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Lluvia de Terror

8 09 2004 - 20:13

Sin llegar a un terremoto, hoy acá llovió para el campeonato. No me pareció tanta lluvia hasta las 8.30 de la mañana, cuando el subte se paró justo abajo del East River, entre la última estación de Brooklyn y la primera de Manhattan del F, y ahí se quedó por 40 putísimos minutos “debido a una generalizada inundación de todo el sistema de subtes” en palabras del conductor/locutor.

Fue la única información útil que dio, porque luego repitió 6 (seis) veces el mensaje: “Si usted ve un objeto o bolso sin acompañante o si observa algo sospechoso o fuera de lo normal en el subte, avise a la policía al 1-888-NYC-SAFE o a la guardia del MTA en la siguiente estación.”

Bien por el tipo, ¿no? Dejarte 40 minutos abajo del río ya es suficiente terror. Sumale que estás en una ciudad que ya compró todos los números de un atentado terrorista y que estás a pocos días del 11 de setiembre, la gracia que hace que en se momento de incertidumbre te digan que eventualmente puedas convertirte, además, en víctima de un atentado.

El mensaje lo vienen repitiendo cada tanto con carteles y otras señales. Se trata del terror permanente. Terror del saqueo, del secuestro al voleo, del atentado. ¿Desastres naturales? El tema elegido para el terror desde hace siglos. Y si es en una ciudad, mejor. Terror que aterroriza más que lo que sirve: cualquiera que viaje en el subte F a las 8 de la mañana tarda un minuto en darse cuenta de que absolutamente todos los pasajeros son fuera de lo normal y actúan de forma sospechosa. El subte arranca en Coney Island y para cuando llega a Manhattan tiene un cargamento de rusos leyendo signos de izquierda a derecha, judíos ortodoxos recitando, musulmanes cubiertos y árabes descubiertos leyendo en alguna otra dirección, latinos y chinos gritando y miles de cualquier raza cantando con sus iPods.

Pocas veces, como ésta, gratifica ver la reacción de la gente. Porque la mezcla de hartazgo por los minutos bajo el agua (ya iremos unos 25) con la banalidad de un día de trabajo a la mañana ponen la advertencia en su justo lugar: entra por un oído y sale por el otro.

El subte, en cambio, no. Llegó con dificultad a Chinatown. Para entonces muchos se turnaban para dar asientos a los más cansados, el agua se compartía con casi todos y alguien me pasó una parte del diario para leer un rato. En Chinatown era claro que la lluvia seguía pero el subte no. Camiones de bomberos cruzaban todas las calles a lo loco y los rumores ya decían que en otras líneas la gente había tenido que caminar por las vías hasta las estaciones.

Caminé, tomé un café y bajé al subte una hora después, dos estaciones más adelante. El subte se había convertido en una biblioteca. La gente entraba y salía como en cualquier día, con la diferencia de que el subte no se movía. Supongo que cuando se acababa lo que estaban leyendo, se cansaban y se iban. Mientras tanto, la inundación de vías y andenes y estaciones había sacado a las corridas a sus huéspedes más temidos: ratas y homeless.

No sólo Baires se inunda. Not only Baires sucks.

El viaje en colectivo se llevó unos 45 minutos más (para hacer unas 25 cuadras) y en la tele mostraban, efectivamente, que los bomberos sacaban gente del subte por donde podían.

Volví a casa de noche, hace un par de horas. Ya no llueve, y el subte anda mal como siempre, pero no peor. Desde la ventana veo que está de nuevo la instalación laser que, al igual que el año pasado, se monta durante la semana del 11 de setiembre. No soy un partidario de la memoria a toda costa, un poco me harta. Y creo incluso que un poco de olvido a veces es de lo más saludable. La instalación laser es interesante, cambiante y fantasmagórica. Tiene la enorme cualidad de la evolución y el cambio con las condiciones del clima, las nubes, la humedad ambiente, el lugar desde donde se la mire y el mismo acostumbramiento del ojo que la hace parecer de una densidad gelatinosa o éterea o impenetrable. No se parecen a las torres ni lo buscan. ”¿Qué es eso? ¿Batman?” Pregunta alguien que ve la foto. Gotham City.

Es una puesta evocativa, que no evoca a las torres sino a su ausencia.

Como los efectos de los actos públicos son siempre inesperados, quizás los efectos de esta conmemoración con tono semioficial que arrastra este país sean muy distintos a los buscados. Quizás son más de uno los que se matan de gusto de que alguien pueda crear algo con cierta belleza en ese lugar antes de que empiece a armarse el edificio/adefesio de Libeskind; y el martilleo constante de que sí, ya sabemos, debemos tener mucho miedo, les entra por un oído y les sale por el otro.


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