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Los Macheteros

3 10 2005 - 17:44

El based on true events de la ficción presupone la inclusión del adverbio “vagamente”, pero uno no siempre está dispuesto a asistir como si nada a la caída de un arquetipo entrañable. Sabemos que la mayoría de los agentes del FBI son oficinistas grises o policías brutales y que, si hay algún Fox Mulder dando vueltas por ahí, probablemente nunca lleguemos a conocerlo. De ahí a ver a un tipo armado hasta los calzones con una remera que dice “FBI New York” como si fuera un patovica del Hard Rock Cafe… Bueno, debería haber varias escalas intermedias.

Me pasó días atrás en el lobby de un hotel de San Juan de Puerto Rico, adonde había viajado por un tema ligeramente laboral, si se me permite el relativismo. El tipo tenía una remera del Federal Bureau gastada, los pantalones le quedaban mal –medio bombacha de gaucho– y el cinturón de armas le bailaba como a un cowboy satírico. Parecía su uniforme para el Caribe, como si todo ese tema de la intriga y el glamour de los servicios no fuera necesario en una isla que se cocina al vapor de las Antillas Mayores.

A la mañana siguiente de cruzarme con el vaquero, agarro los diarios de San Juan y me entero de la noticia: cayó Filiberto Ojeda Ríos, militante independentista que hace treinta años fundó una guerrilla separatista (el Ejército Popular Boricua, o Los Macheteros) a la que se le adjudican seis asesinatos no del todo esclarecidos. De todos los delitos federales que presuntamente cometió, el más famoso es el de un asalto a un camión de Wells Fargo en West Hartford, Connecticut, con un botín de poco más de 7 millones de dólares que destinó, se supone, a una lucha armada que, para ser lucha armada, ha sido un tanto imperceptible. Se le achaca haber espiado para el gobierno de Fidel y haber asesinado a dos militares boricuas; estuvo preso en Nueva York y desde hacía unos quince años estaba prófugo de la justicia norteamericana en una isla que se recorre de punta a punta en cuatro horas de autopistas y rutas de montaña.

El 23 de septiembre pasado, día en que Puerto Rico celebraba el 137° aniversario del Grito de Lares (un infructuoso levantamiento independentista contra los colonos españoles), una docena de federales –el FBI ofrecía un millón de dólares al delator– se metió en el pueblo de Hormigueros, al sur de Puerto Rico, y mató a balazos al líder machetero. La noticia, a pesar de haber sido tapa de todos los diarios y apertura del noticiero de Univisión, pasó como detalle de desayuno en la mañana de sábado de San Juan, un velo de espionaje tropical tendido sobre los 95° Farenheit que derretían las reservas de los puestos de piraguas (un cúmulo de hielo con saborizantes verde criptonita, violeta, magenta y turquesa).

El fusilamiento de Ojeda Ríos (“en defensa propia”, según declaró después el FBI) quedó flotando ahí, en una pequeña manifestación impulsada por simpatizantes del único partido independentista de Puerto Rico (que apenas goza de un cuatro por ciento de popularidad) y en las voces de viejos pescadores que tomaban ron tibio en la calle y brindaban por la memoria del viejo Filiberto. Que viva Filiberto, que viva la Revolución. Unidad, unidad. Todo a media voz. Nada que eclipsara el combate de box de esa noche.

Así que yo seguí de largo y, antes de salir a cocinarme, me puse a mirar los noticieros yanquis y boricuas, dedicados al advenimiento de Rita con inocultable excitación. Además de mostrar unos intrascendentes gráficos flúo, los reporteros y presentadores prometían mucha más acción de la que propinó su celebérrimo antecesor. Si te emocionaste con Katrina, esperá a ver de lo que es capaz Rita. Más agua, más viento, más destrucción. “America’s Challenge”, titulaba Fox News, convirtiendo el cataclismo en una oportunidad de cruzada nacionalista. Es lógico. En el momento en que un imperio o toda una civilización entra en crisis, las guerras se complican y las fantasías apocalípticas se ponen irresistibles, hay que aferrarse a las pocas posibilidades de triunfos épicos que ofrece el mercado. Después de todo, la meteorología sigue siendo algo más previsible que el terrorismo. Porque a nadie le gusta ver morir gente bajo el agua, pero a casi todo el mundo le fascina un relato con final incierto. Queremos que ganen los buenos, que los botes naveguen por las calles de Houston hacia refugios seguros y que Sean Penn salga en las fotos llevando a upa a una negrita con los ojos inyectados; pero preferimos que todo eso cueste lágrimas. Que sea un verdadero desafío, y que America salga airosa del desastre. Cuanto más hostiles sean los terroristas y los tornados, mejor puestos vamos a tener los huevos nosotros. No hace falta ver Guerra de los Mundos para entenderlo. Si no se comprende ese principio básico de orgullo imperial, puede que se esté desestimando una de las razones de la distribución de poder en el planeta.

