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Las Malvinas son Pastorinas

25 09 2005 - 19:59

El copyline de Tiempo de revancha (cuyo afiche habrá cubierto media Buenos Aires anunciando su estreno en 1982, pero que yo recuerdo expuesto exclusivamente en la estación Loria del subte A) era este:

Un hombre honesto es, hoy, algo muy peligroso

—¿Estás seguro? —me preguntan durante la sobremesa de esta noche, veintitrés años después— Parece más bien de El Arreglo, eso. Se estrenaron más o menos por la misma época. ¿No te estarás confundiendo?

No, era de Tiempo de revancha. No consigo encontrar en la web un scan legible del afiche, pero estoy seguro por dos motivos. Uno: en mi inocencia de segundo año había pegado ese poster en mi pieza (pese a lo cual sigo recordándolo en Almagro). Dos: el despropósito no se me escapaba tampoco entonces. ¿Qué hombre honesto? No había ninguno en Tiempo de revancha, y no se trata de una interpretación purista — el único tipo más o menos decente ahí era Bengoa, el protagonista que quería cagar a la compañía en la que trabajaba aduciendo una mudez traumática inexistente.

A fines de la dictadura, combinada con la imagen de Federico Luppi arrojando (o enarbolando) uno de esos petardos de TNT que la mayoría de los mortales sólo hemos visto en dibujitos de la Warner, la frase era, ejem, explosiva. Siempre me pareció que estaba mal pero nunca me pareció que estuviera Mal, con mayúsculas. Si le aportaba más espectadores a la que tal vez sea, retrospectivamente, la última película argentina que estuvo bien de veras, bien desde que empieza hasta que termina, tanto mejor. La frase era, en cualquier caso, un disparate perverso. No me sorprendería que se le hubiera ocurrido a Héctor Olivera, con la consistente intuición oportunista que define su carrera.

Horacio Bernades, un hombre honesto, denunció ayer en la mailing-list de Fipresci una serie de regularidades avasalladoras que van desde lo anecdótico hasta lo muy grave y que hoy Piro, un hombre honesto, reproduce en su blog con desparpajo o inocencia, andá a saber. Lo anecdótico es la patoteada de Pauls. La tensión ente los críticos y su material de trabajo encarnado en personas es un clásico de la crítica, del arte, e incluso de cosas que no tienen mucho que ver con la crítica ni con el arte, como la película de Tristán Bauer. Lo grave es que Página 12, insatisfecho con su rol de boletín oficial, funcione ahora como organismo menor de inteligencia, entregando a sus propios periodistas. Y hay detalles que tal vez sean todavía más graves.

El mail de Bernades generó inmediatamente respuestas de sus pares indignados por la “censura”. Me cuesta evitar las comillas tanto como me cuesta solidarizarme con Bernades, que a las dos horas respondió al apoyo de sus colegas con otro mail, un poco menos combativo:

Gracias por estas primeras muestras de solidaridad, que vaya si las andaba necesitando.

En cuanto a las propuestas de Quintín y Javier, déjenme pensarlo un cacho, ya que el tema es delicado. Tengan en cuenta que si blanqueo públicamente lo que pasó en Página mi cabeza queda puesta dulcemente en la guillotina, y que hacer público un apriete privado me puede dejar peor parado a mí que a este miembro indecente de la familia Pauls. Tal vez sí se lo podría recoger como trascendido, pero ni siquiera estoy seguro de esto. O dar lugar a alguna nota más general, sobre las películas “oficiales” y el modo en que intenta digitarse su consenso.

Estas cosas conviene pensarlas con la cabeza fría, y si algo no tengo en este momento es eso. Por el momento estoy tratando de sacar adelante un informe que va a salir mañana con mi firma pero en el que, ya me la veo venir, van a intervenir muchas manos. Manos negras, obvio.

Hasta hace algunas horas, yo estaba resignado a evitar el tema para ahorrarle a Bernades los problemas que él correctamente intuye. Ante el disclosure de Piro (tip: si querés guardar un secreto no lo mandes a una lista compuesta por decenas de periodistas) me puedo permitir unas breves aclaraciones. Lo que es mejor: me puedo permitir también unas largas vacaciones.

Hay algo que Bernades no parece percibir. Que la publicación de este gossip miserable lo deja “peor parado a él que a este miembro indecente de la familia Pauls” porque el que se equivocó terriblemente es él. No Pauls. Pauls actúa en una pelicula posfascista como la de Bauer, seguramente convencido de lo que hace. Bauer (y Coscia, y Bonasso) recurren a metodologías mafiosas porque eso es lo que conocen y eso es en lo que creen. El cine no les importa, o les importa sólo en relación a esa visión del mundo que se expande como un virus y que —pese a las convicciones de Sarlo— es muy fácil de resistir individualmente si tenés dos neuronas y/o alguna idea de lo que pasó en el planeta en los últimos doscientos años. Bauer, como tantos otros representantes oficiales, está entregado a la propaganda. Página 12 también. Tanto Bauer como Página 12 se sostienen en su tarea gracias a un colchón de personas que no piensan como ellos pero callan por conveniencia, salpimentado por una (queremos creer) minoría de personas que reconoce las metodologías como indecentes pero calla porque lo importante es la familia. Horrible, sí, pero nada sorprendente, extensible al resto de las prácticas oficiales en el área de cultura, y a su recepción en los medios.

