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20 x 35, modelo para desarmar (I)

7 09 2005 - 04:19

Es posible que La joven guardia, una antología de 20 narradores argentinos menores de 35 años, termine siendo un libro importante. En principio, porque su aproximación panorámica no parece responder a una operación de promoción editorial o de posicionamiento de un grupo. El libro trata más bien de responder a la pregunta por lo que hay (se trata de autores que han publicado previamente). En el prólogo, el compilador Maximiliano Tomas afirma que esta generación, a la que no asfixian sus mayores, es “literariamente la más libre que ha exisitido hasta hoy”. El enunciado permite pensar que esa libertad se extiende a la influencia de la propia generación, por lo que estos escritores, o al menos los relatos incluidos en la selección, deben —y merecen— ser juzgados de a uno y no como la producción de una tribu, aunque existan entre ellos muchas conexiones, en particular la pléyade de blogs literarios recientes en la que varios de estos nombres aparecen muy a menudo.

Separar los cuentos es lo que me propongo hacer a continuación, intentando una tarea que difiere de las reseñas habituales, tan perplejas en general frente a las obras colectivas, que siempre parecen desembocar en una síntesis poco satisfactoria. Sin internarme en la confección de balances ni en la búsqueda de tendencias, debo decir sin embargo que el libro me resultó en conjunto muy estimulante y que si estos escritores —como afirma de nuevo Tomas— “buscan crear las condiciones para el surgimiento de nuevos lectores”, la colección resulta un medio más que apropiado para esos fines.

No quiero empezar a hablar de cada cuento sin protestar antes por el prefacio de Abelardo Castillo, una mala idea en un libro concebido con gran inteligencia. El texto en sí es irrelevante: Castillo dice que no leyó los cuentos elegidos y se limita a hilvanar algunas generalidades corteses. Pero ¿por qué habría de necesitar esa generación, de la que se afirma justamente la libertad frente a los antecesores, el padrinazgo de Castillo como si en lugar de irrumpir en la literatura, estos escritores quisieran cobijarse bajo el paraguas de la tradición? Es muy posible, incluso, que a varios de ellos les resulte completamente ajena la obra del veterano escritor y por lo tanto inoportuna su declarada intención de acompañarlos. Un lapsus parece confirmar la poca pertinencia de Castillo como prologuista. En la página 18, el compliador menciona una serie de autores argentinos a los que supone que la nueva generación ha leído. Estos se listan por orden alfabético desde Aira a Walsh. Castillo aparece después de Walsh, agregado como si alguien hubiera advertido a último momento su ausencia.

Y allá vamos, paso a paso.

1. Pedro Mairal. El hipnotizador personal

Un muy buen comienzo para el libro. Mairal es un escritor subvalorado, tal vez porque su primera novela, Una noche con Sabrina Love, sufrió una mala adaptación cinematográfica. Su prosa tiene que ver con el cine pero de modos más interesantes. En primer lugar porque como en La invención de Morel se puede pensar que la realidad admite máquinas o funciones análogas al cinematógrafo. Este cuento habla de una chica que quiere suprimir mediante la hipnosis los tiempos muertos de su vida, esos momentos en los que no pasa nada, idea que tiene un equivalente inmediato en el montaje fílmico. Y, como en el cine, la eliminación de esos fragmentos de la vida genera un dilema estético, casi metafísico que gira alrededor de nombres como Antonioni (en definitiva, la pregunta es si la nada es tan nada como parece), cineasta que irrita a la gente ansiosa. El epílogo del relato describe una escena (de un cuento imaginario, paralelo al original) donde el hipnotizador fuma y contempla una tormenta en la carretera mientras la mujer duerme en el asiento del auto. El cine podría reproducir fácilmente esa escena e iluminar la discusión y el contraste entre ambas maneras de pensar y sentir el paso del tiempo: la clásica y la moderna. Sin embargo, el director debería ser muy hábil para no mostrar la tormenta con imágenes espectaculares, porque si no su film se convertiría en literatura, ya que ilustrar una idea, como hace la publicidad, es letal para el cine. Por otra parte, el narrador de El hipnotizador personal está enamorado de esa chica con una melancolía que podría ser objeto de una adaptación —esta vez más fiel— de Ezequiel Acuña, especialista en adolescentes lánguidos. Pero lo cierto es que Mairal puede abrirse a todas estas dimensiones con un estilo muy seguro y muy grato de leer.

2. Diego Grillo Trubba. Argentinidad.

Una continuación poco feliz. En este cuento, un estereotipado macho argentino sobrevive en Alemania dando clases de viveza criolla. La prosa de Grillo se orienta a la creación de efectos cómicos, como si escribiera guiones de televisión o films costumbristas. Ciertos toques fantásticos aligeran a veces un humor más pesado que vulgar. Pero lo peor del cuento es una actitud moralista, digna de un Enrique Pinti, que se resuelve en el castigo policial al protagonista. Esa perspectiva se entronca (también en el mal sentido) con otra que tiene que ver con el título. El afán por describir a los argentinos en general, de criticarles sus aires de grandeza provincianos no hace sino aceptar en que hay algo especial en ellos, lo que en el fondo duplica la soberbia y el chauvinismo que supuestamente se critican. Una literatura con alguna pretensión de rigor o, al menos, de frescura juvenil, no puede partir de la premisa de que los argentinos son de determinada manera, el típico motivo apolillado de la cultura de medio pelo a lo largo de décadas. Y menos que son de esta manera. Empiezo a leer una novela de Grillo Trubba, Los discípulos (Premio regional de literatura 2000, jurados Jitrik, Libertella, Rosa) y encuentro más de lo mismo. Es muy difícil sostener una mínima originalidad ironizando sobre abogados y psicoanalistas, dibujando caricaturas previsibles de una clase media de edad mediana, tan rancia como la prosa.

