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Ni con un corazón de fantasia

2 10 2005 - 17:48

Bon soir. Hemos vivido un domingo divino en Buenos Aires, un sol a pleno aunque con un poco de viento que tiende a emparejar el juego. Abrimos un tubo de Penn de sello colorado para clay que seguimos comprando a doce pesos. El olor de estas pelotas es como el olor de las Slazenger de cuando eramos chicos y queríamos una vida de tremendas aventuras. De sacrificios por la humanidad, de salvar a indefensos de incendios, de luchas contra extrarrestres que nos iban a destruir. Aunque no leíamos comics de superhéroes, por boludos (ellos), pensábamos en ser uno de ellos (nosotros) y no veíamos la contradicción. Leíamos: “Las locuras de Isidoro”, “Patoruzú”, “Los Hijos del Capitan Grant”, “Corazón” y “Príncipe y Mendigo”. Lloramos con la revista Goles, el día que publicaron una nota sobre la gira que hizo el club Temperley por Africa (parece absurdo pero hubo una gira por Africa de Temperley) y contaron la historia del chico que, a pesar de tenerlo mascando quinina durante dos días, se les murió de malaria.

Era el Proceso. Mi abuela tenía una máquina de hacer churros y un departamento en Las Heras y Falucho en Mar del Plata. Con mi tío abuelo Basilio caminábamos hasta Punta Iglesias a ver pescar. Un día se pelearon dos pescadores en el muelle. Se tiraban cañazos, revoleaban plomadas y anzuelos. Hubo que hacer lugar. Estuvo buenísimo. Pero esa gente tuvo algunos segundos inolvidables de miedo profundo. Una pelea demasiado pareja y el mar y las rocas demasiado cerca. Un ring pequeño y el pacto de no empujarse aunque cómo saberlo.

Es Kirchner time. Pero por politizar todo. Podría ser Lavagnomics, si no. O Gates age. O Gato rade. Como sea, la yerba Rosamonte nos provoca acidez. Tenemos distensión abdominal. Somos felices con poco. Parece que estamos grandes. Todo nos molesta menos. Las distancias son más cortas. Todo es más fácil. Y queda menos tiempo. A veces parecemos locos o viejos con mañas. Nos quejamos a los mozos por la calidad del café. Seguimos comprando todos los diarios. Cuatro, ahora, desde que salió Periodismo Puro. No nos podemos concentrar en nada.

Nos sentamos, pensamos.

—Siendo muy honesto, che vos. ¿Qué es lo más interesante que te pasó en la última semana? Digamos de las cosas públicas, que son las que tratamos por acá.

—Por mucho, te digo, me digo y a pesar de que el mundo es vasto, ancho, hermoso, lleno de cosas, lo único realmente interesante de la última semana fue “El Caso Bernades”. La historia de un conocido periodista de espectáculos del diario 12, que encontrándose la semana pasada en la cobertura del Festival de San Sebastián fue increpado por el peligrosísimo Gastón Pauls, el integrante con mejor cachet del Clan Pauls. Bernades, demudado porque el origen del reproche de Pauls sólo podía tener como única fuente al director del diario, el señor Ernesto Tiffenberg, corrió a la sala de prensa del festival y desde una de las compus con banda ancha disponibles escribió un texto enojado, de catarsis, a los integrantes del mailing list de Fipresci, una organización mundial de críticos de cine, que también tiene sede argentina. La historia ya fue contada mejor por el profesor Raffo en ediciones pasadas de Los trabajos prácticos. Leedla de allí, donde dice: Las malvinas son pastorinas.

Pero como es de lo único que quisimos hablar esta semana, nos entusiasmamos y ahora pensamos, hablamos por el Skype y queremos llevar la historia al cine o hacer una miniserie para Ciudad Abierta que seguro van a estar interesados en mover el mantel. Una ficción, ¿no?

He aquí primeros borradores:

El tío Antifaz denuncia una injusticia a sus amigos y cuando algunos de estos, le piden que la haga pública de modo de generar un hecho político, el hombre recula, se pone el saco y el moño y va a retirar a Anteojito de la escuela porque le duele la panza.

