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Humo en los ojos del Che

9 10 2005 - 14:49

Me desperté pensando en escribir sobre la existencia o no de algunas cosas, y sobre qué es lo que determina que existan o no. Tlön, Uqbar, Orbis Tertius me viene dando vueltas en la cabeza. Si un personaje o sitio o región o creencia no figura en una enciclopedia, ¿quiere decir que no existe? Es muy difícil de probar. Mi cuñado científico admite que la cuestión de Dios es un problema insalvable. Que la ciencia puede probar que algo existe, a veces con más dificultad, otras con menos, pero que es imposible probar que algo no existe, que el método científico no tiene mecanismos para tal emprendimiento. Ahora bien: daría la impresión de que si algo sí está en una enciclopedia, entonces está demostrada su existencia. La cuestión no es sencilla, sin embargo. Cada vez menos, porque las enciclopedias en forma de libracos son cada vez más escasas, y las enciclopedias virtuales son cada vez más volátiles. No es evidente quién maneja la agenda de cada enciclopedia, ahora que manejar la agenda se ha vuelto tan importante, y entonces la incertidumbre reina.

Después de varias vueltas por los diarios, caí en la cuenta de que ayer fue el aniversario de la muerte del Che Guevara, y me quedé estupefacto: tan poca bambolla en un día así, que nadie lo haya reivindicado como feriado, o que no se realicen actos conmemorativos o eventos especiales de mucha difusión. Me resulta extraño. Incluso si uno abre la página del Granma, no hay un registro de que el tiempo haya pasado. La bajada del título da la noticia como si hubiera sido ayer:

Reunidos en La Paz, altos jefes militares de la dictadura de Barrientos, en complicidad con la CIA, tomaron fríamente la decisión de asesinarlo.

En Página hay una notita alusiva que le hacen al hijo mayor del Che (me contaron que su actividad principal es dar vueltas en moto por las calles de La Habana). Discute a la distancia con el hijo de Vargas Llosa y es todo bastante grotesco, porque es el hijo de alguien peleándose con el hijo de otra persona y entonces parece que viviéramos en un mundo sin adultos, con nenes que rondan los cuarenta peleándose por la posesión de los chiches, una especie de remake berreta. Así que, pienso, ¿qué se puede hacer, alusivo al Che, en un día como hoy?

Ir a Cuba.

Viajamos a Cuba el 23 de diciembre de 2001, y hasta muy pocas horas antes no sabíamos si podríamos embarcar o no. Los recuerdos de esa época se confunden. Ese año tuvo algunas cosas imborrables. Me compré unas sandalias Caterpillar que pesan una tonelada cada una, y estaba contento porque así me deshacía de algunos patacones con que me habían pagado. También durante ese año tuvo lugar la liquidación demente de Musimundo: era cuestión de pasar a la mañana y llevarse una pila de discos exóticos por una cifra irrisoria y volver a pasar a la tarde y llevarse otra pila igual con los que habían pasado a liquidación durante el día. Era la época de la liquidación de todos nuestros exotismos.

Todo eso, y enterarnos mi mujer y yo de que estábamos embarazados.

Para el momento de subir al avión, el obstetra nos había autorizado el viaje. Apenas se habían cumplido los tres meses de gestación. Aterrizamos el día de nochebuena, y todo nos parecía muy familiar, como si hubiéramos estado ahí antes. La imaginería del Che estaba presente más o menos como la de Conaprole en Uruguay: algo silencioso, afincado de una manera que casi no necesita enunciación, incorporado sin que haya que meditarlo mucho.

Nos había tentado la película del Buena Vista Social Club. Queríamos ver las casas y salones donde cualquiera se mete y charla con personas curiosas. Fuimos a ver a Pablo Milanés en el teatro Karl Marx, al que ya no le faltaba ninguna letra en la marquesina como en la película. Toda la marquesina había sido hecha a nuevo con un estilo cubano primermundista, es decir, de manera que se pareciera más a Miami, y parecía otro teatro. La gente que se agolpaba en la puerta, casi todos jóvenes de veintipico, armaban discretas avalanchas para entrar, y lo incivilizado del procedimiento provocaba comentarios autocríticos que no dejaban de tener cierta autocomplacencia: los cubanos somos así, decían y uno también se sentía como en casa en ese pujar. Pero al mismo tiempo uno sentía estar ahí de incógnito.

