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Desdesdiferenciación

4 10 2005 - 15:33

Me había olvidado del eclipse, así que cuando me levanto, a las once de la mañana, me asusto un poco. El sol no se ve como en los dibujitos o las fotos. La latitud del ojo es mucho mayor que la de cualquier emulsión fotográfica (ni hablar del video), pero no cuando hay que pasar directamente de la almohada al sol: una bola blanca enceguecedora, igual que siempre. Los efectos se notan en la calle, no en el cielo. Todo en blanco y negro, personitas paradas en la plaza, todos con anteojos oscuros, mirando el cielo.

Haddock: ¡Un eclipse! ¡Un eclipse! ¡Un eclipse!
Tornasol: No se alarme, hombre, que es sólo un eclipse.

Como con casi todo en la vida, supe de la existencia de eclipses de sol a través de la ficción. Tintín, circa 1973, El templo del sol. En apenas dos hojas, te enterabas (a los cinco años) de que los incas quemaban a la gente en hogueras, de que a veces la luna se interponía entre el sol y la tierra, de que a los incas esto les daba miedo, y de que los diarios servían para algo. Mucho después te enterás también de que la mitad de esta información era falsa —el propio Hergé reconoció que había evidencia suficiente para suponer que los incas sabían perfectamente lo que era un eclipse, y los diarios no reconocen nada, ni hace falta, a esta altura—, pero ya es tarde. Los eclipses siempre serán para mí un arma de la razón que te salva la vida. Y saber algo siempre será mejor que no saberlo, aunque la vida a menudo sugiera lo contrario.

Presa de esta convicción, tal vez, se me ocurrió pedirle a Diego Gerzovich mayores precisiones respecto de un comentario suyo sobre una nota de Schmidt, que encontré de casualidad mientras husmeaba entre los referrals. No es habitual para mí encontrarme con textos tan desconcertantes como los de Gerzovich. Creo entender qué es lo que objeta, pero evidentemente respondemos a tradiciones tan distintas que no consigo aprehender lo que dice. Para mí es como si lo hubiera escrito un marciano. Y por eso me interesó. No es impensable que un marciano sostenga un sistema de creencias interesante que nos ayude a entender, cuestionar y/o reformular el propio. En realidad, lo impensable sería lo contrario. Ah, los incas se asustan con el eclipse, qué tontos los incas. Hergé era un genio pero no hay por qué imitarlo en sus errores. Un tipo empecinado en demostrar que ni Hergé ni nadie es un genio, que en realidad todo da lo mismo, tiene que provocarnos una sana curiosidad.

Gerzovich tuvo la buena disposición de enviarnos su respuesta, bastante rápido. Yo la entiendo menos que todo lo anterior (las comillas no ayudan), pero estoy convencido de que ahí hay algo. En principio lo que hay es una grieta abismal entre la lectura que tiene Gerzovich de lo artístico/cultural y la que tengo yo — visiones aparentemente irreconciliables, tanto que sugieren que alguno de los dos está loco. Cuesta imaginar un universo en el que ambos tengamos algo de razón (y no descarto que él la tenga toda; en una de esas he vivido equivocado). Gerzovich menciona al pasar este problema:

La industria cultural ha sido el nombre del proceso de desdiferenciación del mundo global, pero se sostiene con las viejas categorías de la autonomía y el aura. Allí hay una grieta inconmensurable.

Pero no sé si hablamos de la misma grieta. No termino de entender cuán Zen es el approach de Gerzovich. Yo estoy más que dispuesto a aceptar que en última instancia, efectivamente, cualquier cosa que uno haga es irrelevante; cuanto más te alejás de la Tierra, más chiquito se ve todo. También puedo entender lo de que todos estemos en “la misma mesa de disección”, pero eso no quiere decir que las frutillas sean anchoas. O sí, claro (las dos son comida) ¿pero qué gracia tiene ese tipo de clasificación? ¿A quién le sirve? Al marciano le sirve, sin duda, porque necesita aprender algunas cuestiones básicas para no terminar comiendo ladrillos. Pero, ¿a nosotros? ¿Para determinar qué a partir de eso?

No hay posibilidad hoy de pensar “exterioridades” del mundo alimenticio, dice el marciano, masticando una paloma cruda.

En general, me sorprende que se le impugne al capitalismo lo único que a mí me convence dentro de su esquema de producción cultural: que (cuando todo funciona bien) es ciego a lo que vende. En particular, me inquieta que esa impugnación aparezca en Argentina, cuando la idea oficial de cultura es fagocitada por la de propaganda sin que a nadie se le mueva un pelo. Pero tal vez una cosa no tenga nada que ver con la otra, y yo me esté dejando llevar por las noticias de la semana pasada.

Aportando en diagonal a esta discusión que posiblemente no pueda materializarse nunca, dos personas que no se conocen (Marcelo Panozzo y Mickey Cohn) me mandan al mismo tiempo este link a un trailer revisionista de The Shining. El trailer después circula en las altas esferas de la distribución cinematográfica europea y nadie se anima a decir “esto es exactamente lo que hacemos nosotros todo el tiempo”, pero todos lo saben y todos lo festejan.

Más lateralmente todavía, aparece en casa un pack de tres DVDs y tardo bastante en darme cuenta de por qué vienen juntos: los tres son de películas con Matthew McConaughey. Las tres son, también, películas de esas que a uno no lo tentaron ni en una de esas excursiones tardías de domingo por el videoclub. Y por eso las vemos, porque nosotros vemos todo, ahí sí que desdiferenciamos con gusto.

Las tres películas son malas, las tres son producidas en el “imperio” (nunca mejor puestas las comillas), y las tres son, ya dije, con Matthew McConaughey. Pero después de ver la peor de todas (Frailty) vuelvo a sentarme ante la máquina para escribir esto antes de irme a dormir y confirmo que, francamente, lo que tengan en común estas tres y todas las otras me importa poco y nada. Lo único que me interesa es lo que las hace diferentes, y de eso hay mucho.


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