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21 09 2005 - 07:55

You have an agenda, we have an agenda.
I am not interested in your feelings
or your motivation, but your actions.
David Mamet, “Oleanna”

Oleanna, la obra de teatro, está muy bien. Oleanna, la película, ya no está tan bien, pero con el teatro siempre hay problemas de horarios, y a menudo exige sumarle al precio de la entrada el precio del pasaje, y ahí es donde Oleanna, la película, cumple con lo mínimo indispensable, ofreciendo de paso la oportunidad de ver a William Macy haciendo eso que hace y que siempre está bien, más allá del material.

Oleanna no es tanto una obra sobre el acoso sexual como una excursión por lo peor de la academia y, por extensión, por lo peor de cualquier instiitución cuyas jerarquías se establezcan en base a criterios opinables. Es uno de los varios puntos de contacto que Oleanna tiene con Doubt, la obra de John Patrick Shanley que ganó el Pulitzer el año pasado. El protagonista de Oleanna podrá ser víctima o victimario; el cura de Doubt podrá o no estar cojiéndose a sus alumnitos, pero en ninguno de los dos casos vamos al teatro para tranquilizarnos con un culpable inequívoco. La ambigüedad de Oleanna y Doubt es, más que una elección, el resultado inevitable de intentar darle forma a lo que uno piensa de los demás. A lo que uno piensa de lo que piensan y de lo que sienten pero, sobre todo, de lo que hacen. Esta ambigüedad no es privilegio de disciplinas en peligro de extinción como el teatro, sino una condición necesaria que comparte con todo el pop (más popular o menos popular, no importa) que tenga algo que ver con el arte. Una cosa no tiene nada que ver con la otra, y hay miles de ejemplos contradictorios que lo demuestran. Si bien es obvio que John Adams admite muchas más lecturas que Los Piojos, no es menos cierto que después de treinta años Beyond Belief sigue siendo impenetrable, mientras las canciones que escribe Elvis Costello ahora, que es un tipo “serio”, son más aburridas que chupar un clavo.

Leon Gieco, pobre, no es ni lo uno ni lo otro, ni highbrow ni lowbrow, ni estrella de rock ni humilde cantautor, ni chicha ni limonada. Lo que en otros artistas podría ser una virtud (también ahí hay miles de ejemplos) en él es desconsolador, porque el resultado no son obras híbridas con algún grado de complejidad sino discos prolijos y transparentes que revelan un horizonte chatito chatito en su evangelizador desparramo de bondad. Es la segunda vez que, horrorizado ante la cobertura periodística del affaire Tejerina me siento a escuchar el disco de Gieco a ver si se me ocurre algo, y no hay caso, no me sale. No sale nada de ahí. Son Once Variaciones Inconscientes sobre Página 12 — más o menos rock, más o menos latin, más o menos electrotango, más o menos murga, incluso algunas irrupciones de guitarra slide que buscan a Cooder y encuentran a Bon Jovi, la música es un detalle. Las letras no. Cada una de las canciones es un destilado didáctico, y el conjunto es la banda de sonido de la mente de Luis Bruschtein.

Pero si el disco de Gieco es así de inofensivo, ¿por qué no los son las liner notes? El absurdo de la denuncia contra Gieco por “apología del delito” no ayuda, aunque uno esté seguro de que sus aliados no serían los mismos si hubiera decidido componer la Oda al Pobre Mercenario Que Se Enroló Porque Es Bruto, o la Chacarera de Blumberg. You have an agenda, we have an agenda. Gieco, obligado estúpidamente a comparecer ante la justicia, no está en condiciones de ampararse en licencias formales que se haya tomado en la canción, porque en realidad no se tomó ninguna. La canción es, otra vez, transparente. Pero Gieco podría ofrecer apostillas de algún tipo. Sugerir que eligió a Tejerina como víctima porque en última instancia todos (o muchos) lo somos, y nadie carnea a su bebé en el baño para divertirse. Que le resultó impactante y sintió mucha pena por la chica y le escribió una canción por eso. Bueno, no.

Gieco la va a visitar a Tejerina y le dice:

“Vos estás purgando algo que va a servir para que muchas chicas en el futuro tomen conciencia de que pueden hacer valer sus derechos”

Después se encuentra con los familiares, representantes directos del estricto régimen al que (según la defensa y los medios progresistas y las organizaciones adheridas como sopapas al caso) Tejerina no pudo enfrentarse, optando como consecuencia por una solución más drástica. Y les dice:

“El destino la puso a ella en este lugar y nosotros no la vamos a dejar sola”.

Pará un poquito.

Toda la ambigüedad, todo el misterio y toda la complejidad que faltan en la obra de Gieco y del noventa y nueve por ciento de sus contemporáneos locales se materializa de golpe en las declaraciones públicas de Gieco (y del noventa y nueve por ciento de sus contemporáneos locales). ¿A qué te referís con hacer valer sus derechos? ¿Y el destino? ¿Santa Medea?

Nada de esto sería tan grave si uno tuviera la sensación de que la niña monstruo de la derecha y la niña mártir de la izquierda está, por lo menos, a salvo de las manipulaciones de uno y otro sector. Pero entre los dos la están terminando de hacer mierda, si es que le quedaba alguna ventanita ínfima para curarse. Y la entrevista adicional que también viene incluída en las liner notes lo demuestra sin que uno tenga que tomarse el trabajo de leer entre líneas.

1. Esta crueldad no tiene nombre.

2. En Argentina, el discurso público (político) y el discurso público (“artístico”, por llamarlo de alguna manera) han decidido intercambiar sus roles, en algún momento, sin que nos diéramos cuenta. Y lo han hecho por conveniencia. Porque es fácil ser artista si tenés las respuestas de antemano, y es fácil ser una figura pública si tus respuestas no quieren decir nada.

3. Este equilibrio es temporal; no se sostiene para siempre. La cuenta regresiva empezó hace rato, y no tenemos idea de adónde termina. Pero no va a ser lindo.


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