embargo, fue para otro director, uno que recibió el premio (que se llama, por supuesto, el damasco de oro), a su trayectoria: Nikita Mijailkov. La sala se vino abajo, aunque después nos dijeron que hubo algunos silbidos. Ocurre que el ruso ganó un Oscar en su carácter de cineasta oficial de la Unión Soviética y como tal se lo recuerda en estos parajes.

Mijailkov, que de soviético se transformó en fascista, fue una pesadilla para la organización del festival, con sus constantes demandas (“Quiero una cancha de tenis hoy a las cuatro”) y se dedicó a hacerse homenajear en ceremonias y banquetes con la actitud de un virrey bufo que recorre las provincias (ver foto). Su presencia terminó generando un problema adicional. Entre los invitados se encontraba Abbas Kiarostami, artista mucho más respetable y vigente que el ruso. Kiarostami andaba un poco molesto los primeros días, con tanto premio para Mijailkov. Y todos estábamos un poco enojados también. Y así le fuimos metiendo presión a Egoyan para que hiciera algo para desagraviar al iraní y ofender al ruso. La ocasión llegó en un gran banquete al aire libre ofrecido por el sindicato de artistas del cine (en Armenia, según la tradición soviética, los trabajadores del cine siguen cobrando un sueldo fijo, trabajen o no, aunque el beneficio solo alcanza a los mayores de cierta edad, los que ya eran miembros en 1991). Egoyan hizo un brindis a “un maestro del cine que está entre nosotros, alguien del que sigo aprendiendo cada día”. Cuando Mijailkov estaba a punto de pararse, mencionó a Kiarostami.

Don Abbas, Mijailkov aparte, estaba de excelente humor. Se tomaba sus vinos, charlaba con todo el mundo en un inglés más que aceptable (resultado, tal vez, de las clases con la rubia que vimos en Cannes, aunque él niega que esté tomando clases) y sacudía la cabeza diciendo lo mal que andaban las cosas en Irán, en particular para estrenar películas que no le agradaran a los ayatolas. Nos sorprendió manifestándose disgustado con su viejo amigo y discípulo Jaffar Panahi, del que dijo que no tenía cintura política y que se dedicaba a embestir a las autoridades. En cambio, habló bien de Gobbhadi, el cineasta iraní de moda, un personaje bastante siniestro, autor de la siniestra Turtles can Fly, que no deja de pasearse por festivales. Por último, dijo algo ingenioso de su archirival Makmalbaf, que supo ser un militante contra el sha y un fervoroso revolucionario ilsmámico: “Makmalbaf era un buen cineasta cuando odiaba. Ahora que ama, no tiene nada que decir.” La pasa bien don Abbas, tipo inteligente y perezoso, cuya fama en Occidente lo preserva de posibles iras gubernamentales. Ahora declara que el cine de ficción lo tiene cansado, incluso sus propias películas y que solo le interesa hacer documentales. Si sigue la tradición familiar, no necesita apurarse. Su madre acaba de cumplir 104 años. Según Kiarostami, gracias a que nunca se ocupó de sus hijos.

Ah, nada veo, y mi pobre oído ha ensordecido,
de todos los colores solo me quedó el minio y el ocre.
O. M.

La rutina del festival era agitada para los jurados. Tres películas por día, desde las diez de la mañana. Luego, a eso de las cuatro de la tarde, el almuerzo. Después, una excursión, casi siempre a un monasterio. Después la cena y los tragos hasta altas horas. Volviendo a los monasterios, hay muchos en Armenia, el primer país en incorporar el cristianismo como religión oficial (siglo IV). La iglesia armenia es una rama autónoma del cristianismo no reformado y casi todo el mundo profesa la religión. Los monasterios son de belleza y antigüedad variada, pero los emplazamientos suelen ser espectaculares. Montañas escarpadas no faltan en Armenia. Ni piedras muy peculiares que producen tonos amarillos y rojizos en los edificios públicos y privados.

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De todo lo material, de todos los cuerpos físicos, el libro es el objeto que inspira mayor confianza al hombre. O. M.