3. Germán Maggiori. El emperador insomne.

El autor es odontólogo. Tal vez para huir de sus pesadillas pobladas de pacientes que aúllan de dolor, Maggiori se evade hacia la antigua China y produce este relato leve sobre un emperador atormentado por la falta de sueño. El cuento evita la filosofía de las fábulas chinescas (al alejarse de toda moraleja), el cine (al plantear versiones hipotéticas de la historia) y la historieta (al deslizarse sobre una prosa tersa). Es literatura de evasión en el buen sentido, es decir, no se trata de utilizar la literatura para refugiarse en imposibles aventuras sino de utilizar vagas aventuras para refugiarse en la literatura. No conozco otros textos de Maggiori.

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4. Gabriela Bejerman. Morfan dos.

No conocía tampoco a Gabriela Bejerman, cuya biografía oficial incluye la fundación de una revista, la publicación de varios libros y una carrera como cantante y performer bajo el nombre artístico Gaby Vex. Su intervención en el libro sorprende por la inspiración y por su sofisticada frescura (la frescura suele estar más bien del lado de lo primitivo). Bejerman cuenta como un falso chef argentino se junta con un falso periodista sudafricano, pero el delirante relato se mezcla con frases como las siguientes: “El chef era un argentino despistado, un joven que no sabía si era artista visual, digital, conceptual o experimental.” “Camilo una y otra vez burlaba los efectos de la burguesía capitalizada con obras que nunca podían ser digeridas ni asimiladas y mucho menos tenidas en cuenta en las galerías de arte monopolizadas por fuerzas estatales a favor de una cultura digna.” “Ahora eran dos artistas mantenidos por un empresario exitoso. Pero, ¿quién le chupaba la sangre a quién? La cocina y el arte, ¿cuál es su relación? ¿Es posible cocinar en pareja y llegar al éxito internacional?”

El brillo de la escritura de Bejerman me llevó a seguirla hasta un libro compuesto por dos novelas cortas, una que se llama Presente perfecto (igual que el libro, editorial Interzona) y otra Los dioses cazadores. La primera describe, entre el portuñol y el balbuceo, entre la fiebre y la serenidad, una fiesta que alterna descripciones a lo Raymond Roussel con anécdotas de un desaforado erotismo lésbico. La prosa de Bejerman nunca pierde un tono básico de vitalidad, de buen humor, de feliz aventura con el lenguaje, como si estuviera prohibido escribir para contar depresiones y tragedias y más prohibido aun usar el castellano sin llevarlo hasta sus límites. Menos sincopada es la segunda novela, que hace pensar en una versión de Aira con sexo y relata el viaje de una pareja por el litoral. El lenguaje, el paisaje y el erotismo establecen una competencia de sensualidad que va subiendo de tono. Hacia el final, parece como si la narración intentara encajar en una estructura convencional que incluye una vuelta de tuerca fantástica. Pero se trata de un falso cierre que oculta un eterno comienzo. Una obra tan lanzada al viaje y a la experimentación, tan atada a los ritmos de la sexualidad no debería morir en una explicación sino súbitamente, en pleno acto.