En el minuto treinta, el hombre sostiene una discusión con quienes reportan el caso desde un site humanitario. Esa polémica se convierte en el conflicto de la película. ¿Debe un hombre preservarse o preservar cosas más importantes que sí mismo? Trillado, pero bueh. Sub tema: un personaje cree que el hombre no corría peligros de hambre o muerte sino que lo que corría peligro era su buen nombre ante las distribuidoras de cine, los Malbas mundiales y Fipresci planetaria con quienes aparecer como conflictivo equivale a perder viajes, emociones de avant premieres y cocteles de otros, para otros.

Por lo tanto, su decisión de hacer la del ñandú obedece más bien a la inercia del adocenamiento y la necesidad desesperada de no quedar fuera del system, system of a down. Que no te bajen del avión.

No obstante, la batalla parece siempre resignada en el nombre de lo que no se puede perder porque se tiene familia y el resto las personas, alguna parte del resto, las que más se le parecen, asienten. Se hacen los tontos. Se dice la frase con la que podemos hacer el aviso: “soy tan heroico como la realidad me lo permite”. Abre otro subtema: La concordancia, el pacto de no agresión que tiene determinada gente con la realidad.

“Soy tan heroico como la realidad me lo permite”, le dice el personaje a un amigo íntimo con el que camina por la calle Ayacucho. El amigo se alimenta de picadas de queso, hace una semana. Síntoma de depresión.

Los amigos del hombre estudian cómo seguir enganchados en las invitaciones a los festivales y las comidas, la dádiva con que han sacrificado toda posibilidad de hacer una vida interesante, pero que curiosamente los hace parecer interesantes y sofisticados, porque eso hace a un crítico de arte. Es difícil pero lo logran, aunque cada vez menos. Otro subtema: las apariencias.

Se repliegan endogámicamente sobre el mismo sistema de amigos de modo que estas cosas no sean puestas en discusión. Tratan de tener hijos para tener la excusa de la renuncia. “Tengo dos pibe’”. Esto es otro subtema. La familia como el fin oficial de la aventura, que muchas veces ni siquiera se empezó.

Apunte: Lo que nuestro actor elegido tiene que saber sobre el personaje que va a interpretar. Le damos el siguiente material exclusivo obtenido en una sesión de hipnosis con un reportero nn.

“Pienso, cuando voy a las privadas bien temprano, si no seré un estúpido adocenado, cumpliendo un plan de vuelo demasiado definido fuera de mi propia conciencia. Lo pienso en el taxi por el que vuelo por Las Heras, pero me suena el celular a tiempo. “Ya llego”. Muestro certificados en la puerta del Village. Saludo, arriba. El sistema de jerarquías sigue igual. Respiro. Encuentro en el paso del tiempo, en ya ser un tipo grande una gratificación que no imaginaba de chico. Soy reconocido, ya está, no estoy más a prueba, no me revisan la ortografía ni el sentido de lo que escribo. Me siento en la butaca. Se apagan las luces. Pienso en la bolsa que no llevé al Laverrap y calculo cuántos pares de medias por usar me quedan sin necesidad de ir al lavadero. Pienso que a la tarde hará calor y no me dará ganas de moverme. Pienso la calle como una parrilla. Siento los pies cuando empieza a rodar la película. Otro plomo, pienso. Le digo al de al lado: “veremos”. Rueda la película. Hay un tipo robando un banco, otro asaltando una tienda, una toma de rehenes, alguien que vuelve de la guerra. Pienso en mi mujer, “morite hija de puta”, en mi hija “quiero entrar a la iglesia con vos del brazo’. Tengo hambre, llegué tarde a las medialunas y al café. Pienso en el día de la semana pasada que ayuné hasta las dos de la tarde y no me dolió la cabeza ni nada. Me doy ánimos con eso. Hay que seguir, pienso. Un chiste en la película, río, poco, pero río. Me siento mejor. Pienso en mi pito porque me aprieta el pantalón. ¿Chiquito? ¿Grande? Pienso en quienes me dijeron que era grande y en quienes me dijeron que era chiquito. Hago dos equipos. Los ubico en el patio de la escuela y trazo una raya en el medio. Juegan al quemado. Me siento un artista, imaginando. Podría hacer películas. Gana en mi cerebro de derrota las que me dijeron que era chiquito. “Mínimo”, dijo Joana. Alguien entra a un salón con una mala noticia, en la película. A los treinta minutos. Je, plot point uno, un cachito entiendo, pienso”.