Osip Mandelstam, escritor ruso, nació en 1891, unos dicen que en Polonia, otros que en Lituania y murió en 1938 cuando era trasladado a un campo de prisioneros de Stalin cerca de Vladivostok. Es bastante raro que en 2004 Alción Editora haya publicado en Córdoba Viaje a Armenia, un libro de menos de cien páginas que contiene un poema (“Armenia”) y una colección de crónicas, traducido y prologado por Fulvio Franchi, que se las arregla para que nos quede claro que Mandelstam era un poeta poderoso. La prosa, paradójicamente, es más complicada de leer: fragmentaria, oscura, sin contexto para entenderla, a pesar de que Franchi cree necesario incluir, en la misma página, dos notas al pie que aclaran que Manet y Monet son cada uno un “artista plástico francés”, y que uno es “fundador del impresionismo” y el otro “impresionista” a secas. Un texto de Mandelstam de parecida dificultad se encuentra en otra edición reciente, la recopilación dedicada a San Petersburgo que hiciera Luis Gusmán que, en el caso del texto de Mandelstam El rumor del tiempo, encargó la traducción no a una persona sino a “un grupo de especialistas que cotejó las mejores traducciones vertidas al español” (??).

Aun no se ha escrito el relato sobre la tragedia del hombre poco formado. O. M.

Lo que uno logra adivinar entre la bruma es que Mandelstam da cuenta de una relación visceral con el país y con su gente. (“No hay nada más instructivo y alegre que sumergirse en una sociedad de personas de una raza completamente distinta, a la que respetas, con la que sientes las mismas cosas, de la que te enorgulleces sin tener nada que ver con ella”). La mirada de Mandelstam, sin dejar de especular sobre temas científicos o artísticos, atraviesa la geografía, la religión y las tradiciones, se interesa por la botánica, la arquitectura y la artesanía pero intenta, sobre todo, establecer contacto con la gente. Su Armenia es una tierra intensa (“célebre por su fogosa actividad”) y material (“la carga vital de los armenios, su tosca ternura, su noble clase trabajadora, su inexplicable aversión a todo tipo de metafísica, y su hermosa familiaridad con el mundo de las cosas reales…”). ¿Es posible reconocer setenta años más tarde el país que Mandelstam visitó en 1930? Pero más interesante que eso, ¿qué efecto tienen las citas de su libro yuxtapuestas con impresiones de Armenia mucho más recientes y superficiales? ¿Es posible escapar de la gramática de la ironía?

Estas preguntas se plantean también porque, estando en Yerevan, todo el tiempo se tiene la impresión de que la Armenia histórica se ha desvanecido. Un buen ejemplo es la comida. Yo solía tener una amiga cuya madre cocinaba como los dioses. Particularmente famosa era una versión suya del arroz pilaf, comida que se dice persa, pero que ella describía como típicamente armenia. Además, en las fiestas familiares circulaban esos postres dulcísimos como el baklava, propios de la cultura culinaria del cercano oriente. Para ver si recuperábamos esos sabores una vez fuimos a un restaurante armenio que queda en Cannes y se llama Petrosian. Allí hay un menú único que consiste en 60 platos de todo tipo que se llevan a la mesa al mismo tiempo. No conocemos los restaurantes armenios de Buenos Aires, pero también se los suele describir con entusiasmo. Bien, de estos manjares no tuvimos ni noticia en nuestro viaje. Las comidas eran increíblemente monótonas, una versión empobrecida de lo que comimos alguna vez en Grecia: ensaladas y carnes asadas o cocidas. Pésimas, mediocres o aceptables, la diferencia era solamente la calidad de los ingredientes y el cuidado en la cocción. Y, además, nunca vimos un postre, como si por allí nunca hubieran oído hablar de barbarie semejante. Solo un pan tan fino que se despliega como una servilleta, el café y la bebida transmitían a veces la sensación incomparable de que esas comidas son irrepetibles en otra parte del planeta. Pero en general, los almuerzos y las cenas creaban la angustia de lo anónimo, de la falta de arraigo y hasta de realidad. Solo hablando con los armenios entusiasmados con la idea de su identidad y sus costumbres se recuperaba la idea de estar en un país en particular y no en algún punto vago al este del Cáucaso, sometido a un vaciamiento primero y a una desordenada modernización después.

