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12 08 2005 - 10:13

Empecemos hoy, para variar, reconociendo un defecto propio: nos quejamos demasiado. Hay mil excusas para justificarlo, empezando por los diarios, siguiendo por la observación evidente pero no muy habitual de que erigirse en víctima es, dramáticamente, más satisfactorio que casi ninguna otra cosa (sí, nosotros también lo hacemos). También es más divertido, en términos estrictamente literarios, que andar pontificando desde un púlpito inconmovible. Tal vez uno intuya que al asumirse como schlemiel, condición tan judía como argentina, podrá ser escuchado con menos reparos o con más interés, entre otras cosas porque uno ha escuchado (y sigue escuchando) demasiados discursos optimistas, convencidos y enaltecedores, y cada vez le interesan menos. Pero bueno, nos quejamos demasiado.

Recibimos durante la semana pasada unos cuantos mails alentándonos a no abandonar el tema de los huevazos a Carlotto, porque todas las lecturas que se han hecho del incidente terminaron siendo un desastre peor que los huevazos en sí. Algunos lectores habituales tenían la esperanza de que nuestra lectura fuera un poco menos idiota que la media. Lo cual ya es un piropo, y por lo tanto motivo para alegrarse. Pero la buena noticia es que Santiago Llach se despachó por su cuenta con una parrafada automática que, si no agota el tema, al menos extiende sobre la mesa el mapa fundacional a partir del cual comentarlo. La noticia es buena por partida doble: nos gusta lo que dice y además nos libera del tema por un rato. Como si esto fuera poco, los comentarios de Santiago vuelan lo suficientemente alto como para ofrecer también perspectivas menos acotadas:

Recién me escribía mi alter ego político, un insospechable de derechismo: ok, la gestión de Ibarra es un desastre y habilitó la tragedia de Cromañón. Ok, hasta ahí estamos todos de acuerdo, salvo Vilma. Estamos de acuerdo también en que la marea de la historia está tomando por asalto el relato de la restauración democrática. Algunos de los que nos gobiernan real o simbólicamente cargan vidas inocentes en su conciencia. Y no me vengan a correr por izquierda o a tirarme a Sábato por la cabeza. Si siguen bancando la lucha armada, vamos, pongan ustedes los huevos, ya es hora de desentrañar un par de malentendidos. ¿Cómo es haber asesinado a gente que pasaba por ahí y llevarlo treinta años en la conciencia y darse cuenta de que el diagnóstico político era errado? ¿De que el cerco no se podía romper, de que la contraofensiva fue la pelotudez o la hijoputez más grande de todas las muchas hijoputeces habidas en la historia de las guerrillas? Y construir política desde ahí. Lo que quiero decir es esto: no es menor haber sido autor material de asesinatos. Es un dato central de la biografía de personajes centrales de la restauración democrática, y un dato social del resto que acompañó más cagonamente o más prudentemente o más inteligentemente a la Orga o al ERP.

Y cuando parece que, liberado de los huevazos, te toca en realidad hablar de algo peor, Brener ataja aquí mismo el problema de Pretti Vagliati con el criterio suficiente como para asumir que te podés poner a escribir sobre otra cosa. Al día siguiente vas a cenar afuera y comés una parrillada extrañísima que llega a la mesa en una especie de brochette vertical que cuelga de un gancho, y al día siguiente te regalan una cafetera express. La vida te sonríe. No hay excusa. No hay motivo, quiero decir, para vivir atando cabos como si los medios ocultaran una trama de misterio. Uno lo hace igual porque es un enfermo. Por deformación profesional. Porque encontrar relaciones discretas entre las cosas y las personas es un viaje de ida.

El azar ayuda. Nuestro amigo Puricelli nos hace uno de sus favores al forwardearnos una gacetilla de Miguel Bonasso anunciando su participación en el programa de radio de Mario Wainfeld. No escuchamos la radio habitualmente, pero queríamos probar el timer del Audio Hijack. El timer del Audio Hijack anda bien, pero lo programamos mal, como toda la vida programamos mal las videocaseteras, y en vez de Bonasso aparece Bleichmar. Hablando, como no podía ser de otra manera, de Pretti Vagliati, Vagliati Pretti, Lovely Rita.

Lo que dice Bleichmar no suena bien. Pero suena peor todavía cuando se convierte en “una reflexión para todos los argentinos.”

Yo creo que esta chica marca algo que trasciende la circunstancia y que hace a la construcción de la Identidad Nacional.

La mierda. Bueno, a ver, nos involucra a todos. ¿En qué sentido me lo decís, Silvia? ¿Qué construímos colectivamente a partir de esto?

Como me pasa siempre, yo venía muy distraído por “la circunstancia”. Me inquietaba la insistencia de esta mujer en trasladar el problema a la esfera pública, insistiendo en que no se trataba de una cuestión privada, negando ser “la hija rebelde de un padre psicótico”. Sobre todo porque esa era exactamente la primera caracterización que se me ocurría entonces y se me ocurre ahora. Ni la más mínima carga negativa en esa caracterización. ¿Por qué la rechaza ella? Porque su padre “estaba convencido de lo que hacía y fue formado por un Estado que sigue adiestrando represores”.

