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23 09 2005 - 12:44

No sé dónde fabrican a las empleadas públicas, pero estoy seguro de que todos los municipios del mundo las compran en el mismo lado. En Buenos Aires se llaman Liliana o Mirtha, y acá, en el City Hall de Manhattan, esta mañana de viernes, las que nos atienden son Audrey, Susan y Cindy, todas con el mismo gesto antipático sobreactuado, la jubilación a diez años de distancia, el corpiño extra large, el delineador de ojos turquesa. Hacemos la cola, tempranito, detrás de otras parejas que, como nosotros, también vienen a casarse. A casarse, sí, a contraer matrimonio: esta mañana Irina y yo nos casamos oficialmente bajo las normas del estado de Nueva York. No hay mucha emoción flotando en las instalaciones, no hay nadie vestido de traje, y la luz chata del neón blanco nos muestra a todos más feos de lo que en realidad somos. Pasamos por ventanillas varias, mostrando la licencia que compramos el martes (35 dólares) y el cheque de 25 dólares para la ceremonia de hoy. “¿Social security number?”, me preguntan. “No tengo”, contesto. “Ajá”, dice Cindy, como si hubiera algún problema, sabiendo que no lo hay.

En el pasillo, mientras esperamos a que nos llamen, mi amigo Alberto saca fotos, y los demás tomamos Snapples de durazno. Hay parejas de varias razas, pero todas simétricas: cada color se casa con uno parecido. Hay anglos en musculosa y ojotas y latinos un poco más formales; negros tímidos y negros gritones. Nos estamos casando, le digo a Irina, que se ríe. “Yep, we are”. Heather, nuestra amiga y testigo oficial, está un poco dormida pero hace chistes buenos, y eso nos ayuda a hacer mejor la espera. Pero no estoy nervioso. Nada. Cero.

Ayer llamé a mi vieja y le dije: “Ma, me caso mañana”. Se rió mucho. Hasta ayer, nadie en Buenos Aires sabía que me casaba hoy: sólo Iván, en Miami, y algún otro neoyorquino despistado. En realidad, hasta hace cuatro días ni siquiera nosotros sabíamos que nos íbamos a casar hoy. Todo pasó un poco rápido, y tiene explicaciones legales, amorosas y misteriosas, ese tipo de decisiones en las que uno no sabe bien qué está pasando pero al mismo tiempo también sabe que no se equivoca. Como tener un hijo, supongo: si uno junta los datos, la ecuación da casi siempre da al revés, pero la gente lo hace igual. Es lindo complicarse la vida. La explicación corta es así: hace un tiempo me ofrecieron un laburo muy bueno, me empezaron a tramitar la visa de trabajo, hubo algunos problemas de cupo, dijimos “¡casemonós!”, después no hizo falta, ahora no sabemos si hace falta pero, como ya veníamos con envión, nos casamos igual.

Una de las mejores cosas de vivir fuera de tu país es que la petit-tiranía de la inercia mundana pierde fuerza: te sentís más libre para tomar decisiones ridículas o maravillosas, sin el peso invisible de las miles de pequeñas convenciones que en la ciudad propia nos dan refugio y al mismo tiempo nos paralizan. La imagen de casarme de improviso en el registro civil de la calle Uruguay, con un testigo y un amigo-fotógrafo por toda compañía, sin nadie que me pique los ojos con el arroz, me parece sumamente tristona. Pero acá, en el segundo piso del enorme edificio municipal, justo al lado de la subida al Brooklyn Bridge, esta ceremonia vacía y funcionaria, tiene un sabor de libertad y excitación, aún cuando lo que está ocurriendo es todo lo contrario a la libertad: me estoy encadenando voluntariamente a otra persona. Y las oficinas del NYC Marriage Bureau se parecen tanto al Registro Civil porteño que es casi como estar en casa, con Mirtha o Liliana bufando su mal humor mientras chequean los formularios.

