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Otros Trenes

13 08 2005 - 13:27

Uno podría disfrutar del día del niño cándidamente, aferrándose al propio infantilismo como bien irrenunciable o como declaración de principios. También lo puede hacer como padre, comprándole un juguete a su hijo y deleitándose al verle la cara si uno acertó con un juguete apropiado. Esto mismo se puede hacer aunque uno no sea padre, con cualquier chico con quien uno tenga cierta afinidad, y siempre puede sentirse la cercanía mirándole la cara. También cabe la posibilidad de emperrarse en la teoría conspirativa, esa de que se trata de un día que inventaron los comerciantes para llenarse los bolsillos. Las teorías conspirativas no es que no sean generalmente ciertas, pero tienen muchas desventajas. Principalmente la de envenenarnos y jodernos la vida a nosotros mismos, así como la de ser muy parciales. Es decir, dan cuenta solamente de un aspecto muy restringido de una situación. Si uno abre un día el cuaderno de comunicaciones del jardín y se encuentra con esto:

la primera actitud es de retracción, apartamiento. A la mierda. Uno lo ve y se obliga a reflexionar y no hacer inferencias apresuradas.

No es la cuestión de que la cana organice una fiestita para celebrar el día del niño algo que me indigne particularmente. Tampoco que me alegre, por supuesto. En realidad, me resulta indiferente, incluso en el contexto de que provenga como un mensaje en el cuaderno de comunicaciones de la escuela. Me imagino a los de la comisaría llevándole la pila de volantes a la directora del jardín y a ésta a su vez debatiendo con las maestras sobre qué hacer al respecto. Muchas veces uno se hace portador involuntario y objetivo de un mensaje, sin agregarle ni sacarle nada y dejando que hable por sí mismo, y es esta actitud la que le atribuyo al jardín con toda la confianza que le tengo.

Pero entonces ¿qué es lo que me moviliza acá? Ni los juguetes, ni las golosinas, ni los títeres, claro. Es cuando leo paseos en móviles policiales que siento escalofríos. Se podrían buscar otros ejemplos más grotescos que ilustren la sensación si uno piensa en un festejo del día del niño organizado por funebreros (entretenimientos: ¡el juego de los muertitos en cajones auténticos!) o por el personal del Borda (entretenimientos: ¡jugar a la mancha con locos de verdad!), algo así como que un matarife escapado de alguna secuela de The Texas chainsaw massacre capture una chica ajena a su universo y, enamorado, la invite a dar un paseo en motosierra voladora.

Pero sucede que uno desconoce tanto el mundo de los chicos, que corre el riesgo de que aquello que le parece la objetivación del espanto sea en realidad para ellos algo absolutamente fascinante y que represente el mejor festejo posible del día del niño, empezando por los locos, siguiendo por los ataúdes y no desmereciendo en absoluto a los móviles policiales.

En su obra Different trains, el compositor Steve Reich evoca los viajes interminables y tediosos que él hacía en tren de chico, porque sus viejos eran separados y vivían uno en New York y la otra en Los Angeles y tenían la guarda compartida. Sucede que mientras él se la pasaba haciendo esos viajes –esto es entre 1939 y 1942– en Europa se hacían otro tipo de viajes y su reflexión apunta a qué hubiera pasado si le hubiera tocado estar en alguno de esos trenes diferentes.

Hay evidentemente una cuestión de contexto que opera dándoles validez o no a determinados hechos. Quizá ser chico y encontrar desocupado un móvil y entonces meterse por asalto e irse a dar un paseo sea fascinante. No es algo que merezca siquiera ser discutido el hecho de “si hay que llevar o no a los chicos a celebrar junto con la policía”, pero a mí me sigue intrigando la cuestión de qué tiene de propio (de uno mismo) ese mundo oscuro que rechazamos automáticamente, así como también la fascinación que ejerce el horror, cuestiones que quizá sean equivalentes o contracaras.

