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La ínsula de Barataria

10 09 2005 - 14:12

La primera vez que me encontré con Sancho Panza tendría nueve años. Fue en Pilar, y en esos tiempos se trataba de una localidad más o menos como cualquier otra. Chivilcoy, por caso. Pehuajó o Carmen de Areco. Quedaba en el interior, prácticamente. Era el campo.

En medio de la ruta estaba la prefabricada. No sé bien por qué ibamos. El dueño era un amigo de mi tío y la verdad que no teníamos ninguna relación, pero durante algún tiempo frecuentamos ese lugar. La sensación era que la casita estaba en medio de la nada. Caminando un poco se llegaba a una pulpería. Era un barcito que también estaba sobre la ruta, pero recuerdo haber visto ahí paisanos de rastra y chiripá, que habían dejado el caballo en un palenque cerca de la puerta y entonces eso me quedó para siempre como pulpería.

Tampoco sé qué íbamos a hacer ahí. La gente de la prefabricada no era muy afín a mi familia, solía haber otros chicos con quienes yo mucha relación tampoco tenía. En determinado momento, todo el mundo cruzaba la ruta porque enfrente había un club de campo. En esa época se los llamaba clubes de campo a esos lugares, ahí donde existían. Eran más clubes que campo en ese momento, con canchas de tenis, fútbol. No sé por qué ellos cruzaban y nosotros no. Es de los primeros recuerdos en que me veo sapo de otro pozo.

Casi siempre que íbamos, sentía que no había gran cosa para hacer y me aburría bastante. Creo que nos llevaban porque vivíamos en un departamento muy chico y entonces estaría la cuestión esa de que el espacio abierto es bueno para los nenes, que potreen nomás en el pasto y tomen aire fresco. Yo no encontraba nada para jugar ahí, y si se daba el caso de haber encontrado algo que me interesara, ya se había hecho la hora de volver y entonces se interrumpía el asunto y el sabor era un poco más amargo.

En esa oportunidad, el hallazgo fue un libro para chicos. Se trataba de una aventura de Sancho Panza en la cual era nombrado gobernador. Yo ya tenía una vaga noción de lo que era el Quijote, sin que el tema fuera mencionado en mi familia. No sé de dónde lo habría sacado. Este tipo de cosas uno nunca se explica de dónde salen. Simplemente es como que hubieran convivido con uno toda la vida, algo así como que damos por sentados los rinocerontes, desde siempre. Cuestión que me encontré con uno de esos libros de cartón grueso y hojas muy coloridas, donde tenía la sensación de que podía sumergirme literalmente. Sin que se supiera muy bien por qué, a Sancho le daban para gobernar una ínsula y el cuento consistía en eso. O más bien, a Sancho se le presentaban especies de enigmas que tenía que resolver. Yo siempre asocié una ínsula con una isla, pero resulta que al tipo lo llevaban a gobernar y en ningún momento atravesaban río, lago o mar alguno, y entonces la cuestión insular se convertía en fantasía pura, un misterio que nunca intenté develar.

Me intrigaba entonces saber qué forma tendría el Quijote, si habría aparecido en su momento como las revistas de historietas (que en ese momento eran lo más parecido al infinito: nunca terminarían y nadie sabía dónde habían empezado), si esta historia que se contaba sería un invento de alguien que leyendo el libro se había puesto a idear las aventuras de Sancho como había pasado en su momento con Larguirucho, que de simple pinche del hampa había pegado el salto y pasó a tener tira propia. Cuestión que la historia me empezó a resultar inquietante y cuando iba por la mitad se hizo la hora de irse o no sé qué corno pasó, pero mi lectura quedó trunca.

A partir de ahí creo que Sancho Panza se transformó en mi héroe, pero un héroe oculto, guardado ahí hasta mucho tiempo después. Había algo en ese tipo que yo identifiqué de inmediato como mío. La ingenuidad. La desconfianza. ¿Cómo se puede ser ingenuo y desconfiado? A mi me resulta sencillísimo. Al tipo lo vienen engañando desde no sé cuánto tiempo atrás con que hay una Condesa Dolorida, que en realidad es el mayordomo de un Duque. De repente aparece el mayordomo como tal y entonces Sancho dice en voz alta que lo va a llevar el diablo de su lugar de justo y creyente si el rostro del mayordomo no es el mismo de la Dolorida.

No recuerdo cómo se trataba la cuestión del engaño en ese libro. En el Quijote verdadero, la cuestión del Gobierno que le daban a Sancho era un montaje que hacía el Duque en connivencia con otros para reírse un rato. Pero en esta versión que yo digo, no recuerdo si era así. Me parece que no. Acá vale pensar si acaso los editores de cuentos para chicos, al tomarse el trabajo de eliminar cosas que les parecen complicadas de explicar (cosas de adultos) no estarán llegando por ese camino mucho más rapidamente a la verdad de la milanesa. Algo así como que engaño de engaño da por resultado no engaño y por eso los chicos terminan dándose cuenta de todo.