Finalmente es nuestro turno. La pareja que está antes que nosotros, una chica alta y sonriente y un pibe de barba candado, veinte centímetros más petiso, que se ríe bastante menos, salen del cuartito de ceremonias dos minutos después de haber entrado. Audrey, middle-aged, tetona y poco amiga, se pone atrás de un atril. Alberto y Heather se paran a nuestra espalda. Me inclino hacia delante y le digo a Audrey: “¿Le puedo pedir un favor? Mi nombre es Hernán, no Jernán, y el de ella se pronuncia Irina, no Airina”. “¿Ernan?”, me contesta, con la erre anglosajona y el acento en la primera ‘e’. “Errrnán”, la corrige Irina, forzando la erre que a ella le sale bien porque es rusa y la erre de los rusos es igual a la nuestra. Audrey repite bien mi nombre, pero a la hora de casarme lo volverá a decir mal. La señora se pone seria y arranca con una frase que había escuchado mil veces, pero siempre con una interfase electrónica de por medio: “Si alguien tiene alguna razón para que Jernan and Irina no se casen, que lo diga ahora”. Ja, pensaba yo, están hablando de mí. Audrey hizo una pausa de tres segundos y siguió, modulando algunas palabras y escondiendo la mayoría en un murmullo incomprensible. Cuando terminó, me miró por encima de sus anteojos y yo contesté lo que creí que se esperaba de mí en ese momento: “Yes, I do”, dije, con aplomo y decisión. “Bueno, le puede poner un anillo a la novia”, dijo Audrey, pero los anillos –unos anillos de plata irlandeses con unas manos, un corazón y una corona que compramos el sábado en la feria del barrio por seis dólares cada uno—ya los teníamos puestos. “Yes, I do”, dijo también Irina, sin dudar y con esa sonrisa que me parte en mil pedazos. Audrey dijo “puede besar a la novia”, y los recién casados nos trenzamos en un beso cinematográfico y para la tribuna, que en este caso eran Alberto y su Nikon digital. Habían pasado dos minutos, y mi estado civil, esa cosa por la que tanto alboroto se arma cada vez que la gente la cruza para un lado o para el otro, había cambiado por completo.

Bajamos y salimos. Ya está. Nos sacamos unas fotos en el parque de enfrente (pueden ver algunas en mi blog) y Heather pagó la fiesta de casamiento: tres cafés y dos bagels en un kiosco con mesas sobre la plaza. Siempre me había gustado la anécdota que cuenta mi amigo Lucas sobre un primo suyo, que había pagado la fiesta de casamiento de un amigo con nueve tres cuartos de Quilmes en un boliche a la vuelta del Registro Civil. Lo de hoy fue igual pero no con cerveza sino con café, que se acomoda mejor a nuestras personalidades. Alberto se pidió un Tropicana de manzana. Mientras tomábamos los cafés y todos empezaban a mirar sus relojes, yo pensaba en que me había casado, y me di cuenta de que nunca en mi vida me había preguntado si quería casarme. No estaba ni en contra ni a favor, simplemente pensaba que no iba a ocurrir, que no lo necesitaba. De hecho, cuando conocí a Irina, en 2003, tenía ya planeada (y la perspectiva me parecía atractiva) una vida de soltería urbana semi-dandística, con cenas de periodistas hasta la madrugada martes, miércoles y jueves, departamento de dos ambientes donde despuntar con vagancia las ambiciones literarias, cuatro o cinco borracheras mensuales y el problema del sexo solucionado lo mejor posible. Todo eso cambió, pero no cambió tanto: vivo en otro continente, comparto cuarenta metros cuadrados con otra persona desde hace más de un año y ahora hay un documento legal que dice que estamos lo más juntos que pueden estar dos personas no parientes. Y sin embargo, todo me ha parecido extraordinariamente natural, como si no hubiera otra opción posible: hoy estoy casado y siento que di un paso habitual, de una baldosa a otra, sin ninguna sensación de garrocha en pánico por sobre el precipicio.
Ahora estoy en casa, escribiendo para TP. Irina, después de casarse, se fue a trabajar. Lo mismo hicieron Heather y Alberto. Tengo bastantes cosas para hacer, también, pero mi habilidad para procrastinar, en un día tan especial como hoy, seguramente dejará esas responsabilidades para el lunes. Anoche, en nuestras últimas horas como solteros, vimos Flirting with Disaster en el sillón de casa y comimos Häagen-Dazs de dulce de leche. En unas horas llega, para quedarse por el fin de semana, Pedro, un amigo madrileño. Life goes on. Pero mejor.


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