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30 08 2005 - 10:19

Anota el vilipendiado J. J. Sebreli, en el ensayito inédito anexado a la reedición de Buenos Aires, vida cotidiana, que Barrio Norte, su barrio, ya no es lo que era. Los ricos de verdad huyeron a las torres y a los barrios cerrados. En el bar de Junín y Arenales estiro la mañana del lunes después de dejar a los chicos en el jardín de infantes que guardó a Norma Arrostito, y le paso revista a los diarios de derecha. En la radio, el bocón ataca de nuevo: Miguelito Jagger nos acerca su enésima adaptación Muzak de “Hard Woman”: ahí tenemos el acoso de lo reprimido, la versión global y giratoria del programa del Diego y el llamado de los salvajes 60/70, una vez más, todo mezclado en el mismo raviol, del cual ya cogimos dosis excesivas en oportunidades numerosas. Como para empezar la semana. En vez de hablar de Let it Bleed, que al menos en los 80 y en la versión cassettera de CBS, que uno supone reproducía la original, venía con un cartelito que decía que había que escucharlo bien fuerte, vamos a tener que escuchar la última bazofia rolinga. Nos la van a vomitar en los taxis, en los bondis y en los bares locutoras de FM que se declaran amigas de Marley mientras leen una planilla con el rating televisivo del domingo. El programa de Marley le ganó a Fútbol de Primera: el primer invento basado sobre vagorosos datos estadísticos de la larga serie a que nos someterá el día.

Los habitantes mañaneros del bar, consumidores moderados de la industria del ocio, le pasan revista también a su publicación preferida. The Nation me entera de un nuevo invento argentino: los cantris, como se les decía antes. Ahora se dice “me mudé a un barrio”. Eso sus habitantes presentes o futuros; los sociólogos críticos nunca omiten el adjetivo. Cerrado. Y está bien. Son lugares física, ostensiblemente cerrados. Adonde huyen las familias jóvenes de clase media alta con intenciones de progresar. Inspiradas tal vez por alguna película de Gus Van Sant a la que entraron por error en el complejo de Recoleta. O no. Y la hija del fundador del decano de los countries, Tortugas, los declara invento argentino. Otro motivo para sentirnos orgullosos, pero la idea no es ser irónicos. En el programa de Quiroga se refugia la cultura, en Tortugas la mística del polo. En Irán y Pakistán, dos millones de afganos.
Uno pensando pelotudeces y Cristina contando que el proyecto de Néstor era juntar plata. Qué animales. Mis arranques de gorilismo se alternan con la fantasía de afiliarme al PJ Capital en la UB del Abasto. Y en todo caso si me corren por la línea nacional me chupa un huevo, así que lo repito: qué animales que son, compañeros. Y al mismo tiempo, y también para la rima, me saco el sombrero. Supongo que si te tinga el poder y sos abogado, lo primero que tenés que pensar es cómo juntar plata. Aunque tengas veintipico y participes de una organización revolucionaria, o esa te convenga contar treinta años después. Tiene ovarios la compañera Cristina. Pero los corazones más sensibles del progresismo porteño, que miran el partido de afuera, se están pasando al chichismo.

En los diarios del día anterior, que en efecto hacían pensar que no está pasando nada, dos coming out laterales nos llamaban la atención. Joaquín, que si mal no recuerdo hizo campaña por la Alianza, desenterraba un viejo término: “organizaciones sediciosas”. Y no para resaltarlo, sólo al pasar. Quizás se quería dar el gusto hace rato. Lo tenía en la punta de la lengua. Quería volver a sus épocas de joven plumífero en La Gaceta tucumana. Organizaciones sediciosas. Oh, oh. ¿Se encienden las alarmas? Bueno, no creo que se hayan encendido cuando los jóvenes maravillosos escucharon el término la primera vez, en boca de Levingston quizás: se habrán sonreído, habrán pensado “somos importantes”.