La idea de vacío asociada a las carencias gastronómicas se potenció cuando visitamos la catedral de Etchmiadzin, donde reside el pontífice de la iglesia armenia (llamado el “Catholicos”) y donde se forman los futuros sacerdotes. Allí fuimos con el resto de los invitados en un ómnibus precedido por un coche de policía. Una vez adentro, tras asistir a una misa cantada (para ser ordenado hay que tener buena voz) y para algarabía de nuestros guías, se nos permitió visitar el museo de la basílica, en el que se guardan las reliquias de la religión armenia. La recorrida incluyó la explicación del mito según el cual Cristo descendió a la Tierra y, golpeando con un martillo, indicó dónde debía emplazarse su iglesia. Al parecer, la religión armenia no cambió mucho desde la Edad Media, cuando se producía la gran colección de manuscritos bellísimos que hoy residen en un museo de Yerevan. Pero la visita no nos ofreció ninguna imagen de peso espiritual. Hace dos años, tuvimos la oportunidad de asistir a un acto en el arzobispado armenio en Buenos Aires. En un ambiente mucho más sencillo (el arzobispo es, además, un tipo muy campechano) se respiraba una solemnidad y un misticismo que llegaba a emocionar a extraños como nosotros. En cambio, la catedral armenia sonaba hueca, incómoda, como un espectáculo para turistas.

Meditando sobre estas ausencias, sobre la falta de densidad cultural ambiente en sentido amplio a pesar de los continuos discursos de corte más o menos folclóricos, nos tropezamos con la hija de un cineasta americano llamado Gary Conklin (en realidad Chankalian), que revistaba en el jurado de documentales. La chica, una profesora de ciencias políticas que tiene sangre armenia, india, judía y alemana y que se crió en Honduras, vivió en Francia, en Estados Unidos y Alemania nos expuso sus teorías al respecto. Empezó diciendo que nunca más volvería a Centroamérica ya que tanto Honduras como El Salvador, Panamá y Nicaragua (mientras que Costa Rica era una sucursal de los Estados Unidos) eran países condenados, donde nada de interés cultural podría pasar en los próximos cien años, nada que se distinguiera de la miseria y el abandono. Pero luego dijo que no pensaba volver a Armenia tampoco. “Es un páramo cultural. Los turcos los diezmaron y se apropiaron del territorio. Luego tuvieron el régimen soviético durante setenta años y los resultados están a la vista: religión, comida, arte, terminaron con todo. Lo que había de cultura, en todo sentido, quedó en la diáspora. Aquí no queda ni un edificio interesante. Es peor que Georgia, donde todavía la capital Tiblisi al menos se parece a algo. Los armenios de aquí viven hablando de la identidad porque no tienen ninguna. Encima ahora vienen los americanos y en cinco años Yerevan se va a transformar en un gigantesco mall. Ya vieron las grúas, me imagino.”

¿Pero acaso no es la bonhomía el método de conocimiento de la obra y el modo digno del sentido de la vida? O. M.

