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7 01 2005 - 12:17

Tenía que suceder. Primero fue el “nacionalismo sano” que proponía Pepe Monja antes de convertirse en el brillante sucesor de Di Tella que es hoy (sus declaraciones sobre Néstor Ibarra, hace unos días, fueron notables). Creo que ni el mismo Nun sabía bien a qué se refería entonces, pero decididamente estaba a la vanguardia del zeitgeist Kirchnerista. Después hubo exposiciones honrando la memoria de Jauretche, y circularon por ahí unos emails de Bonasso que tal vez debería reproducir acá, pero recién termino de cenar así que mejor no. Ahora tres boludos, borrachos y —como dice Clarín— ”¡extranjeros!” están presos por bailar el limbo rock sobre la bandera idolatrada. La causa está catalogada como “ultraje al pabellón nacional”, y encarna una de esas instancias a partir de las cuales me permito la ilusión de estar a salvo de tanta demencia por el simple hecho de vivir lejos de Argentina. No es cierto, por supuesto: las banderas no se pisan (ni se queman, ni se escupen) en casi ninguna parte. Al menos no sin pagar un precio desmedido, y debe ser por eso que se pisan y se queman y se escupen mucho menos de lo deseable.

Otra cosa que se veía venir, aunque en este caso el revival podría llegar a ser hasta interesante, es una discusión sobre la función del intelectual, esa entelequia. No me acuerdo quien empezó (hubo algo en los últimos meses que se me escapa), pero siguió Blas de Santos en una nota que publicamos acá y que generó muchas menos respuestas que el editorial de Semán de ayer sobre Ibarra (Aníbal), tal vez porque la prosa de Blas no es de lo más penetrable, pero también, seguramente, porque el tema es percibido como algo menos urgente. Y es probable que así sea. Con lo poco que hacemos (en general, y me incluyo; hay cinco ideas por día que se me quedan por el camino), parecería mucho menos importante sentarse a charlar sobre estas cuestiones que hacer cosas más o menos interesantes. Pero el debate acecha, aunque por ahora sólo en la forma de enunciados independientes que sugieren su necesidad.

Hoy le toca a Tato Pavlovsky, alguien que me cayó bien toda la vida, y me sigue cayendo bien cuando la pifia, con ganas, como en la contratapa que publica hoy Página. La ”ética del intelectual” aparece de pronto en manos de Aleksey Maksimovich Peshkov, aka Máximo Gorky, a partir de declaraciones que ya eran aberrantes a principios del siglo pasado, y de preguntas que, felizmente, podemos responder hoy con gran soltura.

Citado por Pavlovsky en carta a Tolstoi, Gorky aventura:

Pero piense solamente si es posible que un hombre se ocupe de perfeccionar moralmente su carácter en una época en que se dispara en las calles a los hombres y mujeres de su pueblo.

No me hace falta pensarlo mucho, pero el ejercicio nunca viene mal. ¿A ver? Pienso. Sí, es posible. No sólo es posible: es deseable, siempre y cuando el hombre en cuestión tenga los reflejos para salir corriendo a tiempo, ganando de este modo la oportunidad de “perfeccionar moralmente su carácter”, whatever the fuck that means, en un escenario menos peligroso.

Pavlovsky, improbable Hemingway del trotskismo autóctono, sostiene que “esta es una polémica que se debería abrir entre nosotros, los intelectuales de hoy”. Lamentablemente, no aclara cuál es “esta” (la polémica), pero se trata sin duda de una escritura apresurada que sólo una lectura similar podría encontrar confusa. Si entiendo bien, Pavlovsky propone debatir sobre el rol de los intelectuales en un momento como hoy, en un lugar como Argentina. Y se anima, además, a nominar a Juan Gelman como “ejemplo paradigmático de intelectual comprometido”, aparentemente sin la dosis de cinismo que podría encerrar esa frase.

“Tal vez necesitaremos un poco más de odio”, escribe Pavlovsky, como si viviera en Suiza.

No sé si se trata de un debate trascendente, pero no cabe duda de que sería un debate divertido. Si alguien tiene el email de Pavlovsky (o el teléfono, pero por mail sería más fácil), nos entusiasmará entablar contacto y proponer algún marco para la polémica que él quiere. O que nos escriba él, si tiene ganas. Intelectuales nada paradigmáticos, comprometidos con distintas cosas, muchas veces contrapuestas, están a su servicio.


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