Lo cual me lleva al segundo coming out, concedido por Wainfeld al joven Lucas Lanusse. Con quien quizás yo haya jugado un partido de fútbol, en el barro, bajo la lluvia y en una localidad perdida de la provincia de La Rioja, a fines de los 70. Tengo el vago recuerdo. Al fútbol jugué con un amplio arco ideológico, que va desde el nieto de Videla a los pibes de H.I.J.O.S., pasando por Miguel Rep y la banda de Taladrillo en las sierras. Pero con los troscos no. Para los troscos el fulbito es el opio de los pueblos. En fin, Lucas Lanusse es sobrino nieto de Alejandro Agustín, el sucesor de Levingston, el general del Gran Acuerdo Nacional, el que dijo que a Perón no le iba a dar el cuero. Lucas devoró, como todos nosotros, los tres tomos de La Voluntad, y con el correr de los años elaboró una crítica y un libro acerca de la Orga. Lo que inevitablemente va a ocurrir: si Caparrós, tocado por la varita mágica de la militancia revolucionaria, es el último setentista, ahora vendrán las versiones de los hijos.

Y volvemos a empantanarnos. La clase de chispa que produce el encuentro entre Wainfeld y Lucas Lanusse es una chispa que nos seduce y nos acuesta; la otra, la de Joaquín, ni lo uno ni lo otro. La de los primates filosóficos que escriben a The Nation cartas diciendo que “la presencia de consejeros [de la Magistratura] de extracción política muestra que nunca se pretendió lograr objetividad en las designaciones”: por debajo del límite de argumentabilidad razonable: esa chispa no.

Pero mientras nosotros pensamos estas pelotudeces y hablamos con los fantasmas, The Nation está vivo.

Nos anoticia del lanzamiento de un libro de semiología médica. 1500 páginas de síntomas. Para médicos y estudiantes. Está bien. Que aprendan. La medicina se está horizontalizando. Fui a 32 dentistas en los últimos años y el 100% había leído menos papers acerca del bruxismo que yo.

Eso en el cuerpo principal. Adentro, la tribuna de doctrina trae un suplemento de decenas de páginas acerca de Fashion Buenos Aires, un evento de título elocuente que transcurre en la Rural. Modelitos, diseñadoras, sociólogas críticas. Los nenes con los nenes, las nenas con las nenas. El imaginario de las vanguardias históricas, tomado por chicas del Corredor del Bajo que se inspiran en Black Jesus y en el África negra. En un almuerzo con hojas de alcaparra en los edificios de enfrente del Tattersall (cerca de donde se cocinó la Alianza) convencen a sus inversores (sus padres) de que les pongan un local en Palermo. Algunas la pasan bien un par de años financiadas por la soja o una provisión al Estado, pero no consiguen marido. A otras les va bien, acceden a un local en el Abasto, después a otro en el shopping de Salguero, se expanden al interior y terminan vendiendo exotismo global en Tokio y Nueva York, y ganando más plata que sus maridos. Pero no es algo enteramente privado: el GCBA y su Centro Metropolitano de Diseño también tienen algo que decir por ahí, sacaron un libro sobre el tema.

El fantasismo de Ámbito también divierte. Dicen que Cristina tiene que votar en Santa Cruz, eso debe ser verdad. Que las damas peronistas están empardadas (también decían que Menem ganaba en el 03). Con retórica aprendida en seminarios cursados en los 60 acerca de la experiencia soviética, llaman “el periodista del monopolio” a Van der Kooy.

En fin, melodramas que se inventan a su público. El melodrama electoral necesita cabezas imaginativas, café, choripanes, consignas, cal, pintura y complicidad policial. Y muchos sociólogos y muchas planillas. La historieta del diseño, una sola socióloga, muchas periodistas, y actrices que trabajen de camareras y que compren ropa en Juana de Arco. Como la chica del bar de Junín y Arenales. Tiene un aro en la nariz. Las 8:30 de la mañana es un poco temprano para ella. Atiende para la mierda: es actriz. Es artista. Todos somos artistas. Tenemos masters en literaturas comparadas en una universidad del medio oeste, tenemos libros publicados, igual que el Tuna Hernández, tenemos una tesis a medio terminar acerca de la concha en la obra del Flaco Spinetta. Además tocamos el oboe. Pero no tenemos mucho para decir. Recién vamos por Durazno Sangrando.


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