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15 01 2005 - 12:15

Me tocaba trabajar este fin de semana, pero no. El interlocutor necesario, que debía llegar anoche, seguía dando vueltas por el aeropuerto de Chicago esta mañana. No hay muchos más detalles en el mail que recibo de él mientras desayuno:

Im now on a Brit Airways flight departing at 13:50. I think it arrives at MAD around 17:00 or so. If I dont see you when I arrive, Ill just take the metro. Pretty tired. Met another girl at O Hare. Just picked up a game magazine with my game on the cover—I do believe we have a hit on our hands. Gotta go, this is the most expensive e-mail Ive ever written.

A Bielsa le pasó lo mismo, pero peor, en Miami, y a todos nos pasa todo el tiempo. Volar es, cada vez más, una tortura, y para colmo no termina de sacudirse el flair fashion del pasado, un mito que permite a las aerolíneas abusar de sus clientes mientras les prohíbe (entre todas las otras cosas que les prohíbe) emitir la más mínima queja, con la tan moderna excusa de la seguridad. Tengo que hacer un esfuerzo para acordarme de épocas en las cuales volar no se parecía a la revisación médica para el servicio militar. Semán, despertándose en Brooklyn, balbucea: “si la historia tiene vuelta atrás como otras veces, los aeropuertos yanquis de estos años pasarán a la historia como pasó el macartismo”.

Intento aprovechar el tiempo extra a mi favor, leyendo los diarios con ánimo de comentarlos acá, pero no hay una palabra que me interese más que las dos lonjas de pan que saltan de mi tostadora. Cuando no pasa nada (y no me quejo; a veces es tranquilizador que no pase nada) Clarín rellena los espacios libres con asaltos y tiroteos. No me imagino haciendo eso, así que me concentro en el pan.

Por algún motivo incomprensible, la media del pan español es casi tan mala como la del argentino. Jamás me quejé de la comida, allá, y tiendo a no quejarme acá, entro otras cosas porque me las arreglo para cocinar mucho y hacer las compras a la antigua, adaptándome al modo vecinal de consumo que impera en Madrid. Pero el pan es una mierda. Seco, choto, duro, inerme. Hay panaderías de barrio que amagan con ofrecer algo un poco mejor que el pan industrial incomible, pero no cumplen — a los 15 minutos la baguette está tan muerta como si hubiera pasado tres días a la intemperie.

Hacer pan, supongo, es una de las actividades más antiguas. Alguna vez leí que lo inventaron los egipcios, y en el British Museum hay momias, no sólo de personas, sino de tostadas de la misma época, nada tentadoras. Hay quien sostiene que la invención del pan marca el comienzo de la civilización. Aunque, claro, el que lo dice fabrica pan. Así cualquiera. Me doy cuenta, de todos modos, que yo tiendo a hacer lo mismo con la escritura. Será interesante consultar acerca del comienzo de la civilización a un abogado.

En Buenos Aires, harto de la tradición del pan blando-fofo y decepcionado ante el declive menemista de Delicity (que no sé si sigue existiendo), me había resignado a desayunar sin pan. Cereales, qué se yo, tostadas de pan lactal, que entran en una categoría distinta. Pero los franceses infiltrados en Los Angeles me malcriaron durante años. El mejor pan de LA duró un suspiro —un suspiro largo, de seis, siete meses. Lo hacía el cocinero de Figaro, en Los Feliz; nunca comí algo así en mi vida (Figaro no duró mucho más que el cocinero en su puesto, lo cual es justo). Alguien me dijo que el cocinero se había mudado a Glendale. Traté de ubicarlo un par de veces, pero fue imposible. Otros franceses, los de Le Pain Quotidien, acudieron al rescate, instalándose con una cadena que se expandió después al West Village de NY, y a otras partes.

Tres años después, conseguí finalmente en Madrid una panadería que, si bien no podría competir con el de Figaro, se le acerca bastante. Y también, curiosamente, se trata de la sucursal de una cadena, lo cual me hace reconsiderar un poco algunas certezas relacionadas con lo más oscuro de McDonalds, Starbucks, Tower Records. ¿Cómo puede ser que esta gente haga tan bien, en masa, algo que es tradicionalmente tan artesanal?

Tal vez se trate simplemente de que son franceses. Europa está bastante bien, en general, pero Francia es la meca del pan. El Carrefour más miserable y sospechoso ofrece panes de todos los colores, todos buenos — para no hablar de las panaderías de barrio en París, todas sublimes. Lo que me gustaría saber es por qué en el resto del mundo el pan bueno es un artículo gourmet. El pan bueno no es, decididamente, más caro que el otro. La tecnología para hacer pan de verdad es muy anterior a la que se precisa para hacer pan de mierda. ¿Cuál fue el proceso, exactamente, por el cual el pan se fue haciendo cada vez menos tentador, apenas comestible, sólo para recuperarse luego como una especie de elemento de lujo que (para hacer todo aun más bizarro) ni siquiera cuesta más que el otro, el horrible?

Estas preocupaciones palidecen ante un mail que llega, recordándome que hoy es el aniversario del nacimiento de Martin Luther King, sugiriéndome que escriba algo sobre eso. Pero, sin darme cuenta, ya usé mi tiempo hablando del pan. No se puede todo.


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