En esos días de fin de año de 2001, la broma que circulaba entre los argentinos que coincidíamos en La Habana, o en Trinidad, era que a lo mejor no podíamos volver más y nos teníamos que quedar en Cuba para siempre. No se veía la posibilidad con espanto, aunque era angustiante el contraste entre esa cercanía que permanentemente manifestaban los cubanos hacia los argentinos —que somos pueblos hermanos que estamos muy cerca el uno del otro y todo ese asunto— mientras en la tele aparecía un flash en el intervalo de un partido de baseball diciendo aquí está el nuevo presidente de Argentina dirigiéndose al Congreso, y el nuevo presidente era Duhalde, pero era un flash tan fugaz que uno no sabía si había sido un sueño. Sabíamos que esa cercanía entre los pueblos tenía que ser algún tipo de construcción teórica.

El Vedado era un lugar de ensueño y de muerte, algo sobre lo que nadie nos había advertido. Manzanas y manzanas de mansiones hollywoodenses en ruinas, con pintura descascarada, rejas oxidadas, columnas opulentas y grandes ventanales, en medio de la vegetación tropical. Humedad. Recorríamos todo eso en auto, a muy baja velocidad, esperando que se asomaran espectros a las verandas. Las calles asfaltadas que parecían campo arado por los baches, que más que hundirse emergían a la superficie como terrones de pavimento. Las casas están habitadas. Lo que a cada uno le fue quedando o fue consiguiendo en el camino, de maneras insólitas.

La música era una gran parte de lo que yo había ido a buscar.

Un día nos encontramos en una gran mansión con jardines de película y una animadora con micrófono en el jardín. Muy blanca y muy morocha, de edad indefinida, con el pelo batido años sesenta y de vestido largo. Una mujer de otra época que anunciaba los números músicales y de baile, y la mansión se llamaba Casa de Compay Segundo, pero no estaba Compay Segundo ahí. Recuerdo la escena en blanco y negro. El entorno no alentaba diferencias importantes entre las personas una vez traspuesta la entrada, que era muy barata. Una vez adentro, nos transformábamos todos en personajes de una película tropical prerrevolucionaria. No era un fenómeno exclusivamente turístico eso. No éramos solamente turistas los que estábamos ahí. Más bien era como si en algún momento se hubiera decretado el juego de las estatuas, y cada uno se hubiera quedado haciendo lo mismo que cuarenta años atrás, y nadie hubiera salido de esa mansión en todo ese tiempo.

Yo intentaba, como en cualquier lugar adonde voy, encontrar disquerías que tuvieran algún disco inusual, y eso resultaba imposible. Había música en todas partes, pero era siempre igual a sí misma. Grupos de jóvenes tocando siempre sones muy tradicionales y a la manera tradicional. Un constante fluir de lágrimas negras for export. Muchos estaban entusiasmados entonces con el surgimiento del Polo Montañés, un guajiro al que le pasaban su canción día y noche por la radio. “Porque yo en el amor soy un idiota…” decía, y a mi me hacía acordar al Paz Martínez. Incluso llegó acá ese hit, que es ciento por ciento made in Cuba. Todavía algunas veces lo escucho al pasar en la radio, y sigo sin entender nada.

Un día volamos a Santiago. Se supone que es prácticamente otra cultura. Advertencias numerosas de los que fueron ahí (sean habaneros o foráneos). Que los santiagueros son tramposos, que te embaucan, que son pesados, que hay que andar con cuatro ojos. Al llegar me emocioné pensando que llegaba a la tierra donde nació Italo Calvino, pero aparentemente es un equívoco, porque en varios libros lo dan como nacido en Santiago de Cuba, y parece que en realidad nació en Santiago de las Vegas, una localidad cercana a La Habana.

Inmediatamente percibimos las diferencias. Encontramos de manera muy accesible lugares como galerías de arte o casas de la cultura. Todos organismos oficiales pero en los cuales pasa algo. Un pintor bastante joven se pone a conversar con nosotros y le preguntamos por la situación del arte ahí. Enseguida nos dice “por favor, dejemos de una vez de pintar al Che Guevara. Entiendo que el hombre fue un santo, está todo muy bien, pero se murió hace mucho. Ya está enterrado hace tiempo. Hablemos de otra cosa”. Wilfredo Fernández, que es escultor y es mulato y me hace acordar en su parsimonia y placidez a Caetano Veloso cuando era más bueno, es decir, cuando no se había juntado con Jacques Morelembaum, nos habla del racismo. Que difícilmente en la isla se mencione el tema del racismo, pero no por eso deja de existir.