Es el Estado, es el Estado, es el Estado, mi papá no, bueno, más o menos, pero es el Estado, es el Estado, es el Estado.

Como siempre, hay que aclarar que uno suscribe, por supuesto, a la categorización de la dictadura como Terrorismo de Estado. Lo que cuesta aceptar es esta suerte de Psicoanálisis Cromañón para el cual los victimarios nunca pueden estar locos, porque mirá si a alguien se le ocurre que son personas. Si a Rita le sirve que en su documento diga Vagliati en vez de Pretti, bienvenido sea. Si le sirve pensar que la criminalidad del Estado era incompatible con la locura de su padre, ergo su padre no estaba loco y por lo tanto el trámite se simplifica, ¿sabés qué? También. ¿Te sirve? ¿Te ayuda? Ningún problema. Nos gustaría conversarlo informalmente con tu psicoanalísta, pero entendemos, claro, que eso esté en la esfera de lo privado.

Error.

El psicoanalista de Rita se llama Santiago Emilio Montilla, comparte con ella la conferencia de prensa, y por lo menos en Página 12 es citado más profusamente que su paciente. El psicoanalista enfatiza que tiene un tío desaparecido.

Esto le abre las puertas a otros familiares de represores para que hagan lo mismo, para que no tengan que esconderse, disimular o dar explicaciones por lo que hicieron sus padres.

Lo que uno lee entre líneas, con cierta culpa por tener una imaginación tan retorcida, es que Montilla se imagina detonante de un escenario fantástico, propio de La Estrella Misteriosa, en el cual todos los hijos de secuestradores salen a la calle a repudiar su apellido. Tal vez no se dé cuenta de que eso es lo que sugiere. O, más probablemente, sí se da cuenta, porque lo dice:

Me gustaría que los hijos de los que secuestraron a mi tío, Julio Eduardo Galeano, hicieran exactamente lo mismo que hizo Rita.

Pueden pedir una entrevista con Montilla, que seguro los atiende. “Yo perdí un tío, pero gané una hermana”, agrega el tipo, por si te quedaba alguna duda de que es un peligro, haciendo correr (esperamos) la cuenta regresiva hasta que alguna asociación psicoanalítica cuestione sus métodos en público o en privado. ¿Bleichmar no sabe nada de esto? ¿Le parece bien? ¿Es la cruzada de Iñigo Montilla parte de la construcción de la Identidad Nacional via reasignación de apellidos a la que se refiere?

Montilla es asesor del Diputado Roselli, de extracción zamorista, miembro ahora de la familia Bonasso a.k.a. Bloque Convergencia. No sabemos qué pensará de todo esto Tato Pavlovsky (quien, según los diputados disidentes que acompañaron a Roselli “maneja el partido desde las sombras”). Sí sabemos que Wainfeld desperdició la oportunidad de improvisar una mesa redonda al respecto con Bleichmar y Bonasso, que coincidieron en el estudio. ¿Qué le preguntó Wainfeld a Bonasso?

—¿Te parece que algo está cambiando respecto de la política en la Argentina en los últimos años?

Motherfucker. No sé cómo hizo Bonasso para contestar eso.

Bonasso llevó música, también. Una canción que Wainfeld tuvo la consideración de pasar apenas por la mitad, cantada por el hijo de Bonasso:

No eres tan chica
y tu mamá no te puso María
Hace unos años
en esta ciudad los desaparecían

La abuela busca
no va a parar, no se da por vencida
Su sangre lleva
Una señal, una vieja herida

Cualquier apreciación musical nos distraería demasiado (hay un mp3 acá, para los valientes).

¿A nadie le parece que todo esto tiene mucho que ver con el párrafo de Llach que citamos más arriba?

Estamos a años luz de ponernos de acuerdo en esta cuestión de si la identidad se recibe o se construye. Muchos coincidiremos en que es una combinación de ambas cosas; pocos coincidiremos en los porcentajes. Lo que cuesta creer es que tanta gente —y gente que se asume pluralista, progresista, preocupada por el bienestar de otros— intente sorbernos con la aspiradora de una Identidad (Nacional) que

a) no se entiende bien cuál es

b) no se entiende por qué debería ser “nuestra”

c) incluye lecturas tan limitadas del universo como la que ofrece Rita la Hija, profesionales de la salud que se paran en sus pacientes para llevar a cabo cruzadas personales (justificables o no en principio, pero qué importa si estás terminando de cagarle la vida a tu paciente), comentaristas especializados que ni mencionan estas otras crueldades, periodistas que parecen ignorarlo todo y a la hora de explorar, arriesgar, poner en evidencia una mínima dosis de curiosidad, lo que hacen es decirle a Bonasso que es “el mejor escritor argentino de los últimos veinte años” y jugar a quién hace la mejor imitación de Perón.

Yo creo que no hace falta construir voluntariamente una identidad colectiva. Creo que, por definición, algo así es una receta para el desastre. Pero si querés probar, empezá por proponer una identidad menos mogólica o menos manipuladora antes de incluirnos, a muchos de nosotros, en el emprendimiento.


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