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Desdiferenciación

3 10 2005 - 08:48

Cuando a mediados de los 40 del siglo pasado en su exilio californiano, los alemanes Theodor Adorno y Max Horkheimer acuñaron el concepto de industria cultural, estaban pensando nostálgicamente el fin de la autonomía estética provocado por la masiva y omnipresente mercantilización del arte.

El concepto de “industria cultural” no era otra cosa que la faceta “estética” de la llamada dialéctica del iluminismo. Por lo tanto, para comprender el hoy proliferante concepto de “industria cultural” es necesario primero dar cuenta de esa “dialéctica del iluminismo”. Este concepto (críticamente) hegeliano da cuenta del desarrollo, a partir del iluminismo dieciochesco cuya cara visible es para nosotros la libertad individual, la autonomía estetica, las bases de la constitución de la ciudadanía y de los estados-nación modernos,etc., del desarrollo, entonces, de la propia esencia iluminista cuyo “resultado” más significativo es la suma sistémica y diabólica de Auschwitz + Hollywood.

Y Hollywood comprendido como un sistema de producción idéntico a cualquier industria del capitalismo de mediados del siglo XX. La industria cultural como una “parte” del capitalismo tardío, y que sólo puede ser comprendida cabalmente si la inscribimos (ahí corresponde el concepto de “mediación” de la dialéctica hegeliana) en esa totalidad sistémica llamada capitalismo. La industria cultural es una fábrica de productos en serie, casi idénticos uno con otro. Su reinado, supieron decir Adorno y Horkheimer, es el imperio de la desdiferenciación. Todo producto salido de sus entrañas, los medios masivos de comunicación, tienen el mismo destino: convertirse en mercancías con un mercado (un público) determinado, segmentado y con efectos predecibles.

Ahora bien, Adorno es conocido como uno de los teóricos claves de la defensa de la “autonomía estética” en el siglo XX. Cuando acuña el concepto de industria cultural, está hablando del fin de esa autonomía; esto quiere decir que Adorno, a pesar de estar postulando el triunfo “absoluto” de los valores mercantiles de la industria cultural por sobre los valores de la autonomía estética, a pesar de ello, sigue pensando en la necesidad de defender los tres postulados centrales de la autonomía, a saber: la separación(contradicción) del arte respecto de la praxis vital, la producción individual, y la consiguiente recepción individual.
Pues bien, los herederos de Adorno, los también alemanes Jürgen Habermas y Peter Bürger, han seguido ese legado de defensa de la autonomía a finales del siglo XX contra los embates de la vanguardia (Bürger) y de la “posmodernidad” (Habermas).

A pesar del “proyecto” de defensa de la autonomía de Adorno,
el aspecto más relevante de su producción teórica para el análisis del presente ha sido el concepto de “industria cultural”. Sintagma que rompió los tabiques del “discurso académico” para proliferar sin pausas ni límites en toda enunciación vinculada con el arte, el espectáculo, los medios de comunicación. La característica clave de este fenómeno descripto por Adorno y Horkheimer es lo que se denomina hoy desdiferenciación de los productos de la industria cultural.

Ha sido un teórico italiano de fines de siglo XX, Paolo Virno, quien se ha dado cuenta de un aspecto central de la la llamada globalización finisecular. El concepto de industria cultural de Adorno Horkheimer, que había sido acuñado para describir la progresiva invasión de valores económicos en el mundo relativamente autónomo del arte burgués, hoy, supo decir Paolo Virno hace no mucho, se ha invertido el proceso: la “industria cultural” es la que invade con sus valores de espectacularización y estetización todo lo que encuentra en su camino. El presente es el imperio desdiferenciado de la industria cultural, es ella la que ha vencido, pero no sólo a la “esfera artística”, sino a todas y cada una de las prácticas (ahora indiferenciables). No hay producto del capitalismo que no esté cruzado por su lógica. Coches, películas, jabones, políticos, música, etc. A este “imperialismo” de la industria cultural es que se puede denominar “imperio de la desdiferenciación”. Ha habido a partir de la segunda mitad del siglo XX otros conceptos surgidos de diferentes ámbitos y posiciones que han intentado describir este mismo proceso: “sociedad del espectáculo” y “civilización de la imagen”, son dos de los más importantes.