5. Washington Cucurto. Una mañana con el hombre del Casco Azul.

Cucurto es autor de frases tales como “La literatura tiene que ser como una mulata dominicana: caliente y alegre”, definición que casi podría aplicarse a la obra de Bejerman. Al mismo tiempo, tomada literalmente, la oración no deja de ser de una tontería irritante. Cucurto, alias “El sofocador de la cumbia” o el “Rey de las bailantas y los cartones”, creador de la “Nueva narrativa sudaca border”, es un personaje múltiple y muy conocido. Fundador de la editorial Eloísa Cartonera (que imprime libros con material reciclado), dandy proletario, creador de personajes como Santiago Vega (el nombre de Cucurto en la vida real), que trabaja como repositor de Coto y es porteño pero siempre está ávido de diversión y aventuras sexuales entre inmigrantes. Los temas de Cucurto se transmiten de uno a otro de sus libros (siempre breves, muchos disponibles en la web —donde también se encuentran artículos sobre el autor en varios idiomas) en los que el tono de la narración es siempre alto y el ritmo desaforado. Estamos ante un transgresor, cuya autenticidad suele ser muy cuestionada en algunos ámbitos literarios (aquí una refutación muy razonada pero no del todo convincente). Vega, por ejemplo, no es políticamente correcto y hace un punto de despreciar a sus clientes, a sus compañeros y a sus jefes (más que a sus patrones). “Lo peor del súper no somos nosotros sino los clientes. Sí, la parche peste clienteril y consumista que ha hecho del supermercadismo argentino la más grande fábrica de explotación juvenil en muchos años” dice Vega confundiendo causas, efectos y consecuencias pero sin dejar de llamar la atención sobre el mundo del trabajo, un tema casi del todo ausente en la antología. En particular, Una mañana es más sobrio que la mayoría de sus relatos y está más concentrado en las rutinas del repositor. Por otra parte, la falta de conciencia o, mejor dicho, de solidaridad de clase de Vega, su infinito desparpajo, su militancia lumpen, su sexualidad descentrada armonizan con la declaración de Cucurto mencionada al principio, equivalente a la idea de que la literatura debe patear el tablero como un esfuerzo heroico para no entregarse sin luchar al conformismo de la industria cultural. En esa línea de razonamiento, de nada sirven proletarios dóciles a la patronal, al sindicato o al partido ni escritores que se limitan a comentar sus circunstancias pequeñoburguesas. Para lograr algo distinto, Cucurto fuerza la máquina con sus libros hechos de cartón y sus personajes desacartonados con un resultado que inspira respeto. Por otra parte, si algo no es alegre es la literatura de Cucurto. Y si no, cómo describir estos versos

La muerte se lleva al agrónomo al financista
al punguista al troquelador de cartones
a la cartonerita al esbelto profesor de latín
a todos en horario se les presentará
en la vida, no se olviden…

(final de “Enderezo de la muerte” uno de los poemas de Veinte pungas contra un pasajero)

6. Romina Doval. La edad de la razón.

Mucho menos alegre que Cucurto es el relato de Romina Doval. Aquí Doval cuenta, desde la mirada de una nena de seis años, la profunda depresión de su madre y el abandono del hogar por parte del padre para desembocar en un final muy previsible y muy académico en el que la protagonista asesina a su hermanita. La construcción del relato es cuidadosa, Doval prepara el climax paulatinamente y los sufrimientos de los personajes son horribles. La suya es una literatura infantojuvenil que los niños no podrían leer sin ponerse a llorar a moco tendido y los adolescentes sin suicidarse. De modo que les queda a los adultos padecerla, tal vez admirarla. Intento con otro cuento de Doval, el primero del libro Signo de los tiempos (ganador del primer premio Estímulo a la creación literaria, jurados Blaistein, Gusmán, Lafforgue). Es otra obra que transcurre en familia, esta vez no muere nadie pero hay una adolescente que observa (y sufre) cómo la madre engaña al padre con el óptico del barrio. Lo de elegir un óptico (y no, digamos un médico) parece otra muestra del empeño de la autora por mostrar gente que es poco interesante hasta soñando. A su escritura se le pueden atribuir méritos: la precisa descripción psicológica o la cuidadosa construcción de la anécdota en segundo plano, pero estos dos cuentos invitan más a elogiar a Doval que a seguir leyéndola.

Pero tengo miedo de ser injusto con y me sumerjo en el infierno de los nueve cuentos restantes del libro. Doval sigue explorando las infinitas variantes de la mediocridad y el desamor en un muestrario casi exhaustivo de relaciones (matrimoniales, filiales, entre amigos, entre amigas, hermanos, abuelo y nieto, tía y sobrina, vecinos, compañeras de colegio…) por medio de cuentos que parecen destinados a negar toda forma de convivencia, hasta de contigüidad humana. En ellos, los bolivianos son indolentes y tienen los dientes manchados, las mujeres son malignas y vacías, los hombres son imbéciles y están llenos de granos. La ferocidad de Doval solo se detiene ante una chica de trece que se niega a salir de su habitación en el día de su cumpleaños y ante un apareja de lesbianas. Esas pequeñas concesones a la ternura son la excepción a una prosa que se comporta con sus criaturas como el personaje de uno de sus cuentos que “abofeteaba a todas las muñecas porque no comían, no hacían los deberes y no eran buenas hijas.” Pero finalmente, lo que uno termina pidiéndole a gritos a Doval es que suba la apuesta y transforme este catálogo de sordideces, de crueldades remanidas sobre un horizonte pequeñoburgués en locura, en grand guignol, en juego de masacre, en algo más que una exposición de pequeñeces. Que en el cuento en el que un personaje apoda a la novia de su amigo “culo de oro, amante de bidé, excrementito pop”, tanto la bronca como la creación de nuevas injurias se radicalicen hasta estallar en algo más radical que la banal delación con la que concluye el relato y que parece invitar solamente al asco y el desprecio desde un lugar de superioridad. Que una madre que le va dando a sus hijos el nombre de los Beatles para complacer a su marido, mientras añora a su viejo novio, haga catarsis y muera de algo que no sea aburrimiento, en lugar de concluir con tristeza que: “si alguna vez te sentís bien con alguien, sabé que esa persona nunca va a ser para vos”. Y, por favor, que si Doval va a citar a Juvenal y a Virgilio, que no escriba “Garcilazo de la Vega” ni “shooping”.

Aquí culmina la primera parte de esta reseña. Pero continuará…


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