Sin embargo, hay en Yerevan al menos una importante excepción a las teorías apocalípticas de nuestra amiga: el museo Paradjanov. Sergei Paradjanov nació en 1924 y murió en 1990. Fue, en principio, un cineasta extraordinario. (Godard: “En el templo del cine hay imágenes, luz y realidad. Paradjanov fue el maestro de ese templo.”) Sus películas son más bien actos de magia que combinan la luz y el sonido, los mitos y la historia, la música y las palabras de manera hermosa y enigmática. En los films de Paradjanov, hipnóticos, luminosos, parece celebrarse un culto esotérico del que el espectador está invitado a participar sin saber del todo de qué se trata. Conocíamos sus películas pero hasta hace poco ignorábamos que fuera armenio, o que los armenios lo reclamaran como suyo. En realidad, nació en Georgia de padres armenios y vivió allí, en Rusia y en Ucrania más que en Yerevan donde finalmente decidió morir, en la bella casa que hoy es el museo en su memoria decorado con los muebles de las viviendas que habitó en Kiev y Tiblisi y mutrido con sus obras sorprendentes. Perseguido continuamente por el régimen, Paradjanov pasó en la cárcel más de cinco años, acusado de homosexual y disidente. Estuvo proscripto y sin trabajo durante más de quince años. Su actividad artística se extiende largamente fuera del cine: fue plástico y poeta, fabricó cuadros y esculturas, pero también muñecos, alfombras, vestidos, collages, muebles, buena parte durante su estadía en prisión. Encarnación del artista irreductible en su disidencia, la obra total de Paradjanov desafía la oscuridad: es de una belleza radiante y su barroquismo inspira un inevitable buen humor. Contra el desertización soviética del alma, Paradjanov parece haberse empeñado en rescatar todo lo que la mantenía despierta en tres países (filmó y pintó en Ucrania, en Georgia y en Armenia): símbolos, leyendas, cantos, artesanías, fotos, libros. Su leyenda personal es la perfecta imagen de la bonhomía a la que alude Mandelstam, con el que Paradjanov compartió la generosidad y el martirio. Visitamos el museo y nos atienden después de hora, para homenajear así al artista que solía recibir en su casa a todo el mundo todo el tiempo. La milagrosa Armenia de Paradjanov escapa a la condena de nuestra licenciada pero su singularidad es por eso mismo triste. Toda la comunidad cinematográfica evoca a Paradjanov en Armenia, todo el mundo se reclama su amigo, su pariente. Pero la cuenta de allegados da demasiado grande: no corresponde a un perseguido. Es, al menos, lo que enseña la experiencia.

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El se rusificó alegremente y de buena gana. O. M.

Una tarde recibimos una sobre con una invitación sorpresiva. A las once del día siguiente nos espera el presidente. Allí acudimos los invitados más distinguidos y los jurados. A las diez cuarenta y cinco entramos al palacio presidencial tras superar una cinta como la de los aeropuertos. Atravesamos un patio, dos grandes salones vacíos e inmaculados. En el tercero, veinte sillas están dispuestas en herradura. En el espacio vacío hay otra silla que aguardaba al mandatario. “Un pueblo que no vive por los horarios de las estaciones de tren ni por los de las instituciones, sino por los horarios del sol” escribía Mandelstam, pero los tiempos han cambiado. Todo el mundo parece obsesivamente puntual en Yerevan. Robert Kocharian entra en la sala exactamente a las 11 y nos da la mano. Nunca le había dado la mano a un presidente; después, preguntando, resultó que la mayoría de los otros invitados tampoco, así es de marginal el medio del cine. La afirmación no se aplica a Mijailkov, por supuesto. Harutyun nos presenta a todos, inflando un poco el curriculum en cada caso, para probar que ha traído gente importante. A mí, por ejemplo, me devuelve el cargo de director del Bafici y me declara “Jurado en Cannes”, sin especificar como si hubiera uno solo y fuera una especie de empleo permanente. Harutyun es una luz. Si hubiera emigrado a la Argentina sería por lo menos el dueño de los aeropuertos.

Kocharian se sienta y comienza a hablar en ruso. Un intérprete anuncia en inglés que lo hace para evitar una doble traducción. Es raro, porque el único ruso es Mijailkov, más un tipo del festival de Moscú que habla perfecto inglés. A Kiarostami le traducen en el oído al farsi cuando lo necesita y para los franceses (Robert Guediguian, que presentó una película decididamente monstruosa, Mi padre es un ingeniero) alguien hace lo propio. O sea que lo del ruso es un nuevo homenaje a Mijailkov, lo que provocará la ira de una de las intérpretes, furiosa porque su presidente habla en ruso con los extranjeros. Para colmo, lo primero que hace Mijailkov es felicitarlo por su excelente pronunciación. Lo de los rusos provoca una ambigüedad permanente. De hecho, La URSS apoyó siempre a Armenia contra los turcos e incluso evitó que el país fuera completamente anexado en la primera guerra. Aun hoy, el ejército ruso patrulla la frontera con Turquía. Pero, al mismo tiempo, los habitantes de Yerevan vivieron demasiado tiempo con la estatua de Stalin dominando la ciudad. El mayor cine se sigue llamando Moscú y casi toda la población habla ruso. Durante una visita a la gran fábrica de cognac (la marca es Ararat, pero la compañía es francesa) vemos, entre las grandes fotos de visitantes ilustres (que tienen un barril de cognac con su nombre) a Aznavour pero también no solo a Yeltsin y a Putin sino a personajes muy secundarios como el presidente de la Duma o el del Senado rusos. Pero también hay un fastidio, un hartazgo del tratamiento de colonia que los rusos le siguen dispensando a Armenia por vía de personajes como Mijailkov que se comportan como inspectores de los territorios de ultramar.

