Click here
Más Features

El fin de la vía (8) | El fin de la vía (7) | El fin de la vía (6) | El fin de la vía (5) | El fin de la vía (4) | El fin de la vía (3) | El fin de la vía (2) | El fin de la vía (1) | Néstor Kirchner, la (primera) película | Renuncio | Graciela Bevacqua | Testamento: 4.2 Memoria y Condición Humana |









27 09 2005 - 11:03

La sociedad funciona. No todo es relativo. Uno más uno es dos, lo que veo no lo creo pero, etcétera, etcétera. Que las palabras no alcancen para dar cuenta de lo que pasa no implica que el mundo no exista. Podemos ir y quedarnos contemplando la fantasmagoría en los laboratorios de las así llamadas ciencias sociales, o asumir que somos colorinches pajarones alienados aplicados denodadamente a la producción de la vida. Y salir al mundo a ver qué pasa. Optamos por esto último. Y salimos a ver qué pasa.

¿Y qué carajo pasa? Vemos clubes de fans de Paulina Rubio, lectores de libros amarillos y negros publicados en España, borrachos de todas las clases sociales, pibes repitiendo muecas que saben agotadas, repositores cantando canciones en inglés, bogas alegres saltando en las esquirlas de la ley, etcétera, etcétera, etcétera. La ciudad se organiza. A la noche, los más se la ven con el insomnio de la derrota en espacios interiores y algunos transportan merca de un lado a otro. A la madrugada, miles de vigiladores con sus sueños de gimnasio, que han velado por el resto a cambio del pancho y la coca, vuelven a sus casas en busca de reparo. Y entonces emergen los ejércitos regulares. Cada uno en su nicho, apoyado sobre miles de códigos implícitos, reformulándolos con la repetición. Cada uno con su propia religión, dictada por Ted Turner, por Magnetto, por Johnny Rotten o por Deng Xiaoping. O por Ezra Pound. Aplastando una cabeza, dos o quinientas. Con la mayor elegancia posible. Reconociendo en el propio cuerpo los síntomas del amor o la enfermedad. Pero dándole el ok a que las cosas sigan más o menos como están. A que dentro de 30 o 30.000 años, venga un asteroide y los haga nadar un rato por el Mar de las Pampas y que el Logos ya deje de ser.

También están los que se preguntan qué carajo pasa. Ni peores ni mejores. Anotan signos en las paredes y generan su propio núcleo de intereses. Inventan religiones provisorias para pequeñas comunidades y las comunidades los recompensan por ello. Representan, caligrafían, trabajan la conciencia.

Algunos de ellos tienen chapa de sobra. Tienen nombre de guerra, se levantaron en armas y no dejaron de pensar. Nos interpelan porque en algún lado parecen estar más cerca de la masa sin nombre. Aun cuando su horizonte imaginario sea la revolución.

Otros matizan esa radicalidad, y se preguntan:

Los huecos que quedan como interrogantes son un montón –y sería muy bueno planteárselos a Mattini– y algo me queda finalmente como objeción: que el lugar activo, decisivo, que le da a la “política” no corra por cuenta, como parece sugerirlo, de la decisión o la entereza o la capacidad de entrega de los militantes, sino de una progresiva conciencia práctica de todos y cada uno, en los hechos de la vida cotidiana, de cuáles son sus intereses y cuál es su lugar.

Pero nosotros seguimos ahí, atizados por la política burguesa, con la decepción de la que come la democracia televisada como comen pasto las vacas campestres. La crítica de la política nos es casi ajena. No porque todo nos dé lo mismo, sino lo contrario. Tampoco porque los pequeños dramas de nuestros representantes nos causen una emoción inocultable. Ni porque en las encuestas de Clarín nos guste votar en contra de la agenda de D’Alessio. O sí. Es que no podemos sino adherir a lo que alguien llamado Claudio Amor escribe acerca de la filosofía política: “Que, con Maquivelo, tiene un ojo suficientemente perspicaz como para advertir que lo que salva al Príncipe ante Dios lo pierde ante el pueblo y que lo que lo pierde ante Dios lo salva ante el pueblo; que, no finiquitado el tiempo de la deliberación moral, ha finalizado el de la disquisición política; que, en lo más crítico de la crisis (la guerra civil, la revolución, “la peste”), percibe lo que es imperceptible para la Filosofía Moral: el hecho bruto (y brutal) del poder”.

Así que disfrutamos de la crítica de la doxa y apreciamos el grado de fatalismo con que las ovejas marchan por este valle de sombras. Y no dejamos de considerar tampoco el cursus honorem atravesado por nuestros figurines bailanteros. A quienes, como está en la naturaleza de la cosa, no les exigimos ideas: nos fijamos más bien en sus muecas, nos seducen sus respectivas psicosis.

Ni siquiera despreciamos el trayecto del tilingo celeste que, antes de acceder a la presidencia del Boca Juniors, fue secuestrado y salió de la experiencia con el síndrome equivocado. Pero claro, la opción de nuestras bellas almas progresistas es la que personifican el amigo de Galimba y la tromba republicana. Pero los dramas son módicos, como piden acá mientras por otro lado reclaman palo y palo, y les hacen caso, pero no como lo habrían querido (a eso le llamo conciencia de clase).

En fin, teníamos ganas de hablar del ingenio de Marcelo Bonelli, de las fotos de nuestra Foxy Lady que publicó el Diario Perfil y de la tapa de Durazno Sangrando. Pero el ánimo no da para eso.


————————————

Del mismo autor:
Lo que hay en la caja