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5 10 2005 - 16:47

En la misma página de Buenos Aires, vida cotidiana y alienación, Jota Jota Sebreli escribe “lupanar”, “rufián” y “el hampa” como si fueran categorías sociológicas, y a mi costado lumpen se le escapa una lágrima retro, como en una canción de Babasónicos. El éxito del capitalismo y del súper-Estado socialdemócrata nos ha metido a todos adentro del sistema, y los que teníamos coqueteos antisociales debimos refugiarnos en sectores extraños: algunos se hicieron de izquierda, desde donde se puede, incluso con canas, enarbolar un personaje antisistema razonablemente seductor; y otros, más exitosos, intentan pasar por dandies, eligiendo con cuidado e ironía las manifestaciones públicas de su decadencia moral. Son los únicos bordes que quedan. En mi primer año de facultad, y después de escribir un cuentito plagiado de Chandler, se me acercó el profesor de trabajos prácticos, Carlitos Battilana, y me dijo: “A vos te gusta el margen, ¿no?” Yo, que había ido a un colegio católico y estudiaba comunicación en una universidad del Opus Dei, no sabía si me lo decía en serio o en joda. [El poeta Carlitos demostró que era él más bien a quien le gustaba el borde, y su experiencia en la Austral duró menos de un año: alumnos más ortodoxos que yo no recibieron bien sus críticas a la Iglesia, por lo que pidieron y obtuvieron su cabeza.]

Me acordé de todas estas cosas leyendo a Sebreli, que cuenta una Buenos Aires pre-1960 fantasmagórica, viciosa y excitante, y viendo otra vez Taxi Driver, hace un tiempo. El Manhattan de Taxi Driver es asqueroso, todo el downtown está tomado por putas, heroinómanos y policías violentos, no se puede vivir, y a mí sin embargo me pone nostálgico. No sé de bien de qué. Cada vez que leo, en las novelas de Sherlock Holmes o de Fu Manchú, la expresión “fumadero de opio”, me dan unas ganas locas de quedarme a vivir ahí. Después de Taxi Driver, Manhattan se dio vuelta, y hoy todos los barrios, menos Chinatown, ya pasaron por el proceso de gentrification, es decir, la transformación desde barrios inmundos y a punto de derrumbarse a destinos cool con lofts y departamentos de 800.000 dólares para arriba. Los cafecitos adorables y los restaurantes en penumbra que reemplazaron a los locales incendiados y a los refugios para heroinómanos están buenísimos, me encantan y los frecuento. Lo que me mata es esto de estar partido en dos: personalmente, a una parte de mí le gustaría algo más de mugre y sordidez, pero mi costado racional se niega a recomendar el fracaso y el sufrimiento como un sistema social deseable. Pero me he dado cuenta de que mucha de la gente que, como yo, pasa los fines de semana en el Lower East Side de Manhattan —donde hasta hace nada se apilaban los borrachos y la calle Clinton amanecía tapizada de jeringas, y ahora el cubierto promedio en los restaurantes araña, o supera, los 40 dólares—, esa gente, sorprendentemente, tampoco parece contenta con la gentrificación de los barrios. Está de moda hablar en contra, exactamente igual que los habitués de Mark’s o Mamarracha putean contra el fenómeno de Palermo Soho, panini en mano.

Mi hermano estuvo hace poco en Nueva Zelanda, y no le gustó: “Parece La República de los Niños. Todo perfectito, todo limpio, todo lindo. Es insoportable. Tipo The Truman Show”. Mi hermano, que ha decidido poner en práctica sus pulsiones antisociales (vive en American Samoa, en el medio del Pacífico), lejos está de ser anticapitalista o cualquier cosa semejante. Y su comentario me hizo acordar primero a Patricia Bullrich, que estuvo hace poco en Nueva Zelanda y le pareció el paraíso “porque no hay ni un papelito en la calle”, y a una cantinela constante de mis años de educación ideológica, donde era citada con frecuencia una supuesta ordenanza municipal de Zurich según la cual, “si tirás un papel a la calle vas preso”.

Siempre me pareció exagerado que te mandaran en cana por tirar un papel a la calle, sobre todo en los ochentas argentinos, donde todas las cosas estaban despintadas, medio rotas y arregladas con alambre. Otra mini-anécdota: paseábamos hace unos meses por los suburbios de Boston con Ann, la ex suegra de mi señora —es un poco largo de explicar, pero sí, tenemos relación y nos llevamos bien con la ex suegra de mi mujer—, y yo veía que todo estaba impecable: el pasto cortado en su altura justa, los frentes de la casa decorados con un detallismo exasperante, las señales de tránsito derechitas. Y todo eso no pegaba mucho con mi recuerdo del paisaje suburbano de USA en las películas de los ochenta, donde se veían yuyos, cubiertas tiradas al costado del garage y otras cosas así. “Es que ahora la gente tiene más dinero”, me dijo Ann, confirmando mi percepción delirante, y yo dije, pucha, qué cagada que tener más guita te haga tener menos onda.

¿Pero cómo podés pedirle a alguien que no quiera más guita? El recurso que tengo a mano es desear y pregonar la desaceleración del capitalismo, pero ya hay muchas personas con disfraces varios haciendo lo mismo (Greenpeace, Attac, etc.) y a mí me parece medio sorete pedir un frenazo o marcha atrás cuando hay dos mil millones de pobres. Lo peor es que tengo miedo de estar poniéndome nostálgico al pedo, idealizando cosas que en ningún momento fueron un paraíso y copiándome de la nostalgia progre-canchera de los nacidos en los cuarenta que juzgan todo en función de sus idílicos años de infancia (“Desde Pescado Rabioso para acá todo es una mierda”, “La Argentina en los sesenta era un paraíso” –esto lo dijo Fontanarrosa en serio, sobre una década con censura, palos, inflación y cinco sobre diez años de democracia: eso es nostalgia—, “Los pendejos de ahora no saben nada de política”, “Los futbolistas de ahora están todos mecanizados”, etc.). Bueno, ya me estoy estrangulando con tantas vueltas que le di a este cable, así que ensayo una despedida. Intentaré que la moraleja no sea “pibe, madurá, no se puede todo en la vida: es la guita o la mugre, elegí”, pero los lugares comunes se me amontonan en la cabeza. Yo quiero ir a un lupanar, pero ustedes no lo hagan, chicos, que está prohibido. Una cosa así.


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