Pero es probable que Kocharian no haya hablado en ruso para impresionar a Mijailkov, sino como parte de una imagen que quiere imponer de hombre dinámico, moderno, eficiente, que se saltea el protocolo (también habló un poco en inglés). La puntualidad forma parte de esa conducta y, a cada rato, el presidente repite la palabra “pragmático” para referirse a sí mismo. Las grúas en la calle y el aeropuerto de Eurnekian parecen ser el correlato de esa actitud.
La reunión no es protocolar como suponíamos, sino que pretende ser un cambio de opiniones con los invitados sobre las posibilidades y caminos para consolidar el cine armenio. Kocharian empieza diciendo que al principio descreía del festival, pero que ahora está muy contento con los resultados, lo que pone a Harutyun muy contento, y también a Vartan Oskanian, ministro de relaciones exteriores y artífice de la creciente distensión fronteriza y de la reubicación armenia en el mundo, que apoyó a la muestra de entrada. “El cine es una encrucijada de las artes y Armenia es una encrucijada de las civilizaciones”, firma Oskanian en el catálogo mostrando para donde van los tiros o, mejor dicho, la falta de ellos en los últimos años. La reunión propiamente dicha se extiende por una hora y media y es una sucesión de torpezas. Empezando por Nikita que balbucea incoherencias, como por ejemplo, lo difícil que es el papel de los jurados. A veces da la impresión de estar un poco gagá, prematuramente. Cada tanto, el presidente interviene para decir que todo eso del arte está muy bien, que a él le gusta Fellini y que Paradjanov fue un gran artista, pero que él es pragmático, o sea, que quiere una industria que dé dinero. El único discurso sensato está a cargo de Egoyan y señora, que tratan de decirle que en lugar de tirar la plata con sueños industriales, arme un fondo pequeño para ayudar a los jóvenes directores a filmar en video y que los buenos los pasen a 35mm. Pero la intervención más insólita es la última, a cargo de un documentalista y funcionario francés muy desagradable llamado Serge Avedikian. El tipo dice algo así como lo siguiente (lo recuerdo bien, diría Minelli): “Voy a hacer escuchar ahora la música que falta en esta conferencia y es el idioma francés. Porque Francia ha hecho muchísimo por el cine armenio. Pero quiero decirle, señor presidente, que lamentablemente, los cineastas armenios carecen del cartesianismo, de la racionalidad requerida para que sus guiones puedan ser comprendidos por las comisiones francesas, por lo que deberían mejorar, no digo su lengua, pero sí su lenguaje, para que pudieran ser aprobados por esas comisiones como la del Fonds Sud.” Nunca pensé que uno pudiera decirle a un presidente que sus compatriotas eran analfabetos o débiles mentales sin provocar al menos un incidente diplomático. La bestia, que sin duda hubiera rechazado cualquier proyecto de Paradjanov, merecía que Stalin hubiera estado sentado en el sillón presidencial y, al escucharlo, le susurrara al jefe de policía (casualmente, el jefe de policía es uno de los integrantes del comité directivo del Golden Apricot): “Cuando sale, me lo llevan derechito a Siberia”.

