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Papel

8 10 2005 - 15:46

Cuando yo iba a bailar, allá por el final de los ochenta, los “públicas” no eran gente importante, eran los que repartían las tarjetas para el boliche en la peatonal del barrio, o en la peatonal de San Bernardo. Es cierto que en algún momento se puso más difícil ingresar a determinados lugares si no eras amiga de “los de la puerta”. Aunque si ibas más o menos regularmente, eras mujer y no pesabas 200 kilos, entrabas. Mi relación con el mundo disco no duró mucho; pronto me di cuenta de que para una chica como yo la cultura y el rock garpaban más que el boliche: peñas, centros culturales, recitales, y escuelas de teatro suplieron perfectamente el lugar del entretenimiento que ocupaba la discoteca.

Los eventos promocionales clase A cuestan muy caros y para optimizar la inversión es fundamental que dichos eventos sean retratados y cubiertos en los medios de actualidad. El vehículo hacia las revistas y diarios nacionales es el invitado famoso que asiste al evento. Pero los famosos sólo aceptan invitaciones de anfitriones profesionales, tal es el caso de los “públicas”, que en algunos casos son tan famosos como los mismos famosos.

El servicio de rr pp te lo da una agencia ad hoc: Sitios super ambientados, oficinas caras, donde te recibe un lord o dos lores sentados detrás de un escritorio blanco enorme mientras un perritito blanco medio calvo revolotea por el salón. El salón tiene una estufa a leña apagada (es primavera). Me siento un poco mal vestida, un poco con el pelo sucio, con las uñas sin hacer, con el bolso cruzado pasado de moda. Abro el bolso para sacar un cuaderno donde escribir y constato que no tengo una pluma interesante o una palm sino una birome fea. También tengo una botella de Villavicencio que contiene leche humana que me ordeñé de las tetas un rato antes en el escritorio de la oficina mientras leía tp o miraba el noticiero. También tengo un diario La Razón doblado en dos. Me siento como una persona a la que no deberían haber dejado entrar. Probablemente no me hubieran dejado entrar pero esta vez soy el cliente.

Me prometen entonces convocar 300 invitados: ‘gente linda y alguna fama’ (famosos no se dice más, queda mal, vip también está out, celebrities o celebridades está bien, porque es una palabra retro, y lo retro, se sabe, anda muy bien últimamente)

La barra de champán, de cerveza y de martini son por canje. La comida la pagamos, el sushi para los vip lo canjeamos. La ambientación la pagamos. Muchos globos. Muchos par mil, carísimos. Una alfombra roja por la cual circular y saludar a supuestos admiradores. Dos pincha nubes en la puerta que den un efecto Hollywood. Dos sectores vip con livings. Gobos. El gobo del logo revoloteando en el frontispicio italiano del Tattersall. El mismo lugar adonde los regios van a subastar yeguas de verdad. Las puras yeguas entran al salón, desfilan por él en una alfombra verde gastada mientras los millonarios comen en mesas como de casamiento. El mismo salón cagado impunemente por equinos que andá a saber cuánto cuestan es el que me alquilan para el evento en veinticinco mil pesos. Me aseguran que en los eventos nunca se siente el olor a caballo.

La empresa de rr pp tiene un fotógrafo que está arreglado con las secciones de sociales de los diarios y las revistas. Entonces vienen los famosos, el fotógrafo de la agencia les saca una foto posando delante de un cartel con la marca de la empresa convocante y algunos medios publican la foto del famoso en el evento sosteniendo una latita o inclinando la cabeza.

Alguna de esas fotos van a a parar a la revista Gente y las va a ver alguna chica del sector BC1 mientras espera en la peluquería que le hagan los claritos. A lo mejor una de esas fotos va a parar a la revista Pronto o al diario La Razón y la ven los miles de usuarios de Metrovias que van a trabajar en subte.

Al diario La Razón te lo regalan en la terminal de salida del subte. Miles de ejemplares se apilan en displays especiales y los pasajeros se lo sirven. A veces hay promotoras que lo entregan en mano. Todos recibimos al diario La Razón con alegría. Hace más ameno el viaje y es gratis.

Todos esos diarios que se apilan en la terminal son papel. El papel es materia prima para el negocio del cartoneo. Como decíamos en una conversación aquí mismo, el cartoneo es un negocio de proporciones con el que lucra alguien –no sabemos quién- muy groso gracias a la explotación de miles de “empleados” esclavos. Decíamos entonces que hay cierta percepción social que coloca al cartoneo en un lugar moral superior respecto de la mendicidad en los transportes públicos. Los cartoneros serían mejores que los mendigos porque trabajan (trabajan muy duro además). ¿De dónde esa valoración del trabajo en sí? ¿Por qué trabajar es intrínsicamente mejor que pedir? “Ellos prefieren deslomarse a la intemperie antes que salir a pedir”. Entonces son más dignos. Con esta línea de pensamiento validamos un delito. Otro delito. El cartoneo NO es una empresa familiar de autogestión, es una cadena de explotación gigantesca donde un ejército de personas (entre las que hay muchísimos niños) trabajan sin ley, sin horario, sin sueldo y producen una cantidad de materia prima totalmente libre de impuestos con la que alguien que no es un pobre gana mucha plata.

El gremio de los cartoneros, un gremio sin sindicato, aparecía de alguna manera en oposición al gremio de los mendigos del subte (otro gremio sin sindicato). El diario La Razón provocó un acuerdo histórico:

Los días hábiles después de las 5 de la tarde un comando de niños cartoneros-mendigos se ocupa de recuperar la mayor cantidad posible de ejemplares de La Razón. Este operativo se lleva a cabo a través de distintos ‘procesos de recupero’: hay una primera barrida general de los trenes, en la que hasta 3 chicos por vagón piden el diario a quienes están de pie o sentados. Se recogen también todos los La Razón descartados en tachos de basura y cuando se hace más tarde y el subte ya no va tan lleno, hay niños muy veloces que suben al andén en una estación le piden el diario a una o dos personas y se vuelven a bajar en la misma estación para repetir la hazaña con cada tren que se detiene.

El hecho de que el diario sea gratis y de que sea una mierda hace que a los pasajeros no les importe mucho deshacerse de él, más si con ese gesto cubren la buena acción del día.
Considerando ésta variable y el hecho de que la tarea de recupero es prolija, eficiente y sistemática me atrevería a decir que por lo menos un 75% del volumen total distribuido es recogidos por los nenes que piden el diario.

Entonces tenemos un montón de papel. Todos los días. Pero un montón ¿eh?

Cada nene, o cada grupo de nenes, se llevará un peso por día, ¿dos pesos, tres pesos? No lo sabemos. Lo que sí sabemos (o no sabemos, pero yo sospecho) es que todo ese papel se lo lleva una sola persona. Una persona que tiene un vehículo en el cual puede transportar el papel y un depósito en el cual puede almacenar el papel hasta juntar una cantidad equis que quizás sea el resultado de una semana de trabajo esclavo. Al cabo de esa semana le vende ese papel a algún otro intermediario, o quizás no hay intermediario y se lo vende directamente al diario La Razón o a Papel Prensa para que el polvo vuelva al polvo y las fotos de los famosos sigan teniendo donde imprimir.


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