A todo esto hay que agregar una cuestión más: desde la entrada en crisis de los estados-nación modernos como producto de la denominada “globalización” (que primero fue financiera y hoy “contamina” todos los ámbitos, desdiferenciándolos), resulta difícil hoy seguir sosteniendo la idea de la “autonomía de las esferas culturales”. Todo fenómeno que hoy se nos presente para la reflexión, o para la mera mención, podrá ser caracterizado al mismo tiempo como “político”, “económico”, “cultural”, “social”. Esa diferenciación de ámbitos y temas propia de la modernidad hoy ya ha perdido todo sentido. Como han perdido sentido los “discursos”, todavía enormemente difundidos a través de los medios de comunicación, que asientan su “autoridad” en los valores de difrenciación, separación, especificidad de un campo. He ahí la creciente deslegitimación de los “discursos” de políticos, economistas, funcionarios, jueces.

Fue Walter Benjamin el escritor que con mayor claridad describió el proceso de “trituración de los valores auráticos de la obra de arte” a partir de la época de su reproductibilidad técnica que se inicia hacia 1840 con el nacimiento de la fotografía. Benjamin vio a mediados de la década del 30 cómo se desmoronaban todos los valores del esteticismo idealista (bajo los auspicios de las vanguardias), que a fin de cuentas de cuentas son los mismos que sostienen la ya ridícula pretensión de sostener la autonomía estética en el siglo XXI. Benjamin decía que no se podía seguir pensando el “arte” con los valores de la época aurática: inspiración, genialidad, misterio de la creación. Si prestamos atención al modo en como los “artistas” (desde un “poeta” hasta un “fotógrafo”) defienden y autoobjetivan su producción veremos que, aún hoy, no pueden salirse de esta tríada de “valores interiores”.

Si acordamos con denunciar el escándalo de defender todavía hoy los valores de la autonomía, pues habremos llegado al punto de pensar la desdiferenciación como una marca clave para pensar nuestro presente.

La actitud “natural” ante un diagnóstico inequívoco de desdiferenciación extendida, es la crítica y la nostalgia: un conservadurismo cultural que se suma a la defensa del salario, del “valor/precio” de la “obra”, y que incluso disfraza la regresión postulada como deseable, con las ropas del “progresismo”. Volver a defender los valores auráticos, refugiarse en los campos profesionales de la autonomía y los géneros, y todo ese tipo de conservadurismos “modernos”, hablan menos de posicionamientos estéticos o políticos que de pereza intelectual o imposiblidad de pensar el presente con categorías nuevas. Seguir pensando, entonces, en nombre de una supuesta defensa del “arte crítico” o el “pensamiento crítico”, no es otra cosa que temor, pereza o defensa/conservación del salario/precio y el espacio institucional de enunciación conquistado.

Mi posición ante la desdiferenciación reinante no es volver a diferenciar. O lo que es peor, seguir diferenciando como si nada hubiera sucedido. Seguir pensando (o volver a pensar) en las “reales” diferencias entre música “artística” y música comercial, entre cine y raves, entre literatura de prestigio y literatura comercial. Son diferentes sectores de la industria: constituyen diferentes nichos de mercado. Y no hay “afueras”.
No hay posibilidad hoy de pensar “exterioridades” del mundo global. Y esto también constituye una conclusión “inequívoca” y generalizada.

Mi posición ante la ausencia de exterioridad y la desdiferenciación como imperio, está basada en la percepción de que es la propia industria cultural la que sostiene sus productos mediante valores auráticos (a los que desde la perspectiva adorniana habría arrasado). La “genialidad” de Spínettas, Charlys o Marthas Argerich, el “talento” de Suar, Tinelli o Jarmusch o Kuitca, el “carácter único” de J. K. Rowling, César Aira o Salman Rushdie. No hace falta seguir con ejemplos, todos y cada uno son ejemplos válidos, a gusto del ejemplificador. “Artistas”, “intelectuales”, “políticos”, “estrellas de la televisión”, todos igualados compiten por el favor de algún público. Todos en la misma mesa de disección.
La industria cultural ha sido el nombre del proceso de desdiferenciación del mundo global, pero se sostiene con las viejas categorías de la autonomía y el aura. Allí hay una grieta inconmensurable.

Allí hay una “situación” que debe ser eficazmente aprovechada. Ahí hay “pensamiento estratégico” y “eficacia” que poner en movimiento.


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