Suficientemente lejos del Golfo de México, yo tenía que ver un chow de rock puertorriqueño, algo bastante periférico en la cuna del reggaetón. Me perdía de ver a Héctor el Bambino en el Bellas Artes de San Juan, después de una noche de perreo (la danza reggaetonera) y precalentamiento en un boliche de género. En el anfiteatro Tito Puente, en cambio, metido en las entrañas de un parque nacional, había unas 1.500 personas viendo apaciblemente a Circo, la banda de rock más importante del país. En un momento, un payaso mencionó desde el escenario el nombre de Filiberto y la gente vitoreó. Creía que era un personaje que tenía menos consenso, pero resulta que este “Che Guevara de Puerto Rico” (también está “el Bob Marley de Puerto Rico”: el Tego Calderón) es respetado por buena parte del pueblo, a pesar de que nadie está muy al tanto de sus últimos planes, según me voy enterando en los bares.

Ojeda había estado preso en la segunda mitad de los 80 por el asalto al camión de Wells Fargo, y lo soltaron en el 90 pero con un grillete electrónico para marcarlo de cerca. Filiberto se deshizo rápidamente de esa cosa y volvió a la clandestinidad, desde donde no hubo muchas más noticias de él, excepto un par de entrevistas que concedió a medios puertorriqueños y mensajes periódicos a sus apacibles compatriotas. Visto desde aquí, a años luz de los asuntos internos de la Casa Blanca, la cacería del tipo no parecía muy prioritaria. No era Bin Laden en una caverna del Asia Meridional. Era un boricua rebelde de setentipico de años retozando en su rancho de Hormigueros, cerca de su mujer y lejos de la guerrilla. Como sea, de pronto cayó el FBI y se lo cargó en fecha patria, una fecha en la que, tradicionalmente, el viejo mandaba un mensaje de independencia a su gente. En principio, parece una operación un poco desmesurada a la vista del pueblo de un Estado-libre-asociado que no puede votar a presidente. Y, más allá del tiroteo que hubo de por medio, la relación de Filiberto con las armas, últimamente, era menos intensa que la que establecía con los periodistas locales.

Pero eso no parecía importar en las calles del Viejo San Juan. Los ánimos no estaban caldeados, ni por el calor que hace hasta de noche en la playa, ni por la muerte de Filiberto ni por no poder elegir presidente. Después de todo, la fisonomía híbrida de la isla se extiende en todas las direcciones posibles. Los Kentucky Fried Chicken y los kiosquitos de venta de alcapurrias y ensalada de pulpo conviven en perfecta armonía. Nada que no conozcamos nosotros. Lo importante es que haya una costra de fritanga lista para recubrir cualquier cosa. Hasta helado frito te venden, que sería como una cruza de profiterol con torta frita pampeana. Y también importa que en los boliches pasen toneladas de gomoso reggaetón y que las mujeres boricuas sepan que tienen que frotar el pavo por la rígida bragueta del varón. Con respecto a la efímera y devastadora lambada, el perreo va mucho más allá: no sólo porque lírica y musicalmente le pasa el trapo sin chivar una gota, sino porque es mucho más explícito en el arte de cojer vestido. Las chicas no impostan esa sonrisa voraz de las brasileras, los chicos no sacuden la pelvis como multiprocesadoras: acá la cosa va en serio. Circunspección y ritmo parejo. La hembra se pone de espaldas, se inclina y casi que ni mira con el rabillo al macho. Se dedica a frotar de un modo pausado y circular. Sí, el sandungueo es un polvo con pantalones. No entiendo cómo no se les entumece a los boricuas después de tanta fricción.

Como podía suponerse, llegué a comprender mínimamente el perreo pero no el asesinato de Filiberto. Me senté en el Boeing 777 de Miami a Buenos Aires, en el segundo asiento de la fila central de cinco, al lado de un mexicano gordo que se apoyaba en el antebrazo de mi butaca y me cambiaba el canal de la pantallita. El avión venía hasta las manos, pero todavía quedaba un lugar libre a mi derecha. Providencialmente, la que lo ocupó el asiento a último momento fue Rocío Güirao Díaz, una de esas modelos que salen en la tapa de Gente bajo el título Las mejores colas del verano, o de cualquier otra estación (la tanga en la nieve es un subgénero que impusieron las revistas hace ya mucho tiempo). Rocío venía de desfilar en Playa del Carmen y estaba dulcemente embotada por los efectos de un Rivotril. Me contaba que estudia Psicología y que no le gusta salir de noche. Del otro lado, el mexicano engullía pollo con salsa de tomate y puré y lo empujaba todo con vasos de leche y Coca Cola dietética. Después de la cena, se sacó la remera y se puso una camiseta tipo pijama y se ató una manta al mentón a modo de barbijo, tal vez para reprimir los ronquidos. Rocío dormía en posición semi fetal, tapada con la frazada bordó reglamentaria, los labios en forma de corazón y las All Star pendiendo debajo de la bandejita plegable. Yo me puse a ver Lords of Dogtown, una fábula sobre los primeros salvajes del skate. La verdad que no es gran cosa.


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La Inseguridad