En el cuartel general del site humanitario hay algunos síntomas de depresión pero no comen queso todavía. Uno de los socios se bajó del Enterprise en un planeta donde hay toda gente bizca y se enganchó con sus costumbres, el antropólogo enamorado de sus indios. No quiere viajar más. Kirk anota en la bitácora: Pena. Eso hay que ponerlo al principio de la peli. Otro socio del site está tomando whisky en el Bizarro porque lo sirven generosamente. En la barra habla con un personal trainer que le da tips para quemar grasa. Si vas a correr, corré dos minutos, caminá rápido otros dos, corré dos y así da tres vueltas al lago grande de Palermo. Y tomá agua bien helada porque en el proceso de calentarla, el cuerpo quema más calorías.

Otro socio, el principal, que es como Bowie pero morocho y enano, o sea no es como Bowie, hace acrobacias en el living de su casa. Escucha a Zeppelin en el dvd.

Quedan en juntarse todos a comer ravioles una noche. En la casa del reportero de espectáculos hay cita también. En la raviolada se piensan maldades. En violar la ley, se piensa en armas. En la de los reporteros se piensa en palas nuevas, unas que te entierran bien profundo, hablan de ataúdes. Algunos elogian la buena madera de algunas cocherías.

Bowie habla de las revoluciones, de las conspiraciones posibles desde que apareció el google earth. “Algo así, disponible para todos como una versión free download de programas que son mucho más sofisticados y que seguramente pueden decirnos dónde estamos, cómo estamos, cómo nos sentimos todo el tiempo, en todos lados, marca la cancha”, dice. “Debe haber otras cosas también –agrega—que nos preanuncien lo mismo”. Sigue: “Lo veo a Lenín viajando en tren y siendo enganchado por satélite cuando está por llegar a San Petesburgo o a los yanquis evitando que se lo carguen a Trotsky y reventándole el celular a Alain Delon”.

“No, la rebeldía adolescente no es”, dice el del whisky cambiando de amigo en el Bizarro. “Acá no es contra el padre. Somos los padres. Nos peleamos con toda planificación, con orden, con los que hacen de éste un mundo más feíto, con más esclavitos, con más boluditos, con menos amor, con más desdén, con menos gracia. Pensamos acciones para desalentar el adocenamiento, para desestandarizar las opciones de lectura, de escucha, de encuesta electoral”. Lo repite en la raviolada: “¡Muy bueno!”, se escucha.

Es lo que hay que hacer.

“Dijimos el Google Earth –le escuchamos a Bowie—, podemos decir el Veraz, las pinzas policiales controladas por satélite en la salida de la capital por Libertador, al lado de la escuela Raggio”.

“La rebeldía entonces, es una acción que uno despliega sobre un escenario limitado de opciones. La rebeldía es posiblemente retirarse, más que nada. Es decir, ok, son las reglas, no me gustan, good bye, me voy a preparar el fin del mundo”, agrega uno y van armando la oración entre todos.

Siguen: “Hay campos en particular donde uno puede hacerse más el loco, porque no todos decodifican igual, porque hay burros. Porque embarcarse en el amasijo cotidiano de estar del lado de la luz, y no en un puesto plebeyo, te va apretando la cabeza, quitando humor, capacidad para la metáfora”.

“Hagamos el site humanitario, de los superhéroes, de la locura, del arte, de escribir para hacer banda, de la catarsis, de la política. De la distribución”.

En la otra raviolada hablan de directores de fotografía de la nouvelle vague.

Se acercan a la edad de los infartos.


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