El recuerdo más inmediato se remite a cuando estaba en segundo o tercer año del secundario, entre 1979 y 1980. El Nacional Nicolás Avellaneda todavía era el orgullo de los argentinos derechos y humanos (y machitos) y no ese antro de libertinaje que pasó a ser con el advenimiento de la democracia (me cago en que se haya convertido en mixto al año siguiente de que yo terminara. Carajo.) En esa época, el colegio organizó la que sería la única excursión de nuestro ciclo secundario: fuimos a pasear al regimiento que queda en Luis María Campos, al lado del hospital militar. Nos recibían colimbas más o menos amistosos. Nos mostraron los cuarteles. Vimos las caballerizas. Olor a bosta como en cualquier caballeriza. No pasaba nada. El horror que todo eso debía destilar no se hacía presente, tan etérea o inasible era su ubicuidad. De repente hubo una especie de corporización. Al final del recorrido nos esperaban con una especie de lunch o refrigerio: en mesas de caballetes con manteles irrelevantes, había una extensión de bandejas conteniendo criollitas con mayonesa y vasos con jugo de naranja de bidón. La primera relación que se me ocurre al contarlo es el rito cristiano de la comunión.

Sigo pensando en los viajes. Desplazamientos hacia otros universos, a veces desconocidos.

Hoy mismo estoy de viaje: me toca reportar desde Rosario, y mis recuerdos entonces se remontan a cuando vine acá por primera vez. Podría no tener nada de particular la primera vez que uno viaja a Rosario, si no fuera porque a mi me tocó hacerlo en el menemóvil.

En 1988 yo trabajaba para una empresa que no existe más. A los tipos les iba bien con los sistemas, pero apuntaban más alto: en ese momento brindaban logística para quien todo el mundo veía como un payaso, un hazmerreir, un mamarracho que debía ir a disputar la interna con Cafiero y todo su aparataje. Para ellos, la posibilidad del triunfo –remotísima– representaba el batacazo de acertar con un perdedor en las carreras de caballos.

Entre los técnicos con los cuales yo trabajaba, había uno que oficiaba de científico loco. Hosco, barbudo y apestoso, tenía todo el physique-du-rôle para hacerse cargo de las misiones comprometidas, confidenciales y clasificadas. El tipo me consideraba más o menos su pollo y pensaba que algún día yo llegaría a ser hacker o algo así. Llamémoslo Alberto.

Alberto estaba a cargo de los aspectos tecnológicos más importantes del menemóvil. Estos consistían en tener montadas dos pc’s en su interior y brindarles soporte a los medios que cubrieran los actos del que en esos momentos era el dúo dinámico (hasta Neustadt y Grondona estaban juntos en esa época). Una tarde me agarró por sorpresa y me dijo:

—Vos mañana te venís con nosotros.

De la salida solo recuerdo haber subido al habitáculo de madrugada, en la avenida Belgrano, y que una yunta de gordos no terminaba nunca de subir. Mi carencia absoluta de militancia, y por lo tanto de memoria militante de lo que sea, me hace olvidar el nombre concreto del sindicato. Sí recuerdo esa especie de morbo que yo atesoraba y que me hizo aceptar esa misión concreta para luego rehusarme a participar en otras subsecuentes. Una vez más me disponía a presenciar el horror, y resulta que el horror no estaba en ninguna parte, o bien era todo el contexto tan horroroso que su ubicuidad era difusa.

Todo lo acontecido durante ese día permanece para mí en las brumas: la llegada a Rosario, el ir hasta el aeropuerto para verlo llegar al Carlos y que saludara desde su remise. Volver al centro: Bajada Sargento Cabral muy cerca del Monumento. Ubicar líneas telefónicas y eléctricas de donde colgar las computadoras. Mi misión, como suele sucederme en los trabajos desde entonces, consistió en mirar hacer, sin entender mucho de lo que estaba pasando. Hoy estoy intentando comprender.

Quien quedó para la historia entre otras cosas como el innombrable, en el punto más alto de su discurso –cuando ya era de noche y la iluminación acentuaba la neblina de la ribera– se refería a su partenaire como un muchacho que ha luchado incansablemente contra las drogas. Yo lo ví, desde la ventanilla de aquel bunker que era un móvil diferente de aquellos que hoy me hicieron recordar todo esto.

Para cuando se hizo la hora de volver, los gordos que manejaban y organizaban todo empezaron a comprar choripanes de los que se venden en la ribera rosarina, a troche y moche. Me ofrecieron uno y yo lo rechacé.

En el camino de vuelta, mientras masticaba su chori, Alberto el apestoso me dijo como quien explica una lección:

—En este tipo de circunstancias, no conviene que rechaces cualquier tipo de comida que te ofrezcan. Uno nunca sabe cuándo habrá otra oportunidad.


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Big Band Revival
Las dos caras de la enfermera
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