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Aznar en Buenos Aires

8 09 2005 - 07:25

Una delegación de TP asistió a la presentación del nuevo libro de José María Aznar.

El salón Versailles del Alvear Palace Hotel es largo, muchas filas de sillas, interminables. Conseguimos un buen lugar para ver la presentación, a muy pocas filas de donde está montado un estrado al estilo presidencial, con mesita al costado. “Uy, mirá, ¿está Scioli?” No, imposible. Se trata del presidente de editorial Planeta, que se le parece mucho. Estamos entre una España que muere y una España que bosteza, y una de las dos Españas ha de helarte el corazón.

El clima dista bastante de ser festivo. Todo es bastante austero, el quiosquito que vende el libro performa bastante bien. No es que las pilas de ejemplares bajen en cámara rápida como pasaba en algunas películas con ciertos best-sellers imaginarios, ni siquiera que haya un tumulto alrededor con ansiedad o miedo de quedarse sin ejemplar, pero vemos tipos desempaquetando los cuarenta y cinco mangos que escuchamos que hay que abonar. Doce euros, el precio parece subsidiado para un libraco semejante en edición de tapa dura que recién sale a la venta, algo así como lo que pasa con los precios de los celulares de última generación, que te los dan a un precio muy accesible porque te están vacunando con el abono y saben que recuperarán la guita por otro lado, antes de que hayas terminado de pagar las cuotas.

Por donde está el escenario aparece primero Longobardi en medio de un tumulto discreto. Un tumultito, digamos, como para cubrirlo y no dejarlo figurando ahí solari. Así los tipos hacen comentarios entre ellos y dan la sensación de tener tema de conversación. Se le ve la carita algo hinchada, a Marcelo. No se sabe si está un poco más gordito respecto de la imagen que teníamos o si acaba de levantarse de la siesta y le queda esa modorra tan característica, que es tan difícil sacarse de encima. El doctor Grondona también aparece de golpe, como quien no quiere la cosa, mezclado en el tumultito, como si se hubiera generado o corporizado espontáneamente o alguien hubiera frotando alguna lámpara ahí en medio. Tiene un parche en un ojo.

Los aplausos son cerrados. No hay gestos de locura, nada fuera de lugar. El promedio de edad del salón ronda los sesenta y el elemento más tangible es la tintura de cabellos. Falta la ostentación de vestuario que cabría esperar en un evento de esta magnitud y con el target previsto. Incluso hay gente peor vestida que nosotros, y eso es bastante decir. Llega un momento en que nos aflojamos y si bien no es que nos sintamos cómodos, al menos no hay una tensión asfixiante. Inexplicablemente, el recuerdo que aparece corresponde a 1988, el día de la interna peronista en que estábamos con amigos cafieristas que se aprontaban a festejar y a medida que iba cayendo la noche las caras se iban amargando, los gestos se iban torciendo cada vez más y en un determinado momento, cuando ya el alcohol se mezclaba con las lágrimas y todo eso iba a parar a los adoquines y entonces pasó a una cuadra un micro con los bombos y los cantos festivos resonando en la penumbra, uno del grupo dijo en tono tranquilizador: “loco, cálmense. Aquellos que pasan ahí son compañeros también, como nosotros” y el consuelo, con toda su irrefutabilidad, sonaba bastante amargo.

Después de una introducción por parte del presidente de Planeta que se parece a Scioli, Aznar sube al estrado y lee su presentación. Es muy escueto. Dice que se ha dedicado a escribir semblanzas de personas relevantes para él. Personas del ambiente político internacional, pero también personas que revelen su costado humano. Gente importante para él: sus familiares y también Plácido Domingo, Julio Iglesias y Alfredo Distéfano. En la tapa del libro dice “De Fraga a Bush”, pero a Bush no lo nombra mucho. Más bien se dedica a Fraga, a su propia lucha contra el terrorismo. El terrorismo está en su discurso asociado con ETA. Los dirigentes del PP que fueron víctimas. Menciona al pasar el 11-M y sigue de largo, prudentemente. Habla de los valores que le transmitió su familia, que obviamente son los mismos que él les transmitió a sus hijos. Muchas cabezas que vemos en las filas que están adelante asienten.

