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18 08 2005 - 09:00

Luego de una larga jornada de debates en TP, durante esta semana corta, con conflictos sin solución ni progreso que parecen eternizarse en un devenir constante, decidimos que no vamos a agregar nada sobre el campamento de piqueteros en Plaza de Mayo ni sobre el conflicto en el Garrahan. Rogamos, eso sí, que Horacio Ferrer no se dé cuenta de que esta serie de pintoresquismos concuerda perfectamente con su poética, porque Dios nos libre y nos guarde de los resultados de inspiración semejante.

En cambio, vamos a seguir hablando de música.

La idea de que la música es un commodity no es algo nuevo. Ya en 1922 un tal George Squier se percató de cierto sentido utilitario de la música y entonces fundó Muzak. Lo hizo en base a dos hipótesis que se seguirían estudiando y reformulando con el tiempo, y que de alguna manera permanecen incólumes: por un lado, que los trabajadores rinden más con determinada música de fondo y por el otro, que los consumidores son más propensos a gastar si se les da el estímulo musical apropiado. Así la música parece ser un buen lubricante para una maquinaria que nunca debe detenerse.

El muzak ocupó durante mucho tiempo el lugar de proveedor genérico de una música neutra, adaptable a situaciones de producción y consumo y que tradicionalmente fue distribuida por medio de una red como un servicio equiparable al agua o la corriente eléctrica. Con el tiempo, esta concepción dio origen a una denominación para ese tipo de música: se la llamó piped music, como metáfora de un fluido indistinguible que se transporta a lo largo de una cañería, o directamente Muzak.

(Digresión I: Mientras escribo en un cyber, noto que la radio FM prendida en el local me está colmando la paciencia. Le pregunto a la empleada que atiende si no sería posible apagarla. Me responde que apagarla es imposible, pero que puede bajar el volumen hasta un nivel que sea casi imperceptible. El murmullo continúa.)

(Digresión II: Un mediodía de hace unos cuantos años, Robyn Hitchcock desayunaba en el lobby de un hotel del Medio Oeste americano, sufriendo el dolor de cabeza propio de las resacas que lo aquejaban entonces. En esas circunstancias, el Muzak se hace insoportable. Hitchcock le pidió a la recepcionista si no podían, por lo menos, bajar el volumen de la música funcional. Le respondieron que no. Por qué no, preguntó el. “Because it’s pleasing.”)

Se podría insinuar una teoría con respecto a las versiones musicales y su relación con la percepción del mundo: uno puede construir y enriquecer su universo musical en torno a diferentes versiones de músicas conocidas, que es como escuchar lo que diversos tipos tienen para decir sobre la misma cosa. De la misma manera, la escucha atenta de las distintas versiones que circulan en torno a los acontecimientos, sin aferrarse a ninguna como definitiva, nos permitiría tener ideas propias y distanciarnos del objeto en cuestión.

Cuando yo era chico, en casa circulaban como música seria los discos de Ray Conniff, Caravelli y Paul Mauriat. A mí mismo –siendo nene– me gustaban esos discos, a los que recuerdo como una especie de factor de unificación familiar. Si los chicos no soportábamos el tango y los adultos no soportaban la “música moderna” entonces esta música anulaba el conflicto. El paralelismo con los trabajadores y los consumidores suena verosímil.

Actualmente, si uno busca la página de Muzak se encuentra con un diseño supersofisticado y un discurso que no ha dejado de evolucionar. Si hace veinte años en los canales muzak todavía se encontraban melodías reconocibles al estilo Ray Conniff, eso no sucede más. Ahora son aprovechadas las texturas y funciones tonales del aparato musical para provocar sensaciones gratas:

La Arquitectura de Audio es el diseño aplicado a la emoción. Nuestra innovación y nuestra inspiración son la integración de música, voz y sonido para crear experiencias que vinculan a los clientes con las compañías. Su poder reside en la sutileza. Vence la resistencia de la mente y apunta a la receptividad del corazón. Cuando a la gente se la hace sentir bien en un local de ventas, ellos se sienten bien con respecto a dicho local. Les gusta. Lo recuerdan. Vuelven. La Arquitectura de Audio construye un puente a la lealtad. Y la lealtad es lo que mantiene vivas a las marcas de los productos.

Piénselo de esta manera. Usted es una marca. Sus ropas, su cabello, su forma de caminar, hablar, vivir. Todos esos elementos son únicos para usted. Lo mismo con las compañías. Cada una tiene una marca propia. Muzak traduce esa imagen a un idioma que habla al corazón. A nuestra creación la llamamos Audio Branding. Es la convergencia de arte y ciencia, de metodología e intuición, de obtener los parámetros y forzar la situación hacia el compromiso.

