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Shhh!

5 09 2004 - 16:37

Uno de los problemas en definir a este gobierno (el argentino) como ludita es que no se lo merece del todo. En gran medida gracias a los esfuerzos de gente como Piscitelli, se están haciendo algunas cosas razonablemente interesantes en algunas áreas. Claro que estos emprendimientos suelen oler a lo que un amigo mío llama “la gran filmus”, que consiste en anunciar el Gran Plan de Apertura de Guarderías Públicas o lo que sea, abrir, digamos, una en Lincoln y en La Plata, decir que son el modelo a seguir y olvidarse del tema para siempre. But I digress…

Otro motivo por el cual me resisto a identificar al progresismo nacional imperante con una tendencia retrógrada en lo tecnológico es que hacerlo parecería sugerir, por omisión, que el noventismo en retirada era lo forward-thinking que se jactaba de ser. Claro que no, claro que no, claro que no. Ni lo eran ellos ni lo son los menemistas sobrevivientes. Redrado no es moderno (¿qué hace Redrado ahí? Que alguien me explique). Y “moderno” tampoco es necesariamente un piropo; ahí están el Hollywood reciente y el telemárketing como ejemplos de lo contrario.

Hechas estas salvedades, no hay que dar muchas vueltas para confirmar lo que uno teme: que a la izquierda del espectro la tecnología asusta y que, más a la izquierda aun, los palos y las fogatas no son una contingencia estratégica sino un statement que define el lugar de sus portadores en la (pre)historia.

Hace unos días terminó en Londres “Shhh!”, una exhibición extraordinaria —por lo que sugiere y lo que promete— que probablemente no haya tenido la prensa que merecía. Cuando intenté convencer a mi amigo, el Dr. Nieto, de que me acompañara a verla, se excusó alegando que no era una muestra de verdad:

— Es música, nomás, sobre las cosas normales del V&A. No hay nada para ver.

Esto era cierto a medias. Uno entraba al Victoria & Albert Museum, cuya colección permanente será todo lo relevante que quieras pero nunca me interesó lo suficiente como para priorizarla, y pedía su aparatito. El aparatito era un receptor inalámbrico con auriculares, sensores y control de volumen — un iPod esclavo de su medio ambiente o, si querés, una radio context-sensitive. No te daban muchas más instrucciones que esas, y seguir el mapita desordenado que sugería el recorrido era prácticamente imposible — después de un rato, si no aprendías a leerlo, no te quedaba otra que caminar por el museo sin rumbo fijo y resignarte a la sorpresa eventual. Tal vez fuera esa la mejor manera de encarar la muestra.

Si la idea era simple —que cada artista grabara una pieza sonora como respuesta a un espacio en particular del V&A— la puesta en práctica demandaba una gran sofisticación para, precisamente, dar la apariencia de una sencillez a tono. Nadie quiere andar apretando Play, Stop, Pause mientras intenta entender lo que le están mostrando. Y efectivamente, el aparatito y sus sensores funcionaban a la perfección. No había más que entrar al Raphael Room para que empezara a sonar Elizabeth Fraser en los auriculares.

Uno (si uno es soltero y sin hijos, o viaja mucho, o le gusta salir a correr por el parque) está acostumbrado a que la realidad tenga la banda de sonido que su discman o iPod aporta. Pese a la ya comentada resistencia revolucionaria a los walkmans, la música portable es parte de la cultura universal desde hace más de veinte años. Es muy distinto lo que te pasa, sin embargo, cuando tus auriculares se dan cuenta de en qué sitio estás y empiezan a tocarte algo específicamente diseñado para ese espacio.

En el caso de Shhh!, este concepto iba de la mano con otro tácito y bastante más difícil de enunciar, pero igualmente relevante. Mediante el uso de un medio nada novedoso (pero sí diferente al habitual en ese mismo espacio), la muestra proponía por default lo que el arte, en cualquiera de sus formas, sólo consigue cuando hay suerte: un diálogo entre personas vivas y muertas a través de sus obras. Si uno quisiera ponerse un poco fundamentalista podría, incluso, sostener que esa es la función básica del arte — la fabricación de objetos que conversen entre sí, hacia adelante y hacia atrás en la historia. No todas las obras presentadas en Shhh! estaban en condiciones de hacer eso pero, dada la consigna de los curadores, todas lo intentaban por definición, y por ende casi todas eran disfrutables.

Previsiblemente, más de la mitad de las obras eran eminentemente musicales. Algunas (Faultline) se imponían sobre otras (Roots Manuva) a fuerza de calidad y sutileza, pero todas estas hacían más o menos lo mismo, con mayor o menos gracia: proveer un soundtrack obligatorio. Me interesaron mucho más las otras, las que intentaban sacar una síntesis de la galera, algo que realmente no tuviera sentido fuera de ese espacio. En ese sentido, la pieza de Jeremy Deller era particularmente conmovedora: llamada “Celia’s Tour”, no era otra cosa que la voz de una nena muy chiquita, visitante asidua del museo, hablando de sus objetos favoritos en la China Gallery. No había guía para encontrar los objetos en cuestión; uno debía hacer un esfuerzo por trasladar la versión infantil de cierto jarrón al jarrón real, y el proceso era iluminador si uno le daba el tiempo suficiente.

Pero lo mejor de todo era lo de David Byrne: una sucesión de cinco piezas sonoras que te obligaban a meterte en los lugares menos pensados (una rampa, un pasillo, un baño) y se construían exclusivamente en base a sonidos grabados in situ. Con eso habría sido suficiente, pero además de todo era música— no simples collages sino música de verdad, revelándose de a poco entre los sonidos que uno nunca nota, terminando en una canción sorprendentemente catártica grabada a capella en la normalmente aburridísima sala de cerámica.

En Argentina un iPod cuesta 2500 pesos y a los dos días te lo roban en el subte, pero me resisto a que esa contingencia, en tándem con la tradicional resistencia de la izquierda a lo que percibe como tecnología, er, “dominante”, nos haga perder de vista que este tipo de elementos pueden ser base para interacciones de tipo social que antes eran inimaginables. Ante la duda, sugiero una visita al website de tunA, uno entre tantos proyectos de similar orientación alentados por el Media Lab Europe. El riesgo es ignorar este tipo de cosas porque uno no puede usarlas. Mucho más importante que poder usarlas es saber que existen para poder imaginar qué uso le va a dar uno a lo que hay y darse cuenta, en el proceso, de que ese uso no tienen por qué decidirlo los demás. Vamos, todo el mundo, a desarmar televisores.

  1. huili    Sep 7, 03:56 AM    #

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