El comienzo de la mesita de presentación está a cargo de Longo. El pobre no da pie con bola. Anuncia que va a hacer una recomendación muy especial y uno se imagina que recomendará comprar el libro, pero eso ya lo hizo el mismo Aznar, así que tiene que ser otra cosa. Habla brevemente de las personalidades referidas en el libro. Nos habla de un fenómeno que nosotros no conocemos mucho aquí en Argentina, dice, pero que es boom en Europa: Vablac Havel. Lo dice así la primera vez y suponemos que se le lengua la traba, pero enseguida lo repite y tanto nombra a Vablac Havel que uno termina dudando ¿será equivocación solamente de él o vendrá de arrastre del libro? Confiamos en el departamento de correctores de editorial Planeta, pero hubiera estado bueno ir a hojearlo después para sacarnos la duda. La recomendación es empezar el libro por el final, para leer las semblanzas de Julio Iglesias y Plácido Domingo. A esta altura no sabemos si Longobardi no estará encarnando la avanzada progre que le está cascoteando el rancho a Aznar, pero para el final de su alocución tiene preparado leer un fragmento del texto, que es una carta que le escribió Cela a Aznar y que éste reprodujo en su libro. Para cuando termina, Aznar necesita bromear con que lo que mejor le parece a Longobardi es lo que escribió Cela y hay una risa bastante auténtica en el salón Versailles.

Después viene el Doctor, que con el ojo tapado se parece cada vez más a Gold Silver. El Doctor, como siempre, hace síntesis, engloba ideas. Es acérrimo de Aznar. Habla como para un target derrotado y uno no entiende mucho qué le pasa. Flaco, si vos ganaste todo este tiempo, ganaste siempre, ¿qué más querías? ¿el cariño del pueblo? Habla de sus reflexiones durante el 11-M. Dice que lo desesperaba pensar que un puñado de salvajes pudiera torcer el rumbo de la historia como sucedió en ese momento. Ahora, visto a la distancia, cree que en realidad fue todo un accidente, una interrupción momentánea de la Revolución Conservadora, que triunfará a la larga. No lo alarmaba que se impusiera un régimen del terror, sino que algo terminara con la Revolución Conservadora.

Habla explícitamente de la Revolución Conservadora, explica por qué tal cosa no es un oxímoron. Que el progresismo ve al conservadurismo como opuesto al cambio, represivo, fascista y que quienes más progresaron fueron los conservadores. Que el cambio viene del orden y no de la agitación. No está diciendo nada que no sepamos, comentamos entre nosotros. Claro que no sabemos muy bien a qué clase de progreso o a qué clase de cambio se refiere. (Mejor dicho: sí, lo sabemos bien.) Narra cómo el conservadurismo estaba derrotado y en una situación vergonzante cuando llegó Thatcher al poder, y entonces dijo “pero si nosotros tenemos nuestros valores, ahí guardados. ¡Rescatémoslos!” y entonces, como el doctor hace paralelos entre España y la Argentina, nos ponemos a pensar en la Revolución Conservadora en Argentina. No la de antes. Más bien pensamos a raíz de esto: ¿habrá una revolución conservadora en ciernes acá? ¿Habrá alguien por ahí que haya dicho: “tenemos nuestros valores (de los ‘70) ahí guardados. ¡Rescatémoslos!”. No, pará, comentamos entre nosotros. No jodas con los ‘70, que son más sagrados que la prohibición del incesto. Así que no decimos nada.

Clemente Cancela de CQC anda rondando cerca del escenario y uno se pone a pensar qué sentido tiene, a quién puede molestar a esta altura, si es que alguna vez molestó a alguien. Por primera vez observamos su accionar en vivo: ha encontrado a Eduardo Menem en los pasillos y lo sigue con el micrófono en mano y murmurando algo ininteligible. Ininteligible a medio metro. No deja de ser una especie de viejito verde de los que les dicen cosas a las chicas por la calle. Eduardo Menem tiene la misma mirada perdida en lo lejos y con destellos de picardía que suelen tener esas chicas cuando saben que los viejitos verdes se quedarán con las ganas y no les tocarán un pelo. Sonríe hablando por celular y camina como si tal cosa. El asedio al poder es un espectáculo minúsculo, microscópico casi. Los viejitos verdes tienen al menos cierta candidez que los rescata del patetismo.

En fin, todo es bastante gris, un poco triste. A ellos no se los ve muy contentos, y a nosotros tampoco. La banalidad del mal.

El cocktail se hace aparte en otro salón. No estamos invitados. Conservamos como única conquista concreta un par de ejemplares de las servilletas de 500 gramos de las que hablara Schmidt en su momento.


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Las dos caras de la enfermera
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