Por alguna extraña razón entonces, Sancho quedó asociado para mí con el delirio. Por un lado esta historia, que al completarla vendría a ser:

Sancho sueña durante mucho tiempo con gobernar algo. Haciéndole una broma, le dan para gobernar un pueblito. Pasan unos días y tiene tantos problemas que se cansa y se va.

Y por otro el delirio más amplio, de ir detrás de algo que no se sabe bien qué es, que tiene que ver con cierta codicia que me resulta tan afín, y que es más tierno y más entrañable que los elevados valores de la caballería, sin desmerecer en absoluto el noble cometido de desfacer tuertos

Resulta que en la Biblioteca Nacional, desde hace unos días se está haciendo una muestra de las ediciones raras del Quijote atesoradas ahí. Hay ediciones en francés, en alemán, una primera edición hecha en Bruselas en 1607, ediciones con ilustraciones de artistas diversos (entre esos, una con ilustraciones de Dalí que editó acá Emecé en 1957, 1500 ejemplares), ediciones para chicos como la que hizo Billiken en el año 1938 o la de Monteiro Lobato, traducida del portugués e impresa en la Editorial Claridad, también en 1938. La edición facsimilar que el pueblo de Albacete le dedicó a Eva Perón en 1947. Bueno, tiene una portada dedicada a ella en nombre de los trabajadores y los empresarios de Albacete.

Me hice un rato ayer, entre un trabajo y otro, para acercarme a la Biblioteca Nacional. Llovía. Bastante dificultoso acceder a la Biblioteca Nacional, especialmente con lluvia. Pero bueno, supongo que pertenezco a un sector de la sociedad lo suficientemente acomodado como para acercarme esquivando los charcos y subir las rampas.

La sala Leopoldo Marechal está bastante desierta. La empleada que está en la entrada me permite colgar el paraguas mojado en un gancho que hay por ahí.

Para la muestra se hicieron unos libritos que uno puede agarrar y llevarse a discreción. Hay otra muestra conjunta, que consiste en miradas de diversos artistas plásticos argentinos sobre el Quijote y los libritos son distintos para una muestra y otra. Un fangote de guita, hacer los libritos estos. Veinte páginas en papel ilustración gruesito en colores, algo así como 450 gramos, tamaño 20×20. El contenido de los libritos, bastante choto. Estoy entrando en un estado bastante recurrente entre nosotros, de quejarse mucho. Quisiera evitarlo. El librito principal de la muestra tiene unas fotos horribles de algunos de los ejemplares expuestos. Se parecen a las de los folletos que hace treinta años nos dejaban en casa los vendedores ambulantes que intentaban vendernos en cuotas el Lo Sé Todo, y que mamá nunca quiso comprar, y que a esta altura me parece que hizo bien. Los ejemplares que se ven están tomados en perspectivas extrañas, cortados, apoyados en fondos de gobelinos, como si lo que se intentara mostrar fuera otra cosa. Ni medio dato concreto de las distintas ediciones y sus peculiaridades. Para llenar lugar, sobre grandes extensiones de las fotos que están ocupadas por los gobelinos, se reproducen…¡extractos del Quijote! En fin, tenía ganas de contar una historia y ya me calenté para el carajo.

En estas circunstancias se corre el peligro de caer en el lugar común: ‘con la plata que cuestan estos libritos se podría…’ Y lo que viene después suele ser de terror, porque suele no tener nada que ver. Pero se podría hacer otra cosa, la verdad. Por ejemplo, estoy seguro de que los libritos estos tienen un costo equivalente al de regalar una edición rústica del Quijote a quien quiera tomarlo de la muestra. ¿Qué mejor? O si no, se podrían hacer unos libritos que expliquen concienzudamente lo que está expuesto en la muestra y no unos extractos del texto que no sirven para nada. Claro que hacer pilas de auténticos volúmenes del Quijote sería una osadía: podría correrse la bola entre las hordas hambrientas que vendrían a tomar su ejemplar para intentar venderlo de algún modo, violando de esa manera un objetivo tan noble como es el de la muestra. Lo cual, pensándolo bien, tampoco sería tan mala idea al fin y al cabo: al menos así las hordas hambrientas tendrían la mínima elección de transformar al Quijote en un valor de cambio.

En resumen, las noticias son un poco repetidas. La Biblioteca Nacional, dependiente de la Secretaría de Cultura de la Nación, organizó una muestra en torno al Quijote, en sintonía con el cuarto centenario. Da la impresión de que no tendrá ningún efecto en pos de que más personas se acerquen al Quijote, y es una pena todo ese esfuerzo desaprovechado. Acá me dicen que gobernar y educar son tareas imposibles, dijo Freud. Por ahí son imposibles pero en algunos casos es peor que en otros. Eso no tiene que servir como excusa, en todo caso.

Una vez, durante algunos días, la ínsula Barataria fue gobernada por Sancho Panza. En esa oportunidad, muchas personas se divirtieron en grande.


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