A la salida, me sentía verdaderamente deprimido. Además, Van Bueren me había contado que el año pasado, otro funcionario decía exactamente lo mismo, incluso que le gustaba Fellini. Pero ahí no más me abarajó Arsinée, mujer intensa si las hay, y que se pasó toda la estadía ocupándose de proyectos de cooperación y caridades varias. Casi me convenció de que había que ser optimista, de que “ese hombre” (el presidente) había sacado a Armenia del pozo económico sin saber nada en un principio. Y que así como había aprendido rápido de finanzas, bien podría hacerlo con el cine. El problema era que estaba mal asesorado, pero que eso iba a cambiar rápidamente, ya que al otro día, ella y Egoyan tenían una reunión a solas con el presidente para explicarle la política correcta. Después Egoyan contó que la audiencia se había llevado a cabo y que Kocharian se había mostrado muy receptivo. Hay gente que cree en los políticos, gente a la que le gusta oir su voz cuando también la escuchan los poderosos.

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Lejos de las anclas y los tridentes
Donde gastado descansa el continente
Conociste a todos los que amaron la vida
Y a todos los señores que amaron la opresión.
O. M.

Un poco tarde, leo algo sobre Kocharian. El presidente nació en 1954 en Ngorno-Karabaj. Funcionario del Partido Comunista, tras el colapso de la URSS se transformó en líder del movimiento por independencia de su territorio, de la que llegó a ser su presidente en 1994. Su carrera fue luego meteórica. Primer ministro armenio en 1997, presidente en 1998, reelegido en 2003 para un segundo período. Los opositores lo acusan de algunas irregularidades como de fraude electoral y se habla con suspicacia de la muerte del primer ministro opositor Vasgen Sarkisian en 1999, asesinado con otros seis parlamentarios. Hace poco, los guardaespaldas de Kocharian mataron a patadas en el baño de una discoteca a alguien que habló mal del presidente. También hay denuncias de torturas, represión violenta de manifestantes, censura de los medios de prensa y, por supuesto, corrupción generalizada. Por otra parte, la calle, como observábamos, parece tranquila y Kocharian da la impresión de ser, como diría un politólogo, un gobernante autoritario, hoy típico en los países de la ex URSS, mucho más que un dictador. Un consuelo.

Mi jurado la va llevando tranquilamente. Es gente conocida mía, o casi: Egoyan, Simon Field, Debora Young y Jos Stelling, un cineasta holandés que hace comedias excéntricas, bastante buenas según dicen. Una vez, después de ver una de ellas, Van Bueren escribió que Stelling estaba para el manicomio, lo que le valió el odio del realizador. Pero, finalmente, Stelling se internó en una clínica y, a la salida, volvieron a ser amigos. A Stelling se lo ve bastante bien. A Van Bueren, más o menos. Las funciones para el jurado son privadas, porque para el público las películas se pasan con un relator en armenio (no es un doblaje, sino alguien que lee el texto). Los subtítulos en armenio no existen. Incluso en las funciones del jurado, cuando no hay copia en inglés, se utiliza también un locutor. El peor caso es aquel en el que la película viene de Rusia, porque ya hay una voz que traduce al ruso en la banda de sonido. Arriba de eso, viene la voz en inglés. Así, con una superposición de japonés, ruso e inglés vemos El sol, el brillante film de Sokurov sobre Hiroito, que por suerte, yo había visto la semana anterior en Karlovy Vary. Pero el festival está bien, con una selección internacional distinguida y un profudo panorama armenio, local y de la diáspora, con invitados de prestigio, entusiasmo del público, etc. Finalmente, Sokurov se gana el damasco de oro. El premio especial del jurado lo comparten la argentina Los muertos y 4, film ruso que ganó premios en Rotterdam y Buenos Aires, una opera prima espectacular y bastante canalla. Hay también una mención para Paradise Girls, del chino-holandés Fow-Ping Hu, cuyo primer film Jacky tuvo más suerte en festivales. Esta es muy buena también y Hu es uno de los pocos cineastas interesantes de Holanda, acaso el único.

Los hombres que viven cerca de los viñedos son amantes de las mujeres, son sociables, jocosos, propensos a la susceptibilidad y el ocio. O. M.

