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20 09 2005 - 02:54

Multitasking para la mañana del martes, con el objetivo de escribir lo que sigue, contestar dieciocho mails, pasar la aspiradora, bañarme y hacer las compras antes del mediodía.

[Heizer: Art is only memory anyway.]

No fui nunca al MALBA, así que ni empiezo a entender la discusión que mantiene Llach con este otro pibe, quien parece entenderla todavía menos. Si lo de Warhol está bien puesto (yo me crucé con la misma muestra en el MAM de Rio) me parece que vale la pena verlo. Yo iría, por curiosidad, aunque lo expusieran en el Palacio Pizzurno, porque si empiezo a privilegiar la desconfianza que me merecen las instituciones auspiciantes no salgo más de mi casa. Lo cual no quiere decir que Llach no invoque acciones legítimas. Lo moderno sería, sin embargo, que te paguen por cagar en el MALBA. Discutir sobre la pertinencia del arte conceptual es más o menos como discutir sobre el museo de la ESMA; todos tendremos algo que decir ahí, pero dejáte de joder. Discutámoslo en el hall de la TATE, mientras disfrutamos de las obras subvencionadas por Unilever, que la vida es breve, y si organizás tu agenda como reacción contra la risa Bafici te perdés cosas. Llach también castiga a Fogwill más de lo necesario. No sabemos si a Fogwill le molesta “el ruido de la web”; sólo que no le seduce la idea de verse ahí, lo cual es legítimo, sobre todo si no necesitás de la web para trascender las fronteras de tu barrio.

Mucho más rara es la inexistencia electrónica del diario Perfil, del que todos hablan. Yo sigo sin leerlo, porque me queda tan lejos como el MALBA, y sólo dispongo de los pedacitos que reproducen sus colaboradores en forma independiente para hacerme una idea. Quintín me manda sus columnas dominicales por mail y Link cumple en documentar lo propio con la disciplina que lo caracteriza. Fuera de contexto, no se me ocurre adónde puede encajar el mini-panegírico de Sarlo. Ella lo merece, pero hay dos cosas que nos cuesta creer, ahí.

Una es que los dos últimos libros de Sarlo hayan sido escritos “contra” la nostalgia de los ‘70. Nos falta leer el nuevo, así que tal vez estemos diciendo pelotudeces, pero La pasión y la excepción (que nos gusta mucho) empieza a intuírse como un prólogo a otro tipo de reconstrucción de la época, más inteligente pero no mucho menos nostálgica que la del oficialismo, e igualmente discutible. Un museo de la ESMA más fino, más cosmopolita, más MALBA, pero un museo de la ESMA nonetheless. Esto a la luz del reportaje que apareció en Ñ hace unas semanas.

Y ahí está la segunda afirmación temeraria de Link, eso de que la columna dominical de Sarlo en Viva es un experimento intenso y fascinante, guiado por una consigna propia del mayo francés. Siempre hay mérito en intentar lo imposible, claro, pero si lo imposible es caminar con los dedos de las manos o, en el caso de Sarlo, transfigurarse en Mirtha Legrand, me reservo el derecho a que en vez de fascinarme me deprima. Todos los que no tenemos el privilegio de tomar cada tanto un café con Sarlo (y muchos que sí lo tienen) nos preguntamos qué oculto designio la impulsa a escribir esas columnas dominicales. Y yo, personalmente, preferiría que fuera de lo más prosaico. Que necesite la guita, que esté tentada por el reconocimiento masivo que la academia te niega. Si es una suerte de entrismo como el que Link sugiere, tiemblo al pensar en la agenda oculta.

No porque esté mal tener una agenda oculta, sobre todo si las cosas te salen bien y conseguís instalarla. El problema es que, volviendo al reportaje (prometo leer el libro en cuanto lo consiga), la revisión semiautobiográfica de Sarlo tiene mucho de demencia.

“No puedo ser culpable de un crimen que no está enmarcado en un universo ético”, declara, como si los ‘70 en Argentina hubieran transcurrido en el vacío. E insiste: “Todos estábamos de acuerdo, la practicáramos o no, con la liquidación violenta de nuestros enemigos o no necesariamente enemigos.” Ahí es donde uno quiere tener la máquina del tiempo, porque sabe que oponer los recuerdos de Sarlo contra los recuerdos de uno no puede conducir más que a un empate. Yo creo que no, que había un montón de gente que no estaba de acuerdo con eso. Entre otras cosas porque recuerdo claramente a una mayoría de personas con nombre y apellido que no estaban de acuerdo con eso. El primer problema de Sarlo, el de vivir en el cocoon de la militancia, se menciona en La pasión y la excepción, y así como se menciona se lo pasa por alto ahora.

“Lo que hay que condenar es ese universo ético, pero eso no nos convierte ineludiblemente en asesinos.”

Y, depende. ¿Mataste a alguien? Es fácil. Algunas cosas son fáciles. Esta es una.

La historia está llena de ejemplos anti-zeitgeist. ¿Sarlo piensa lo contrario? ¿Piensa que el zeitgeist lo invade todo, que no vale la pena resistirse? O, peor: ¿que resistirse es imposible porque nuestro pensamiento sólo puede estar contaminado por el clima de la época, y por lo tanto no hay nada que resistir, puesto que ni siquiera podríamos darnos cuenta de la diferencia entre matar a alguien y no matarlo una vez que esa diferencia pasa al background del pensamiento de moda? ¿Por eso escribe en Clarín? No sé, pero suena mal. Suena deshonesto y perturbador, ambiguo donde no hace falta y falso en lo que enarbola como certezas. Pero bueno, hay que leer el libro.


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