¿Cuál es la idea de contarnos estas cosas entre “nosotros”? ¿Para qué sirve? Bernades puede o no aceptar las condiciones infrahumanas que le impone Página. Cada uno hace lo que puede. El error #1 de Bernades es hacer pública su denuncia/confesión y el error #2 es reclamar luego el carácter semi-privado de la misma. Las consecuencias del primero las sufre él y las del segundo las sufrimos nosotros, que de pronto somos cómplices de Tiffenberg, de Coscia, de Pauls, de Bauer, de cualquiera que haya hecho algo jodido que pueda ser rastreable en dirección a Bernades.

No tengo ningún problema con Bernades. No me ensaño con él, que seguramente estaba indignado y tenía que contarle eso a alguien. El problema es que este esquema de silencio se repite en cada instancia que tenga que ver con lo que se dice del gobierno.

Todos (casi todos, si querés, para que no se ofendan las contadísimas excepciones) dicen una cosa en el café de la esquina y escriben otra. Pero no se trata de matices. Escriben otra cosa. O se las reescribe el jefe que cuida la publicidad oficial, o el jefe que está convencido de que con los amigos no se jode, o el subjefe que cree en sus deberes de patriota, o el subjefe que los desprecia a todos los demás pero no quiere más problemas. (O Wainfeld, que no entra en ninguna de esas categorías pero por algún motivo también calla el 99% de lo que sabe).

Y no es un problema de Página. El pacto tácito (o no tanto) de silencio trasciende toda frontera ideológica. En La Nación, Minghetti escribe una nota cuyo párrafo más memorable es, curiosamente, el que se limita a informar, sin la adjetivación triunfalista del resto:

Poco antes del brindis de rigor, Alvarez [vicepresidente del Incaa] se refirió a los avances que se vienen dando en materia de optimización de la gestión y a los que se darán, en octubre, referidos a los “consorcios de exportación” del cine nacional. Dijo que incluso, de aquí en más, los encargados de esta área acompañarán al presidente Néstor Kirchner en cada viaje internacional que realice. Otro anuncio importante en cuanto a la comunicación del Incaa es que en los primeros días de noviembre, cuando termine su responsabilidad en la Cumbre de las Américas, Oscar Feito, actual vocero del canciller Rafael Bielsa, se hará cargo de la nueva oficina de prensa institucional del organismo.

Allá ellos, y sus lectores.

Si hay una Doctrina (peronista o no, no me importa a mí ni parece importarle a nadie) que se impone sobre todo lo demás es la que dice que El Que Se Queda Afuera Se Jode. Y los que, por decisión o por casualidad, quedamos afuera, nos jodemos, efectivamente. Los que tenían lealtades preexistentes con el cine, o con el arte, o con disciplinas menos prestigiosas, como el periodismo, o con la complejidad del mundo, están en serios problemas. Pero estos problemas los (nos) habilitan para reformular desde nuestra óptica la misma máxima al revés, con un optimismo algo injustificado. O, por lo menos, para señalar: si estás “adentro”, hacéte cargo.

No se hacen cargo. ¿Quién hace público el problema? Piro. ¿Quién lo comenta? Nosotros, acá. Es un disparate. No hay nada más perverso. Esta gente cobra por su trabajo. Su trabajo es escribir y editar los diarios que tendrían que estar contándonos lo que pasa. Pero nos fuimos acostumbrando a leer entre líneas e imaginar lo que pasa a partir de lo que dicen. Y la demostración de que blogs y otras instancias amateurs (como este sitio) pueden escribir gratis y en una hora por día textos más humanos y confiables de los que se encuentran en todos los diarios juntos (algo no muy difícil de hacer) sólo sirve para que recaiga sobre nosotros también la responsabilidad de decir en público lo que callan tanto alineados como disidentes. Pero andá a cagar.

No estamos en guerra. Si te echan de tu trabajo por hacerlo bien, les hacés juicio y en una de esas lo ganás y todo. Con todo respeto por las situaciones individuales de cada uno, que las habrá más delicadas que otras, la obediencia colectiva no merece que uno se tome el trabajo de hacer más que señalarla.

¿Qué pasaría si mañana, lunes, la mitad de los periodistas locales escribieran un cuarto de lo que saben con un quinto de la sinceridad que mantenemos acá por costumbre, porque no se nos ocurre otra cosa? Si publicaran las dudas, preguntas e interpretaciones que comentan en privado todos los días? No sería el fin del mundo. Cambiarían cosas, y ellos estarían, para variar, haciendo su trabajo. ¿Lo van a hacer? No creo, pero si llega a pasar mandenmé mails y avisen, porque yo renuncio a los diarios por segunda vez en mi vida. Veremos cuánto me dura. La primera vez me duró cinco años; todo indica que por un tiempo (por lo menos en lo que a mí respecta) habrá una oferta menor en el departamento de uy, mirá lo que dice el website de fangulo.

En un ecosistema más civilizado, la multiplicidad de opiniones propia del self-publishing avanzaría hacia algo parecido a una conversación. Como están las cosas en Argentina, un medio que opina con independencia es una máquina de hacer enemigos (lo cual no sería tan grave) y de proveer esparcimiento para amigos nominales que nunca harán lo propio en su terreno: porno para periodistas y dirigentes obedientes. Consumir pornografía tiene su encanto, pero producirla es aburridísimo. Y Bengoa no era honesto. Era un boludo que se cortó la lengua.


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