El jurado de Flavia es más complicado, aunque también hay una mayoría de conocidos: Jean-Pierre Rehm , director del festival de Marsella y el gordo Peter Wintonick, seguramente el hombre más bueno del mundo. También está el armenio-americano Gary Conklin, que parece un millonario chiflado e inofensivo (decidió, a los 70 años, que Los Angeles lo aburre y se está mudando a París). El quinto personaje es más difícil, se llama Ruben Gevorgyants, es el presidente de la asociación de artistas cinematográficos y exhala autoritarismo y susceptibilidad. De hecho, Rehm estaba anunciado como presidente del jurado de documentales, pero al llegar a Yerevan le informaron que fue destituido. El presidente fue entonces, Gevorgyants, imposible amigo de Harut, de Mijailkov y de Paradjanov, amante de las malas películas, pero bien representante del estereotipo armenio del hombre de gran corazón y gestos ampulosos. Aunque Flavia temía lo peor, finalmente la deliberación, aunque dura cuatro horas, es tranquila y gana la finlandesa The 3 rooms of melancholia, que compitió en Mar del Plata. Algo se llevan también Oh Uomo y Moskatchka, producción de Fred Kelemen que, como realizador competía en ficción con Fallen.

Nos vamos en la madrugada, antes de la entrega de premios. Pero la última noche se celebra el 60 cumpleaños de Jos Stelling en el museo Paradjanov. Lo colman de brindis, de discursos y de alfombras. Stelling está en el paraíso. Nikita, por su parte, ya ha partido, pero fue reemplazado por Zanussi, como para mantener el balance de cineastas sobrevalorados de la era soviética. Allí me cruzo con Yesim Ustaoglu, joven realizadora turca de un film en competencia, Waiting for the clouds. La película trata de la persecución turca a una minoría griega, más o menos en la época del genocidio armenio. Ahora que lo pienso, hubiera sido un gran gesto político darle un premio a una película turca disidente de su gobierno, una contribución a la paz y a la tolerancia, digamos. Después de todo, ¿para qué quiere premios Sokurov? Aunque, en realidad, Sokurov nunca gana ningún premio. El film turco, que transcurre en los 70, relata la historia de una vieja sobreviviente que, después de muchas peripecias, descubre en Salónica una pista de su hermano perdido. Cuando lo encuentra, este no la reconoce y la tragedia se hace olímpica. Pero después sobreviene un final demasiado feliz y forzado. La película está bien, es digna y evita el sentimentalismo pero es demasiado convencional. Se lo digo y la directora cuenta que fue una lucha tremenda lograr que el film no fuera aun más convencional, que el final no fuera aun más edulcorado, etc. Es que la película tuvo subsidios del Sundance, del Fonds Sud, de todas las fundaciones y televisoras ávidas de un tema humanitario y lacrimógeno como este. Ustaoglu habla de “los lectores”, esos tipos de los comités que el horrible francés propusiera como máxima autoridad en la materia. Ese es, amigos, el cine contemporáneo: para hacer una película turca sobre griegos perseguidos hace un siglo, hay que pedirle permiso a mercachifles americanos, alemanes, franceses y japoneses.

Todo termina para nosotros entre tragos y sonrisas. Nuestros amigos armenios vuelven a repetir que el que llega a Yerevan siempre vuelve. Harutyun nos acompaña con su mujer al aeropuerto, nos regala más cognac y vodka. Les grita a los empleados del salón VIP que no atinan a despachar nuestro equipaje hasta Buenos Aires. Está agotado, el festival es un éxito y la bebida demasiado buena.

Yo recuerdo con gratitud uno de los diálogos en Eriván, los cuales ahora, después de un año, ya vueltos fofos por la certidumbre de la experiencia personal, gozan de una autenticidad que nos ayuda a sentirnos a nosotros mismos como parte de una tradición. O. M.

Ya de vuelta en San Clemente, tengo un sueño muy raro. Es el último día del festival y me llaman para un ceremonia. Creo que es la entrega de premios, pero aparezco en el patio de una iglesia, donde a mí y a otros visitantes masculinos, nos entregan un bebé a cada uno: nos anuncian que son los hijos que hemos engendrado durante nuestra estadía en Armenia. Flavia, siempre en el sueño, me hace una escena de celos. Trato de explicarle que ignoro lo que sucede y que, hasta donde sé, los chicos tardan generalmente más de seis días en nacer después de ser concebidos. Flavia contesta algo que no oigo. Me despierto.


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