Al día siguiente, una aparición, una imagen. Entre los discos comprados en Musimundo a lo largo del año, uno me había llamado especialmente la atención. Lo tenía enterrado en la memoria hasta ese momento. Lo había visto una sola vez en un solo local, había dudado y no lo había comprado, luego me arrepentí y volví con palpitaciones porque estaba seguro de que, otra vez, haber dejado pasar una oportunidad me había hecho perder una pieza única para siempre, que otro más curioso o menos avaro que yo ya estaría disfrutando de esa rareza. Pero al final volví y el disco seguía ahí, así que pude tenerlo. El disco era del Cuarteto de Saxofones de Santiago, editado por un sello francés con muy pocos datos. El sonido de ese cuarteto y la forma de interpretar desde Michelle hasta Smoke gets in your eyes, pasando incluso por El manisero, me había conmovido. De pronto, mientras daba vueltas intentando encontrar gente que hiciera música interesante y sin conseguirlo, se daba la coincidencia de que estaba en Santiago. ¿Se encontrarían ahí los tipos que tocaban esa música?

Súbitamente tenía una misión inesperada: encontrar a estos músicos. De inmediato se me apareció como uno de esos objetivos imposibles, porque resulta que los tipos son de ahí pero lograron fugarse, o están de gira, o el nombre es de fantasía. Para ubicarlos le pregunté a un artesano. Jamás antes hubiera tenido una idea así, porque no me gusta preguntarle cualquier cosa a cualquiera. ¿Qué podía saber un artesano que tallaba madera sobre el cuarteto de saxofones? Sin embargo, el artesano me dijo que los conocía un tipo que manejaba un localcito de venta de vinilos. Fui al localcito de los vinilos (nada interesante ahí) y el tipo me dijo que sí, que efectivamente los conocía y que los tipos ensayaban cada mañana en la galería del conservatorio de música, que estaba ahí a la vuelta.

No podía ser tan fácil. Con bastante desconfianza me apersoné en el conservatorio y pregunté por ellos. En una ventanilla me dijeron que ese día ya se habían ido, que volviera al día siguiente. Ahí está, pensé. Ahora empiezan a bardearme. Al día siguiente volví más temprano y me dijeron que aún no habían llegado. Después de un rato de esperar, un negro que había hablado con el de la ventanilla se me acercó.

Encontrar a estos tipos del cuarteto era algo que no podía creer. Es decir, trataba de cerciorarme de que no fueran unos impostores. Les hablé del disco y me contaron cómo lo habían grabado, que un día había aparecido un francés que les propuso hacer una grabación, les tiró unos mangos y no lo vieron nunca más. Les hice algunos comentarios sobre la música. Me respondieron cosas que me hacían saber que ellos sabían de qué les estaba hablando. Eran ellos.

Nos invitaron a presenciar su ensayo. Yo escuchaba ahí, a un costado de la calle, las obras que había escuchado antes en el disco, y todo cobraba nuevo sentido. Nos invitaron al concierto que daban pocos días después. El cocierto se hacía en un teatro inmenso y éramos algo así como diez espectadores. La música que hacemos, me decían, no tiene mucha aceptación acá. La música que tiene aceptación es la que yo me había cansado de escuchar. Tenían esperanzas de que los invitaran a algún festival de jazz en el exterior, pero no sabían cómo hacer para ser invitados. No entendían cómo yo había llegado a conseguir el disco de ellos, no pensaban que existiera en ninguna parte. Tocaban en el Tropicana todas las noches, para aportar al sustento, ya que ese proyecto de cuarteto no lo bancaba nadie. Al final de cuentas, la plata que nos da de comer termina viniendo siempre de un cabaret.

Cierto que mi idea inicial era hacer una especie de recordatorio del Che Guevara en el aniversario de su muerte. Ya está. Recordado. Ahora, escuchemos Smoke gets in your eyes, de Jerome Kern, interpretada por el Cuarteto de Saxofones de Santiago, intentando que no se nos empañe la vista.

Cuarteto de Saxofones de Santiago
Smoke gets in your eyes
[ MP3, 5.58 MB ]


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Big Band Revival
Las dos caras de la enfermera
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Del orden de las verduras
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