Con la música están pasando cosas extrañas. No sé si a raíz del disco intrascendente de Rita Lee versionando a Los Beatles o bien a partir de Norah Jones, en los últimos tiempos ha surgido una onda cool en Buenos Aires, con manifestaciones sintomáticas en versiones lounge de canciones como “Under my thumb” o “Should I stay or should I go”, donde minitas de voces suaves cantan con trasfondo aparentemente jazzero o bossero. En una oficina, mientras por la radio pasan la versión lounge de El anillo del capitán Beto interpretada por Fabiana Cantilo, y creyendo percibir una copia en versión argentina de una onda proveniente de afuera, un ñato dice “ah, ya apareció el argento piola que se avivó de que esta onda da ganancia”. Al investigar el origen de las versiones lounge “originales”, compruebo que provienen de discos llamados Bossa n’ Stones y Jazz and ‘80s, ambos producidos por PMB / Music Brokers, sello discográfico absolutamente nacional y cuyos intérpretes no figuran en ningún otro lugar del mundo excepto en sus propias producciones.

El sello argento PMB acaba de inaugurar una nueva división, PMB Goes Jazz “en donde combinaremos las seductoras y aventuradas vibraciones del jazz con las nuevas tendencias del siglo 21”. Así lo define la gente del sello y para coronar este nuevo emprendimiento acaban de lanzar la placa Jazz and ‘80s, donde se reversionan diferentes clásicos de esa década en tempo de jazz. El álbum comienza con Should I Stay or Should I Go, aquel punk de los ingleses de The Clash, que en su momento batía la pista de cualquier boliche y mucha más la hinchada de un recital. Aquí The Cooltrane Quartet (cuac!) le baja la emoción anarquista y la convierte en una suite amable y atractiva para cualquier oído. También Boys Don´t Cry de The Cure, pero esta vez por Jamie Lancaster, es otro de los destacados. Otros covers que forman parte de Jazz and ‘80s son Purple Rain de Prince, Like a Virgin de Madonna, Sweet Dreams de Eurythmics, entre otros tantos más. Una placa que se va a escuchar por todos lados, no por la novedad, sino por las reinterpretaciones que contiene.

(Digresión III: ¿El origen de todo habrá sido Satie? Una anécdota que me llega de tercera mano dice que en su afán de componer música ocasional, en cierta oportunidad reprendió a un visitante de una muestra de cuadros que se mostraba atento a su música. Satie le sacudió el brazo al tipo indicándole que no se dejara llevar por la música y prestara atención al cuadro.)

Como si con el Muzak no fuera suficiente, gran parte de nuestra vida transcurre ante computadoras que hoy vienen provistas de reproductores de sonido y, a menos que uno las desprograme, emitirán señales sonoras pseudomusicales permanentemente, para señalarnos circunstancias diversas. La tendencia de los celulares de antaño a utilizar diversos tonos ha sido reemplazada por la más reciente y desaforada de utilizar ringtones de las clases más variadas. Mientras los bloques musicales utilitarios ocupan cada vez más espacio en nuestras vidas, hay cada vez menos tiempo para una selección consciente del material. Poco tiempo, mucho para escuchar, una creciente dificultad para encontrar las cosas que a uno podrían gustarle — la Internet es un arma de doble filo y las disquerías independientes locales van desapareciendo o despojándose, con honrosas excepciones, del rol educativo espontáneo que cumplían antes. Si cada vez escuchamos más música y cada vez la elegimos menos, quizás sería saludable preguntarse quién la elige por nosotros, a ver si nos enteramos de algo.

El Muzak no suele estar incluído en nuestra idea de covers. Leonard Cohen graba Hallelujah y después, con el tiempo, la canción es cariñosamente apropiada por tipos tan disímiles como John Cale, Jeff Buckley, Dylan, Rufus Wainwright o, cuidado, Sheryl Crow. El diálogo que establecen estas versiones es evidente, y nos dice tanto sobre el autor como sobre los intérpretes y sobre nosotros mismos. A medida que el límite entre cover version y Muzak se hace difuso, no hay motivo para no considerar también esto último como una conversación triangular entre el autor, el Muzak (sus portadores) y nosotros. Nuestra lectura de esa conversación queda para otro día.


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Del mismo autor:
7. Dénouement
6. Noche
5. Tardecita
4. Siesta
3. Almuerzo
2. Matutinas
1. Residuo Nocturno
Al-Fon-Sín
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